sábado, 2 de junio de 2018

Hanging Up The Moon





2018 está siendo un año tirando a flácido musicalmente hablando. Pocos álbumes –por no decir casi ninguno- mínimamente relevantes que, por inspiración, se salgan de la propaganda oficial hipster (siendo, por tanto, ese hype que acaba pinchando a las primeras de cambio) o de cierta obligatoriedad crítica canónica inocua. Aun rebuscando en la medida de nuestras posibilidades no hemos podido dar con trabajos totalmente convincentes más allá de un pequeño puñado de dianas que no terminan de apuntalar la globalidad de dichas obras: los pujantes Cosmo Sheldrake, Henry Green, Lauren Auder, Nadine, Orchid Mantis o Whyte Horses no han terminado de despejar dudas; gente con algo más de trayectoria tipo Optiganally Yours o Lomboy se han quedado a las puertas de la reivindicación; rescates como los de Mark Renner o Sonoko han terminado resultando frustrantes; recopilatorios como “Uneven Paths. Deviant Pop From Europe 1980​-​1991” insuficientes, y recuperaciones insólitas como la de Candy Opera bastante previsibles. Afortunadamente, en las últimas semanas hemos podido dar con un francotirador insospechado que se ha destapado no solamente con el que es el mejor disco de lo que llevamos de año, sino también con un material previo que no desentona en absoluto con su última grabación. El álbum triunfador es “It's All Here Somewhere” (Kitchen, 2018) y el proyecto en cuestión Hanging Up The Moon.




Sean Lam, su cabeza visible, es un singapurense de su tiempo: CEO en una prestigiosa empresa de marketing y diseño gráfico -Kinetic Singapore-, compagina su actividad profesional con HUTM, una aventura muy personal que arrancó allá por 2011. Pero no era su primera experiencia sonora significativa: ya en los noventa Lam fue co-líder de una de las formaciones más recordadas en su país natal, Concave Scream, en el fondo no mucho más que una desorientada banda post-grunge que, sin embargo, sirvió –junto a otras- para reflotar una escena local cuyo último periodo de florecimiento musical verdaderamente candente se había dado en los sesenta con formaciones más o menos pop como Naomi and The Boys, The October Cherries, The Stylers o The Quests.

Un lustro después de la última incursión discográfica de Concave Scream (2006), Sean Lam empieza a dar a conocer en la red sus primeras composiciones en solitario, donde da rienda suelta a su pasión por sonoridades más acústicas, intimistas y ensoñadoras. Su ‘self titled debut’ ya da sobradas muestras de un talento melódico e instrumental, sustentado este último sobre todo en una querencia por los cambios de tonalidades que dan como resultado una riqueza cromática inestimable (y eso a pesar -es un decir- de su autodidactismo) con toda seguridad influida –no hay más que ver, por ejemplo, su facebook- por una manifiesta  vasta cultura musical. En este primer disco destacan la inicial “Towering Gloom”, “Slow Train” -en la línea del Apparat más confesional-, “Winners All” –epílogo con vocación de canción de fuego de campamento-  y fundamentalmente la estremecedora “Water Under the Bridge”, pero en cualquier caso un (excelente) conjunto que apenas baja de nivel en momento alguno… a pesar de ciertos abusos con el ukelele.




Si “Hanging Up The Moon” se trata de un trabajo casi ascético, defendido en su totalidad exclusivamente por Lam, la siguiente grabación -“The Biggest Lie In The World”, de 2013- tiene novedades al respecto: Sean se hará acompañar esta vez por Dean Aziz (batería de Concave Scream) y los hermanos Leslie y Victor Low, conformando un núcleo emisor con el que, por lógica, ganarán en consistencia y amplitud polifónica, hasta nuestros días. Un reajuste estructural que aunque por momentos se resienta y no termine de engarzarse con suficiente plenitud en este segundo asalto, vuelve a mostrar a un Lam de genio en piezas como “Pedestrian” y “Last Call” (que recuerdan tanto a las evoluciones crepusculares de The Apartments) o “Nuclear”.

“Immaterial” (2015), su tercer disco y de momento el más celebrado por lo menos a nivel publicitario, arranca con otra de las piezas claves de Lam y compañía, “Brave New World” y su influjo vespertino, a pesar del homenaje (¿inconsciente?: no lo creo, la presuntuosa influencia ingrávida de Pink Floyd se percibe soterradamente en más canciones) homenaje a los acordes arpegiados iniciales del “Wish You Were Here”. “A Pathetic Excuse” tiene algo de Belle & Sebastian; en “Unconditional” vuelve a aparecer en el subconsciente del que esto suscribe el grupo de Peter Milton Walsh, mientras “Indie Movie” o “Comes a Light” reparten a partes iguales atmósferas arrulladoras, coros lounge y estribillos esclarecedores. Cierra esta más que meritoria colección el ligero trote de bossa suspendida de “Till The End”.





“It's All Here Somewhere” tiene una doble virtud: mantener el cualitativo nivel del trabajo precedente e incluir mayor número de piezas categóricas que en cualquiera de sus producciones anteriores: “Rain Dance”, conducida con presteza por los ribetes de la guitarra solista -escuela Felt- y unos oportunos arreglos de colchones de teclas en el tramo final, “Snakes and Ladders” -la mejor canción del año-, con esa melodía que no dudaría en firmar con los ojos cerrados Neil Hannon –recuerda especialmente a la época del “Regeneration” de The Divine Comedy-, “Game of Life”, que tiene el mismo encanto cuasi-mórbido de las grabaciones de folk de dormitorio de Yoñlu, “Glass House”, rozando tangencialmente al Bowie del segundo disco, “Be Here”, que crece a golpe de acordes jazz y dramáticas cuerdas sintetizadas, “Small Talk”, que parece compuesta por un Robyn Hitchcock espacial o “End Times”, otra virguería de folk estratosférico y pastoral como es “End Times” con la que se cierra este conjunto de filigranas. Bendito tiempo libre entre obligaciones ejecutivas, hábitos de negocio y una escena doméstica siempre al borde de la más absoluta irrelevancia. Mucho mérito.




lunes, 21 de mayo de 2018

(Más) discos recomendables de pop japonés



                                                             Natsu Summer: valor en alza


Después de dedicar en este blog cinco entradas a discos imprescindibles de la historia del pop japonés (más una entrada posterior complementaria con los dos mejores discos del gran Eiichi Ohtaki) hace ya un par de años, retomamos el pulso de alguna manera sumando cinco álbumes destacados en estos últimos veinticuatro meses: cinco buenos ejemplos de la imperturbable vitalidad del país oriental, ese territorio que sigue tan comprometido con el efecto placebo y con la irrenunciable y edulcorada plasticidad que tanto nos reconstituyen en Vailima.



  
Fujin Club - Fujin Color (Grand Pacific Work Inc., 2016)

Enigmática formación proveniente de Sado (isla del oeste de Japón) integrada casi con toda seguridad por cuatro chicas y un chico. Practican un pop muy cuidado y detallista –obsesionado además con temas marítimos y vacaciones interminables- que hunde sus raíces en el shibuya-kei de los años noventa. Alternan temas cortos un poco a la manera de jingles –destaca en este sentido esa especie de interludio con los neo-tradicionalistas Bakurocho Band llamado “Chin-don”- con irresistibles rodajas de easy-listening (“Take a boat”) y funk –“Rhapsody of Nagisa” recuerda poderosamente a Nona Reeves-. Pero sin duda sus canciones más memorables son la elegantísima “Gourmet Travelogue” o el ultrahit “I will go to my bride”, que tanto recuerda a los Pizzicato Five de discos como “Playboy & Playgirl” o “The Fifth Release From Matador”. Todas las piezas anteriormente citadas están incluidas en el que es, de momento, su único largo -“Fujin Color”-, pero lo escuchado por el momento del ep más reciente -“Travel & Ferry”, de 2017- certifica las buenas sensaciones de refinamiento y travesura. Algo más que una promesa en ciernes.









Pictured Resort - All Vacation Long (Sailyard, 2016)

Están en la línea del mejor indie de finales de los ochenta y principios de los noventa (The Hit Parade, Blueboy o Field Mice) pero, además, con especial énfasis en dotar a casi todas sus composiciones de teclados planeadores y decididamente retro que les hacen entroncar con el city pop de principios de la primera de las décadas citadas. El proyecto liderado por Koji Takagi –que compagina con su grupo paralelo, los interesantes Danger Danger, más orientados estos últimos al dance y el funk- y, por ende su único largo hasta la fecha, no conoce apenas fisuras o puntos ciegos en el conocimiento de los entresijos del mejor pop de sofisticadas guitarras jangle, aquí convenientemente licuadas y embadurnadas de sintetizadores en primerísimo plano.




  




Natsu Summer - Hello, future day (P-Vine, 2017)

Loable evolución la de esta mujer nacida en Ehime (al sureste de Japón) pero residente en la actualidad en la capital, Tokio. Se dio a conocer como integrante del intrascendente cuarteto de punk-rock de los noventa Mummy the Peepshow y, tras un prolongado silencio de casi quince años, reapareció en solitario a la altura de 2016 reciclada -por fortuna- en una artista de pop inteligente y muy dúctil. Tras dos eps en ese mismo año –“夏・NATSU・夏” y “Tropical Winter”- donde coqueteaba sin ambages con el lovers rock electrónico, dio la campanada a finales del pasado con “Hello, future day”, una joya de ocho canciones –considerado también ep: está visto que esta denominación ha perdido definitivamente su significado originario- que reactualiza por completo el city pop ochentero con sonoridades prestadas de cierto vaporwave, además de poseer un olfato pop certero y tremendamente imaginativo. Caben además talentosas aproximaciones a los ritmos más calientes como en “Moment of love” –no muy lejos del “Tropical Brainstorm” de Kirsty MacColl- o irresistibles festines de synth-pop enhebrado con cadencioso primor, caso de “TARINAI”. Orfebrería sintética.








Hitomitoi – Ecstasy (Billboard, 2017)

A pesar de no debutar precisamente con buen pie –el inicial “360º”, de 2003, era un producto mainstream tremendamente aburrido y convencional- la norteña Hitomi Amano (natural de Sapporo) se ha ido labrando poco a poco una trayectoria cada vez más valiosa, compuesta hasta el momento de diez álbumes, la mayor parte de ellos con buenas razones para seleccionar de entre los mismos auténticas joyas en bruto. El último de estos lps, “Ecstasy” es, sin lugar a dudas, el más completo y rotundo, orientado concisamente al shibuya-kei. Hits incontestables como “Serpent Coaster” –entre Pizzicato y Negicco- o ese broche final inmejorable que es “Varadero via L.A.”; también hay perlas de electro-swing -“Flash of Light”-, baladones lujuriosos –“Discotheque Sputnik”, “Swept Away”- o remembranzas del mejor sophisti-pop –“Blue, Midnight Blue”, con Matt Bianco/Basia en el recuerdo- ayudando a situar definitivamente a Hitomitoi entre las realidades más contrastadas del pop nipón actual.




  




Sayonara Ponytail - You Are My Universe (T-Palette, 2018)

Si no me fallan los cálculos, se trata del quinto disco de este quinteto femenino, parece que también –algo- receloso con sus verdaderas identidades. Como en el caso de Hitomitoi, sus obras anteriores contenían piezas más que salvables, pero igualmente no ha sido hasta este mismo año que han facturado el trabajo que más se acerca a la excelencia. "You are my universe" abre con “Sentimental” y sus arreglos tan philly sound, para pasar a continuación a “Facing the wall!”, su canción más clara para hacernos bailar irremediablemente, escoltada por flechazos pop como “Beyond the world” o “Skyscraper and critical point”, esta última en la línea idol de, por ejemplo, Koto. Pero quizá a la vez se trate del disco más clásico de nuestra selección: para certificarlo están ejemplos como “Fireworks on a distant day” o “Message”, que no esconden su querencia por tonalidades ‘beatle’, o “Love in a broom” y “Your Treasure”, que supuran techno-kayō por los cuatro costados. Otra golosina infecciosa.






jueves, 29 de marzo de 2018

City That Never Sleeps (John H. Auer, 1953)





“Soy la ciudad. Eje y corazón de América. Crisol de razas, credos, culturas y religiones de la Humanidad. Desde mis famosas granjas de ganado a mis colosales fábricas. Desde mis modestos barrios hasta el elegante Lake Shore Drive. Soy la voz, soy el latido de esta gigantesca, creciente, sórdida, bella, pobre y magnífica ciudadela de la Civilización.”


De las tres películas que he tenido oportunidad de ver hasta el momento del realizador húngaro emigrado a Estados Unidos John H. Auer, brilla con inusual fuerza y queda atrapada para siempre en la retina “City That Never Sleeps”, una de las varias incursiones de Auer dentro del noir –siendo quizá un director más concentrado en el bélico-. Las otras dos, “A Man Betrayed” (1941) y “Hell's Half Acre” (1954) no pasan de ser ambas cintas discretas, rutinarias y algo desaliñadas, por mucho que la primera contase como reclamo al frente del reparto con un pujante –y algo cómico- John Wayne y la segunda con el señuelo de una ambientación exótica –Honolulu- para otra muestra “negra” un tanto inverosímil. Las tres, eso sí, bajo el paraguas de la productora Republic, donde Auer trabajó la mayor parte de su carrera.





La acción de “City That Never Sleeps” no transcurre, como pudiera suponerse en un principio –y como manda el tópico cultural-, en Nueva York –tres años después Fritz Lang acometería en este sentido un título que podría llevar a cierta confusión, el prestigioso “While The City Sleeps”-, sino que se desarrolla en Chicago. Y es esta última ciudad la que nos habla con el recurso de la voz en off al principio del metraje, en un ambiente nebuloso de rascacielos somnolientos y calles solitarias, desde una omnisciencia hegemónica que hace su incursión en las entrañas de un imperio orgulloso de todas sus conquistas… y todas sus miserias.

“City That Never Sleeps” parte de la historia de un policía frustrado –el personaje de Johnny Kelly, que nunca suspiró con ejercer su profesión-, que se debate entre el amor de su esposa –que representa el blindaje de una vida aburrida, rutinaria y gris- y el de la bailarina del nightclub Silver Frolics, que le tienta para abandonar la ciudad y huir al sol de California. Pero para conseguir este último sueño y vivir holgadamente será necesario que Kelly se degrade aceptando la misión de un desaprensivo y poderoso abogado de la metrópoli –Edward Arnold, el detective ciego de “Eyes in the Night”-, que consiste en deshacerse con malas artes de uno de los secuaces del jurista –un mago de poca monta reconvertido en sicario, encarnado por William Talman, memorable villano del “The Hitch-Hiker” de Ida Lupino o, sobre todo, del “Armored Car Robbery” de Richard Fleischer-, el cual que pretende hacerse con unos papeles comprometedores del letrado. Tras este planteamiento John H. Auer, con el indispensable guión de Steve Fisher –responsable de notorios libretos noir como “La dama del lago” (Robert Montgomery, 1946) o “Callejón sin salida” (John Cromwell, 1947)-, consigue hilvanar una trama perfectamente sostenida, sin puntos ciegos ni demasiadas concesiones gratuitas, y donde todos los personajes encajan, se vinculan magistralmente y tienen su razón de ser.






“City That Never Sleeps” no solo se dota de todos los valores prototípicos del género –la ambigüedad moral, los remordimientos, la ambición desmedida o el rebuscamiento argumental- y su paisaje –calles oscuras, sombras, silencios, amenazas constantes, la propia ciudad como personaje de tantos títulos policiacos- sino que redobla la apuesta en muchos otros aspectos: aquí hay dos femmes fatales –además de la bailarina Mala Powers, la esposa del abogado, una Marie Windsor imprescindible en “Force of Evil” de Abraham Polonsky o “The Narrow Margin” de Fleischer-, dos apocados tipos corrientes que sucumben a la tentación, y dos delincuentes en cuya relación se ejemplifica metafóricamente el concepto de ‘matar al padre’. También hay numerosas figuras omniscientes: la suegra del policía -cuya fisonomía jamás presenciaremos, y que funciona como martilleante conciencia al inicio-, el hombre-robot que trabaja en el escaparate del nightclub -un actor fracasado que simboliza el reverso del cacareado sueño americano y que también aspira a los favores de la bailarina, siendo testigo de algunos de los momentos más crudos y sustanciales de la película- y, como decía unos párrafos atrás, la propia ciudad que, en un formidable recurso del guión, adquiere una inaprensible fisicidad en el policía fantasma que hará puntualmente la ronda con Johnny Kelly –toda la acción transcurrirá prácticamente en una sola noche-. Recurso que, por cierto, décadas más tarde explotaría Michael Landon en la archiconocida serie camp “Highway To Heaven” (1984-1989), casualmente también con un agente -retirado-  como acompañante.






Hay secuencias que remiten directamente al expresionismo alemán del que Auer tomó muy buena nota en su juventud, en concreto las escenas del coche de la policía a velocidad de vértigo y desde la cámara subjetiva del conductor que prácticamente inventara Lang en trabajos como “Dr. Mabuse, der Spieler” o “Spione”.

“City That Never Sleeps” –joya indispensable del cine negro menos obvio-, pese al tono aleccionador, al homenaje a las fuerzas del orden que velan por tu seguridad y a un final feliz, supura pesimismo y mezquindad por los cuatro costados y pone el dedo en la corrupción sistemática que prácticamente infecta todos los estratos de la sociedad, como ya plasmara el propio Auer en la citada “A Man Betrayed”, donde el político de turno chapoteaba entre mafiosos y fraudes electorales, pecadillos inherentes al capitalismo salvaje que todavía hoy perdura, con el objetivo de prosperar cueste lo que cueste.