viernes, 5 de agosto de 2016

Discos imprescindibles del pop japonés (V)





EDDIE MARCON – “Aoi Ashioto” (Zasshoku, 2005)

El nombre de este grupo de folk psicodélico preciosista está tomado del nombre de su cantante (Eddie Corman, la principal compositora) y su bajista (Jules Marcon). El incluir instrumentos como el saxo, el clarinete o la caja de música le da una riqueza, complejidad y profundidad a su repertorio indudable. Este es su disco de debut, y el más dulce y pastoral de toda su discografía, acostumbrada a los giros más o menos inesperados pero siempre presta a buscar una salmodia sostenida y reconocible, que es lo importante. Entre Priscilla Ahn, Linda Perhacs y el primer ep de How to Count Planets, “Aois Ashioto” tiene recovecos insondables y la complejidad justa para no estar hablando del típico producto experimental vacuo y/o cargante.








AI ASO – “Chamomile Pool” (Pedal, 2007)

Abonada a los registros en directo (atesora ya dos ‘live’), lo de Ai Aso es puro sentido comatoso de la canción pop, en la línea de Galaxie 500 (la conexión podemos rastrearla en “Land”, co-escrita junto a Michio Kurihara, colaborador de Damon & Naomi), The Velvet Underground o Seam (“Alon”). Como suele ser habitual en estos casos, es imprescindible jugar con el binomio silencio/tensión, y la Aso sabe manejar perfectamente dicha combinación.
Nanas siderales, ajustados brotes noise, espacios apenas esbozados, inasequibles (como ejemplifica la propia portada) pero tremendamente sugerentes, leves apoyos con cajas de ritmos... “Chamomile Poop” es, si no me equivoco, su último trabajo en estudio y el más accesible, y se puede encontrar en una edición especial junto con su debut, “Lavender Edition”.







ICHIKO AOBA – “Kamisori Otome” (Sinonome Recordings, 2010)

Virtuosa de las seis cuerdas, la desarmante belleza de sus composiciones nos puede invitar a viajar al Brasil de sus cantautores en los años sesenta o al folk ácido anglosajón de la misma época. Apadrinada ni más ni menos que por gente como Taeko Ohnuki, Ryuichi Sakamoto (como pianista), Haruomi Hosono o Cornelius, que han requerido sus servicios para sus propias producciones fascinados por el innegable talento de la de Urayasu. Como Ai Aso, es adicta a los discos en directo –acumula ya cuatro- donde puede transmitir sin ambages todo su delicado sentido de la nostalgia y la tragedia, mecida por una corriente de arrullos cautivadores. “Kamisori Otome” (osea, “Razor Maiden”) fue su primer disco, el más inusitadamente místico y perfecto que compusiera con 18 años.







NEGGICO – “Melody Palette” (T-Palette, 2013)

Una de las últimas sensaciones dentro del fenómeno teen nipón (tan importante a lo largo de la historia, como hemos podido observar en toda esta serie) es este trío de Niigata, al oeste de Japón, que lleva publicando singles desde 2003. Nao, Megu y Kaede mezclan todo tipo de influencias para la pista de baile con absoluta desenvoltura, logrando una concatenación de dianas pop deslumbrante. Y, desde luego, lo hacen con muchísima más efectividad y exuberancia que “rivales” como Perfume (las de Hiroshima, no los del britpop).

Canciones PERFECTAS de innegable aroma shibuya (“Anata to Pop With You!”), con arreglos soul en la línea del “Shout To The Top” de The Style Council (“Aidoru bakkari kikanai de”, “Negative Girls!”), Barry White vía Lisa Stansfield (“Imishin Kamo Dakedo”), Stock, Aitken & Waterman (“Koi no EXPRESS TRAIN”), rap melódico (“Natashia”, “Sweet Soul Neggi” y, en general, un delicioso dejà vu de los sonidos de finales de los ochenta y principios de los noventa.





 


KOTO – “Platonic Planet” (Nat, 2015)

La alternativa a las anfetaminas o la cocaína es este disco imparable, frenético y eufórico que no deja prácticamente respiro a lo largo de sus ocho piezas y que está compuesto en su totalidad por el miembro de Recoride Kissa Sasaki.

Koto (no confundir en ningún momento con el histórico grupo de italo-disco) es el último ídolo de masas en el país del sol naciente que tritura literalmente todas las influencias que se pongan a su paso: Bis, shibuya-kei, el hi-energy de los ochenta, rap y mil cosas más a ritmo endiablado pero ultrapegadizo, descarado y sideral. Todo a lo que (te) recuerde resulta a su lado inofensivo frente a este torbellino, este meteorito de insultante potencia. Casi imposible destacar una canción sobre el resto: su único álbum hasta el momento es la obra maestra del hardcore-speed-pop. Fuck k-pop!



miércoles, 3 de agosto de 2016

Discos imprescindibles del pop japonés (IV)





BRIDGE – “Preppy Kicks” (Polystar/Trattoria, 1994)

Algunos, cuando escuchen los primeros acordes de “Soft Cream Whistle” se verán teletransportados a los años noventa y a programas radiofónicos de aquella década como “Viaje a los sueños polares” de Luis Calvo que, si no me equivoco, llegó a utilizar aquella canción como cortinilla del espacio en algún momento. Bridge tocaron el cielo (indie) con una carrera corta e irregular: su primer disco, aparte del homenaje a The Go-Betweens en el título genérico –“Spring Hill Fair”- estaba a años-luz de “Preppy Kicks”, un estuche lleno de caramelos.
“St. Manic Sunday” cogía prestadas muchas cosas (¿demasiadas?) del “You're in a Bad Way” de Saint Etienne, publicado un año antes: puro proselitismo de camiseta de rayas. A la cantante de los británicos la piropeaban directamente en otro de sus títulos: “Preppy Look Cracknell”. “Mania De Marmarade” apostaba por un sano receso a ritmo de mambo y, en general, dominaban los medios-tiempos de placebo easy-listening con indudable aroma sesentero. Después llegarían otros grupos a recoger el testigo como The Aprils o Cymbals, pero nunca han llegado a ser lo mismo. Uno de los más fieles retratos del shibuya-kei en su momento de máximo esplendor.








RUMI SHISHIDO – “Set Me Free” (CD Project, 1995)

Es, fundamentalmente, la historia de una teen-idol de tecnho kayo tardío de principios de la década de los noventa luchando por disponer de una autonomía artística (de ahí el ilustrativo título genérico), dando como resultado un disco delicioso de principio a fin. “Set Me Free” es gestionado por un fan y alcanza menciones en el New York Times, comparándola con algunas de las cantantes de pop independiente más referenciales del momento como Liz Phair.
Guiños a Mott The Hopple (su clásico “All The Young Dudes”, escrita por Bowie, se parafrasea aquí como “All The Young Nerds”, pero poco o nada tiene que ver con el original) mientras la edad adulta queda más que explicitada en piezas como “Romantic Murder” o “The End of The Hill”, con solemnes arreglos de cuerda. Por otro lado, “Cookie Kiss” o “Puppy Tree” aún miran atrás hacia los prístinos atavíos de pop adolescente sin demasiado rencor.
Quizá para la propia Shishido un disco de transición: “Set Me Free” no aparece en su discografía oficial, que evita todos los primeros títulos a su nombre. Para nosotros un juguete maravilloso, y la prueba evidente de cómo se puede hacer un disco de pop con pretensiones y muy poco presupuesto y salir mucho más que airosa en el envite.








NONA REEVES – “Friday Night” (Warner, 1999)

Segunda referencia para una multinacional tras el paso previo por una independiente con otras dos grabaciones. Nona Reeves fueron los ‘enfant terribles’ pop-funk-soul de la escena de Tokio de finales de década y su trayectoria no ha conocido desde entonces momentos para el respiro. Son poseedores de un potente arsenal de grandes canciones –ergo hits- desperdigadas por casi todos sus discos, estos últimos normalmente más irregulares de lo que deberían y todos dominados por una de las voces más sensuales, a cargo de Gota Nishidera. Su influencia suntuosa de barrio rico puede palparse en otros grupos con enorme potencial como Awesome City Club, Lucky Tapes o Passepied. Casi con toda seguridad “Friday Night” sea lo más cercano a su producción más redonda, aún dominado por el pop inmaculado antes de convertirse en una máquina de música disco, hip-hop y, sobre todo, funk ultra-mainstream (Prince en el punto de mira).

Aquí hay influjos de pop beatlemano (“Bluebird”), rodajas de shibuya-key (“Bad Girl”, “Another Summer”) y medios-tiempos voluptuosos para ¿todos? los públicos (“The Girlsick”).

Como digo, se les disfruta más en un buen recopilatorio cuidadosamente seleccionado, pero aun así este es un disco bastante apropiado para iniciarse.









PLUS-TECH SQUEEZE BOX – “Fakevox” (Vroom Sound, 2000)

Los reyes absolutos del picopop, otro subgénero japonés en el que suelen cohabitar punk-pop, samplers de toda calaña –especialmente los de series y/o músicas de los años cincuenta o sesenta-, sintetizadores naif, apuntes jazz o hillbilly y, cómo no, espíritu shibuya. Todo ello a una velocidad endiablada, como una batidora que (re)produzca efectos intensos pero casi inaprensibles. Entre Bis, el “Doopee Time”, Fantastic Plastic Machine y Polysics (pero mucho más certeros que casi todos ellos), su capacidad para regurgitar todo tipo de influencias y comprimirlas en canciones de dos o tres minutos siempre fue francamente admirable, sobre todo en este su disco de debut dentro de una discografía que solo comprende dos (¿para qué más?) y un álbum con demos. Un paso rápido pero duradero por cómo debería entenderse la historia del pop en el siglo XXI y que tuvo en Hazel Nuts Chocolate a sus alumnos más aventajados.









YMCK – “Family Music” (self released, 2003)

Jazz-pop con sonido de videojuegos de Nintendo tipo Super Mario Bros y similares. Una pirueta iconoclasta, de apariencia superficial pero con resultados nada despreciables. Al contrario: un interesante mestizaje en teoría contrapuesto y anti-natura a ritmo de chiptune (8 y 16 bits, recuerden) que bien pudo hacer enfurecer a puristas de toda índole (títulos como “Magical 8bit Tour” o “Does John Coltrane Dream of a Merry-go-round?” dan buena fe del desparpajo de este trío). Contiene una fantástica versión del “Socopogogo” de Akira Suzuki (colaborador de Sandii & The Sunsetz) a ritmo de cha-cha-chá electrónico. Auto-editada en su día, esta tarjeta de presentación (en realidad una maqueta ampliamente publicitada), tras la aceptación de su original propuesta conoció casi inmediatamente una (re)edición a través del sello Usagi-Chang. No solamente han convencido al mercado japonés: franceses, holandeses, estadounidenses, suecos o surcoreanos se han rendido a sus inevitables encantos y les han invitado a varios de sus festivales.




viernes, 29 de julio de 2016

Discos imprescindibles del pop japonés (III)






SAEKO SUZUKI – “Visinda Og Leyndardómur” (Dear Heart, 1984)

Disco compuesto entre Mari Fukuhama (de Real Fish), el marido de Saeko (Keiichi Suzuki, de Moonriders) y la propia Saeko (ex-Films). Aparentemente un álbum de tecno-pop de fácil digestión, viene intercalado por instrumentales bizarros, donde la colisión entre cajas de ritmos, teclados insistentes e inconformistas y discontinuos arreglos de cuerda lo hace posicionarse no muy lejos de otros artefactos de la época como las grabaciones más sintéticas de Franco Battiato -también mezcla orientalismo y oblicua intelectualidad con yuppismo de serie B- o el “Amour Toujours” de la francesa Lio.

Las canciones propiamente dichas son de pulso radiante –“Kagi To Stamp”, “Okashinaokashina Ferryboat”, “Lovely Planet”- pero también añorantes de las melodías de las cajas de música –“Mahow No Kuni”-, de estructuras y arreglos con suficientes sorpresas en sus evoluciones para poder hablar de un trabajo ambicioso y poco acomodaticio.

Por intermediación de Keiichi tendría lugar un tiempo después la colaboración de los mismísimos Andy Partridge y Dave Gregory en el posterior “Studio Romantic” (1987) de Saeko, donde se hacía una versión del “Happy Families” que los XTC habían compuesto en teoría expresamente para la película “She’s Having a Baby” de John Hughes.










YUKAKO HAYASE – “Soutsu” (Sixty, 1985)

Actriz desde finales de los setenta y cantante a partir de este su disco de debut. Empieza y acaba con sendos arrullos que escoltan otras ocho canciones donde hay pop-rock erudito revestido de ritmos calenturientos –"Sartre de Nemurenai", “Cecil Cecil”-, bossa nova –“Butterfly”-, pop garboso a la francesa –“Le Cabaret”-, sophisti-pop expansivo –“I Want To Die on Wednesday”- y hasta aires de music-hall –“Pink de Chapeau”-. La imaginación y la diversidad al poder. La carrera de Hayase no volvió a contar con un despliegue de canciones tan atinado, y por ello este “Soutsu” queda para la posteridad, aparte de cómo su disco más valioso, como uno de los grandes álbumes de city pop, esa corriente también típicamente nipona que cristalizó en los años setenta y que era una especie de pop elegante, adulto y urbanita –como el mismo nombre indica- cuyas producciones hoy suelen sonar un tanto trasnochadas. Pero no es el caso.










 DIP IN THE POOL – “10 Palettes” (Moon, 1988)

Este dúo –bautizado con el título de un cuento corto de Roald Dahl- en sus inicios hacía un pop abstraído, minimalista y pausado, más ‘ambient’ que ‘dream’.  Su cantante –Miyako Koda- gastaba un look a la manera de Tracy Thorn, pero su música entonces estaba más cerca de su paisana Anna Domino o de la Virginia Astley más pop que de Everything But The Girl, aunque con el paso del tiempo arreglaran más sus canciones y les diera ya en los noventa por convertirse en los Swing Out Sister japoneses.

“10 Palettes”, su segunda grabación, gana en efusividad con respecto al debut, hoy convertido por otro lado en disco de culto en su país. Esta continuación se compone de diez canciones cosmopolitas, más valientes y (algo más) bulliciosas: con un trote que no por ello deja de lado el espíritu recogidamente autárquico de sus comienzos. Gana en extroversión y, por tanto, en versatilidad, y eso se acaba pagando (para bien). Recuerda poderosamente a “Cardiffians”, la obra maestra de Ian Devine y Alison Statton: es el mismo pop detallista, a la vez circunspecto y retozón, en el lado completamente opuesto a la vulgaridad.

Después de abandonar a finales de los noventa, volvieron hace bien poco (el año pasado) para demostrar que siguen facturando muy buenas y refinadas canciones.










FLIPPER'S GUITAR – “Three Cheers For Our Side” (Polystar, 1989)

“Las escuchas compulsivas de los primeros Aztec Camera (“Boys Fire The Tricot” o la canción que le hubiera gustado escribir a Andy Pawlak), The Monochrome Set (“Sending To Your Heart”) o Sarah Records (“My Red Shoes Story”, “Goodbye, Our Pastels Badges”) pilotan sobre su álbum de debut -“Three Cheers For Our Side”, 1989-, vitaminado y repleto de melodías de fantasía y arreglos adictivos (“Happy Like A Honeybee”), paradigma de estreno cargado de ideas, apropiaciones y fervor adolescente. (…) Luego vendrían las carreras en solitario: Keigo Oyamada como Cornelius (sólo parece interesante su iniciático “The First Question Award”, que todavía mantiene parte del espíritu Flipper’s Guitar antes de convertirse en ese chamán de revista de tendencias al uso a base de poliédricos muzaks electrónicos más próximos al tostón pseudo-experimental que a otra cosa) (…)“

Como básicamente sigo pensando lo mismo, corto y pego de la entrada que les dediqué hace casi tres años en lo concerniente al primer lp de este exquisito grupo de indie-jangle pop y que se puede consultar completa aquí. Un grupo ya merecidamente legendario.










PIZZICATO FIVE – “Bossa Nova 2001” (Triad, 1993)

Deberían sobrar las presentaciones y las consideraciones: el mejor grupo japonés de todos los tiempos frente a la que es, sin lugar a dudas, su obra maestra. Uno de los discos clave de la década de los noventa y también de la eternidad. Para los que conocíamos desde aquella década los recopilatorios concebidos para el mercado occidental (“Made in USA” o “The Sound of Music of Pizzicato Five”, publicados a través del sello Matador), descubrir el contenido íntegro de este “Bossa Nova 2001” supone un festín para los sentidos como pocas veces se puede uno encontrar en un disco de pop, pues incluye las mejores canciones de los ya por sí fastuosos listados.

Hagamos memoria: “Sweet Soul Revue”  fue sintonía del programa radiofónico "Déjate besar" del otrora distinguido Jorge Albi, “Magic Carpet Ride” funcionó de cortinilla para "El Ambigú” de Diego A. Manrique en su etapa en Radio 3 y “Sophisticated Catchy” hizo lo propio para “Lo + Plus” de Canal +.

“Bossa Nova 2001” no da tregua: tiene además “Peace Music” (¿la mejor canción del P5?) y otros clásicos de su repertorio como “Sweet Thursday”, “Go Go Dancer” y prácticamente todas -16 cortes en total-, dejando para el final una “Cleopatra 2001” que bien vale toda una carrera. El elixir de la perpetua juventud.

Los padrinos del Shibuya-Key: Bacharach en vena, obsesión por los sonidos cariocas (Marcos Valle), el dance pop más sofisticado o la pronunciación francesa, todo ello gentileza de uno de los francotiradores más exquisitos, desprejuiciados y sabios: el emperador pop Yasuharu Konishi (¿para cuando una estatua en cada rincón de Shibuya, a la manera de Ultraman?), flanqueado a lo largo de su trayectoria por diferentes vocalistas, de las cuales Maki Nomiya (que ya aparece aquí) es la más duradera y representativa.

Otros discos imprescindibles: “Pizzicatomania” (selección de sus primeros singles, cuando eran prácticamente un trío de techno kayo y tenían otra cantante), “The International Playboy & Playgirl Record” y “The Fifth Release from Pizzicato Five.”

A new stereophonic sound spectacular!




domingo, 24 de julio de 2016

Discos imprescindibles del pop japonés (II)





NIAGARA TRIANGLE – “Niagara Triangle vol.2” (Niagara Records, 1982)

Supergrupo formado originalmente por Tatsuro Yamashita, Ginji Ito (ambos de Sugar Babe) y Eiichi Ohtaki de Happy End. Este último es el único miembro que aparece en los dos volúmenes del proyecto: el primero es de 1976 y seis años después su obra maestra y testamento.
The Beach Boys, The Beatles, Buddy Holly y hasta Al Stewart se dan cita en una producción entrañablemente anacrónica –a veces puede recordar, por limpieza, a las de Madness o a la del “Punch de Clock” de Costello-, pero de una lucidez melódica fuera de toda duda. Como unos Cánovas, Rodrigo, Adolfo y Guzmán del lejano oriente, encontramos clasicismo infalible preñado de juegos voces acomodados con total sabiduría.

Sorprendentemente, y pese a todo su potencial pop –no falta ni sobra nada- se trata de un disco de culto en Japón. Osea, que tan rotundo álbum cumplió no de manera totalmente satisfactoria las previsiones comerciales.







  
CHIEMI MANABE – “Mysterious Girl” (CBS, 1982)

Con una portada a medio camino entre Blade Runner, E.T. y “Woodpeckers from Space” se presenta el único lp de Chiemi Manabe. “Myterious Girl” es EL DISCO de techno kayo, es decir, canción electrónica interpretada mayormente por ídolos teen a principios de los ochenta.
La ex–Pansy -fugaz trío de adolescentes niponas que saltaron a la popularidad gracias al film “Natsu no himitsu” (Summer secret) de Hiromichi Kawakami- atrajo las miradas de la productora, que quisieron hacer de ella una nueva y fulgurante estrella musical.
Con una nómina de infarto escribiendo las diez canciones originales (doce en la reedición en compacto; las dos extras están al mismo nivel que el resto) y que incluye a Haruomi Hosono, Akiko Yano o la Sugar Babe Taeko Ohnuki, el álbum de la de Ehime es un sueño que alcanza la perfección en todas y cada una de las piezas que lo componen. Tanto si la cosa se pone un poco más oscura (“Untotooku”) como si se funde en cha-cha-chá sintético (“Let’s Go Romantic”) o le pega a la balada sentimental “Goodbye Goodbye”).  Son canciones llenas de imaginación, recursos electrónicos al servicio de las melodías y una admirable compensación entre modernidad y canción de toda la vida, sin arreglos irritantes o accesorios y con una sutileza que destierra la simpleza que pudiese albergar a priori una aventura así.

De Chiemi Manabe jamás se supo discográficamente hablando, por lo que su leyenda no ha hecho más que crecer a medida que “Mysterious Girl” ha ido escalando posiciones entre los mejores discos de tecno-pop de su época.








MOON RIDERS – “Aozora Hyakkei” (Japan, 1982)

El grupo liderado por Keiichi Suzuki pertenece a esa estirpe de grupos heterodoxos relacionados en su día con la new wave que, sin embargo, vienen de una tradición pop aún más abierta e insondable. Pienso en los neozelandeses Split Enz, en los holandeses The Nits o, sin ir más lejos, en los británicos XTC. La nueva ola es la que les sitúa cronológicamente más cerca, pero sus referencias van mucho más allá desde un principio, partiendo de los años sesenta –The Beatles, Byrds, Kiks o Beach Boys- y adaptándose a las circunstancias según van avanzando sus trayectorias.
En el caso de los tokiotas Moon Riders –considerados, junto a Ippu-Do y la YMO la Santísima Trinidad del pop de finales de los setenta-, en sus inicios hay connotaciones del phyladelphia sound, del cararet o la disco music, hasta llegar a la irradiación punk o new wave, sobre todo a partir de su disco “Camera Egal Stylo” de 1980. Sin embargo es en “Aozora Hyakkei” donde todas sus influencias se suceden de manera más natural y fluida.

Hay momentos en que recuerdan a Squeeze, a Elvis Costello o a los citados Split Enz/Nits.
Pero si por algo debe pasar a la historia este disco es por ser la mejor traslación del “English Settlement” de XTC a la idiosincrasia japonesa. No en vano Sukuzi siempre tuvo a Andy Partridge entre sus ídolos máximos. Algo que se nota claramente en “Kiri no 10m2” -puro “Drums And Wires”- , “Tonpikurenkko” –que parece salida del “Black Sea”-, “Mayonaka no Tamago” o “Aozora no Marie”. “Kurenai Futou”, algo más electrónica, parece una pre-cuela del “This World Over” que los de Swindon incluyeron en “The Big Express” (84).








MIHARU KOSHI – “Tutu” (Yen, 1983)

Otra superestrella adolescente reciclada en vocalista de jazz con el paso del tiempo. Sin embargo, 1983 es la época de la fiebre techno kayo y Miharu Koshi no va a dejar pasar la oportunidad de facturar un disco del estilo a su medida. Compuesto por ella misma a excepción de una versión de los belgas Telex –la que abre el disco, “L'Amour Toujours” – y con la producción del omnipresente Haruomi Hosono, conviven los consabidos ritmos juguetones –“Sugar Me”- mezclados con pop electrónico y una fascinación por el pop francés del momento –“Laetitia”, “L'amour... Arui wa Kuro no Irony”- perfectamente insertada en el conjunto.

“Tutu”, tercer álbum de Miharu Koshi, se cierra con una triada definitiva: “Keep On Dancin’”synth-pop latino elegante y coqueto- y, sobre todo, “Petit Paradis” -chanson de carrusel- y “Nichiyo Wa Ikanai”, esta última una de las mejores canciones del pop japonés de todos los tiempos:









YELLOW MAGIC ORCHESTRA – “Naughty Boys” (Alfa, 1983)

Los puristas del grupo preferirán “Solid State Survivor” o “Technodelic” como posibles cimas de Hosono, Sakamoto y Takahashi –los pigmaliones del j-pop- juntos, pero yo prefiero quedarme, sin duda, con uno de sus discos tardíos, antes de la primera disolución. “Naughty Boys” es apoteósico, de degustación inmediata: uno de los discos de tecno-pop más completos e impecables de siempre. Aquí no hay sketches, experimentos más o menos exóticos o batiburrillos estilísticos como venía ocurriendo en el pasado. Desde la fantasiosa “Kimi Ni Munekyun” –antecedente lejano del shibuya-key- hasta la muy Eno “Wild Ambitions” es todo sustancia, con un guión equilibrado en todo momento: canciones perfectamente ensambladas y ritmos contundentes a la par que pegadizos. “Focus” recuerda a los Talking Heads más vitaminados –los de “Remain in Light” o el contemporáneo “Speaking in Tongues”- y “Open Muy Eyes” a Japan, y como dato anecdótico el Be Bop Deluxe Bill Nelson se encarga de algunas de las guitarras del disco. Para los neófitos sugiero empezar por este o por el citado “Technodelic” (81).

El culmen de un periodo incesante e insaciable para sus protagonistas.