jueves, 7 de mayo de 2020

The Go-Between (Joseph Losey, 1971)






"Rememorar nuestro pasado, aun sabiéndolo tan nuestro, se nos antoja en el tiempo ajeno a nosotros"

Losey, víctima de las purgas macartistas, fue -tanto por circunstancias personales como, ya de paso, por intrínseca inquietud sobre las posibilidades del medio- uno de esos directores omnívoros que transitó por filmografías de diferentes países (además de su país natal, Estados Unidos, rodó para Reino Unido, Francia e Italia) e intentó tocar casi todos los géneros, dejando una impronta donde la sobriedad y la distinción fuesen marca de la casa, independientemente del tono de cada película. A menudo irregular e insuficiente, y otras muchas efectivo y hasta clarividente, Joseph Losey cargó desde muy pronto -principios de los años cincuenta- con cometidos que le dejaron en una situación hasta embarazosa -pienso en su famélico e impersonal remake nada menos que de "M. El Vampiro de Düsseldorf"- que compaginó con esforzadas cintas noir ya entonces de marcado corte social -"The Lawless", "The Big Night"- o de un simpático minimalismo -"The Prowler"-: todas ellas Made in USA, antes de su exilio forzado a Europa. 






Tras una primera aventura específicamente italiana, debutó en su país de adopción -Reino Unido- con la primera de sus obras de verdadera envergadura: "The Sleeping Tiger" -con una memorable evolución psicológica a cargo de la actriz Alexis Smith-, a las que siguieron bandazos que subrayaban lo estilizado y lo conceptual de sus thrillers -"The Intimate Stranger", "Blind Date", "The Criminal"-  con lo torpe a nivel interpretativo de algunos de ellos -"Time Without Pity"-. Por entonces ya experimentaba en paralelo con la incipiente (e inquietante) sci-fi british -"X: The Unknown" y, sobre todo, la apócrifa continuación fílmica del pueblo de los niños malditos, "The Damned", ambas en la entonces pujante Hammer- hasta llegar a la que casi unánimemente está considerada como su mejor y más carismática película: "The Servant", lejana precursora de fenómenos cinematográficos actuales como la coreana "Parasite". Quizá "El Sirviente" funcione también como punto de inflexión en la carrera de Losey (que venía de fracasar artísticamente con la petulante y vacua "Eva", desgraciadamente poseída por la cargante influencia de "La Dolce Vita" de Fellini), acatando a partir de ese momento esa referida sobriedad que decíamos al principio y que se identifica de manera más acentuada en el último tramo de su carrera, sin dejar de trufarla, según el caso, de un soterrado sentido del grand guiñol, ubicando en esto último a "Secret Ceremony" (su particular "What Ever Happened to Baby Jane?) o la propia "The Servant". El amor fou de "Accident", la ascendente del "Duel" de Spielberg "Figures in a Landscape" o el drama político alrededor de la falsa identidad de "Monsieur Klein" son las -abigarradas- muestras de una parte final nunca exenta de vaivenes de consideración, muchas veces a merced de la inspiración del guionista de turno.






Enfilada igualmente en su época de madurez podríamos situar "The Go-Between", muy posiblemente la más sutil de todas sus producciones. Basada en la novela de L.P. Hartley -publicada esta en castellano por Pre-textos-, "El Mensajero" (que también podría ser traducida como "El Correveidile") arranca con una deslumbrante muestra de naturalismo pictórico deudor de las líneas suaves y la luminosidad de autores como Waterhouse, Inchbold o Brett. La música -a cargo del recientemente fallecido y reivindicado Michel Legrand-, entre el dramatismo y la exaltación, nos da una pista sobre el carácter anhelante y a la vez trágico de la cinta. La historia, apoyada si se quiere en un extenso flashback, remite a los recuerdos de infancia y primera adolescencia de un chico de clase humilde a principios del siglo XX en unas vacaciones de verano en la mansión de un compañero de colegio, y que significará un acusado punto y aparte -sin retorno- en su vida.

La importancia de esta película radica ya desde los primeros minutos en la transparencia con la que Losey coloca y conduce la cámara, sin apenas dejar hablar a sus personajes como no sea para algún diálogo a lo sumo pretendidamente intrascendente. El compañero del protagonista pasará muy pronto a un segundísimo plano para centrar el desarrollo de la película en la relación del chico protagonista con la hermana mayor del compañero -Julie Christie-, y en las intrigas epistolares de esta con su pretendiente y a la vez con el encargado de las caballerizas. Todo desde una perspectiva costumbrista, pero que a su vez indice en la doble lectura sobre la que girará el guión: el cóctel explosivo que supone unir las diferencias de clase con el conflicto sentimental en el despertar de los afectos, más allá de la simple amistad, del niño, pero haciéndose extensible a empleado.






Sobre la primera de las estas dos cuestiones giró, por otra parte, gran parte de las temáticas de Joseph Losey como realizador. Izquierdista certificado, Losey diseccionó la lucha de clases y sus sempiternos conflictos en multitud de cintas: "The Servant", "The Sleeping Tiger", "Accident"... la lista es bastante extensa y, a la vez, fue tratada desde diferentes ángulos. Hecho este que le coloca más de actualidad que nunca, pues como es sabido la disputa no solamente es una cuestión jamás erradicada, sino que resopla latente hoy en día con toda su crudeza tras el intento de amnesia colectiva del neoliberalismo que aún sufrimos.

"The Go-Between" es un afilado pero a la vez vaporoso tratado sobre la fascinación amorosa que desemboca en la adoración no correspondida, la hipocresía, la especulación del despertar sexual y la salvaguarda de las falsas apariencias. Finalmente, quedará la decepción mezclada con una incomprensible lealtad más allá del tiempo (y de la vida) a la que el infante -ya mayor: interpretado de manera sobrepasada en los últimos compases por uno de los actores talismán de Losey, el legendario Michael Redgrave- se verá postergado.






¿Quién no ha sufrido alguna vez una situación similar? El paso de la niñez a la adolescencia es el caldo de cultivo para viajes iniciáticos, estancias, miradas y secretos proclives a la confusión, a la interpretación más atroz que luego afecta amargamente al corazón, y más si se sazona con amaneramientos de condición socio-económica. Creo que sé algo sobre un tema como este. Quizá hasta el punto, en fin, de sentirme bastante identificado con el protagonista principal.



P.D.: "The Go-Between", al menos el título, fue inspiración -o eso dice la leyenda- unos pocos años más tarde para el bautismo de cierto grupo de pop australiano sobre el que, casualmente, estos días se cumple el aniversario del deceso de uno de sus dos responsables. Sirva esta reseña a su vez como un modesto recuerdo, en pleno confinamiento, a la memoria de Grant McLennan, al que se le echa mucho de menos.



domingo, 22 de marzo de 2020

Two Weeks in Another Town (Vincente Minnelli, 1962)




“Hicimos buenas películas. Un par de ellas, fantásticas. Como si hubiera una ley que nos prohibiera fallar. La suerte nunca nos abandonaba. Pero no era suerte: era que nos decíamos la verdad”


De acuerdo: se han hecho rodajes por ojos foráneos aparentemente más atractivos para el común de los mortales en la ciudad de Roma, desde la simpática “Roman Holiday” (William Wyler, 1953) a la pretenciosa, espesa y vacua “La Dolce Vita” (Federico Fellini, 1960), por poner el par de ejemplos más obvio. No obstante, ninguna película ha captado la Ciudad Eterna con el tono crepuscular y dolido pero a la vez vivo e incandescente de “Dos semanas en otra ciudad” (digamos que aparecen las mismas terrazas de Fellini, pero en “Two Weeks” se palpa la excitación, la intensidad y el peligro). “Two Weeks”: esa mezcla a la vez de secuela y spin-off –pero sin ser ninguna de las dos cosas- de “The Bad and the Beautiful” (1952), perpetradas ambas por el norteamericano Vincente Minnelli.

“Two Weeks in Another Town” funciona (y convence) de varias maneras: como el ajuste de cuentas a uno mismo, como una muesca más de Minnelli en la profundización de unos personajes varados a partir de diferentes patologías mentales -en una especie de tetralogía propuesta de manera improvisada a partir de la filmografía del mismo autor, al lado de “Undercurrent” (1946), la propia “The Bad and the Beautiful” y “The Cobweb” (1955)- y como la definitiva impugnación a un tipo prota(a)gónico movido por un carácter volcánico y a menudo inconsciente de su propio poder e influencia. Por no hablar del inevitable y sincero tono reflexivo y filosófico sobre el cine dentro del propio cine.







Charles Schnee en el guión y todo un artesano precursor de bandas sonoras como David Raskin repitieron respecto al equipo de la referencial “The Bad and the Beautiful”. El primero tuvo que hacer encaje de bolillos para readaptar la historia de la película del 52 diez años después pasando el actor principal en ambas –el recientemente fallecido Kirk Douglas- primero como irascible y calculador productor en la primera para adecuarse en la segunda e interpretarse a sí mismo, es decir, como el propio actor de la primera, abandonado y engullido por el venenoso modus vivendi del negocio. Schnee, bregado en furibundos y esforzados westerns –“Red River”, “The Furies”- y noirs con marcado mensaje social –“They Live by Night”-, se mueve como pez en el agua a la hora de hilvanar una trama donde el delirio, la culpa y el reproche se entretejen a la perfección, como un cóctel explosivo y constante de consecuencias trágicas… pero bellas en su consumación.






“Two Weeks in Another Town” empieza en un psiquiátrico –escenario sustituido en los diálogos por el eufemismo pijo muy de entonces de ‘casa de retiro’-, justamente como en la citada “The Cobweb”. El actor Jack Andrus (Douglas) es liberado de ahí para aprovechar una última oportunidad de reenganche en el mundo del celuloide gracias a la llamada de uno de sus directores fetiche, Maurice Kruger (el incontestable Edward G. Robinson, haciendo indisimuladamente del propio Minnelli). Pero las cosas no son (o no parecen) como en el pasado: las vidas se han encallecido, los cantos de sirena recrudecido, y los cambios de paradigma en la industria amenazaban con el prestigio de los que lo fueron todo y se ven reducidos a dar manotazos torpes al presente. Andrus intentará resurgir como el ave Fénix (aceptando paradójicamente el puesto que había interpretado en “The Bad”, el de dirección de actores), tratando de recuperar incluso el sex-appeal y la inocencia destructiva de los buenos tiempos. Pero todo ha cambiado, y se encuentra que los productores no buscan la épica de la gracia y el glamour, sino el beneficio inmediato del producto comercial puro y duro.

En este tour de force de Minnelli, como suele ocurrir por otra parte en casi todos sus dramas, abundan los comportamientos desquiciados –insoportablemente visceral e histriónica pero divina está Claire Trevor-, orgullosos –Robinson- y tercos –Douglas-. Todos ellos han acumulados frustraciones, decepciones y demás taras del destino a lo largo del tiempo, lo que emponzoña la cinta de una atmósfera marcadamente viciada, victimista por los cuatro costados, siempre a punto de saltar por los aires.







Hay guiños directos a “The Bad and the Beautiful” -se utilizan fragmentos reales de la propia película (auto-homenaje) sobre los que se comenta por encima- y otros recreados y superados en esta segunda cinta –la escena casi final, catártica y excesiva del coche descontrolado supera en impacto a la por otra parte estimable –y reconocible conceptualmente- de Lana Turner en “The Bad”. Y no deja de haberlos respecto a la citada “The Cobweb”: tanto en esta como en “Two Weeks” es reseñable la figura del adolescente atolondrado y confuso con problemas de autoestima, encarnado en “Two Weeks” en el papel de David Drew (un George Hamilton aún por hacer cinematográficamente hablando) como actor principal en la película que ha empezado a rodar Kruger. Hay constante psicoanálisis –como por otra parte ocurría previsiblemente en “The Cobweb”- a causa de la profesión –la escena de la playa entre Veronica y Andrus-, y una sensación constante de efecto boomerang: Andrus -que, por cierto, se permite frivolizar con el maltrato machista en una de las secuencias- acabará sufriendo el mismo desengaño amoroso, la misma traición y la misma sensación de humillación y utilización de sus amigos y amantes que él había propinado tiempo atrás, bien encima de un plató, bien tras las bambalinas. Todo un tratado sobre el karma. En definitiva, sobre algo tan dolorosamente contradictorio y recurrente como la vida misma.

martes, 18 de febrero de 2020

From San Junipero to Minas Gerais - An Electropop Compilation 4





Hay spaghetti disco, bien mezclado con flamenco-son -EVAN SEVEN-, bien dreamy-space –SEVEN COLOR PARADISE- o tirando más hacia la cuadratura cheesy –CAPOSTRANO- o hacia la pelea punk –THE STEAMING JEANS-. Retrowave apabullante –DRIVER405, COLEURS-, shibuya-kei con pulsión de latin groove –SHAUN-, samba mundialista a la manera de Carlito Marrón –COPENEMA-, balearic pop –PHILLIPI & RODRIGO-, minimal synth –ANALYTICA- o vapowave vocal –MALE TEARS-. No perdemos de vista la pulsión funk k-pop –EDGE OF SILENCE-, las bambalinas vintage –MECHA MAIKO, en la foto-, el post hi-energy –DOLLS IN THE SKY- o la perfección pop electrónica a la manera de Saint Etienne o Sally Shapiro –FRANCESCA E LUIGI-. 24 bombazos ocultos del curso 2019-2020 que deberían marcar el siguiente verano en los corazones más avezados. He aquí la secuencia. Nos vemos en la pista de baile para los pobres.


Tracklist:


Guess Disco - Nahi feat. Fifi Rong (Extended Mix)

Evan Seven - Take My Hand (Original Mix)
Shaun - 36.5
Copenema - Serei Seu (Radio Edit)
Phillipi & Rodrigo – Minas
Abram Shook - Cocaine Blonde
Black Marble - One Eye Open
Analytica – Blackwing
The Column - Tastes the Same
Ida Fry - Baby Jesus
Male Tears - Blind Eye on the Mess
Flammen - Square One (feat. Die Scum Inc.)
Xeno & Oaklander – Hypnos
Mecha Maiko – Apathy
edge of silence - Retrologue 2020
Fabriks – Vessels
Seven Color Paradise - Sun on the Horizon
Francesca e Luigi - Love Is For The Poor
Stockholm Nightlife - My Guiding Star (Radio Edit)
Dolls of the Sky - In Your World (Radio Version)
Baby Zionov - Extract From Truth
Capostrano - Running For My Life
The Steaming Jeans - Art On Ice
driver405, coleurs - San Junipero





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miércoles, 1 de enero de 2020

Al infierno con la cultura, de Herbert Read




Publicado cinco años antes de su deceso, "To hell with culture" (Benedict Read, 1963) es una sabrosa recopilación de algunos de los más punzantes ensayos sobre arte, política y filosofía a cargo del teórico diletante y libertario británico Herbert Read. Eclipsado en los últimos años de su vida por el empuje del Pop Art (una corriente afortunadamente hoy en día liquidada en su inane, gregario y superficial desafío a las convenciones), es de agradecer sin embargo su insobornable capacidad para conjuntar las más diversas disciplinas y armar un discurso atrayente. Fue Read el que, aun partiendo de no pocas connotaciones marxistas en sus planteamientos -la influencia de las condiciones sociales en la elaboración y reconocimiento del arte-, ensanchó ese mismo criterio hacia distinciones entre el propio arte y la cultura, para poder preservar al primero de los valores intrínsecos e intransferibles más allá de los vaivenes comerciales y de clase.





Así, en el capítulo que da título a la recopilación comprobamos que las primeras nociones capitalistas que empiezan a engendrar los postulados culturalistas ya se encuentran en la Roma clásica (absorción de la formación griega, expansión de su versión e implantación de un imperialismo producto de todo lo anterior) hasta llegar al XIX con la desvinculación de la cultura respecto al trabajo, empezando a conformarse aquella como ocio. La distinción entre lucro (capitalismo) y uso (socialismo), añadiéndole al segundo las necesidades espirituales que omite el marxismo, siempre y cuando en esa ampliación se evite la superstición, nos lleva a la inevitable desmitificación del artista como alguien genial, endiosado y al margen (o en una esfera superior) de la sociedad y la eliminación de la figura del intermediario como fomentador de la desigualdad y la esclavitud. El capitalismo, engendrado en la usura, según Read aspira fundamentalmente al bajo precio con materiales pobres para un objetivo exclusivo: el máximo beneficio económico. El concepto de democracia también es revisado por nuestro hombre: si no existe una que se pueda llamar plena (y la democracia burguesa tal y como la conocemos -y sufrimos-, el fascismo o el autoritarismo comunista distan mucho de serlo, pues ninguna de estas formas, como se expresa en el siguiente capítulo, "La política de lo no político" se conforman a cargo del pueblo) siempre generará desigualdad: élite o lumpen, y entre medias un gaseoso estrato cuyo acceso y disfrute dependerá de condicionamientos financieros y de un acceso educacional caprichoso por parte de las esferas de poder.






En "El culto al liderazgo" se denuncian las grandes organizaciones (hoy corporaciones) de los cánones rígidos y la unidad de criterio, que solo engendra fascismo -solo en apariencia más proclive a la prevalencia de la raza sobre la economía-. Fascismo que para resolver su liderazgo conjuga sadismo (el que está por encima) con masoquismo (el que se sitúa por debajo) y antepone disciplina (jerarquización) respecto a moral (sentimiento de grupo).


"Una civilización desde abajo" introduce el concepto fundamental de apetito (como sinónimo de curiosidad) que, modelado por la educación y la energía espiritual dará consecuentemente lugar al refinamiento al que se debe aspirar. El arte no debería mostrar su excelencia o decadencia dependiendo del sistema económico, sino del margen que el lucro en cada caso esté dispuesto a ceder: la exigencia del arte a condicionamientos estrictamente estéticos por encima de los especuladores y de los políticos. La dependencia estatal del arte, además, suele generar fealdad, ya que se rige por criterios de beneficio inmediato, y resulta empobrecedora en expectativas creativas.


"Los síntomas de la decadencia" se pueden diagnosticar a través de la indiferencia -mezcla de aburrimiento, inmovilismo y cinismo-. Debe preservarse al arte como expresión libre y original, en la medida de lo posible deshaciéndose de servidumbres y mecenas caprichosos que influyen fatalmente en el resultado final.






"El patrono colectivo" anima a considerar el arte como una actividad o conjunto de actividades insertadas en el devenir social de los territorios, y despreciar su propensión a ser legitimada como profesión independiente y, por tanto, falsamente ensimismada. El arte, en definitiva, como una combinación de apreciación (rasgo social), patronazgo (rasgo económico) y libertad (esencial y puro). Respecto al patronazgo este debe pretender su expresión más colectiva (a la manera de los gremios artesanos de la Edad Media que también defendiera Rocker), eludiendo el privado (servidumbre), el personal (herencia) o el estatal-industrial (cooperativo, modelo soviético), pues prácticamente todos ellos se someten a mayor productividad, mayor control estético (sumisión), mayor presión y menor independencia de la inspiración.


En "El secreto del éxito" Herbert Read nos recuerda que el artista creativamente más valioso es aquel que ha sorteado con ímpetu no solo la educación convencional, sino los atavismos sociales más supersticiosos, desembocando irremediablemente en un paria, el mismo que aceptando los conductos académicos trata de evitar la repetición o imitación grosera de los modelos expuestos en dichos medios normativos, contando para ello con una crítica independiente que calibre el abuso publicitario por el que es fácil que se cuelen mediocridades ensalzadas como supuestos genialidades... del márketing. Hay, además, todo un apartado para recordar la tensión diocechista entre trabajo -defendida por Joshua Reynolds- e inspiración -apoyada por William Blake- como caminos para llegar a la excelencia artística plena.






A favor de la mixtura de manifestaciones artísticas como suministradora de "carácter" y riqueza en un creador ("La libertad del artista") y de la forma como "El arte revolucionario" en lugar de las características intrínsecas de una obra, distinguiendo la revolución como cambio por oposición, no como cambio desviado hacia la libertad "total" son otras de las apuestas de Read, que discierne entre revolucionarios positivos (abstractos) y negativos (surrealistas), entroncando en el siguiente ensayo -"La psicología de la reacción" entre conservadores (positivos) y reaccionarios (negativos, fascistas y esquizoides) con el zeitgeist como abigarrada maniobra de distracción. Aquí también evoca la trayectoria escasamente progresiva del arte desde la Edad Antigua: si del Paleolítico naturalista se pasó al Neolítico abstracto, se volvió a repetir con el Realismo o el Constructivismo en épocas más recientes, por ejemplo.


"El problema de la pornografía" introduce, de manera aún provocadora, los ingredientes freudianos de la amnesia infantil (provocada por la autorepresión y la desconfianza) y las experiencias traumáticas en su ecuación y distingue entre tabú como condicionamiento suave frente a prohibición como el fuerte, produciendo el divorcio entre espíritu e instinto.






"La civilización y el sentido de la calidad" nos recuerda considerar el arte como creación puramente artística (valga la obviedad) antes que como cultura enciclopédica de puro almacenamiento de datos, y engloba como mitos tanto lo sobrenatural (divino) como lo progresista (humano). El arte no como invención sino como modificación y sublimación de la realidad, como forma manipulable que excita nuestros sentidos y nos saca del aburrimiento y la rutina. De ahí se establece la calidad, y de ahí el sentido estético.


"El gran debate" es para el autor de "La paradoja del anarquismo" la inutilidad de la economía política para armar un discurso fiable, riguroso y coherente respecto al reparto de bienes y a una mejora de la calidad de vida general. El desarrollo tecnológico, sin moral ni estética, desincentiva la imaginación creativa. Nuestro protagonista concluye considerándose un ludita, pero fundamentalmente intelectual.


"Las artes y la paz", último texto, erige la moral como acción y comportamiento y no como creencia y considerando es lo contrario de la persuación, que no es más que maniobra publicitaria. Alude, a modo de paradigma, a Platón y Saint-Exupéry de alguna manera como adversarios filosóficos de Tolstói, al que en el sentido de este párrafo acusa de persuasivo.

miércoles, 18 de diciembre de 2019

Discos Favoritos de 2019




                           Jessica Pratt: carácter en alza. Gran protagonista del año




Termina la década y para el último año de la misma los resultados no han podido ser más satisfactorios: he elegido los 32 discos más destacados bajo mi humilde (y exigente) criterio. Incluye un poco de todo: novedades, rescates, reivindicaciones, recopilatorios... Mucho mucho pop, vestido con un buen ramillete de ropajes. Desde Estados Unidos hasta Ghana, de Corea del Sur a Canadá, de Dinamarca a Japón, de Brasil a Finlandia, de España a Nueva Zelanda... la música está más viva que nunca around the world y cada día resulta más imprevisible y apetecible, porque uno siempre tiene la sensación de que no da abasto y que, además, se le quedan por el camino cosas fantásticas con las que, quizá, cualquier día se cruzará. Frente al pesimismo de los aburridos -y anacrónicos- agoreros que sermonean año sí y año también con la decadencia de la música (así, en general, a golpe de brochazo), aferrados a los patéticos asideros del consuelo de los tiempos pasados y la nostalgia acomodaticia -todo ello producto a partes iguales de ignorancia, pereza, vejez mental y una superioridad moral que producen risa, cuando no directamente pena- a cambio contamos los demás con la fascinante investigación de buenos y excitantes discos, las más de las veces escondidos en las plataformas de turno: exploración palpitante y apertura de mente siempre necesaria frente al cuñadismo y sus opiniones de garrafón. Para seguir disfrutando con la actualidad hay que echar mano de la curiosidad, del trabajo y de la predisposición a vivir nuestro tiempo con ese hormigueo que produce descubrir una nueva canción, un nuevo artista o directamente una escena no transitada hasta ahora. Sin olvidarnos de los que se mantienen ahí haciendo trabajos de interés o, también, de los que vuelven convenientemente para recordarnos su grandeza.

A continuación el resumen de 2019 -como siempre en riguroso orden alfabético- tal y como se ha vivido desde Vailima.








Ana Frango Elétrico – “Little Electric Chicken Heart” (Risco)

El destino, la casualidad o la mera insistencia en una forma todavía fascinante de reinterpretar la MPB ha querido que "Little Electric Chicken Heart" cierre una década que, de una manera muy parecida inició -pero, por lo que se ve, con menos vocación de hype- Tulipa Ruiz con "Efêmera": en base a un tropicalismo espontáneo -con muchas ganas de agradar- con el tiempo de cocción en su justo punto "desafinado". Una de las principales virtudes del disco de Ana Frango Elétrico radica en su brevedad, y en condimentar con las medidas exactas pop vivaracho y psicodelia mutante galcostiana sin caer en el desvarío. Al rico chocolate aquí.






Angelo De Agustine – “Tomb” (Asthmatic Kitty)

El chico-Martini de este año (aporta para el anuncio de marras la loureediana "Time") remite más que perceptiblemente a Neil Halstead y Nick Drake en un compendio de filigranas contenidas y puntillosas -con algún que otro detalle sintético en las bases- que ha hecho las delicias de los espíritus más ensimismados: su disco más atinado con diferencia. Pueden hacer costura con ello aquí





Big Thief – “U.F.O.F.” (4AD)

Hasta ahora Adrianne Lenker, ni con los propios Big Thief ni en su aventura en solitario había conseguido la cuadratura del círculo como en "U.F.O.F." -su otro disco de 2019, "Two Hands", no pasa de correcto-. El trasnochado indie-rock de los noventa -del que aún quedan remanentes puntuales un tanto feos, como en "Jenni" o en la parte final de "Contact"- vuelve a cobrar por lo demás (algo de) sentido, inusitadamente, gracias a la orientación folk con apropiadas melodías de amargor en espiral -ya sean confesionales o puramente atmosféricas- de los neoyorquinos. La holgura tensional de "Open Desert" o la fragilidad de "Terminal Paradise" dominan desde la atalaya telúrica de un sello discográfico que, por otra parte, parece querer resistirse a claudicar del todo. Pueden rememorarlo aquí.






Black Marble – “Bigger Than Life” (Sacred Bones)

Algo menos oscuros que en su anterior "It's Immaterial" (2016), Black Marble proponen una nueva vuelta de tuerca a los preceptos sonoros de Joy Division/New Order, OMD, The Wake, The Magnetic Fields, Orlando Gloom o Family: tecno-pop a ratos sombrío, a ratos más bien lluvioso. Once dardos, directos y eficaces, llamados a instalarse para siempre en un rinconcito de nuestros corazones mientras se baila recatadamente. Enternézcanse aquí.






Divino Niño – “Foam” (Winspear)

El disco más refrescante del año lo ha elaborado este grupo de Chicago de orígenes colombianos. Imposible resistirse a hits veraniegos como la titular "Foam" o "Coca Cola", entre el jangle licuado (hay mucho del Travis Bretzer de "Lady Red") y el shoegaze tropical. Un talento indudable para deslizar sorbetes por doquier -"Melty Caramelo", en la mejor tradición de mid-tempo soul-funk a la manera de Edwyn Collins-, manejando a su antojo el efecto placebo del pop más aparente (la portada despista: ni rastro de vaporwave). Disco de hamaca psicodélica, disco sexy hasta el tuétano. Pueden pedir acomodo desde aquí.






Ebo Taylor – “Palaver” (BBE)

Grabación inédita de este idolatrado compositor ghanés, perpetrada originalmente en 1980 y recuperada en los últimos compases de esta década que ya expira. El calypso de la canción titular, el afro-funk mercurial de "Ab Ebrese" o la identitaria "Help Africa" se benefician de una sección de vientos espectacular: fluida y vigorizante. Otro ejemplo que muestra el poderío del Ala Oeste del continente, siempre más pegadiza y tonificante con respecto a la del Este. Déjense llevar desde aquí





Flammen – “Montreux” (Retrosynth)

Líneas de sintes subrayando constantemente unas partes vocales que se mueven entre la valentía, la intensidad y el equilibrismo sin red -"Lost My Baby"-. Crooner lo-fi (unas veces más Almond, otras más MacKenzie) que debería ser de referencia, desde ya, dentro de esa utopía post-electrónica que llamamos -paradójicamente- retrowave. Incluye como aliciente alguna que otra muestra de toma de partido explícita -"Proletariat"- en medio de su ímprobo ánimo para el baile secreto. Tiren de drama aquí.






Frank Harris and María Márquez – “Echoes” (Strangelove)

Hipnóticas reinterpretaciones de tradicionales venezolanos -María Márquez es natural de aquel país- con finos ropajes etno-sintéticos que, en algún caso, recuerdan insospechadamente a nombres contemporáneos del pop latino como Ciudad Jardín o Radio Futura -"Campesina"-, entretejidas con exóticas reinterpretaciones de un folclore misterioso -"Tonada de ordeño"-, sofisticaciones a lo Sade -la ultrasexy "Loveroom"-, a lo Isabelle Antena -"Bein' Green"- o a lo Working Week -"Down By The Rio"-, circundadas por instrumentales -todo supervisado por el "multitocador" estadounidense Frank Harris- que preconizan a fuego y sal el muzak-chill-out. Una barbaridad que llevaba oculta -a excepción de alguna muestra publicada en su día en pequeños formatos- desde 1985 y que suena tan actual que hasta da miedo: rescate del año. Unas muestras aquí.






Gangway – “Whatever It Is” (RCA)

23 años después de su último disco -el excelente "That's Life" (1996)- Allan Jensen y Henrik Balling regresaron prácticamente en el mismo punto en el que lo habían dejado, como si hubiese pasado tan solo un suspiro: infalible tecno-pop de tiralíneas a la manera de los mejores Pet Shop Boys, Electronic o Depeche Mode. "Whatever It Is" está a la altura de cualquiera de las obras mayores de los daneses -que es como decir prácticamente su discografía completa-. Romanticismo  pop químicamente perfecto, dominando como muy pocos indistintamente el hit dance o la balada sedosa sintética. O se vuelve en este plan o mejor te dedicas a otra cosa: clásicos continentales felizmente recuperados. La constatación aquí.






Gary Davenport – “Scattered Thoughts” (Numero)

Del revelador recopilatorio "Sky Girl" (2016) del sello Efficient Space uno de los participantes más notorios era el francotirador de San Antonio Gary Davenport, que por fin tiene su rescate independiente. "Scattered Thoughts" es una selección de sus mejores momentos ya sea en solitario o con su partenaire Mark Champion, bien firmando con sus propios nombres o bajo el genérico de Mannequin. Uno de los eslabones perdidos de la escena norteamericana más oscura entre finales de los setenta y principios de los ochenta por fin reconstruida. Muestra más que tentadora entre dos vertientes: una casi pre-indie a la manera de, por ejemplo, Television Personalities o los primeros The Go-Betweens -"Trust In Authority", "A Desperate Situation"- y otra de folk terminal y planeador -"Symbols", "Romanticizing Again", la propia "Scattered Thoughts"-. La revelación de lo presentido aquí.






Grupo Pilon – “Grupo Pilon: Leite quente funaná de Cabo Verde” (Ostinato)

Testigos de excepción de la segunda diáspora caboverdiana a Europa, y tras los pasos de personalidades como Dionisio Maio y formaciones históricas como Bulimundo y Tulipa Negra (con los últimos, sobre todo, compartían su riguroso ideario marxista), los de Antonino Gomes recogieron el testigo del mejor electro-funaná durante los años noventa. "Leite quente" (sustituto en el exilio continental a la bebida por excelencia del archipiélago, el grogu) es puro calcio para las pistas de baile, y recoge algunas de las piezas más pegadizas y rotundas de un repertorio que ya habíamos empezado a paladear en el imprescindible recopilatorio de Ostinato "Synthesize The Soul". Guitarras vitamínicas, bases trepidantes, acordeones regios y teclados desacomplejados: el pasaporte a la excelencia de un pueblo con un espíritu siempre eruptivo. Pueden beber y bailar aquí.








Helado Negro – “This Is How You Smile” (Rvng)

Roberto Carlos Lange es el Carlos Valderrama del indie: la comparación no viene a solo a cuenta de la envidiable cabellera que ostenta, sino también por esa genuina capacidad para ralentizar el juego (aquí sería la trama sonora) y conseguir el mejor rendimiento en la melodía corta y con los recursos -en apariencia- justos. Folktrónica que algunas mentes perversas han llegado a rebautizar como 'braguetrónica', por esa predisposición -potenciada en directo- a los paisajes libidinosos a los que ha terminado por arrimarse su principal responsable, este norteamericano de orígenes ecuatorianos que jamás había logrado un 'trance' hipnótico tan sugestivo como en esta manera de sonreír. Mientras imaginamos lo que sería capaz de hacer si continúa con este ánimo, pueden 'erotizarse' aquí.






Jessica Pratt – “Quiet Signs” (Mexican Summer)

Otra agradecida confirmación: la californiana no nos había enamorado hasta ahora como lo ha hecho con esta exquisita y pluscuamperfecta colección de arrullos donde tan pronto riza el rizo con un guiño directo al "Ave María" de Schubert -"Silent Song"- como se deja empapar de la saudade sesentera más sobria -"As The World Turns"- o hace despliegues armónicos -"Poly Blue", "This Time Around"- a la altura de los maestros. Folk élfico de cuya plausible concisión fuimos además testigos en un directo impecable. ¿Disco y artista del año? Quizá, pero solo en el improbable caso de que nos entrara la tontería de ponernos jerárquicos. Pueden relajarse aquí.






John Southworth – “Miracle In The Night” (Tin Angel)

Siguiendo la estela de sus discos más intimistas -"The Pillowmaker", "Human Cry" y "Niagara"-, el más infravalorado songwriter del siglo XXI entregó este año otro prodigioso compendio de sensibilidad 'out of time'. Con un registro de voz cada vez más dylaniano -pero como si el de Duluth cantara bien- y un talento que parece inagotable, este inglés afincado en Canadá profundiza en su algo hermética y traviesa poética, por otro lado cada vez más purificante. Adopta una autopista hacia el centro del alma aquí.






Kouta Katsutaro – “Kouta Katsutaro” (Death Is Not the End)

¿Hay algún vínculo candente entre el ryūkōka japonés y la copla andaluza?: la respuesta (más que afirmativa) la tienen en esta compilación consagrada a la gheisa-diva de los años treinta del siglo pasado Kouta Katsutaro. Si ponemos juntos los desarrollos interpretativos de esta junto a los requiebros de gigantes de la canción española -y contemporáneas de la nipona- como Estrellita Castro o Imperio Argentina la comparativa no solo no es para nada descabellada, sino que cobra un inusitado sentido. Esclarecedor documento al que pueden acceder desde aquí.






Ken M – “Climb” (autoeditado)

Mientras farsantes de la talla de Car Seat Headrest hacen caja en base a un impostado -y calculado- lo-fi trendy que no es más que el rock alternativo convencional que padecemos desde hace treinta años, aquí tenemos un disco del que debería realmente hacerse eco todo el mundo. Poco más de 22 minutos -grabados hace unos pocos fines de semana- que nos enseñan cómo maximizar todas las limitaciones del extenso mundo del bedroom pop. "Climb" safisface toda nuestra morbosa apetencia por el sonido más outsider, retorcido e ingenioso: desde el post-trap -"My Perfect Drug"- al minimal synth oscuro -"Kind"-, con la cacharrería al servicio de beldades pop de perversa dejadez en el resto. Cierra una de las canciones más concluyentes -y sentidas- del año: "Fear". Seleccionen su batido aquí.







Litku Klemetti – “Ding Ding Dong” (Luova)

Manteniendo el nivel más que óptimo de su anterior "Taika tapahtuu", la finlandesa Sanna Klemetti vuelve a dar con la tecla del mejor proto-prog-pre-punk-new wave... "Ding Ding Dong" es otro disco que parece saltarse de un plumazo los últimos cuarenta años de pop y querer recoser la historia, en el inverosímil supuesto que esta se hubiera deshilachado en 1979. Frescura e imaginación para retrotraernos a los tiempos heroicos -y libérrimos- de Gruppo Sportivo, Paraíso, Magazine o The Modern Lovers. Un camino no siempre felizmente transitado por otros en este holgado lapso y que Litku vuelve a resolver con nota (alta). Pueden ir de tarambanas aquí.






Luiza Brina – “Tenho Saudade Mas Já Passou” (YB)

Componente importante de los siempre recomendables Graveola e o Lixo Polifônico, la de Minas Gerais ahonda en la tradición del pop elástico brasileño de vocación mayoritaria que tiene hasta el momento en Marisa Monte su versión más definitoria. El segundo por libre de Brina hace ojos, entre otros, al tropicalismo jamaicano -"Quero Cantar", en la onda de su adorado Gilberto Gil- y al pellizco lánguido más acertadamente tradicionalista -"Queremos saber"-. Incluye la canción más bonita y emocionante del año: "Acorda Para Ver o Sol", con madera de clásico. Recompónganse aquí.







Michael Seyer – “Nostalgia” (Human Sounds)


Definitivamente este estadounidense de origen filipino se desenvuelve mejor en las distancias cortas: los hallazgos más notables de su anterior y aplaudido larga duración "Bad Bonez" se encuentran en este ep emancipados y realzados. La voluptuosidad perezosa de Marvin Gaye o -desde un prisma eminentemente indie- los últimos Orange Juice se entrelaza con maneras del city pop japonés -Seyer se reconoce fan confeso de figuras actuales del género como la gran Hitomitoi-. Premio a la portada 'rhinestone' de la década: pocas veces una carátula casó tanto con el contenido del disco correspondiente. Y lo más interesante, por otro lado, es la intuición de que aun así lo mejor de Seyer está por llegar. Suspiren aquí.






Mitsume – “Ghosts” (Space Shower)

Proverbial indie-pop entre la melosidad extrema y la suspensión dream-pop menos afilada. El mejor disco -todo un tratado sobre la ausencia, de ahí lo explícito tanto de portada como de título- de estos tokiotas minuciosos -con ecos de los primeros Flipper's Guitar o The Hit Parade- que ya pueden presumir de una dilatada trayectoria (diez años) a sus espaldas. Sientan el frescor de las convenciones aquí






Munya – “Meet” (Luminelle)

La canadiense Josianne Boivin ha debutado con un irrefutable caramelo electro lo-fi calculadamente derretido y afrancesado -tanto si se expresa en el idioma oficial de su región o lo hace en inglés- que debería ser la envidia de impostoras como Molly Nilsson o Carla Dal Forno. Entre Broadcast, Lio y Anna Domino, las canciones de su proyecto Munya de momento están siendo mejor valoradas por sus vecinos del sur que en su lugar de origen. Lo lógico sería que sus manifiestas capacidades, tarde o temprano, terminen por derribar muchas más fronteras. Todas las razones aquí






Papooz – “Night Sketches” (Half Awake)

2 de 2. La confirmación de que su debut "Green Juice" no fue fruto de la casualidad. El dúo maravillas parisino continúa con su fijación por los sonidos mágicos de "High Land, Hard Rain", "Steve McQueen" o "Pelican West", por la ambrosía del sunshine soft-pop o el funk de coctelería. Además, y gracias a los dioses, fuimos testigos este mismo año de su apabullante directo y la confirmación de Ulysse Cottin como un espectacular guitarrista y animador sin igual. Las viñetas sofisticadas aquí.






Parade – “La Deriva Sentimental” (Jabalina)

Pese a los altibajos -inevitables por el interés dispar de cada una de las interpretaciones ajenas- Antonio Galvañ continúa igual de fresco que el primer día en su obcecada búsqueda de la más entrañable canción perfecta. Al grano: las mejores piezas corresponden casi una por una con las interpretadas por nuestros invitados favoritos a este cataclismo emocional. "Letras, Canciones, Literatura" (a cargo de Single), "Ruido de Motor" (con Charlie Mysterio),  "Yoli Pendenciera" (Lidia Damunt) y "Manzanas para dos" (Espanto) se llevan las medallas. Mención aparte para "Esa Música": Galvañ se reserva la joya de la corona -¿la mejor canción de toda su trayectoria?- de pura hermosura y desgarro. El "Wasps' Nests" de aquí sobresale sin aparente esfuerzo en medio de la ya más que alarmante decadencia del pop hecho en España. La promiscuidad aquí.






Peter Ivers – “Becoming Peter Ivers” (Rvng)

La memoria del bostoniano Peter Ivers se resiste a pasar a la historia apenas por aquella "In Heaven" incluida en el "Eraserhead" de David Lynch (quien se encargó de la letra) de la que hicieron versiones destacadas gentes como Pixies o Tuxedomoon. Para paliar semejante reduccionismo está este nuevo recopilatorio que incluye la canción de marras, además de otras infinitamente superiores, como el caso de "I've Seen Your Face" o "The Night You Didn't Come". Escuchando a Ivers uno no puede dejar de pensar en los mejores Robyn Hitchcock, Paul Roland, Colin Lloyd Tucker, Martin Newell o Clive Pig. Esto es: viñetas que, paradójicamente, le emparentan más con la tradición del pop alucinógeno puramente british que con los aromas arenosos de su país. También hay que situarle, claro, muy cerca de David Bowie y Marc Bolan -"Take Your Chances With Me", "Eighteen and Dreaming"- o de una de las mejores épocas de Kevin Ayers, como es la de "Sweet Deveicer" -"Holding the Cobra", "Jamaica Moon"-. Además se le debería considerar uno de los pioneros del bedroom pop -"Even Stephen Foster"- y uno de los padrinos no reconocidos de la new wave -"Deborah"-. De su espantosa y desconcertante muerte en 1983 que se atrevan los de Netflix. Las intimidades sonoras de este magnífico compositor aquí.






Pictured Resort – “Pictured Resort” (Sailyard)

Hace años estaba de moda regodearse en el concepto del "difícil segundo disco" para tratar de amortiguar desde la crítica los bandazos que suelen dar los artistas tras un buen disco de debut. En el caso de Pictured Resort no hace falta andarse con justificaciones paternalistas: la continuación al delicioso "All Vacation Long" va a satisfacer de sobra las expectativas tanto de sus fans como de los que se inicien ahora en su muy cristalino y abstraído pop de estructuras perfectas y evocación enfermiza: referencia absoluta dentro de la escena de Osaka. Subidón de azúcar aquí.






Punipunidenki – “Mirai Addiction” (autoeditado)

Puniden ha lanzado este año tres eps, a cual más maravilloso. En la muy difícil elección nos decantamos por el primero de ellos -cronológicamente hablando-. Picopop a la manera (alocada) de Plus-Tech Squeeze Box -"Mirai Addiction"- jazz-pop futurista -"Rotten Candy"- y regurgitante funk bajo la sombra de MACROSS 82-99 -"Imaginary Boi", "Silent Kiss"- conforman este regalo del post-pop japonés que, en las siguientes entregas, se ha decantado por el comodín de la bossa nova, con resultados igualmente dignos de mención. Despliegue de fantasía oriental aquí.






Sarah Mary Chadwick – “The Queen Who Stole the Sky” (Heavy Machinery)

Más allá de la singularidad con la que ha sido grabado todo el disco -un órgano del siglo XIX, que no deja de conferirle un carácter único e intranferible-, "The Queen Who Stole the Sky" es la (re)confirmación de una escritora de canciones más que necesaria y merecedora de mucha más cobertura mediática: tiene ya una colección de grabaciones previas que quita el hipo. El estado de gracia de una intérprete (neozelandesa, para más señas) intensa, arrebatada, doliente y, ahora además, litúrgica. El gótico americano (engalanado de gospel fantasmagórico) debería ser exactamente esto. Esto es un no parar: ya es inminente su disco para 2020. Vayan a darse un chute de solemnidad aquí.






Shannon Wright – “Providence” (Vicious Circle)

Espectral piano-pop a cargo de la ex-Crowsdell que invoca los ambientes de su colaboración con Yann Tiersen de 2004. Los susurros purificantes de Vashti Bunyan, The Innocence Mission, Louise Le May o la Aldous Harding de "Party" parecen recubrir cada compás de este disco intachable de principio a fin. También el primor chopiniano y koczalskiano, como no podía ser de otro modo. Pueden pasar al otro lado del abismo aquí.






O Terno – “atrás/além” (Risco)

El momento en el que se alinean todos los astros para Tim Bernardes. Nunca el paulistano había elaborado, ni de lejos, un disco tan pleno y convincente. La perfecta combinación de Sydney Miller, el Caetano sesentero o el pop barroco de aquella década. Todas las canciones están teñidas de un preciosismo de atardecer calinoso imposible de sortear, con unas melodías de una brillantez indiscutible, buscando en todo momento la redondez y el enamoramiento: sin digresiones, vanos o cualquier otra maniobra de distracción de entregas anteriores, solo o con grupo. Hay espacio, además, para la autocrítica: "Dividido, indeciso/Me cansam tantos/Hipsters e modernos/De plantão". Profunda batucada aquí.






Tim Lindsay – “Put My Head Down” (Pop Spirit)

Sophisti-pop de presupuesto casero, impetuoso y melodramático, que remite a formaciones como ABC o Wah!. Como en el caso de Porches, hay autotune, pero empleado con elegancia, evitando las estridencias intrínsecas del invento, y mezclado con interludios que parecen sacados directamente del "Let's Change the World with Music" de Prefab Sprout... Al contrario que lo que indica la portada, estas canciones son más de chaqué que de cazadora vaquera. La heroicidad de sacar adelante un modesto pero distinguido trabajo pese a las zancadillas del ánimo. Espíritu de campanillas aquí.







Various Artists – “Jambú E Os Míticos Sons Da Amazônia” (Analog Africa)

Otro expediente histórico gracias a la incalculable labor de investigación de nuestro sello favorito. Para los que se quedaron con las ganas de más después de la notable compilación dedicada al Mestre Cupijó (integrante también de "Jambú"), aquí tienen una visión más panorámica de la escena alrededor de los sonidos nordestinos brasileños que se fueron cociendo en el caldero de la ciudad de Belém en la segunda mitad de los setenta y la primera de los ochenta. Eso de ser puerto de mar provoca, indefectiblemente, un comercio vivo con los diversos ritmos procedentes de África, el Caribe o los caminos interiores, todo ello unido al mestizaje mágico y devoto. "Jambú" está milimétricamente confeccionado para hacernos bailar todo el tiempo, celebrando las dádivas de los dioses, incluso aunque no se crea en ninguno de ellos. Merengue tribal para el porvenir aquí.






Yerin Baek – “Our Love Is Great” (JYP)

Como en el caso de Gain, la ex-15& se sitúa en la avanzadilla del k-pop más noble y ambicioso artísticamente hablando. 6 grageas harto sugerentes (la séptima, "I Don't Know", aparece por partida doble en diferentes versiones) que se mueven entre el r&b más etéreo y "smooth", Sade y el tono confesional adolescente más apremiante, ese que suspira entre sentimientos encontrados y anhelos sencillos pero utópicos. Vuelvan al primer amor aquí.