La preponderancia de la tecnología y sus -a menudo, y según se mire- truculentos recursos genera desconfianza, sobre todo entre las viejas guardias indie-rockeras, que utilizan -a veces torticeramente- términos como instrumentos "nobles" (permítanseme las comillas) para discriminar por otro lado todos aquellos que tengan visos de programación, de aparente cálculo artificial o con visos de supuesta estandarización industrial. No estoy hablando necesariamente de la tan traída y llevada IA: justo antes de que se pusiera de moda dicho concepto, ya funcionaba sobre todo en Japón otra pequeña gran alteración digital (con ostensibles diferencias de tratamiento), en este caso el vocaloid. Este último funciona básicamente sobre la sistematización de voces naturales que, a su vez, son encajadas en patrones melódicos de diversa índole.
Los resultados artísticos del vocaloid, como de cualquier otro género o corriente musical, son de una absoluta disparidad. Los hay por lo general extremadamente artificiales, vacuos, y hasta molestos, y los podemos encontrar, otros, valiosos en su reinterpretación -o evolución- de determinados estilos, ya sean históricos o de rabioso presente. Por lógica, todos ellos relacionados (aunque no siempre) con el pop tecnificado.
El enigmático productor Namitape pertenece a esa segunda categoría. Después de tres discos con una estimable recepción por parte del fandom de este tipo de herramientas sonoras -en especial el segundo "Flitter" de 2023 y el tercero "Overfeel" de 2024-, lanza "Hetoheto Room", que tiene la valía fundamental de estilizar lo ya desarrollado en dichos álbumes, que adolecían de cierta opacidad en la producción, para presentarse ahora con más brillo y elocuencia conceptual.
"Hetoheto Room", a los que se aventuren a escucharlo, les remitirá instantáneamente a la electrónica juvenil del Japón de los primeros ochenta, es decir, al techno kayō, tanto en arreglos instrumentales como en los vocalizados. La experiencia es satisfactoria porque reproduce con éxito y frescura la pegada fulminante y la detonación nostálgica que transmitía aquella vertiente musical, dotado todo ello de una circulación harto efectiva a lo largo de cada uno de sus cortes. Un producto del que, tras su audición, te darán ganas de recuperar el mítico "Mysterious Girl" de Chiemi Manabe, a la Taeko Ohnuki más pop -"Shiawase Siren", con su empleo sambista de la percusión y su gracia intrínseca, puede tutear al "Samba de Mar" de la ex-Sugar Babe- o a la Miharu Koshi de "Tutu". También podemos destacar, entre otras, la atmósfera de thriller cyberpunk soft de la canción homónima que titula todo el disco o un bonus lo-fi tan ensoñador y armado de matices como "Kikakira Universe".
El quid de la cuestión no es qué artefactos emplees, sino cómo los emplees. Y lo de Namitape, hasta la fecha, es hacerlo de un modo bastante inteligente y contagioso.
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