jueves, 1 de octubre de 2026

El harén, de Ernest D'Hervilly

 



La trayectoria de Ernest d'Hervilly (1839-1911) se corresponde con la de un autor multidisciplinar (cultivó teatro, poesía, novela, periodismo) insertado en la consolidación de un contexto capitalista donde era necesidad vital dispersarse en esos diferentes ámbitos para subsistir. Ello le llevó a adoptar en casi todo lo que desarrolló un espíritu corporativista: en publicaciones como "Le Figaro", "La Vie Parisienne" o "La Parodie" llegó, aparte de a firmar con los inevitables pseudónimos individuales (muchos de sus artículos o diatribas poseían un fuerte componente de crítica sistémica en el panorama de la Francia de la época, la de la segunda mitad del XIX), llegó también a rubricar con nombres colectivos como Gil Blas, en memoria de la homónima novela picaresca del Neoclasicismo cuya autoría se confiriera originalmente a Alain-René Lesage. Y es que la ironía, el humor incisivo y la astucia en los tratamientos mediáticos -herencia, a su vez, molièriana- fueron monedas de cambio en las colaboraciones de Hervilly.

En su faceta como poeta, cabe involucrar a nuestro autor dentro en otro grupo fundamental de la época -década de los setenta- como fue el de los parnasianos, que contaron con la participación de Hervilly en el segundo y tercero volumen de sus antologías, así como en otra comunidad resultante de aquella como la de los "Vilains Bonshommes", dejando claras su militancia y obligaciones consuetudinarias con las expresiones artísticas entonces en boga. Es en este último ámbito donde coincidirá con autores paradigmáticos de su evolución natural, el Decadentismo, como Verlaine o Rimbaud, teniendo con este último uno de los inevitables altercados personales a los que parece que el autor de "El Barco Ebrio" era más que propenso. Si acuden al famoso cuadro "Un coin de table" que se expone habitualmente en el museo parisino de Orsay, distinguirán con pipa a d'Hervilly, y percibirán la tensión entre los retratados: sobre todo a un Arthur Rimbaud que, indisimuladamente, le da la espalda a casi todos.



"El Harén" es un pintoresco libro de versos escrito de por Ernest d'Hervilly tras su etapa de consolidación periodística, un trabajo conceptual -fundamentalmente narrativo- donde se describe a un conjunto de mujeres de diferentes latitudes del mundo -dentro de una orientación muy romántica, por tanto, dada la vocación exotista del volumen- y de diferentes etapas históricas. Una insólita rareza dentro del mercado editorial en castellano que le debemos a la colección de los libros de Rimas de Montparnasse, título homónimo del blog que saca adelante Sacerdote de Apolo -cuya misteriosa identidad ya parece quedar expuesta, vistos los créditos, a la luz- y que se lanzó en fechas no muy lejanas a trasladar contenido ad hoc de su página al papel. Una iniciativa -en rigurosa edición bilingüe- que, parece, solo puede lanzarse a publicar alguien con unos arrestos poco frecuentes en un panorama literario como el actual.

Destacar tres de los poemas que se incluyen en este trabajo de d'Hervilly. "L'Infortunée", de ambiente portuario, ya inserto en pleno arrebato industrial, tan arrabalero como opresivo, y con un final aciago. "Ghanna", que apuesta por el sincretismo pagano, aquejado de disputas guerreras en la Galia tras los intentos romanos de avance. Y "Freya", de exposición cuasi-ártica, 'odínica', con exhortaciones fantasmales lejos de panteones sacralizados.

martes, 22 de septiembre de 2026

Steve Lacy, "Oh Yeah?"

 



Este no es un caso habitual. Me explico: suelo elegir los discos de los que hablo aquí por la consistencia general de los mismos. Dicho de otro modo: me tienen que gustar de principio a fin, porque si no tengo pocos reparos a la hora de defenestrarlos. "Oh Yeah?", el tercer disco en solitario de Steve Lacy, guitarrista de los californianos The Internet, sin embargo, aunque corra el peligro de bordear la irrelevancia artística durante varias fases de su duración, inesperadamente logra salir a flote gracias a una inusitada capacidad de atracción, cuando a menudo los ingredientes utilizados podrían hacernos pensar en un trabajo falto de concreción, algo espurio o desganado.

La fórmula de Lacy, ya desplegada con más músculo en "Apolo XXI" y "Gemini Rights" -sus anteriores trabajos-, apuesta más que nunca en "Oh Yeah?" por rebajar tensión sonora -que no lírica, aunque en dicho apartado domine mayormente la estupidez y el descargo afectivo más ramplón- en una especie de r&b acústico, alisado a conciencia, con barnices de neo-soul por aquí y otros más de indie-rock noventero (que otros, precavidos, lo verbalizan dentro de la neo-psicodelia) por allá. Simplificando quizá demasiado, diríamos que esa dicotomía de texturas se reparte coincidiendo con la primera mitad por un lado y la segunda por el otro. Y para entendernos en términos genéricos: más cerca de la sutilidad que capitalizaba el "Essex Honey" de Blood Orange que de cualquiera de las producciones de Frank Ocean.




El meollo del disco, a mi parecer, se encuentra claramente en aquella primera mitad. Cuando Lacy juega más con la electrónica y el sentimiento intimista, ahí es donde se puede sacar más oxígeno y frescura del todo. En ese sentido, claramente, es en "The Feeling" donde pivota dicho favoritismo. La mejor de todas sin discusión, gracias a una melodía hipersexy que va creciendo y ganando en matices según avanza el segundero en el reproductor, hasta desembocar con gran acierto en un espectacular fraseo. "Pure Colour" (con la colaboración estelar de Erykah Badu) se hace valer, y mucho, gracias a un falsete y un minimalismo instrumental como los que hacían de Prince un caso aparte. "Show You Me", mayormente espartana, se acaba gustando a sí misma -y contagiando al oyente- con un maullido a modo de teclado fingido la mar de resultón. Teclado que en la canción homónima del disco pone la osamenta y el clímax por debajo de una melodía que vuela sin dificultad.

Es en la segunda mitad donde surgen más los problemas: "Doom", la más floja del lote, apuesta por hacerse comandar con rasgueos de los de hace treinta años (y más), en una tierra de nadie entre The Breeders, New Radicals y Outkast, aunque gana puntos en el último tramo, transformándose radicalmente en otra cosa más digerible y tierna. "Nothing", la mejor de la cara más pálida, borda un groove con la acústica y luego una melodía encima realmente afectuosa. Del binomio "Nice Shoes/In Your World" nos quedamos sin pensarlo demasiado con la segunda, orientada a la balada sedosa, con el flow de Marvin Gaye o Barry White.

Con pocos mimbres, y muchas veces bastante discutibles, Steve Lacy ha lanzado uno de esos milagrosos artefactos que ganan en la 'foto finish' de la ratificación crítica. Pero puede correr todavía más y mejor, y no dejar en tan suspenso sus muchas aptitudes.


miércoles, 16 de septiembre de 2026

Mari Froes, "Esquina Do Sol"

 



Nos tenemos que remontar a 2019 para situar el inicio de la carrera musical de Mariana Froes (natural de Anápolis, en el estado interior brasileño de Goiás, donde también se ubica la capital, Brasilia), cuando irrumpió con los primeros singles digitales de rigor, a los que se han ido añadiendo otros sencillos en colaboración con artistas como Rodrigo Alarcon, Kaio Bruno, Phill Veras o Ana Muller. El punto de inflexión en su carrera fue realmente el pasado 2025, con dos canciones propagadas como la pólvora en la red como fueron "Vaitimbora" (a medias con el dúo electrónico francés Trinix) y sobre todo "Figa de Guiné", el clásico compuesto por el bossanovista Roberto Menescal y previamente popularizado a principios de los setenta por Alcione.

Tras una grabación larga en directo para la plataforma Estúdio Showlivre -es una práctica muy habitual en artistas brasileños emergentes foguearse en este tipo de formatos de streaming- llega ya por fin el debut oficial -firmado con el nombre de pila acortado-, bajo el 'djavaniano' título de "Esquina Do Sol" (con una portada que recuerda al "Seeds of Love" de Tears for Fears), con más enjundia, a la larga, de la que en una primera escucha uno pudiera presagiar.




El disco se mueve básicamente en unos parámetros de contención, cariño por el detalle y el arreglo, y por huir conscientemente de lo superfluo o gratuito. Música popular brasileña sin aditivos, pero con la riqueza armónica y la exuberancia instrumental que se le presupone a este tipo de producciones. Lo primero que destaca de Mari Froes es la profundidad vocal -no exenta de curtida dulzura- que se detecta ya desde la inaugural "Dezenove Verões", a la vez que va creciendo dicha pieza con la sabia -por sutil- adicción de instrumentaciones a medida que avanza. Aquí y allá algún efluvio nordestino -la trompeta de "Rio Lua"-, colchones electrónicos cuya discreta utilización la alinea con contemporáneas como Joyce Alane-"Mania", "Eu Vou Pro Samba, Viu?"-, robustez introspectiva -"Rua de Pedra", "Se Eu Nunca Mais Lhe Ver", "Loba Solitária"-, nocturno swing mid-tempo -"Gente Fina"- o, para rematar, una fulgurante rodaja de carnavalizante dance como es "Dona do Mar". Pisando en todo momento con sensatez y buen gusto por terrenos no por sobradamente comunes menos exigentes.


"Cansei de falar de amor e sofrer pelas catedrais,
Eu vou pro samba, viu? E eu não volto mais.

Meu bem, eu vou pro samba, procurar aonde me perder.
Não sou mais quem te ama, me curei do vício de você."


jueves, 10 de septiembre de 2026

Popa, "Nuda Proprietà"

 



A la lituana Maria Popadnicenko la conocimos a la altura de 2023 con "Bon Vivant" -aunque la canción ya estaba funcionando desde dos años atrás-, un recoleto hit que desde Vailima corrimos a incluir en nuestra compilación de 'nuevo spaghetti disco' que puede escucharse pinchando aquí, para deleite de espíritus desprejuiciados y abiertamente camp. La pieza de marras se incluyó en su debut "Arte e Finanza", bien considerado teniendo en cuenta las coordenadas por donde se mueve Popa: entre el eurodisco y el italo-pop más frívolos y desinteresados en necesitar la validación de los señoros de la crítica sesuda y especializada.

Tres años después se descuelga con "Nuda Proprietà", una continuación si cabe aún más cohesionada que "Arte e Finanza", repleta de muy apetecibles rodajas destinadas a la pista de baile o a amenizar casuales reuniones chic, entre la impostura y la ironía militante. Popadnicenko, a pesar de sus orígenes bálticos, ha ido ejerciendo progresivamente, desde hace casi dos décadas, de italiana de pura cepa, y eso inevitablemente queda reflejado no solamente a nivel musical, sino también en todos y cada uno de los guiños en las letras a la cultura mediterránea mediática de épocas pasadas, con especial relieve en la de los años setenta y ochenta.




Adscrita a esa sucesión infinita de clichés sobre la moda -es conveniente apuntar que nuestra protagonista viene de trabajar estrechamente en el estilismo de las pasarelas-, adscrita a la música o las celebrities de rancio abolengo que copan sus textos, Popa parece asumir el empeño de interpretar el papel de una nepo-baby en apariencia desclasada a la vez que obnubilada con un santoral apócrifo de material tan fastuoso como encantadoramente anacrónico. Extendiendo sus obsesiones a temas gastronómicos o incluso retro-tecnológicos. Pero no se confundan: a pesar de algunos tanteos con el italo-disco (especialmente relevante es el sampler de la "Dolce Vita" Ryan Paris en "Kalispera") lo de Popadnicenko es, digamos, menos estridente, más sosegado e incluso aún más clasicista. Con indisimuladas contorsiones hacia la disco-music de los setenta ("Signora", en la onda de I Coccordilli), el balearic más fino ("Mazo Beige", "Animalier"), el sophisti-pop ("Gomage" replica el opulento bajo de canciones de Sade como "Hang on to Your Love" o "Never as Good as the First Time"), el disco-funk ("Dove Andiamo a Bailare Questa Sera", con referencias cuché como Julio Iglesias o Cicciolina) o el tecno-pop dominguero ("Monte Carlo", como el de Luci da Labbra). 

La obra se cierra con una hermosísima y sentida versión, a palo seco (rompiendo, por tanto, la dinámica el resto de cortes), del "Tre Settimane da Raccontare" del cantautor melódico Fred Bongusto, publicada originalmente a mediados de los setenta: una evocadora exquisitez que pone el broche de oro a un disco por otro lado desenfadado y condenadamente aspiracional en sus fantasías de clase.


sábado, 5 de septiembre de 2026

The Cleaners From Venus, "Beryl & Ruff Go Shopping"

 



Mucho antes de que Nick Cave tuviera la ocurrencia de hacerse oficinista del rock'n'roll, con sus horarios estrictos y su metodología estajanovista, ya estaban auténticos operarios del pop, funcionarios de la melodía como R. Stevie Moore, Momus o Martin Newell (los dos últimos con el parche como inevitable seña de identidad) para hacer de la jornada laboral un exclusivo campo de juego creativo al que dedicarse en cuerpo y alma.

Newell, el sempiterno one man band (salvo alguna época muy concreta, sobre todo al principio de la marca The Cleaners from Venus), continúa impertérrito en su estudio casero, con sus lanzamientos autogestionarios en digital y cd-r (y antes de la globalización de internet en riguroso cassette) y ese olfato prácticamente intacto para el ensamblaje de bellas armonías con el marchamo típicamente british que nunca le abandonará, contemplando ya cerca de cinco décadas de intensa actividad musical y literaria. Cinco décadas que no han limado en absoluto sus altas capacidades, su talento para ingeniar hermosas canciones y su intuición para enamorar a una legión de seguidores incólume y que, a la chita callando, va creciendo poco a poco cada temporada (gracias a la inclusión de un "clásico" de su repertorio como "Corridor of Dreams" en una película reciente como "The Smashing Machine").




Y es que, casi a lo tonto -o, si quieren, sin aparente esfuerzo-, Martin Newell ha firmado ya un soberano hat-trick a estas alturas de la década: a "Dolly Birds & Spies" de 2020 (firmado sin el artículo del nombre del proyecto) y "Penny Novelettes" de 2021 se le añade cinco años después "Beryl & Ruff Go Shopping", algo de lo que no muchos artistas, hablando seriamente, pueden presumir -y sobre todo si hablamos de coetáneos de Martin- en estos tiempos tan de cal y tan de arena. Y todo ello desde la sincera modestia -que no elude las incisivas invectivas sociopolíticas en sus declaraciones promocionales- y el fervor artesanal desde las entrañas de una tierra post-industrial como Middlesbrough.

"Beryl" arranca con el minuet costumbrista "Scenes from Smalltown England" que entrelaza historias pequeñas de habitantes solo conocidos en un limitado radio de acción, dando paso al adusto jangle pop de "Neverland for Now", evocando la añoranza de la pre-adolescencia ("Sorrow is rust upon the soul/and leads you only to the breaker’s yard/Let’s just stay in Neverland for now") como antídoto ante cruel consciencia del paso del tiempo. En una onda similar, aunque con una tristeza más exuberante están "Spring Wings in" (entre el paisajismo y la parálisis comunicativa, con la baza ganadora del saxo en el tramo final) o la fibrosa "The Vintage Girl" -sobre los restos de las tribus urbanas del pasado-, de pulsión bucólica.




Es en las piezas más reflexivas (por calmadas) donde la agudeza compositiva de Martin Newell adquiere ese poso que solo se les presupone a los grandes, se llamen Paul McCartney, Ray Davies o Andy Partridge. Baladas como "Between 2 Floors" -sobre amores rotos-, la excepcional "The Dancers of March" -una prima lejana del "Libertango" de Piazzolla-, "Murmurations" -de otoñal patetismo, insistiendo tanto en la fugacidad del tiempo como en el agradecido recurso del saxo- o "Kate's Going Home". Sin perder de vista mid-tempos crepusculares que se entrelazan con las anteriores como "Back in Time for the Weekend" -en defensa de las austeras, y muy glam, giras  de supervivencia- o "Supermoon" (otra gran destacada: más saxo, más madera).

Afirma Martin Newell que su día a día consiste en encerrarse en casa registrando canciones tan especiales y fantásticas como estas, para parar después a comer, seguir un rato más y terminar, a modo de asueto, contrastando con los amigos en el pub más cercano sobre ningún tema en particular. Bendita rutina, Martin: que no decaiga.


lunes, 10 de agosto de 2026

Bill Loko

 



Podría ser a estas alturas una figura reconocida mundialmente, pero prefirió hacerse a un lado, mejorar académicamente y forjarse una vida basada en el anonimato y totalmente ajena a la música. La historia de Bill Loko es también la de una canción, "Nem Lambo" -publicada en la entonces recién estrenada década de los ochenta del siglo pasado-, que hizo que, aun en contra de sus intenciones, le hiciera saltar a la fama dentro del circuito de la música camerunesa, ávida de novedades. La pionera inclusión por parte de Loko de sintetizadores y demás herramientas electrónicas en sus canciones elevó la música pop del país -el makossa- a la categoría de modernidad sin ambages, haciendo en concreto de esa pieza un refulgente éxito que le transformó en celebridad durante una buena temporada. Todo ello siendo muy joven -apenas llegaba a los veinte años-, recibiendo el sobrenombre del Mozart del dicho país africano.

El single de "Salsa Makossa" vio cómo su cara bé, la indicada "Nem Lambo", adquiría todavía más protagonismo que la titular, esta ya de por sí extraordinaria en la fusión de querencias afro-caribeñas. Y es que "Nem Lambo" -rescatada por Analog Africa en su imprescindible "Pop Makossa: The Invasive Dance Beat of Cameroon 1976-1984- destacaba por la irresistible paleta de sonidos de teclado módico,  un ritmo contagioso hasta la extenuación y una interpretación vocal tan sentida como pegadiza. Otra canción destacable de ese primer periodo es "Malinga", con una cobertura electrónica vibrante, argamasa de ensueño.




Un año después, en 1981, se publica el álbum "Dipita" ("Esperanza"; autoeditado, como prácticamente todas las referencias de las que vamos a hablar). Arranca con "Ndolo", otra canción de upbeat -armado sobre unos pocos acordes trepidantes- que no deja de mirar de reojo al disco-funk de los años setenta. "Dipita" es, en cambio, un mid-tempo repleto de añoranza y melancolía, con coros gospel y soul sobre un tapiz de folk-pop americanizado. "Tika Ndolo" ("Desamor") vuelve al makossa, pero desde el punto reflexivo donde se había quedado la anterior. "Muaye" ("Luz"), con su fraseo extrovertido, se hace valer del swing del mbaquanga para hacernos bailar sin remisión una vez más. Más retrofuturista es "Musea", dub-funk planeador de articulación vocal blues.

"Africa Wake Up", de 1982, fue el último capítulo del niño prodigio del pop makossa, previo a una retirada que se prolonga hasta el día de hoy. Trae destacadas novedades: "Mina Ma Ndutu" acerca todavía más a un primer plano el bajo juguetón y, en general, sopesa una considerable limpieza de los arreglos, de manera que se consiguen distinguir unos de otros (hay hasta un genial saxo a cargo de Marc Renaud y ¡Tito Puente!). Oscura, urbana y algo orientalista en sus modos es "Nemedi" (no en vano colaboran los violinistas Liang-See y Seng Tho). "Nila's Love Story" es un instrumental orientado al philly sound, como la propia "Africa Wake Up" y "Na Tondi", que dejan en el aire cómo hubiera sido el resto de la carrera de Bill Loko, hasta dónde podía haber crecido y evolucionado. Seguro que muy pocas cosas se le habrían resistido.


viernes, 7 de agosto de 2026

Steve Monite, "Only You" (1984; reed. 2022)

 



Los denominados 'one hit wonder' suelen funcionan de dos maneras: o bien esa sola gran canción puede eclipsar toda una obra, o bien sin apenas obra refulge esa certera tonada que, insospechadamente, resiste los embates del tiempo y se posiciona recurrentemente en la memoria. En el segundo de los supuestos se sitúa el caso del cantante y compositor nigeriano (afincado en la actualidad en Londres) Steve Monite, que hace más de cuarenta años grabó nada menos que con la multinacional His Master's Voice un escueto lp formado básicamente por cuatro canciones, con el añadido de dos de esas mismas cuatro remezcladas para la ocasión, lo que viene a ser un artefacto entre el álbum al uso y una especie de super-maxi single realmente condicionado para machacar en la cabina de las pistas de baile.

Por aquel entonces -mediados de los ochenta- la mecha de su difusión fue corta, pues la curiosidad por los ritmos más o menos étnicos era aún poco más que incipiente, pero la recuperación de esos mismos hits potenciales africanos en el último siglo ha puesto en valor toneladas de ellos, de pujanza similar a "Only You", como el caso del "Corpim Sabe" del caboverdiano Dionísio Maio, el "Nem Lambo" del camerunés Bill Loko, el "Haffi Deo" del congoleño Tabu Ley Rochereau, o del "Disco Dancer" del ghanés Kiki Gyan (por poner solo unos ejemplos: la lista es interminable), todos ellos con el común denominador de adaptar las bondades de la disco-music de los años setenta a géneros en ebullición en sus respectivos territorios como la coladeira, el highlife, el boogie, el soukous, el makossa, o el afro-funk a secas.




"Only You" (versioneada por Frank Ocean) arranca con una intro de space disco para terminar de coger un formidable e infeccioso pulso, sostenido todo el tiempo en el bajo sintetizado tipo Moog a cargo del maestro del synth funk camerunés Nkono Teles. Una pieza granítica e insoslayable, de reputación más que justificada. "I Had a Dream", parafraseando el momento álgido del legendario discurso de Martin Luther King Jr., se mueve más entre la canción melódica, el folk y algo del rocksteady, sin perder de vista la base sintética para bailar en modo 'smooth'. "Welcome My Love", con ínfulas soul, tiene su sostén en el electro-disco, y por último "Things Fall Apart" -que tiene versión instrumental y luego otra cantada- regresa a los sonidos futuristas del comienzo de "Only You" y desemboca sorpresivamente en unos arpegiados característicos del italo disco.

Pero aquí no acaba la cosa: en un inesperado giro de guion, el propio Steve Monite, que parecía más que retirado de toda actividad musical pública, ha regresado recientemente (apenas hace dos semanas de cuando publicamos esto) con una nueva canción, "Shake Your Booty", en cuya producción ha colaborado el dj Aruhtra: una oscura bomba, perfecta para este insidioso verano.

A gozarlo todo.