viernes, 8 de mayo de 2026

Present Nature, "Present Nature"

 



Hay ocasiones en las que no hace falta explayarse en antecedentes, en detenerse en biografías, para poner en contexto una serie de canciones que hablan por sí solas. El británico Johnny Woolnough -de Leeds, para más señas, y afanado en la escena jazz local- pertenece a esa categoría de alquimistas pop que moldean y vuelven a moldear hasta alcanzar el sumun del detallismo en cada una de sus composiciones, siendo todo su objetivo imbuirse de la ansiada intemporalidad. Una más que suficiente carta de presentación.

Con una producción -tan esmerada como quizá demasiado homogénea- del ex-The Coral Bill Ryder-Jones, el debut de Woolnough al frente de Present Nature carga las tintas en el mismo proceso de artesanado de otros prebostes de flema idiosincrática de las islas: clásicos ya como Trashcan Sinatras en "Picaresque", "Columba" o -vía John Barry- "Never Let Me Be", The Lilac Time en "Man Knows", Roddy Frame en "Bluebird", Michael Head en "There'll Come a Time" o "A Mother to a Girl" (en esta última con gotas de Paddy McAloon), pero también combos más actuales como sus medio tocayos Nature TV en "Spun On a Miracle" o "God Help Me Please" se antojan nombres que sirven sobradamente para situar a Present Nature en el mapa. Eso sí, sorteando en todo momento con prestancia la imitación o la caída en el mero cliché.




Cierran la ponencia con esa purificante y demoledora "These Are The Ways I Pray" que redondea una concepción de la música popular a día de hoy poco menos que medieval, pero que logra descollar, todavía, a base de honestidad y aplomo en pos de una belleza compartida todavía reconocible.


miércoles, 29 de abril de 2026

Gem Club, "Emerald Press"

 



En los tiempos que corren no es muy habitual encontrar proyectos donde se sea rigurosamente fiel a unas determinadas coordenadas estilísticas. La necesidad constante por un lado de epatar a toda costa en los artistas mainstream, con el fin de concentrar la atención y monetizar sus ocurrencias y bandazos, y por el otro la libertad de movimientos y recursos que ofrecen per se la red y la accesibilidad tecnológica a músicos más subterráneos, generando constantes cambios de guion, hacen que la adhesión a un sonido se vea muy a menudo, paradójicamente, casi como una extravagancia.

Christopher Barnes (que lleva más de quince años tallando, puliendo y recreándose una y otra vez en un tipo de canción abstraída, etérea e insobornable), pertenece a esa categoría de creadores impermeables al cambio, a una cierta aventura o a un travieso y desmitificador modus operandi donde quepan las sorpresas. Una especie de Giorgio Morandi de la lenta pulsión cinematográfica. Tres álbumes y dos eps después, sigue sonando como el primer día, aplicándose con hábito -y hálito- de cenobita en la intimidad de su piano y en la profundidad de cámara de un ambient pop de formas minuciosamente purificantes.




Aunque lo más socorrido sea meter a Gem Club, la marca sobre la que Barnes siempre trabajó, en el saco de otros absortos como Sigur Rós, Goodspeed You! Black Emperor, Talk Talk o múm (en la parte más accesible de todos ellos, se entiende), de estos estadounidenses se agradece la contención en la duración de todas las piezas, así como la búsqueda de una redondez armónica que expulse como elementos extraños cualesquiera de las imposturas "experimentales" en las que suelen enfangarse muchos de los practicantes de sonidos abisales similares.

Aunque bordee peligrosamente texturas cercanas a la new age ("Trend") o recurra al esquema elemental del clair de lune beethoveniano ("Garlands", "Spirit & Decline"), Christopher Barnes -acompañado a las voces de Ieva Berberian, segunda escolta en la historia de Gem Club tras Kristen Drymala- logra domesticar el empalago con sobriedad y sentido común a la hora de afrontar, en paralelo, timbres más efusivos o épicos -"Swore (Emerald Press)"- o sibaritismo al ralentí -"Sea So White"-, entre instrumentales puenteados no tanto para separar fases temáticas como para relajarse de vez en cuando del minimalismo lírico.

Cuando el menos equivale a lo justo y necesario.


viernes, 17 de abril de 2026

Solya, "Queen of Texas"

 




Sus detractores -o como mínimo los que ponen en cuestión la inusitada irrupción de Solya Ava Lowe- no se ponen de acuerdo: están los que la despachan como imitadora de la primera Lana del Rey, y luego van otros a que a lo que más le recuerda es a la de la etapa post-"Norman Fucking Rockwell!", echando por tierra cualquier atisbo de originalidad. También parece que es un inconveniente de cara a valorar en su justa medida "Queen of Texas" el hecho de que seis de las diez canciones que lo componen fuesen lanzadas previamente a la edición del primer largo de la, cómo no, tejana, derritiendo la expectación generada desde 2023 con más adelantos incluso.

Pero la realidad es tozuda, y "Queen of Texas" se sobrepone desde la primera escucha a pesar, cierto es, de la limitada paleta de recursos. Solya mezcla todo el tiempo el pop tradicional cincuentero con ribetes de Brill Building, de cierta estética crooner-rocker,  con algo de efluvios country (saludos a Lesley Gore y Roy Orbison). Al haber compuesto las canciones en un momento muy post-adolescente -hace pocos días cumplió los veinte años- es lógica todavía la herencia teen-pop en las modulaciones vocales y en la temática de las letras, pero eso no quita para que la pegada de cada uno de los cortes tenga un claro efecto persuasivo.




Es el gótico americano teñido de dulzura post-indie que no creo que le haga ascos a un hipotético impacto mediático -o de culto considerable-, ese mismo al que incluso los que de momento le niegan el pan y la sal creen que puede optar en un futuro quizá no muy lejano. De momento ahí están sus conexiones con las canadienses Nicole Dollanganger, Vanille -y no solamente por las reminiscencias estéticas- o k.d. lang, con la primera Molly Burch o Alexandra Savior. 

Desde los tímidos pero sugerentes sintes de la canción homónima -cuya mayor utilización debería marcar una senda para próximas entregas- a los estribillos tan rabiosos como dramáticos de "Born Wicked" o "Tell Me It's Over", pasando por las erguidas baladas del tipo "Silver Swan", "Movie Star",  "And I'll Ask", por la entrega enardecida de "Is This Love?", o por el groove de fiesta de graduación (con acusación firme incluida) en "Aim to Kill", el conjunto de "Queen of Texas" desentierra una vez más esos ambientes áridos y fantasmales de los Estados Unidos más profundos, mas con solvencia y con una plasticidad irreprochable en la aplicación de esos prominentes acordes nervudos tan característicos.

lunes, 13 de abril de 2026

Sugar Plant, "one dream, one star"

 



No siempre se debe desperdiciar el aliento a los grupos más veteranos por el entusiasmo ciego hacia la pura novedad. Aunque el concepto de "disco de madurez" sea a menudo tan irritante como el fervor por el mero hype, la labor de los analistas debe ser el de manejar y ensalzar con tacto y buen criterio el espacio que unos y otros van dejando en sus aciertos y conquistas en todo momento, o por lo menos en el tiempo que a esos mismos críticos les deje el contacto sereno con sus obras.

El dúo japonés de querencia alternativa formado por Chinatsu Shoyama y Shinichi Ogawa, con hiato pronunciado a sus espaldas -momento en el que Shoyama, por ejemplo, montó Celebs junto a, ni más ni menos, Eiko Ishibashi-, alcanza ya los más de treinta años de trayectoria. Arrancaron mimetizando -sin demasiado lustre, todo hay que decirlo- las enseñanzas de formaciones como Galaxie 500, Seam o Guided by Voices en sus tres discos de los años noventa, lo que les llevó, eso sí, a contar con el apoyo y la simpatía de pujantes próceres de la siguiente camada de corrientes del slowcore y derivados como Low, que ejercieron de anfitriones de Sugar Plant en giras de estos por Estados Unidos.




Un cambio a hacer notar se produjo con su cuarto disco, el aclamado "Dryfruit" (2000), que estrenaba milenio, década y una evolución dentro de su paleta sonora por una parte hacia ritmos aún más sosegados y por otra hacia una sofisticación en sus arreglos, acercándoles incluso a formaciones de pop adulto como Dip in the Pool. "one dream, one star", editado por KiliKiliVilla reincide en el refinamiento de los últimos lustros pero, a la vez, en un corte como "Travelling", retoma en parte los sonidos más adustos de su primera etapa con una claridad de ideas que no se terminaba de plasmar en aquellos días. Es en la secuencia de cortes donde se observa -desde la inicial "Sunrise"- ese viaje del dream-pop pulido, cristalino y preciosista -"Calling" o el cuasi-hit "Anything" recordarán a The Sundays o a los The Innocence Mission de "Umbrella"- con ocasionales adornos electrónicos, a una progresiva 'velvetización' en el tramo final del repertorio que desemboca en "Only to Know You" o la citada "Travelling", que parece salida del tercero de los de Lou Reed.

La suya no es una propuesta ni original ni arriesgada, pero lo que hacen lo perpetran a la perfección, redondeando unas melodías y unos ambientes con mucho oficio -es diferencial el exquisito tratamiento de los colchones de teclados en todo el metraje- y sensualidad (siendo el sumun "Blue Submarine"). Impecables desde cualquier punto de vista.

Como se han superado en mimo y delicadeza respecto a sus habituales coordenadas, no queda otra que proclamar sin titubeos que Sugar Plant han publicado el mejor disco de toda su carrera.

jueves, 9 de abril de 2026

Namitape, "Hetoheto Room"

 



La preponderancia de la tecnología y sus -a menudo, y según se mire- truculentos recursos genera desconfianza, sobre todo entre las viejas guardias indie-rockeras, que utilizan -a veces torticeramente- términos como instrumentos "nobles" (permítanseme las comillas) para discriminar por otro lado todos aquellos que tengan visos de programación, de aparente cálculo artificial o con visos de supuesta estandarización industrial. No estoy hablando necesariamente de la tan traída y llevada IA: justo antes de que se pusiera de moda dicho concepto, ya funcionaba sobre todo en Japón otra pequeña gran alteración digital (con ostensibles diferencias de tratamiento), en este caso el vocaloid. Este último funciona básicamente sobre la sistematización de voces naturales que, a su vez, son encajadas en patrones melódicos de diversa índole.

Los resultados artísticos del vocaloid, como de cualquier otro género o corriente musical, son de una absoluta disparidad. Los hay por lo general extremadamente artificiales, vacuos, y hasta molestos, y los podemos encontrar, otros, valiosos en su reinterpretación -o evolución- de determinados estilos, ya sean históricos o de rabioso presente. Por lógica, todos ellos relacionados (aunque no siempre) con el pop tecnificado.




El enigmático productor Namitape pertenece a esa segunda categoría. Después de tres discos con una estimable recepción por parte del fandom de este tipo de herramientas sonoras -en especial el segundo "Flitter" de 2023 y el tercero "Overfeel" de 2024-, lanza "Hetoheto Room", que tiene la valía fundamental de estilizar lo ya desarrollado en dichos álbumes, que adolecían de cierta opacidad en la producción, para presentarse ahora con más brillo y elocuencia conceptual.

"Hetoheto Room", a los que se aventuren a escucharlo, les remitirá instantáneamente a la electrónica juvenil del Japón de los primeros ochenta, es decir, al techno kayō, tanto en arreglos instrumentales como en los vocalizados. La experiencia es satisfactoria porque reproduce con éxito y frescura la pegada fulminante y la detonación nostálgica que transmitía aquella vertiente musical, dotado todo ello de una circulación harto efectiva a lo largo de cada uno de sus cortes. Un producto del que, tras su audición, te darán ganas de recuperar el mítico "Mysterious Girl" de Chiemi Manabe, a la Taeko Ohnuki más pop -"Shiawase Siren", con su empleo sambista de la percusión y su gracia intrínseca, puede tutear al "Samba de Mar" de la ex-Sugar Babe- o a la Miharu Koshi de "Tutu". También podemos destacar, entre otras, la atmósfera de thriller cyberpunk soft de la canción homónima que titula todo el disco o un bonus lo-fi tan ensoñador y armado de matices como "Kikakira Universe".

El quid de la cuestión no es qué artefactos emplees, sino cómo los emplees. Y lo de Namitape, hasta la fecha, es hacerlo de un modo bastante inteligente y contagioso.

lunes, 30 de marzo de 2026

Fellow Mortals, "Stella’s Birth-Day"

 



Simon Dine, antes de formar parte de Adventures in Stereo haciendo samplers, ejerció de cazatalentos para el mítico sello Go! Discs desde finales de los años ochenta. En esta etapa descubrió a The Trash Can Sinatras, uno de esos grupos en la órbita post-Smiths que con el paso del tiempo fueron evolucionando hacia un pop adulto perfeccionista y distinguido a más no poder, formando el triunvirato por antonomasia de aquella escudería junto con The Housemartins/The Beautiful South y Billy Bragg. La relación entre Dine y Francis Reader, líder de los después denominados Trashcan Sinatras, siguió siendo muy estrecha y el segundo fue invitado a participar puntualmente -años 2000- en Noonday Underground, un dúo de trip-hop y electrónica rugosa en general que Dine organizó junto a Daisy Martey, cantante ocasional de Morcheeba. Quizá era cuestión de tiempo, por tanto, que Simon Dine y Francis Reader organizaran su propio proyecto, siendo Fellow Mortals el resultado de dicha especulación.

Cuando quedan pocas semanas para el lanzamiento en todo el mundo del séptimo disco de Trashcan Sinatras, tenemos aquí, en lo que significa mucho más que un mero divertimento de dos figuras legendarias del pop independiente británico, "Stella's Birth-Day": un hermoso regalo para los fans del pop escrupuloso, detallista y sentimental.




Retrasado casi un año -los adelantos, "A Better State" y "Some Lasting Pleasure", datan de la primavera pasada- "Stella's Birth-Day" aborda (con nota) la musicalización de los poemas que el escritor irlandés de la Ilustración Jonathan Swift dedicó a Esther Johnson, "Stella", la relación amorosa más trascendental en la vida del autor de "Los Viajes de Gulliver", que quedó plasmada para la posteridad igualmente en la colección epistolar dedicada a la misma.

Es en la mezcla entre ese pop anglicano y neoclasicista marca de la casa por una parte -con la participación adicional del guitarra solista de los Sinatras, Paul Livingston-, y los arreglos someramente computarizados por otra donde se forjan con total naturalidad estas deliciosas catorce piezas breves -ninguna llega a los tres minutos de duración, menos de media hora en total- que encajan a la perfección con los versos imperecederos de Swift. Pura melosidad Trashcan Sinatras -"Dancing Days", la de paso cortesano "Poetic Dress", la tan primeros noventa "Stubborn Stoics"-, virguerías melodramáticas que se emparentan vocalmente con nuestros añorados Coloma -"Oh, Stella", "This Day", "Who with Reason"-, romanticismo empíreo al modo de Prefab Sprout -"Serious Lines"-, electro-pop pastoral tipo Erasure o Future Bible Heroes -"Some Lasting Pleasure", "So Unkind"- convergen y convencen.

Lo va a tener difícil este año el propio Francis Reader para igualar o superar esta joya de culto que es "Stella's Birth-Day" desde el mismo momento de su edición.

miércoles, 25 de marzo de 2026

Bill Pritchard, "Haunted"

 



Gracias al sello Tapete Records, especializado en la recuperación de viejas glorias -a veces no tan viejas y otras no tan gloriosas, pero siempre con enorme buen gusto- estamos pudiendo disfrutar de la segunda vida artística de Bill Pritchard. En su momento de irrupción -segunda mitad de los ochenta y principios de los noventa-, para el de Walsall no fue suficiente con contar con la venia de Françoise Hardy -quien participara haciendo segundas voces en "Tommy & Co.", single para el tercer disco solista de Pritchard "Three Months, Three Weeks & Two Days" de 1989-, o hacer un extraordinario álbum a medias con el enfant terrible de la new wave francesa Daniel Darc -"Parce Que", de 1988- o entrar en nómina en un disco tributo tan esclarecedor y en su día mediático como "I'm Your Fan" en homenaje a Leonard Cohen: el nombre de Bill Pritchard quedó relegado para siempre al estatus de mera nota a pie de página de la historia del pop -o prácticamente borrado de la misma-, descontándole de la posteridad toda su presencia como magnífico hacedor de canciones clásicas de pegada exquisita.




Que haya podido grabar con gran periodicidad en los últimos tiempos -tras ver languidecer su trayectoria a finales de los noventa- no deja de suponer un pequeño triunfo para la justicia poética. "Haunted", su última grabación, recupera más que nunca el savoir faire de algunos de sus discos más valiosos, como el citado "Three Months" o "Jolie", gracias a canciones henchidas de vida e inmediatez como las iniciales "Perpetual Tourist", "Smile", o ya más adelante "Lillie": doctas muestras de recio jangle pop.

Más soul-folk son "The Quarter", "Suburb of the World" o "Intrigue and Wonder", dejando "Sweet Melody" como esparcimiento a costa del minué con el fin de tomar respiro hacia el ecuador. Para los momentos de intimismo más incondicional -que más retrotraen en su estado de ánimo a su "Half a Million" de 1988- quedan la propia "Haunted", "Imperfect" u "Oxygen", alzándose esta última como síntesis magistral sobre una caligrafía acotada a lo esencial: sin rodeos y directa a ese corazón todavía manifiesto.

Su mejor disco desde 1991.