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jueves, 18 de mayo de 2023

Ichiko Aoba & 12 Ensemble, "Ichiko Aoba with 12 Ensemble (Live at Milton Court)"






Ay, los discos en directo: artefactos para fans impenitentes que prefieren las más de las veces la enésima recreación de los highlights de sus ídolos -normalmente más rutinaria y prescindible que las mismas grabaciones en estudio- antes que dedicar ese precioso tiempo a otros menesteres, como descubrir otros artistas u otras corrientes musicales. Personalmente me cuesta horrores recordar álbumes de este tipo que hayan significado para mí algo más que el mero registro en vivo que atesorar como reclamo "completista" (por eso procuro no acumular en absoluto material de este tipo). Ahí van algunos que se me ocurren y que significaron algo más que una curiosidad: "The Name of This Band is Talking Heads" (1982), la película-concierto del mismo grupo "Stop Making Sense" (1984), el "Live" de 1981 de Ewa Demarczyk -imprescindible como introducción a la poesía cantada polaca- o varios discos que también me sirvieron como acicate de cara a sumergirme en el universo de Brasil mucho antes de que internet y su 'sírvase usted mismo' nos dieran acceso ilimitado a todas sus obras maestras: "La Fusa" (1970) de Vinicius de Morais, Maria Creuza & Toquinho, "O Planeta Blue na Estrada do Sol"  (1991) de Milton Nascimento y el "Unplugged" de Gilberto Gil de 1994.




Definitivamente el "Live at Milton Court" de Ichiko Aoba con 12 Ensemble que grabaron en 2022 en Londres pero que han publicado hace menos de dos meses pertenece a esa rara estirpe de directos que salvar de la quema indiscriminada. La japonesa es, además, una muy dedicada especialista en este tipo de capturas, contando en su discografía prácticamente con tantos discos en estudio (y ya son unos cuantos) como discos en directo.

¿Y cuál es el valor fundamental que hace que este disco pase el corte y se haya convertido desde ya en uno de esos directos extraordinarios?. Básicamente que el repertorio se basa fundamentalmente en su disco de estudio "Windsept Adan" de 2020 (interpretan más de la mitad de las canciones del álbum), muy apreciado entre sus fans pero que a mí no me terminó de convencer por algunos excesos en la producción y en la imprecisión de arreglos y duración de las canciones, y que afortunadamente este directo corrige, estiliza y concreta hasta cimas a las que solo artistas como los que nos ocupan son capaces de acceder.




Fiel a su sonido de folk abisal y ultra-delicado, festoneado de ambiciosos cambios armónicos, en "Live at Milton Court" se acompaña de la orquesta de cámara británica que adecua magistralmente los espacios de sus composiciones consiguiendo una mezcla fluida entre el minimalismo clásico (pero poco acomodaticio) y las producciones Ghibli-Disney que siempre han servido de influencia capital en la de Urayasu. Sin olvidar el ascendente brasileño que también ha estado siempre ahí y que domina composiciones como "Sagu Palm's Song". Además, el penetrante contagio de la chanson -vía Françoise Hardy- se aprecia en todo su esplendor en "Hagupit". Por otro lado, "Dawn in the Adan", junto con "Seabed Eden" y "Asleep Among Endives" serían muy probablemente los momentos de belleza más rotundos de la sesión.

Bien, cada uno tiene sus preferencias. Dentro de la ya dilatada trayectoria de Aoba -a veces un tanto sobredimensionada por los fanáticos: no todos sus discos son obras maestras- yo tengo las mías: su debut "Kamisori Otome" de 2010, "qp" de 2018 y este "Live at Milton Court" lanzado en 2023. Créanme, es la trilogía perfecta de la que es por méritos propios la artista nipona más importante y trascendental del siglo XXI.

lunes, 23 de julio de 2018

Diez años en Vailima: Discos 2008-2018 (V)





Ichiko Aoba – “Kamisori Otome” (Sinonome Recordings, 2010)

Virtuosa de las seis cuerdas, la desarmante belleza de sus composiciones nos invita a viajar al Brasil de los cantautores de los años sesenta o al folk ácido anglosajón de la misma época. Apadrinada ni más ni menos que por gente como Taeko Ohnuki, Ryuichi Sakamoto -como pianista-, Haruomi Hosono o Cornelius, que han requerido sus servicios para sus propias producciones fascinados por el subyugante potencial de la de Urayasu. “Kamisori Otome” (osea, “Razor Maiden”) fue su primer disco, el más inusitadamente místico, compuesto a los 18 años. Aquí en Spotify.





The Innocence Mission – “My Room In The Trees” (Badman, 2010)

Ya estaban ahí antes de que el pop cristiano se acabase convirtiendo en una etiqueta tan oportunista o reduccionista como descriptiva de una forma muy concreta de entender determinadas posturas vitales a través de las canciones. La estela de la Vashti Bunyan menos espectral en “The Happy Mondays” o los coros anochecidos que parecen enlazarlos secretamente con Belle & Sebastian (“God is love”) mientras sientes en la nuca el aliento de Carpenters son, a modo de ejemplos, algunos de los estremecimientos que produce este disco y este combo siempre tan especial, empeñado siempre en hacerlo cada vez más puro y más bonito. Más información aquí.





Jacqueline Fortes – “Terra D’Nhas Gente” (Harmonia Mundi, 2010)

Senegalesa de nacimiento pero caboverdiana tanto musicalmente como por rama materna, y residiendo en la actualidad en París, Jacqueline Fortes regresó después de un silencio de más de diez años para entregar un soberano disco de coladeira repleto de canciones adorables y risueñas, con especial habilidad para los estribillos pegadizos. Aunque el grueso de este repertorio corrió a su cargo, también contó puntualmente con la colaboración en la composición de históricos colegas caboverdianos también residentes en la capital francesa como Teofilo Chantre. Aquí en Spotify.





Jamaican Queens – “Wormfood” (Notown, 2013)

Letras entre la depresión y la violencia, o entre la turbación y la piedad, que acaban desembocando en un liviano sentido de la redención. Afortunadamente, la esquizofrenia de los textos encuentra en su coraza musical un espejo donde formalizar la sana heterogeneidad de su propuesta. The Beach Boys -“Water”-, Marc Bolan -“Kids Get Away”- o Damon Albarn –“Asleep At The Wheel”- podrían ser los psicoanalistas invocados para tratar el asunto. Brit-pop glamuroso –y algo trendy- desde el corazón de Detroit. Más información aquí.





The J. Arthur Keenes Band – “Mighty Social Lion” (autoeditado, 2013)

Glam, pop tórrido, cadencias ‘beatle’, country-pop informal… todo ello en perfecta simbiosis con programaciones de 8-bits que cuecen y enriquecen. El canadiense Daniel McLay se encarga de todo: también de contar con una paleta de recursos interminable consecuencia de una palpable erudición. ‘Casio soul’ y otras finas hierbas. Aquí su bandcamp.





Jens Lekman – “Life Will See You Now” (Secretly Canadian, 2017)

Queda un pelín lejos de “Night Falls Over Kortedala” (2007), pero tiene suficientes ingredientes para corroborar que el sueco sigue siendo alguien a quien confiarle muchas horas de atención. Especialmente extrovertido en ritmos y melodías –se agradece bastante-, entre lo tropical y lo discotequero, “Life Will See You Now” sigue derrochando inspiración y maleabilidad. Otro fiable que, con buen criterio, planea con mucho tiento cada nueva referencia. Aquí en Spotify.




  
Jerry Paper & Easy Feelings Unlimited – “Toon Time Raw!” (Bayonet, 2016)

En este disco Lucas W. Nathan aparcó los redundantes sincopados electrónicos que de seña de identidad corrían el riesgo de convertirse en definitivo lastre y cargante mochila. Por fortuna “Tom Time Raw!” da el giro hacia lo acústico internándose en texturas jazzie y modos de crooner que, precisamente, no le aleja demasiado de gente como Jens Lekman -o Sondre Lerche-. Ahora sí: Big Pop For Chameleon World. Aquí su bandcamp.





Jimmy Turturici – “Lost Encoded Memories” (Bayonet, 2015)

Synth-pop espectral de mínima fidelidad. Jimmy Moonboots atiende normalmente más a la elaboración de piezas instrumentales, pero cuando se ha puesto a dar voz a alguna de ellas el resultado es atractivamente abisal –la canción titular- e indómito –“You'll Have To Kill Me”-. Echa un cable Lili de la Mora, que hiciera con Ryan Francesconi aquel clásico de la década pasada, “Through the Trees”. Aquí su bandcamp con una muestra.





Joe Crepúsculo – “Supercrepus” (Producciones Doradas, 2008)

2008 fue sin lugar a dudas el año de Joël Iriarte. Compatibilizando su labor a las teclas en Tarántula, arrancó en solitario en dicho año ni más ni menos que con dos discos-hito dentro de la prececible escena nacional –este y el aún mejor “Escuela de Zebras”, un comienzo que aún no ha logrado igualar-, un arrebato creativo atiborrado de ideas y desparpajo. Entre la chulería vocal de unos Burning, el deje alucinado de Poch, el tecno-casero de Aviador Dro o los Radio Futura de Herminio Molero. “Nunca creí en los dioses, ni cambiar la sociedad y ahora sé que el fin no fue importante jamás”. Aquí en Spotify.





John Cyrus – “Diskow” (autoeditado, 2014)

Más que dignos continuadores de las enseñanzas de Stephin Merritt vía Future Bible Heroes, en su grabación más larga hasta la fecha -6 canciones-. Abundan las dianas electromagnéticas, la pulcritud en los beats y una singular capacidad para embestir las programaciones con turgentes dibujos de teclado en pos de estribillos diamantinos. Parece fácil, pero hay que saber cuadrarlo todo como en “Diskow”. Aquí su bandcamp.





John Southworth – “Human Cry” (Barnyard, 2010)


El mejor escritor de canciones de los últimos veintipico años recuperó las confidencias más intimistas y hondas del revelador “The Pillowmaker” (2006) –“Sadness Came Back”- tras el capricho synth de “Mama tevatron” (2009) en otra docena de piedras preciosas. Se volvió a dejar mecer por el Donovan y el Cohen más minimalistas o por el Bacharach más primordial. Podría haber elegido en esta selección el aupado –en el mercado alemán- y doble “Niagara” (2014) o el hasta el momento último trabajo –“Small Town Water Tower” (2016)- pero pasa con este británico afincado desde hace la tira en Canadá que este tipo de dilemas son moneda común. Es lo que tienen la clase y el genio. Aquí su bandcamp.

viernes, 5 de agosto de 2016

Discos imprescindibles del pop japonés (V)





EDDIE MARCON – “Aoi Ashioto” (Zasshoku, 2005)

El nombre de este grupo de folk psicodélico preciosista está tomado del nombre de su cantante (Eddie Corman, la principal compositora) y su bajista (Jules Marcon). El incluir instrumentos como el saxo, el clarinete o la caja de música le da una riqueza, complejidad y profundidad a su repertorio indudable. Este es su disco de debut, y el más dulce y pastoral de toda su discografía, acostumbrada a los giros más o menos inesperados pero siempre presta a buscar una salmodia sostenida y reconocible, que es lo importante. Entre Priscilla Ahn, Linda Perhacs y el primer ep de How to Count Planets, “Aois Ashioto” tiene recovecos insondables y la complejidad justa para no estar hablando del típico producto experimental vacuo y/o cargante.








AI ASO – “Chamomile Pool” (Pedal, 2007)

Abonada a los registros en directo (atesora ya dos ‘live’), lo de Ai Aso es puro sentido comatoso de la canción pop, en la línea de Galaxie 500 (la conexión podemos rastrearla en “Land”, co-escrita junto a Michio Kurihara, colaborador de Damon & Naomi), The Velvet Underground o Seam (“Alon”). Como suele ser habitual en estos casos, es imprescindible jugar con el binomio silencio/tensión, y la Aso sabe manejar perfectamente dicha combinación.
Nanas siderales, ajustados brotes noise, espacios apenas esbozados, inasequibles (como ejemplifica la propia portada) pero tremendamente sugerentes, leves apoyos con cajas de ritmos... “Chamomile Poop” es, si no me equivoco, su último trabajo en estudio y el más accesible, y se puede encontrar en una edición especial junto con su debut, “Lavender Edition”.







ICHIKO AOBA – “Kamisori Otome” (Sinonome Recordings, 2010)

Virtuosa de las seis cuerdas, la desarmante belleza de sus composiciones nos puede invitar a viajar al Brasil de sus cantautores en los años sesenta o al folk ácido anglosajón de la misma época. Apadrinada ni más ni menos que por gente como Taeko Ohnuki, Ryuichi Sakamoto (como pianista), Haruomi Hosono o Cornelius, que han requerido sus servicios para sus propias producciones fascinados por el innegable talento de la de Urayasu. Como Ai Aso, es adicta a los discos en directo –acumula ya cuatro- donde puede transmitir sin ambages todo su delicado sentido de la nostalgia y la tragedia, mecida por una corriente de arrullos cautivadores. “Kamisori Otome” (osea, “Razor Maiden”) fue su primer disco, el más inusitadamente místico y perfecto que compusiera con 18 años.







NEGICCO – “Melody Palette” (T-Palette, 2013)

Una de las últimas sensaciones dentro del fenómeno teen nipón (tan importante a lo largo de la historia, como hemos podido observar en toda esta serie) es este trío de Niigata, al oeste de Japón, que lleva publicando singles desde 2003. Nao, Megu y Kaede mezclan todo tipo de influencias para la pista de baile con absoluta desenvoltura, logrando una concatenación de dianas pop deslumbrante. Y, desde luego, lo hacen con muchísima más efectividad y exuberancia que “rivales” como Perfume (las de Hiroshima, no los del britpop).

Canciones PERFECTAS de innegable aroma shibuya (“Anata to Pop With You!”), con arreglos soul en la línea del “Shout To The Top” de The Style Council (“Aidoru bakkari kikanai de”, “Negative Girls!”), Barry White vía Lisa Stansfield (“Imishin Kamo Dakedo”), Stock, Aitken & Waterman (“Koi no EXPRESS TRAIN”), rap melódico (“Natashia”, “Sweet Soul Neggi” y, en general, un delicioso dejà vu de los sonidos de finales de los ochenta y principios de los noventa.





 


KOTO – “Platonic Planet” (Nat, 2015)

La alternativa a las anfetaminas o la cocaína es este disco imparable, frenético y eufórico que no deja prácticamente respiro a lo largo de sus ocho piezas y que está compuesto en su totalidad por el miembro de Recoride Kissa Sasaki.

Koto (no confundir en ningún momento con el histórico grupo de italo-disco) es el último ídolo de masas en el país del sol naciente que tritura literalmente todas las influencias que se pongan a su paso: Bis, shibuya-kei, el hi-energy de los ochenta, rap y mil cosas más a ritmo endiablado pero ultrapegadizo, descarado y sideral. Todo a lo que (te) recuerde resulta a su lado inofensivo frente a este torbellino, este meteorito de insultante potencia. Casi imposible destacar una canción sobre el resto: su único álbum hasta el momento es la obra maestra del hardcore-speed-pop. Fuck k-pop!