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lunes, 29 de diciembre de 2025

Embrujamiento, de Elisabeth Mulder

 



Visionando la entrevista de Joaquín Soler Serrano a Elisabeth Mulder para su mítico espacio A Fondo (TVE) descubrimos a una autora ya entonces (1978) de muy largo recorrido, cuyo principal rédito literario a la postre fue una serie de novelas escritas a partir de mediados de los años treinta -en plena Segunda República- y hasta finales de los cincuenta, tras unos inicios centrada en la poesía, disciplina esta última que abandonaría en esos primeros años de cambio.

Cosmopolita hija de vallisoletano de origen holandés y de puertorriqueña, el porte de Mulder tenía mucho de noble serenidad y burgués acicalamiento. Aun semioculta en los libros de historia de la literatura española, pero incrustada (un tanto marginalmente) en los artísticos ambientes oficialistas del periodo franquista, Elisabeth Mulder fue una mujer avanzada desde siempre, en el plano estético -que se desviaría hacia el intimismo prosaico- o en el personal -vivió, como otros muchos y otras muchas, una sexualidad libre y decisoria, incluyendo entre otras a la reportera anarquista Ana María Martínez Sagi-, pero finalmente clandestina debido a la dura represión del Régimen, rompiendo moldes que, por otra parte, se pudo permitir a la larga -aun con duras reticencias familiares- tanto por su educación como por su estatus de privilegio. 

Perteneciente al underground de la generación del 27 -tangencialmente embutida en 'las Sinsombrero'- fue "Embrujamiento" su debut editorial -precisamente publicado en ese veintisiete tan proverbial- , un poemario insólito por varios aspectos: primero por tratarse de una de las escasas muestras de puro decadentismo poético español -que en el país tuvo realmente otro nombre, el de la Bohemia literaria, movimiento que desarrolló mucho más la novela, el relato corto o la columna periodística, donde los Sawa o los Villaespesa han acabado ocupando mejor espacio para la posteridad-, y luego por ser escrito por una mujer, estando para ellas mucho más acotado el acceso no solamente para la publicación, sino meramente para experimentar con modelos literarios sofisticados y/o marcadamente sombríos. De alguna manera devenía en previsible: Elisabeth Mulder cultivó desde muy joven su interés por autores como Baudelaire -a quien tradujo al castellano-, Corbière o Laforge, además de por los románticos más providenciales. Pero esta amiga personal de Emilio Carrere -a quien dedica  uno de los poemas inéditos incluidos al final del volumen-, si por algo se distingue en la mayoría de versos que componen "Embrujamiento" es por una meticulosa versificación en rima consonante, influida sobre todo por el nicaragüense Rubén Darío.




Como señala Andrés Juárez en la Introducción a esta edición de Torremozas (a partir de ahora las cursivas son de este), el conjunto de poemas "entre el Modernismo y la modernidad" tiene en la mujer su principal receptora y motivo elegíaco, diversificando tanto la galería de personajes que lo componen como la autoría lírica que lo expresa ("rasgo de su modernidad").

"La figura de la vampira como encarnación complementaria de la bruja y a su vez de la mujer fatal" otorga a sus yoes poéticos una prestancia conceptual entonces compleja y siempre fascinante, a menudo metáfora de amores lésbicos, prohibidos y sometidos a un precipicio afectivo intenso e insondable: "La mujer fatal salta desde el espacio mítico y desde el imaginario simbolista (...) hasta el mundo moderno de las médiums y las médicas (...) en posesión de los atributos de la belleza y el conocimiento como fuentes de poder". También se refleja "el mundo de la histeria atribuida como patología de género por aquellos años a la mujer" invisibilizando el mundo masculino a modo de reequilibrio, y haciéndolo completo en el plano físico. Mulder se centra en las feminidades heterogéneas a través de "figuras profundamente melancólicas por cuanto alejadas y enfrentadas al materialismo de lo moderno".

Entre las creaciones más destacadas podemos citar el ambiente opresivo, gótico, de "Angustia"; la descripción sofocante de la Hidra nigromante de "El Dolor"; la Esfinge con mucho de mujer de Lot de "¡Silencio!"; la satánica y apocalíptica "Morbos Eternos" (¡qué título!); la autorreferencial "El Poeta del Sol"; la fúnebre "Dicen Que Fue Feliz"; la fantasmal "La Dama Pálida" -que tiene mucho de alegoría sobre la invisibilidad de la mujer en los círculos no solo intelectuales sino de casi cualquier ámbito-; la anti-sistémica "La Canción del Neurasténico", con su nada velada crítica a la infatigable vida moderna de urgencia abrasiva ("que tantos adoran/y en cuyo altar desfloran/oro, paz, juventud,/sin ver que en ella flota/la mentira de amor y de virtud/(...)¡Nos exprime, nos rinde y nos explota(...)!"). Pero, sobre todo, la propia -y auto-conclusiva- "Embrujamiento", que cierra la colección homónima y hace exaltación de la propia existencia y sus vorágines devoradoras:


"Vivir intensamente y tener sentimiento...
¡Peligroso idealismo, terrible embrujamiento
de la vida que oprime y estruja de emoción!
En loca cabalgata de ensueño o de delirio,
bajó una luna pálida como místico cirio,
las brujas han pasado sobre mi corazón...!

miércoles, 22 de octubre de 2025

Bajo tres banderas, de Benedict Anderson

 



¿Qué tuvieron en común Joris-Karl Huysmans, Errico Malatesta, Stéphane Mallarmé, Federico Urales, Alexandre Dumas padre, Tarrida de Mármol, José Martí, Arthur Rimbaud, James Ensor, Eduard Douwes Dekker, Pío Baroja, Louis Michel o Tetchō Suehiro? Además de un contexto socio-político a finales del siglo XIX que dio origen tanto a la Primera Globalización como a la segunda oleada de descolonización en los entornos americano y asiático, proporcionaron una tupida red de influencias literarias que ayudó a (re)situar a las vanguardias revolucionarias de las últimas colonias del exhausto Imperio Español no solo en la posibilidad de la independencia, sino en la autoconsciencia de sus orígenes y su propia idiosincrasia de pueblos sometidos. Una cosmovisión política y artística, en un mundo muy cambiante, con dos figuras intelectuales finiseculares de Filipinas como el folclorista Isabelo de los Reyes y el novelista José Rizal como ejes fundamentales del relato que el historiador Anderson construye a base de un concienzudo trabajo de investigación, que no hace sino contagiar al lector con las conexiones y descubrimientos 'in progress' -y a menudo casi milagrosas- que prácticamente se van trenzando a medida que avanza el texto.

Cosmovisión donde conviven el anarquismo (y la Propaganda por el Hecho), los nacionalismos post-coloniales, el Decadentismo, el periodismo de trinchera o la antropología aborigen, frente a imperialismos varios, ya estuvieran en apuros (España) o bien en alza (Estados Unidos, Japón). Con, además, el vínculo más o menos estrecho entre los movimientos emancipatorios de la propia Filipinas con el de Cuba o el de China.






A través de la revista La Solidaridad ubicada en Barcelona a finales de siglo -no confundir con Solidaridad Obrera, publicación libertaria también barcelonesa fundada unos años después-, donde convivieron José Rizal y otros activistas pinoys como Mariano Ponce o Marcelo del Pilar, asistimos a las intrigas -en una a menudo ambigua clandestinidad- entre los 'asimilacionistas' y los más radicales defensores de una Filipinas secesionista. Sin perder de vista, más que de reojo, los inevitables influjos culturales del Viejo Mundo europeo -que estos actores asumían preferencialmente, sobre todo los más arriesgados y cómplices-, Viejo Mundo que aún era epicentro del debate cultural y estético a lo largo y ancho del planeta.

Como decíamos, el entusiasmo de Anderson empapa cada una de las páginas de este valioso estudio sobre un momento de la Historia en el que las antiguas estructuras parecieron estar entre las cuerdas, donde muchas cosas nuevas (o más bien justas) parecían a punto de cristalizarse, hasta dar finalmente con el reordenamiento de la Primera Guerra Mundial por un lado y las subsiguientes corrientes rupturistas del pensamiento también en ese primer tercio del siglo XX. A la postre, el Capitalismo entendió que la sumisión de los antiguos protectorados solo podía seguir practicándose transformando estructuras aparentemente liberadas en peones de su sempiterna explotación, con el eufemismo del consenso y la cooperación filantrópica. Un retorcido desenlace que los idealismos del mártir Rizal o el de Isabelo, quizá, no pudieron llegar a colorear ni en sus más tibias fantasías.

lunes, 5 de mayo de 2025

Hacia la Primera República, de Élie Reclus

 




Hermano mayor del geógrafo Eliseo Reclus, en el caso de Élie su ocupación fue la etnografía, pero la ideología de ambos fue el entonces más que incipiente anarquismo. No obstante, en sus visitas a una España de mediados del siglo XIX que pretendía sacudirse la rémora de la monarquía, Élie aparecía más bien a ojos de todos como un simple republicano francés interesado en los vaivenes de una política nacional desmenuzada entre unionistas, republicanos, liberales o progresistas. El ideario libertario, se nos ha dicho siempre, empieza a filtrarse en los campos y las ciudades españolas por el influjo directo del italiano Giuseppe Fanelli, con el que Élie tuvo una somera relación justamente en aquellos años de revolución "Gloriosa", precedente de la Primera República que sabemos trató de ser abortada en diferentes frentes unos pocos años después.

De todo ello da cuenta este compendio en tiempo real de Reclus, como indica el subtítulo del volumen ("Del 26 de octubre de 1868 al 10 de octubre de 1869"), ese año en que pudo haber cambiado todo, pero que como en tantas ocasiones ocurre, se dan innumerables intrigas, traiciones o giros discursivos que acaban reubicando todo al más puro interés de las élites, ya sean puramente económicas, nobiliarias, militares o religiosas.




En paralelo a la creación de un gobierno provisional tras el alzamiento se fueron creando en toda la geografía Juntas Revolucionarias, las cuales de pasar a poder ser órganos clave para el cambio de paradigma acabaron siendo quebradas en favor de una supuesta estabilidad acorde con el interés general, que no es otro -como es costumbre- que el de quien siempre ostenta el mando. Lo disecciona con brillantez Élie Reclus en el siguiente párrafo:

"Desde que el ministerio hubo negociado la próxima disolución de la Junta, se sintió bastante fuerte para quitarse la máscara del desinterés y de la imparcialidad, preparando un proyecto de plebiscito en el que cada ciudadano tenía que contestar sí o no a esta pregunta: <<¿Quieres que continúe la monarquía?>>.
De este modo, las Cortes Constituyentes se encontraban liberadas de la cuestión republicana; tenían que pronunciarse por la monarquía absoluta o por la monarquía constitucional, sin más trabajo que el de escoger entre los numerosos pretendientes a la Corona."

¿De qué les suena este cambalache? Cien años después, muerto el delincuente criminal Franco, a los españoles se les animó a votar sí o sí un modelo de Estado donde la figura del rey, incluida en el pack, fuese innegociable eliminando cualquier otra opción, propuesta o debate bajo el viejo slogan "o yo o el caos". Y es que "el arte vive de sacrificios y la política de transacciones", terminando estas últimas regidas por el poder bruto (militar), dejando el consenso como una muestra sofisticada de beneficencia hacia las clases subalternas, como la Historia se ha encargado de demostrarnos una y otra vez. Clases populares disciplinadas a través de, entre otros, un ejército de "funcionarios cesantes, que en España como en todas partes son designados con el nombre genérico de presupuestívoros"




Hace ciento sesenta años mucho de ello originó "el cotarro de los republicanos monárquicos", estúpido eufemismo (como "republicanos en la intimidad" o "republicanos de pancarta") que seguimos padeciendo hoy sobre todo en las filas de la izquierda oficial, la parlamentaria, en el que vive con enorme comodidad el conjunto de esa parte del arco.

Un ensayo (frustrado), el de la Gloriosa, con Madrid (¡qué sorpresa!) desfavorable "a la nueva idea". Ya que, como de nuevo explica con lucidez Reclus, "la fórmula de la república federal, aceptada por el resto de España, no puede despertar el menor entusiasmo en la capital del reino, ya que una descentralización enérgica la haría perder la mitad de su importancia", como se han encargado de subrayar unos y otros moderados hasta el momento actual. "Madrid es una creación del parlamentarismo estilo Luis Felipe y del doctrinarismo burgués". Nos guste o no, está en sus genes administrativos y en su vocación facultativa, y no ha cambiado demasiado. Como las fake news, que ya existían en la década de los sesenta del XIX gracias al control del familiar de la imprenta: "el gobierno se ha reservado la exclusiva del telégrafo, haciendo circular las noticias, verdaderas o falsas, que le convenían". O como el chantaje armamentístico, del cual el general Prim (uno de tantos insaciables 'figuras' del zeitgeist) fue un inapelable entusiasta, afirmando "la necesidad de un ejército permanente", porque "es siempre el gran pretexto. <<Necesitamos un ejército fuerte para tener asegurada la defensa de la libertad>>"  Como ven, los mismos eufemismos que en 2025, cuando se hace hincapié en el aumento de maquinaria para matar, ahora con la excusa de que tarde o temprano nos colonizarán los rusos o cualquier otra ocurrencia por el estilo.




Un intento abortado el de aquella revuelta porque, como se sabe, "cuán poco dura el impulso revolucionario, con qué prontitud la inercia vuelve a cobrar fuerza, el entusiasmo se apaga y el pueblo se cansa, obligado como está a volver al trabajo, a sus preocupaciones cotidianas, dejando el campo libre a las intrigas de los hábiles y las maquinaciones de los malévolos.", donde se acaba acordando "aplazar las cuestiones sociales".

"Hacia la Primera República", pese a un índice onomástico bastante mejorable -a la hora de buscar nombres- y algún texto farragoso en el apéndice ("A los electores [Manifiesto de los Cimbrios]") es un cuaderno de notas indispensable no solamente para conocer un pedazo crucial de la historia -ni más que una avanzadilla de otras revoluciones posteriores en el continente-, sino para seguir poniéndonos sobre el espejo, ya inmersos en el XXI.

"Qué dirán las generaciones venideras, qué concepto formarán de la ilustración actual de España, cuando sepa que en el último tercio del siglo XIX, de este siglo realizador de adelantos, poseedor de ciencia, descubridor de maravillas y después de la revolución más grande que se registra en nuestra historia patria, aún se lucha por conseguir que sea libre, absolutamente libre, la emisión del pensamiento? ¿Qué dirán los hombres del porvenir, cuando lean nuestra historia y hallen, en medio de nuestra decantada civilización, la oscura mancha de nuestra inteligencia esclava? ¿Podremos ufanarnos de haber ejercido sin obstáculo todos nuestros derechos de hombres? ¿Podremos dejar a la posteridad el ejemplo de una razón libre para manifestar las ideas, porque libre debe ser, porque para que viva libre la tenemos? se pregunta el escritor Ildefonso Llorente en dicho apéndice de la edición de Pepitas de Calabaza. Las preguntas, todas, todavía siguen en el aire.

jueves, 28 de noviembre de 2024

Poemas, de Théophile de Viau

 




De François Villon (como mínimo) al Nuevo Extremismo Francés en cine, se puede decir que la transgresión o el vuelco a las convenciones sociales (e individuales) es una constante, un signo de distinción, dentro del arte galo en cualquiera de sus disciplinas. En el siglo XVII, más de cien años antes de nacer el Marqués de Sade, el clairaqués Théophile de Viau ya introdujo en muchos de sus escritos la necesidad de expresar orientaciones filosóficas y sexuales en franca oposición con los estándares establecidos en su época (y, por extensión, más o menos en todas).

Así, la homosexualidad o el politeísmo con acento agnóstico circulan por los versos de este autor cortesano que tuvo que enfrentar desaforadas acusaciones de libertinaje e impiedad, llevándole a los tribunales y llegando a ser condenado con la ejecución, de la que pudo salvarse in extremis.

En el contexto de su época, donde Malherbe se sitúa como el referente principal de las musas francesas, Théopile contrasta con el maestro en el esfuerzo por tener una voz propia -alejándose extraordinariamente de los seguidores de aquél-, en apostar por la aventura y la heterodoxia lírica y en dejar al margen las rigideces estéticas impuestas por el autor oficialista del Barroco:


"Yo quiero escribir versos que no estén constreñidos,
pasear a mi espíritu por pequeños designios,
buscar sitios secretos donde todo me guste,
meditar libremente, soñar todo a placer,
gastar una hora entera mirándome en el agua,
escuchar como en sueños el curso de un arroyo,
escribir en los bosques, callarme, interrumpirme,
componer un cuarteto sin pensar componerlo."




De natural escéptico -y un mucho herético según el poder- con el relato legal ("poetas soñadores, con sus plumas hipócritas, al mérito han faltado de los antiguos héroes y, de dejarnos tantos testimonios sin crédito, queriendo decir más, nos hacen creer menos, pues el falso relato de un semidiós supuesto hasta me hace dudar que llegara a ser hombre"), hedonista, su pensamiento parece querer avanzar a caballo entre el precursor Montaigne -catolicismo no doctrinario- y el posterior Shelling -defensa de la Naturaleza como manifestación de lo Absoluto-. 

Sus mejores poemas se ponen en la piel de los desposeídos y convictos -la Estancia "Del pavor de la muerte, se estremece el más fuerte"-, que deberían hacer las delicias de los lectores de Wilde o Trakl en su escrupulosa descripción de la ansiedad ante el horror del golpe final. O en la piel de un pequeño universo apocalíptico -la Oda "Delante de mí grazna un cuervo"-, tan caro al barroquismo del momento, con su cohorte de sucesos inverosímiles, con un punto siniestro, y por eso mismo harto sugestivos. No en vano, tuvo el honor de ser un grotesque de su tocayo Gautier, que lo rescató para el Romanticismo de las catacumbas de cierto olvido.

Todo ello en una exquisita edición de La Lucerna dentro del marco del programa de literatura comparada de la Universidad de Orléans.

lunes, 4 de noviembre de 2024

Sobre el totalitarismo, de Simone Weil






De los tres libros de la pensadora francesa Simone Weil (1909-1943) que he tenido oportunidad de leer hasta ahora ("Echar Raíces", "Opresión y Libertad" y "Sobre el Totalitarismo", los dos últimos editados por Página Indómita) es el tercero el mejor, el más lúcido y el más incisivo en sus juicios políticos. Una colección de pequeños ensayos y columnas realizados principalmente en el periodo de entreguerras, cuando el supuesto antagonismo entre fascismo y comunismo de Estado estaba en su máximo apogeo.

Weil desmonta dicho antagonismo contrastando el modus operandi tanto de los perros guardianes de las élites -Hitler, Mussolini- como del capitalismo "rojo" o izquierda del capital -este último ya sea amaestrado bajo el paraguas de la socialdemocracia o bajo el cesarismo bolchevique- que comparten, por ejemplo, su desprecio por los mecanismos en favor de la libertad tanto del individuo como del colectivo, bajo la disciplina policial, militar y la de los centros de trabajo.

"La revolución no es una religión para la cual un mal creyente es preferible a un incrédulo; es una tarea práctica. Con las meras palabras no se puede ser revolucionario, como no se puede ser albañil o herrero", sentencia en el capítulo IX de "La Situación en Alemania", donde Weil nos recuerda, entre otras cosas, la responsabilidad de los comunistas alemanes en el ascenso de nazismo en aquel país, tras una serie de juegos tácticos conservadores y reacciones tardías que dejaron gran parte del camino expedito de cara al asentamiento de la escoria nacionalsocialista.



Enrolada en la Columna Durruti, en 1936


El Estado, confeccionado siempre para subordinar a las clases trabajadoras en favor exclusivo del capital, también es para Weil una trampa mortal o lacerante a la que no nos queda más que tener enfrente a perpetuidad: "Preparémonos para confiar en nosotros mismos. Nuestro poder es muy pequeño; cuando menos, no dejemos lo poco que podemos hacer en manos de aquellos cuyos intereses son ajenos al ideal que defendemos. Pensemos al menos en preservar nuestro honor". Weil, como sabemos, apostó siempre por una actitud insobornable con el Espíritu como guía indeleble.

Para tratar la emancipación de las clases subalternas, en "Perspectivas: ¿nos dirigimos hacia una revolución proletaria?" nos recuerda: "la humanidad ha conocido hasta la fecha dos formas principales de opresión: una -la esclavitud o servidumbre- ejercida en nombre de la fuerza armada y otra ejercida en nombre de la riqueza transformada del capital". Casi cien años después, todavía continuamos en la segunda manera, sin habernos desprendido tampoco del todo de la primera. Y, ¿cuál sería una hipotética tercera vía?. Desde luego no un Estado Obrero: "Por mucho que veamos muy bien cómo una revolución puede 'expropiar a los expropiadores', no se ve cómo un modo de producción basado en la subordinación de los ejecutantes a los coordinadores podría hacer otra cosa que producir automáticamente una estructura social definida por la dictadura de una casta burocrática". La tomadura de pelo marxista-leninista nos ha demostrado, una y otra vez, que en la práctica esa Dictadura del Proletariado luego no da lugar a una liberación íntegra, sino a otra forma de capitalismo, a otra forma de sometimiento y adoctrinamiento funcionarial, aunque se barnice con hoces y martillos hasta el infinito: "así es como cayó el feudalismo, no bajo la presión de las masas populares que se hubiesen apoderado de la fuerza armada, sino mediante la sustitución de la guerra por el comercio como principal medio de dominación". Nada de mandos intermedios, de jerarquizaciones castrantes: "Habrá socialismo cuando la función dominante sea el trabajo productivo mismo; pero eso es lo que no podrá ocurrir mientras perdure un sistema de producción donde el trabajo en sí se encuentre subordinado, mediante la máquina, a la función consistente en coordinar el trabajo", que solo conduce a "un fanatismo cuidadosamente cultivado, apropiado para hacer que, a ojos de las masas, la miseria no fuese una carga pasivamente soportada, sino un sacrificio voluntario (...); una mezcla de devoción mística y de brutalidad desenfrenada; una religión de Estado que ahogaría todos los valores individuales."






Mientras tanto, nos hacen vivir, bajo cualquier forma de poder que se precie, a expensas de idolatrías de diverso cariz, "nos sacrificamos a nosotros mismos y sacrificamos a los demás en virtud de abstracciones cristalizadas, aisladas, imposibles de relacionar entre sí o con cosas concretas".

Las palabras de Simone Weil siguen adquiriendo un cariz estremecedoramente contemporáneo desde cualquier ángulo: "lo que un país llama interés económico vital no consiste en aquello que permite a sus ciudadanos vivir, sino en lo que le permite librar la guerra", o la supeditación tanto de fascistas, conservadores o socialdemócratas (en las llamadas democracias burguesas el comunismo de Estado es una antigualla conceptual, casposa) a los férreos mandatos de las élites económicas, con las armamentísticas en primera línea de combate.

Resumiendo, en "fascismo y comunismo (...) se da el mismo control del Estado sobre casi todas las formas de vida individual y social; la misma militarización frenética; la misma unanimidad artificial, obtenida por la fuerza, en beneficio de un partido único que se confunde con el Estado (...); el mismo régimen de servidumbre impuesto por el Estado a las masas trabajadoras", ya sea en la Alemania nazi, en la URSS, en Corea del Norte, en Cuba o, añadimos, en cualquier democracia actual, que bajo una apariencia de libertad de decisión a través de conjuntos y subconjuntos de partidos políticos amarrados al vasallaje estatal creen desarrollar los más acabados mecanismos de participación: "Mientras exista una jerarquía social estable, cualquiera que sea su forma, los de abajo tendrán que luchar para no perder los derechos de un ser humano". A propósito de la Grecia clásica o del Imperio Romano, este último precedente directo del III Reich, "la autoridad absoluta del Estado no podía ser cuestionada, porque no se basaba en una convención, en una concepción de lealtad, sino en el poder que la fuerza tiene, el poder de congelar las almas de los hombres, (...) el mismo efecto que produce hoy incluso en su forma democrática, el efecto de absorber desde el capital la vida del país". Ahí también tiene un recado para las familias profundamente coloniales o imperialistas, sea cual sea la época en la que se desplegaron como tales, y que aún hoy renuncian a asumir su parte de culpa en el latrocinio y la barbarie: "si hoy admiro o incluso disculpo un acto de brutalidad cometido hace dos mil años, falto hoy, en mi forma de pensar, a la virtud de la humanidad".

El ojo clínico de Simone Weil, casi un siglo después, nos sigue revelando de manera admirable la substancia de la dominación, que no solamente no ha sido borrada de la faz de la tierra, sino que permanece incólume bajo otras formas y en base a trampantojos diversos de liberación, que siguen produciendo frustración y tratan de coagular la rebelión total a la que toda sociedad debe aspirar, inmune al desaliento.

miércoles, 19 de junio de 2024

Cómo la no-violencia protege al Estado, de Peter Gelderloos

 





"Ningún derecho se ha conseguido pidiéndolo por favor" es una máxima que siempre irrita a reformistas, posibilistas, y demás fauna bienintencionada que, casi todo el tiempo, se deja toda su capacidad transformadora en gestos inanes o conductismos aquiescentes con los cuales plantarse a negociar -normalmente en franca inferioridad potestativa- frente al régimen de turno. Dotar de sentido, justificación y ejemplos prácticos una frase así -u otra de tipo similar- y demostrar por qué el pacifismo suele ser una etiqueta muy cómoda para las élites y para quienes blindan jerarquías y desigualdades galopantes es el objetivo del escritor y activista estadounidense Peter Gelderloos a lo largo de "Cómo la no-violencia protege al Estado".

En un contexto como el actual donde la supuesta pax dei mundial sigue saltando por los aires -solo que ahora, desde la atalaya del "primer" mundo la volvemos a ver resquebrajarse mucho más cerca-, donde las supuestas corrientes transformadoras -reformistas, socialistas, verdes, comunistas de Estado- son marionetas desechables en manos de los grandes emporios y lobbys reaccionarios (cuando no juegan obscenamente a aliarse con estos), es más que necesario poner sobre la mesa la futilidad de las iniciativas de la socialdemocracia rendida y colaboracionista que se nos vende a diario como la única alternativa al tiburón financiero, al carcamal ultra y al explotador ecofascista.

Partiendo de la base irrefutable de que los Estados ostentan los monopolios de la violencia, hacer "política amable", consensos de moqueta, etc. no solamente es forcejear capitulando desde el principio, sino participar calladamente de una violencia sistémica que siempre va a beneficiar al capitalista, al vil conservador y al energúmeno parlamentario, además de mantenerlo en su estatus por comparecencia testimonial, miedo o respeto a las buenas maneras por parte de las fuerzas "del cambio".






La versión popular de esta decisión "entregista" es el pacifismo, que tiene en el slogan fatuo de la "no-violencia" su acomodo para ir recolectando las victorias pírricas (a menudo puros espejismos transformadores) con las que saciar a los estratos de la sociedad en pos del mantenimiento del cacareado Estado del Bienestar o de la paz social que eluda la confrontación con quienes apenas tienen interés en renunciar a sus privilegios, a sus chantajes y a su protección a través de los cuerpos y fuerzas de represión del Estado, diseñados en primer término para el control y disciplinamiento de las clases subalternas.

"La no-violencia -como una práctica exclusiva- no es un método de lucha, sino un intento de pacificación apoyado por aquellos cuyo trabajo es el de reprimir la lucha (...) la realidad inevitable del conflicto social"

"El criterio principal que utilizan los activistas no violentos para decidir con quién trabajan no es el compromiso afín a los objetivos revolucionarios, sino el compromiso compartido con la no-violencia". Es decir, la pose ensimismada de una utopía arcádica frente a la reevaluación profunda de las relaciones de poder mediante serios contrapesos que hagan temblar literalmente a los guardianes de la nación.

"Si un movimiento no constituye una amenaza hacia un sistema basado en la coerción y la violencia centralizadas, y si ese movimiento no realiza y ejecuta el poder que lo convierta en una amenaza, no podrá destruir ese sistema", ya que "la élite no puede ser persuadida a través de llamadas a su conciencia". Justo lo que están invocando en la actualidad izquierdistas de "nueva política" a través de pantomimas jesuíticas en los medios de comunicación y en otras manifestaciones públicas.

Si se quiere dar la vuelta completamente a la historia, que es inopinadamente injusta, castradora, brutal e inmisericorde, no solo no vale con meras intenciones y discursos embellecidos de cara a la galería, es necesario un despliegue de múltiples estrategias (que deben ser, según el momento, tanto violentas como no-violentas), pues de la conjugación de todas ellas solo puede desembocar un proceso emancipador real. No puede ser que unos tengan las bombas, las porras y la intimidación como lenguaje universal, y otros a cambio confronten con retórica y sentadas. El que tiene todos los dispositivos para dominar la situación no dará nunca su brazo a torcer a no ser que sienta el aliento de una contrapropuesta inflexible y certera en su pretensión revolucionaria.

La no-violencia, dice Gelderloos, es eminentemente racista: "se niega a reconocer que estos esquemas solo funcionan para la gente blanca privilegiada, que tiene un estatus protegido por la violencia, como perpetradoras y beneficiarias de la jerarquía que la ejecuta". El activista no violento, blanco y letrado, empleará el tono paternalista con los demás consistente en que las revueltas violentas no conducen sino a más represión, a que como mínimo el problema se encasquille. Son los mismos que patrocinaron las 'primaveras de colores' -los Santiago Alba Rico de turno y compañía, auténticas comparsas ideológicas del imperio yanki-, que terminaron o por agravar los problemas o por abrir ventanas de oportunidad a especuladores y demás soldados de fortuna. Lo de estos teóricos post-marxistas no es más que forma de colonización desde las metrópolis acomodadas, solo que con un halo cool, 'enrollado'. "Esta idea de lo ineludible de las consecuencias represivas en la lucha, frecuentemente va más allá de la hipocresía llevando a la 'criminalización de la víctima' y la aprobación de la violencia represiva".






Los pacifistas, en mayor medida, no hacen más que el 'trabajo limpio' al Estado: "pacificar a la oposición. Los Estados, por su parte, desaniman a la fuerza contenida dentro de la misma e incitan a la pasividad". En esta reflexión también se incluye al movimiento no violento feminista, que cae a menudo en la "feminización de la pasividad""También es una forma de aprender a sentirse desamparadx (...), aquellos que disienten, (...) no deben usurpar unos poderes que pertenecen exclusivamente al Estado (como el poder de la autodefensa)". Toda protesta que no se haga por cauces "democráticos", a través de la burocracia, serán considerados marginales, sospechosos o terroristas: sobre ello se echará encima todo el armamento de la maquinaria opresora, para redisciplinar, si es necesario con sangre, a aquel que ose ir más allá en sus reivindicaciones en su derecho a responder a los ataques del establishment.

"Permitir las protestas no violentas mejora la imagen del Estado. (...) La disidencia no violenta juega el papel de una oposición leal (...) y crea la ilusión de que el gobierno democrático no es elitista o autoritario.". "Una protesta de este tipo es como meter una flor en el cañón de la pistola. No impide que la pistola pueda disparar."

"La libertad de expresión solo es libre en la medida en que no constituye una amenaza y no tiene posibilidad de desafiar al sistema". En aras de mantener la convivencia entre todos (un eufemismo que esconde las ansias de control permanente de los poderes fácticos sobre una sociedad convenientemente aletargada), el Estado señala y pone grilletes a quienes revuelven más de la cuenta.






"La no violencia se concentra en cambiar los corazones y las mentes, pero subestima la industria cultural y el control de pensamiento de los medios de comunicación". Nos enfrentamos a un enemigo poderosísimo, con capacidad para influir perniciosamente en todos los hábitos y sensaciones del personal, un poder voraz que no duda en arrastrar hacia sí a todo aquel que sirva de dique de contención para cualquier "anomalía" que pueda gripar el funcionamiento sistémico. No olvidemos: un "control de la información" que "es más potente que sólido" y que genera "una población (...) adoctrinada (...) y sedada por una cultura de la complacencia".

El sistema, diseñado para 'costrificar' la desigualdad y el darwinismo malsano, trabajará siempre para fortalecer dos tipos de ciudadanos: por un lado "la gente de procedencia pobre (...) más proclive a ser infraeducada" y, por tanto, a carecer de las herramientas necesarias para revertir todo tipo de situaciones de injusticia y, por otro "la sobreeducación de la gente de procedencia rica" que "les convierte en monos entrenados (...); adiestrándoles "con intensidad en el uso del análisis para defender o mejorar la existencia del sistema (...) siendo incurablemente escépticos y burlándose de las ideas revolucionarias que sugieren que el sistema actual está, en esencia, podrido".

En definitiva, es urgente acabar con las medias tintas: "los lobbies revolucionarios" indica Gelderloos, "son, simplemente, lacayxs que firman peticiones, reúnen financiación o montan protestas simbólicas, mientras una minoría educada y bien vestida solicita audiencias con lxs políticxs y otras élites que reúnen en sus manos todo el poder político real". Urge, en el fondo como siempre, contrarrestar y pasar a la acción, se llame directa o de autodefensa, lo que sea pertinente para acabar con un sistema que ya se ha visto por todos los ángulos insolidario, reaccionario y feroz.

lunes, 20 de mayo de 2024

Ned Ludd y la Reina Mab, de Peter Linebauch

 




Hace algo más de doscientos años se produjeron una serie de acontecimientos (grandes y pequeños, evidentes y sutiles) que, entretejidos entre sí, desembocaron en el mundo alienado y psicopático en el que estamos inmersos. Aunque el dicho que habla de que "no se le puede poner puertas al campo" trate de convencernos de la imposibilidad de acotar lo común -que viene a ser difícilmente aprehensible en términos globales-, lo cierto es que allá por la segunda década del siglo XIX se instauró, sobre todo en Occidente, el Sistema de Cercamiento, que promovió un sinfín de medidas de todo tipo que han conseguido constreñir al ser humano en una maraña de normas y obstáculos -la mayor parte impuestos mediante la fuerza-, influyendo en su determinación y autonomía. 
Dicho sistema provocó, entre otras, la especialización industrial (la división del trabajo, con especial acento en la separación por sexos: entorno privado para la mujer, entorno público para el hombre) o la castrense (eliminación de la acumulación primitiva y comunal en favor del control por parte de ejércitos separados del resto de la sociedad; ejércitos cuya alimentación acabó siendo prioritaria sobre el resto, originando además un cambio sustancial en las rutas comerciales, gracias a la tensión geopolítica), y su versión doméstica, la de la implantación de la policía. También la especialización burocrática, destinada a vertebrar la dirección gubernamental  a través de la centralización de los impuestos, junto con su versión espacial, la de las infraestructuras (ejecución y registro estatal de caminos, ríos o cárceles). La especialización lingüística, a través de la homologación de diccionarios o gramáticas, adquiere naturaleza ineludible. También la agraria, con la imposición de periodos de siembra o pastoreo, interfiriendo en el desplazamiento de diversas técnicas de cultivo.





Con todo ello se magnificó el concepto de excedente, combustible para el comercio a gran escala y, a la larga, fuente principal de alimentación para la aristocracia y demás élites parasitarias que no dejamos de sufrir en nuestras carnes.

La reacción entonces a dicha deriva fue capitaneada por Ned Ludd, impulsor del ludismo, una corriente que se propuso combatir la sucesión de los acontecimientos con la Revolución Industrial y la implementación de las máquinas como punta de lanza de una desvirtuación del comunalismo artesanal. Flotaba en el ambiente la creación del Capitalismo tal y como ya lo conocemos en la actualidad, con la manipulación y sometimiento del capital variable a través de la expropiación -prospección de lo común- y de la explotación -desarrollo tecnológico-, unidas ambas a la consabida acumulación por desposesión, pilar sobre el cual se relaciona el mundo desde entonces hasta el presente. La historia económica es dirigida por la presunción del valor de intercambio general más que por el valor de uso particular, referida este último como economía moral, donde nadie debe hacer beneficio con las necesidades del otro.

El objeto de este breve ensayo a cargo del historiador marxista Peter Linebauch implica enfatizar el eco que todos estos cambios sustanciales tuvieron en la literatura. Tomando como coartada el poema filosófico de Percy B. Shelley de "La Reina Mab", observamos no solo la intensas revueltas luditas en Europa, sino las esclavistas de EEUU -aquilatando la autoridad federal y el blues del Delta-. Pero también la de los indios de México y, en general, las del resto de zonas coloniales de América que fueron consiguiendo las correspondientes independencias por esas mismas fechas. Todo un momento de implosión, por tanto.






Thomas de Quincey, Herman Melville, William Blake, William Godwin o Mary Shelley, entre otros paradigmáticos del Romanticismo o adyacentes, trasladaron desde el campo metafórico las inquietudes por la implementación del asesinato ministerial, los motines de ultramar o los molinos sofisticados, como había vaticinado Milton tiempo atrás en clave demoniaca.

Fue una contestación triangular: Ludd por el lado de la experiencia, Percy B. Shelley por el de la aspiración y Spencer por los más que discutibles mitos y espíritus del Viejo Testamento. Plantaron una semilla que, al contrario de lo que los defensores a ultranza del progreso tecnológico presentan al mismo como única vía de desarrollo y único devenir en el ser humano, señala aún hoy la resistencia a un Leviatán incontrolado, paradigma de la bestia capitalista, cuya erradicación debe someterse, al menos, a una puesta en marcha rigurosa y urgente. Dicha resistencia -una insurreción comunista radical en el esfuerzo por retornar a costumbres más tribales- tiene en las tendencias del Decrecimiento y el ecologismo radical actuales un jardín por el que debemos transitar frente a retaguardias desesperadas y apocalípticas.

viernes, 10 de mayo de 2024

El amanecer de todo, de David Graeber y David Wengrow

 




Los apellidos Graeber y Wengrow, entrelazados en un monumental ensayo (más de 700 páginas, provechosas notas incluidas) sobre una esforzada reinterpretación de los orígenes en los comportamientos y en la búsqueda de órdenes sociales del ser humano, comportan un estimulante mestizaje, cuerpo a cuerpo, entre arqueología y antropología (y no una relación sojuzgada de una respecto a la otra), donde sus vasos comunicantes tratan de desmitificar lugares comunes y asumidas teorías etnocentristas totalizadoras.

Esta "nueva historia de la humanidad", cuyo principal objetivo es hacer recapacitar a todo crítico sobre una linealidad a menudo indiscutida (o poco flexibilizada), se basa por otra parte en reivindicar el "work in progress" al que se ve inexorablemente sometida la recogida de elementos que nuestros ancestros fueron dejando en los subsuelos. Admitiendo las limitaciones que siguen existiendo para dar con los escenarios completos en toda la evolución hasta el día de hoy -por desaparición de pruebas- y reconfigurando valores y sentencias previas, a través de los descubrimientos recientes, de una disciplina todavía joven como es la arqueología.
Si a esto le añadimos la orientación marcadamente anarquista de al menos uno de los autores -Graeber, fallecido en 2020, cuando este trabajo que llevó diez largos años estaba prácticamente acabado, y que no pudo ver publicado-, orientación que se deja translucir en muchos de los pasajes del libro, las expectativas de un vuelco conceptual y doctrinal quedan más que colmadas.





Partiendo de la reprobación de la dualidad hobbesiana/rousseauiana que marca estancadamente -al menos en Occidente- la toma de partido entre la moral del poder y del deber ser, Graeber y Wengrow someten los darwinismos sociales e igualitarismos varios a una inspección exigente. Pero también a los a menudo ambiguos conceptos de libertad o propiedad privada, y cómo culturas y sociedades a lo largo de los tiempos -y muchas de ellas menospreciadas por poco analizadas o tenidas en cuenta- han podido gestionar dichas concepciones. Y aquí reside la revolución del estudio: en acercarse a estas ideas tratando de extirpar en la medida de lo posible el prisma al que, investigadores del "primer" mundo, siguen sujetos prejuiciosamente. En definitiva: abrir el campo de juego.

A partir del capítulo 10 la cosa se pone especialmente potente. Bajo el título "¿Por qué el Estado no tiene origen?", Graeber y Wengrow nos recuerdan para empezar que "el Estado debía definirse como toda institución que reclame el monopolio sobre el uso de la fuerza coactiva dentro de un territorio" y cómo algunas sociedades mesopotámicas, mesoamericanas o del Extremo Oriente, basándonos en descubrimientos arqueológicos actualizados, apenas contaron con dicho condimento que, deberíamos convenir, en la actualidad y desde hace al menos 200 años tiene en los Estados modernos su principal anclaje. Si partimos que el Estado en sí mismo es herramienta de control social a través de la violencia -explícita o implícita-, en muchos momentos del pasado no fue así, lo cual abre posibilidades de futuro -expectativas-  de otros tipos de organización y convivencia. Se demuestra cómo los reinados de antaño ejercían un poder a menudo bastante restringido y cómo, gracias al veneno de la burocracia, aglutinaron otro mando todavía más pernicioso por extenso y sumamente invasivo. Y cómo "la mezcla de soberanía con sofisticadas técnicas administrativas para almacenar y tabular información introduce todo tipo de amenazas a la libertad individual -crea la posibilidad de estados de vigilancia y regímenes autoritarios-". Si a eso añadimos toneladas de carisma político tenemos el menú completo del que se compone el Estado moderno. Aunque, como nos recuerdan los autores, se vistan todos ellos aparentemente de cuidado, devoción y filantropía. Esto no fue siempre así, y lo que es más esperanzador: demuestran en estas páginas que la sucesión de los acontecimientos -de la que, probablemente, no tendremos nunca la secuencia completa- invitan a pensar que las actuales concepciones no tienen por qué ser la consecuencia lógica en la concreción social humana.




Igualmente se alude a la sacrosanta democracia como "variante de las antiguas competiciones aristocráticas (...) en forma de elecciones" bajo el manto del "sacrificio (...), sombra que acecha tras este concepto de civilización: el de (...) la vida misma, siempre en nombre de algo incalcanzable, sea un ideal de orden mundial, el Mandato Celestial o bendiciones de dioses insaciables". Por el contrario, "las pruebas físicas que dejaron atrás formas comunes de vida doméstica, ritual y hospitalidad nos muestran (otra) profunda historia de la civilización. En cierto modo es mucho más inspirador que los monumentos. (...) los hallazgos más importantes de la arqueología moderna  (son) esas vibrantes, extensas redes de parentesco y comercio, en las que quienes se apoyan principalmente en especulaciones habían esperado ver tan solo "tribus" aisladas y atrasadas".

Una nueva reinterpretación de la historia -basada en rigurosos hallazgos materiales- es factible, nos hace calibrar de una manera menos melancólica las transformaciones que han llevado hasta aquí y afrontar con menos pavor el futuro. De eso va este regalo.

miércoles, 5 de julio de 2023

Adviento nocturno y La barca, de Mario Luzi






Si hay un autor que, dentro del saco del Hermetismo (de algún modo prolongación de las corrientes decadentista y simbolista), recoge como nadie el azogue del gran precursor Stéphane Mallarmé, ese no es otro que el florentino Mario Luzi y, dentro de su extensa obra, son sus dos primeros libros -recogidos en esta deliciosa edición bilingüe de 2012 de la Editorial Universidad de Córdoba en connivencia con la Universidad de Almería-, escritos en un periodo infausto en la historia de Italia -segunda mitad de los años treinta del siglo pasado-, con su clase trabajadora constreñida de manera infame y humillante por el fascismo, poco antes de la segunda escalada bélica mundial.

"La barca" y "Adviento nocturno" -por orden cronológico- marcan una supeditación metafísica, ambivalente y hasta punto irracional de la tradición inmediatamente anterior, tomando las enseñanzas del autor de "Igitur" como verdadero faro sobre el que desplegar el magma estructural y atmosférico de los poemas incluidos en ambas obras. Todo ello, y hasta cierto punto paradójicamente, desde una militancia crítica plenamente consciente, pues Luzi siempre destacó por tratar de argumentar sin vacilación su apuesta decidida por la abstracción y el retorcimiento de la sintaxis, colmándolos de un armazón propositivo. Como indica Francisco Deco en el estudio introductorio de esta edición, se trata de alguna manera de reagrupar todos los símbolos al alcance para generar las potencialidades de lo oscuro, en un viaje vertiginoso que nunca da como segura la consecuencia de su desembocadura, pero sí sus herramientas. 




La poesía de Luzi en esos primeros años es, podríamos decir, de un cierto costumbrismo impenetrable. Los ambientes rurales y proto-urbanitas y su devenir cotidiano establecen el punto de partida hacia el abismo. Con simbología recurrente: las mujeres -así, normalmente en plural- como figuras siempre presentes, tanto por lo que inspiran como por lo que ellas proyectan de vuelta en el ambiente. Sirva como ejemplo el más sugerente poema de "La barca" titulado "Serenata di Piazza D'Azeglio": un paseo en carro del autor -autodenominado como "inmenso pasajero", priorizando el carácter supraconsciente a la hora de escarbar en lo etéreo- que va anunciando en cada elemento que visualiza su intención más recóndita a través de la actividad manifiesta según el caso.

En "Allure" -ya perteneciente a "Adviento nocturno"- esa búsqueda de lo oculto en lo frecuente logra fundirse a cada paso, se entremezcla de tal manera que logra formar un 'tercer universo', y en ese ámbito Luzi -que lo ha relatado en pasado- hace un llamamiento a la persistencia de lo, a estas alturas, revelado:


"Piensa en mí si en palas de aventar la noche
late aún con esencias escondidas
y de mí te habla junto a las cerradas
ventanas que tú amas."


Más cercanos a la fatalidad de Dino Campana están poemas como "Tango", cuya bailarina ya en sí misma "era una sombra intangible en un soplo de músicas moradas" y donde, a través de la música "percibía el acento de la noche", transformado esto segundo finalmente en "suceso aciago de su vida sin rescate".
Versos enhebrados con la aleatoriedad en los signos de puntuación, urdiendo en apuestas como esa la condición imponderable del Universo que Luzi procuró surcar con valentía en sus primeros pasos.

Más tarde -y, como en el caso de otro iconoclasta contemporáneo como Vicente Aleixandre- fue dotando a su poesía de cierto pragmatismo formal, hasta alcanzar la destilación más armoniosa con esa maravilla que es "Invocación" (incluida en un libro posterior, "Primicias del desierto", de 1952).

domingo, 29 de enero de 2023

Poemas, de Mary Shelley






Hace unos pocos años uno tuvo que asistir anonadado a una patética diatriba acerca de la presunta sobreexposición editorial que en la actualidad tienen las escritoras del siglo XIX, en concreto las adscritas de una u otra manera al Romanticismo. Se supone que ahora mismo casi monopolizan ese espectro de mercado donde los autores masculinos se hayan (pobrecitos) discriminados y no sé qué otras estupideces de semejante calibre. Y esto te lo soltaba un supuesto librero, coreado por un amigo común autoproclamado desde siempre como adalid y férreo preservador de aquella corriente literaria.

Huelga decir que dicha argumentación es radicalmente falsa, además de una patraña propia de esa carcunda mesetaria, herida en el orgullo patriarcal alimentado desde eones, que hoy se revuelven como gato panza arriba por miedo a ver arrinconada su visión cerril y estúpida. Keats, Gautier, Nerval, el propio Percy B. Shelley, Byron, Wordsworth, Coleridge, Blake, etc., etc., son reeditados y traducidos al castellano con puntualidad prusiana y detallismo en el juicio, además de que siguen copando casi en exclusiva cualquier recopilación retrospectiva sobre el movimiento de marras. Que Sand, las hermanas Brönte, Barrett Browning o la propia Mary Shelley tengan cada vez más presencia y valoración (y aun así siguen por debajo), aparte de ser de justicia tiene que ser motivo de regocijo y no, lógicamente, de suspicacia reaccionaria.






Prueba de todo lo dicho es este volumen de Mary W. Shelley, mundialmente conocida por "Frankenstein", de la que a duras penas se conocen o estiman otras obras de su producción (a lo sumo el relato fantástico "El Sueño"). Y no digamos ya en lo concerniente a sus poemas, "inéditos en vida de la autora (...), desconocidos para el gran público (...), dispersos a través de sus diarios (...), con ninguna edición crítica y rigurosa". Desgraciadamente los que han llegado a nuestros días son contados (muchos, escritos durante su adolescencia, se perdieron), pero eso no quita para que el presente volumen dispuesto por Visor, aun siendo muy breve en espacio, resulte sabroso en sensaciones, en potencia lírica. Además de los poemas sobre la pérdida y la distancia que suponen mayoría dentro del listado -en especial "El Elegido", donde recrea dolorosamente su memoria sobre Percy-, destacan algunos de sus poemas político-filosóficos, como esa "Oda a la ignorancia" cuyos versos tienen una vigencia total y ratifican la orientación revolucionaria y consecuente de quien tuvo los padres -y la pareja- que tuvo.






La anecdótica discusión a la que me referí al principio de estas líneas es, que yo recuerde, la última que he tenido realmente tensa con cualquiera de mis amistades (y no tan amistades). A estas alturas es poco probable que vaya a tener alguna de semejante cariz. El sentido común me dice que ante el ciego fanatismo es mejor torcer el rumbo, o seguirlo en línea recta haciendo oídos sordos a la estulticia.