En los tiempos que corren no es muy habitual encontrar proyectos donde se sea rigurosamente fiel a unas determinadas coordenadas estilísticas. La necesidad constante por un lado de epatar a toda costa en los artistas mainstream, con el fin de concentrar la atención y monetizar sus ocurrencias y bandazos, y por el otro la libertad de movimientos y recursos que ofrecen per se la red y la accesibilidad tecnológica a músicos más subterráneos, generando constantes cambios de guion, hacen que la adhesión a un sonido se vea muy a menudo, paradójicamente, casi como una extravagancia.
Christopher Barnes (que lleva más de quince años tallando, puliendo y recreándose una y otra vez en un tipo de canción abstraída, etérea e insobornable), pertenece a esa categoría de creadores impermeables al cambio, a una cierta aventura o a un travieso y desmitificador modus operandi donde quepan las sorpresas. Una especie de Giorgio Morandi de la lenta pulsión cinematográfica. Tres álbumes y dos eps después, sigue sonando como el primer día, aplicándose con hábito -y hálito- de cenobita en la intimidad de su piano y en la profundidad de cámara de un ambient pop de formas minuciosamente purificantes.
Aunque lo más socorrido sea meter a Gem Club, la marca sobre la que Barnes siempre trabajó, en el saco de otros absortos como Sigur Rós, Goodspeed You! Black Emperor, Talk Talk o múm (en la parte más accesible de todos ellos, se entiende), de estos estadounidenses se agradece la contención en la duración de todas las piezas, así como la búsqueda de una redondez armónica que expulse como elementos extraños cualesquiera de las imposturas "experimentales" en las que suelen enfangarse muchos de los practicantes de sonidos abisales similares.
Aunque bordee peligrosamente texturas cercanas a la new age ("Trend") o recurra al esquema elemental del clair de lune beethoveniano ("Garlands", "Spirit & Decline"), Christopher Barnes -acompañado a las voces de Ieva Berberian, segunda escolta en la historia de Gem Club tras Kristen Drymala- logra domesticar el empalago con sobriedad y sentido común a la hora de afrontar, en paralelo, timbres más efusivos o épicos -"Swore (Emerald Press)"- o sibaritismo al ralentí -"Sea So White"-, entre instrumentales puenteados no tanto para separar fases temáticas como para relajarse de vez en cuando del minimalismo lírico.
Cuando el menos equivale a lo justo y necesario.
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