martes, 16 de junio de 2026

Paul Heaton + Jacqui Abbott, "N.K-Pop" (2022)

 



Hay gustos musicales que, en la desenfrenada carrera de la vida, se caen en el trayecto para no reincorporarse jamás al viaje, y luego están los que a uno le acompañan para siempre: haya sol, lluvia, huracanes, o entre el mismísimo apocalipsis en juego. En esta segunda categoría se encuentra una parte importante de la obra del británico Paul Heaton, tanto en The Housemartins como en The Beautiful South, al que habría ahora que añadir, repescado, este fantástico disco firmado a medias con otra ex-Beautiful South, Jacqueline Abbott, cronológicamente la segunda cantante femenina de aquel combo.




La música de Heaton me ha acompañado prácticamente desde el principio de los tiempos. No en vano, mi primera adquisición en vinilo -antes de eso mi exigua discoteca atesoraba, desde 1985, apenas un puñado de cassettes originales- fue, en la primavera del 87, el single de "Caravan of Love" de los Housemartins, fascinado por esa canción tan sentida -¡a cappella!- y maravillosamente desubicada que sonó lo suyo entre otros hits de la época repletos de sintetizadores y demás producciones aparatosas. Pero ese no fue mi primer conocimiento de Heaton y los suyos: "Happy Hour" fue un gran éxito unos meses antes incluso en las radiofórmulas españolas. Hacerme poco después con "London 0 Hull 4" y "The People Who Grinned Themselves to Death", dos discos que conservan incólumes la pegada de antaño, fue el corolario. 
La llegada de The Beautiful South a continuación -finales de los ochenta- coincidió con otros intereses personales y quedaron en la carpeta mental de 'Pendientes' durante algo más de una década, hasta que a principios de los dosmil me puse con toda su discografía y (re)descubrí no solo a otro de los mejores grupos de la historia del pop inglés, sino curiosamente a uno de los más vendedores en Reino Unido en la década de los noventa -un caso parecido, por venir de otros grupos triunfantes en los ochenta y enganchar en la siguiente década un prestigio comercial apabullante, sería Erasure-, de los noventa y hasta un poco más allá.




La carrera posterior de Heaton, ya sea en solitario o compartiendo cartel con Jacqui Abbott, ha tenido indefectiblemente un perfil más bajo, aunque eso no haya sido óbice para seguir grabando, como por ejemplo en el caso que ahora nos ocupa, con una multinacional, gracias al seguimiento que Paul todavía atesora sobre todo en Inglaterra. "N.K-Pop" (pop de Corea del Norte, hoy por hoy una especie de fantasía utópica) es el quinto disco del dúo, con otra genial portada de David Storey -habitual de las carátulas de Heaton & Abbott-, y desde luego entra como un cohete: "The Good Times", con su fanfarria preambulatoria y el rasgueo ska campestre marca de la casa, nos hace una oda al pub y a sus pequeñas historias inmemoriales. El soul de Stax domina "Too Much For One (No Enough For Two)", en un diálogo impagable entre Paul y Jacqui sobre infidelidades y sospechas, así como en "Who Built the Pyramids", desde la crítica ludita y con otro dibujo realmente apropiado -como en "The Good Times"- de piano. "I Drove Her Away With My Tears", que recuerda tantísimo a los últimos Chumbawamba, habla con desconsuelo costumbrista de una ruptura insalvable. "When the World Would Actually Listen", que continúa con el tono entre exuberante y de floración insigne que domina toda la primera mitad del disco, se beneficia de unos sintes la mar de resultones, y da paso a la mejor balada de Heaton desde "Blackbird on the Wire" (hablamos de treinta años exactos) como es de hecho "Still", una desgarradora historia sobre una muerte neonatal ante la que uno no puede quedarse ni mucho menos impasible, sino más bien todo lo contrario.




Los serenos trotes mitad camperos mitad rhythm & blues de "I Ain't Going Nowhere This Year" y "Sunny Side Up" ayudan a afrontar una segunda mitad que, si bien no resulta tan explosiva como la primera, sí es mantenedora de una similar plenitud rítmica y expresiva gracias al oficio que se le presupone a los artistas implicados. En "Baby It's Cold Inside", sobre unos anti-héroes románticos, se reconoce al instante la entrañable flema del coautor de "Build". "New Fella", como en las primeras, tiene de nuevo el grandísimo protagonismo del coautor y teclista Stephen Large (colaborador de los míticos Squeeze), que con sus teclas imprime la dosis adecuada de vitalidad a la pieza. Asoma el anti-patriotismo en el rock and roll peleón "My Mother's Womb" y se despiden con "His Master's Game", donde se plantea el famoso -y desgraciadamente enquistado- conflicto entre el último y el penúltimo para que las élites sigan sobreviviendo a cuerpo de rey.

¿Su mejor disco desde "0898 Beautiful South" de 1992? Sería un bonito debate.



viernes, 12 de junio de 2026

Tomoda Ore, "Yōdō"

 



Es uno de los comediantes nipones más prometedores en la actualidad. Procede de Fukuoka, cuna tanto de la gastronomía más selecta del país como de ese gracejo sureño tan propio de la isla de Kyushu, territorio donde los campeonatos del humor congregan anualmente a buena parte del talento en ciernes. Los espectáculos de Tomoda Ore combinan canciones, ocurrencias culinarias y una progresiva intención política a medida que avanza tiempo de sus alocuciones en público.

Ahora se ha lanzado a publicar su primer disco oficial, y el resultado, paradójicamente, es muy serio, aunque la portada de "Yōdō" invite a la hilaridad por la mofa geográfica. Ocho canciones perfectamente estructuradas e interpretadas, que nos retrotraen no solamente al city pop de los ochenta, sino a la canción melódica conocida allá como kayōkyoku, y más en concreto en su vertiente setentera. En general, adelantando por la izquierda a Kirinji de "Town Beat" o al Ginger Root de hace un par de temporadas en la apertura de Tomoda Ore en "Mountain Refresh". Ritmos pizpiretos irresistibles en "Tummy Ache", sunshine pop en la mejor tradición del maestro Eiichi Ohtaki en "Hana Ha Dondon", ecos del lado más dulce de la escena de Laurel Canyon en "Billiken", o -en plan más chill- en "Saboten Ha Miteiru" o -en una línea más de exuberante smooth soul- en "Goranne". Philly sound en "Miwoko", new music de sol naciente en "Kurage". Todas ellas auténticos manjares para los oídos.





miércoles, 10 de junio de 2026

Los Encargados, "Silencio" (1986)

 



Vaya por delante el hecho de que no tengo especial sintonía con el denominado (pop)rock argentino casi en cualquiera de sus manifestaciones más reconocibles. Empezando por el santoral supuestamente intocable de los García o Spinetta, y siguiendo con los fenómenos comerciales y/o más o menos de culto de Soda Stereo, Virus, Sumo o Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota. Escena(s) sobredimensionada(s) gracias a su poder mediático en buena parte de Latinoamérica (llegando hasta México), sobre todo en los años ochenta, del que cuesta impresionarse -si no has vivido de cerca ese contexto- a poco que se tenga conocimiento de lo que se cocía a la vez (o unos pocos años antes) no solamente en Inglaterra o Estados Unidos, sino mismamente en España, Francia, Chile o Brasil. 

Baste recordar que el grupo de Gustavo Ceratti era, en su primera etapa, otro de esos cuasi-clones de Simple Minds -en España sabemos bastante de eso: ahí están los enfáticos Danza Invisible, que en algunos momentos se parecían como dos gotas de agua a los propios Soda Stereo; por no hablar de Héroes del Silencio, con los que los autores de "Signos" comparten una similar e irritante épica- para apuntarse después al carro de la pasteurización shoegaze y acabar representando, como pocos, ese indie-rock flácido de tonalidades neutras, en castellano, que todavía tenemos que padecer en pleno siglo XXI a través de cualquier campaña publicitaria, festival de verano o pabellón 'arena' que se precie.

También es interesante subrayar que de los malogrados Virus sobrevuela la leyenda en la que cambiaron su simpático power-pop-rock nuevaolero, con alguna propensión a sonidos ska, por el afectado sonido new-romantic tras una revelación mariana después de una visita a España, sospechamos, tras presenciar o descubrir a grupos del ramo dentro de la escena valenciana como Glamour o Video, o de la capital del reino como Mecano.




Un caso diferente, por identificable y más asumible en los códigos que manejaba, y marcado por un cierto malditismo a nivel de difusión fue el de Los Encargados, grupo liderado por todo un visionario del synth-pop austral sudamericano como es Daniel Melero. Formados a principios de los ochenta, Los Encargados tuvieron que padecer la típica incomprensión del personal cuando se presentaban en escena con los primeros sintetizadores y con actitud no-rockista, lo que les valió acabar sumidos en el ostracismo, ver abortados nada menos que dos discos inéditos y acabar publicando uno solo (hipotéticamente el tercero), que acabó ostentando el marchamo de disco de culto, pionero, no pudiendo evitar, sin embargo, la inmediata disolución del trío (con Mario Siperman, que después pasó a formar parte de Los Fabulosos Cadillacs, y Luis Bonatto), a los que se añadían Alejandro Fiori, Sergio Mariani y Hugo Foigelman, disolución un año después del lanzamiento de "Silencio", que el próximo mes de agosto cumplirá su cuarenta aniversario.

Podemos ubicar dicho álbum en un sonido electrónico refinado, a veces oscuro, algo indescifrable en el apartado lírico (o, si se quiere, ambiguo) que muchos aficionados de, por ejemplo, el pop español avant-garde de los ochenta pueden detectar y hasta apropiarse con total naturalidad. Empieza con "Orbitando", un clásico instantáneo en la línea de las canciones más evocadoras de La Mode, con la afortunada inclusión en la parte final de saxo. Su mejor canción.




"Trátame Suavemente" había pasado previamente a la historia por culpa de la versión de Soda Stereo incluida en el debut de estos de 1984, haciendo de ella de paso un imperdible de su repertorio. La conexión Cerati-Melero no solamente quedó en esta cesión inicial, sino que continuó con el propio Melero participando en el álbum de Soda en calidad de teclista y asistente, así como en futuras producciones de los autores de "De Música Ligera" como "Canción Animal" o "Dynamo" e incluso en un disco conjunto de ambos líderes como "Colores Santos", de 1992. No obstante, hay que dejar constancia de que la lectura de Los Encargados de "Trátame Suavemente" es claramente superior a la de Soda Stereo.

"Sangre en el Volcán" o "Un Disparo de Luz", inquietantes y perversas, recuerdan temáticamente, y en texturas, a las intrigas en "La Muralla China" de los Zombies de Bernardo Bonezzi o a algunas de las "Canciones Profanas" de Dinarama + Alaska.




"Líneas", como las dos primeras del disco, es otra de las imperdibles -en un itinerario muy similar al que transitaba aquellos años otro argentino, este exiliado, como Ariel Rot- con esa emoción volátil, conteniendo algunas de las frases más precisas y memorables de la evocación sentimental: "Hay canciones que se llevan algo de uno cuando terminan (...) / No puedo recordar la primera estrofa/ de la canción que siempre quise cantarte/Pero no importa, pues veo que nada altera/Este viejo romance". Esta canción -que les emparenta como nunca con los Virus de aquel tiempo- abre una segunda cara todavía más sombría y etérea que la primera, con un par de instrumentales, para acabar el conjunto con "Creo Que Estamos Bailando", y vuelta al tecno-pop elegante y a algo del ímpetu inicial.

No puedo dejar de llamar la atención sobre otro disco de la época, complementario a "Silencio", donde la sombra de Daniel Melero fue bien alargada, y es el disco de Carlos Cutaia Orquesta de 1985. Cutaia fue, entre otros, teclista de formaciones míticas de los años setenta como La Máquina de Hacer Pájaros de Charly García o Pescado Rabioso de Luis Alberto Spinetta. Coincide a mediados de los ochenta con Melero, quien le seduce para introducirse en el pop sintético del momento, dando lugar a un disco fantástico, donde el propio Melero ejerce de cantante -y co-compositor junto a Cutaia-, generando un curioso híbrido entre Satie, el manierismo ambient de John Foxx, la fantasía electro-jazz-funk de The RAH Band o el pop industrial del Aviador Dro y Sus Obreros Especializados. Incluye gozadas futuristas y sofisticadas como "Visiones Incomunicadas", "Murmullo Atonal" o "Sensación Melancólica".




Melero continuó después de Los Encargados con una carrera en solitario realmente fructífera, muy a menudo en los márgenes, coqueteando con lo experimental pero sin perder nunca de vista a la vez el pop más selecto, y tejiendo complicidades por doquier. Hasta nuestros días.

lunes, 8 de junio de 2026

Orwell, "Composite"

 



Independientemente de la calidad -algo fluctuante, pero siempre notable- de las canciones de Jérôme Didelot a lo largo del tiempo, hay una cosa que jamás se le podrá rebatir u objetar al francés, tanto en su marca principal Orwell como en el resto de proyectos en los que se haya podido aventurar -incluido un disco de versiones de Simple Minds (!) o el plan paralelo Son Parapluie, con Isobel Campbell, entre el el dub y lo ye-yé, entre otros-, y es esa capacidad para sonar de manera impecable, compulsivamente cuidadosa y absorbente. "Composite" no es excepción y, además, amenaza con conformarse como su trabajo más logrado desde el muy recordado por estos lares "Continental" de 2011.

Arranca el arreglo inicial de "Tout n’arrive qu’à moi" que tanto recuerda al "Make Believe" de Kero Kero Bonito, aunque la canción en sí vaya por derroteros muy diferentes. Ahí ya está el método completo Didelot en su máxima expresión: voz arriba, sinte afortunadamente presente, acústicas acariciando lo justo, bajo delgado pero eficaz y arreglos de violonchelo o flauta proporcionando una creciente y definitoria intensidad. Solo a él le pasa -y a muy pocos más- que sabe cómo ensamblar a la perfección todo esto, mezclarlo con finura y sonar a la vez fresco y maduro: pop imperecedero. "Dans tes rangs", algo más electrónica y oscura, es un canto (elegíaco) a la búsqueda de la inspiración, que no siempre se muestra reconocible. La beatífica -atención a los soberbios coros de Anthéa Faure-Pouget- y algo rococó "Chercher sans relâche", una de las más destacadas, la firmaría sin pestañear el mismísimo Louis Philippe. "Tout jusqu’au bout (Soltanto)" tiene el mejor estribillo de la serie y es, toda ella, una lección de espaciosa expresividad y de emoción contenida.




La segunda mitad ahonda en el gusto en lo adhesivo y lo ambiental, con filtros de cuerda a lo John Barry en "The Goodbye Tree", a sus adorados The High Llamas en "Extralucide", o con querencia por la nana electrónica a la manera de los Portofinos de Raymond Scott en el instrumental que da título al álbum.

El que sigue la consigue (otra vez).


miércoles, 27 de mayo de 2026

Tom Ribeira, "Pedaço"

 



A riesgo de contradecirme respecto al comentario con el que comenzaba la reseña anterior, la de Ana Roxanne, creo que en el caso del debutante Tom Ribeira resulta conveniente desde ya recomendar encarecidamente su primer ep, ratificadas la inusitada madurez y así como la esplendorosa solvencia de las seis canciones que integran "Pedaço", su carta de presentación, tras ir desgranando previamente varias de aquellas en una proactiva campaña en redes sociales.

Arranca con una crónica de las venas abiertas de América Latina tomando como centro de operaciones el lugar de origen de este compositor, es decir, Botucatú -en la región de São Paulo-, que es como se titula propiamente la primera canción. El tono grave y robusto de su voz no es lo único que llama la atención haciendo una prospección inicial, sino igualmente la curtida instrumentación que lo acompaña. En la propia "Pedaço" adquieren un protagonismo destellante los coros de las más que prometedoras cantantes Agnes Nunes o Bruna Black -de la segunda, sospecho, tendremos que hablar en este blog más pronto que tarde-, transicionando con total naturalidad hacia el reggae de la siguiente, "Baião de Dois". En el slow samba "Marroquina" se atreve incluso con alguna frase en francés, remanente idiomático de su aventura por tierras galas en intercambio durante un tiempo.




Pero lo mejor está reservado para las dos últimas piezas, como son "Juba" y "Vênus ou Urano". La primera se vale de unos arpegios -y un acompañamiento de sinte idiosincrático- cuyo molde ha explotado hasta la saciedad Djavan, logrando sin embargo Ribeira en todo momento evitar el plagio o el mero cliché. Más inclinada a la samba-canção puramente clásica se encuentra la última, dejando un inmejorable sabor de boca en lo que concierne a los contrastados activos artísticos de este joven valor.


viernes, 22 de mayo de 2026

Ana Roxanne, "Poem 1"

 



Cada vez resulta más sabio no precipitarse a recomendar a artistas que, más allá de la pura novedad, al principio no llegan a dar con la tecla de una iniciativa en la que, no obstante, se intuyen algunos mimbres. En aquel momento quedas muy bien de cara a restregar al personal tus descubrimientos, simples revelaciones, pero acabas generando un ruido que, vista la sobreabundancia de oferta, no hace sino malgastar un tiempo precioso en detrimento de discos contemporáneos más valiosos.

La californiana de orígenes filipinos Ana Roxanne saltó a la palestra en 2019 con el ep -o mini-álbum- "~~~", donde la espiritualidad planteada entre sonoridades vagas de grabaciones de campo se confundía con una new age de aerolínea aérea y, finalmente, un ejercicio de meditación un tanto vacuo que no llegaban a cuajar por ningún lado. Un avance resultó ser "Because of a Flower", editado un año después, que parecía dejar más poso lírico a varios niveles, pero sin convencer todavía en exceso. Igualmente el disco homónimo de Natural Wonder Beauty Concept, grupo paralelo de Roxanne junto Brian Piñeyro, más conocido como DJ Python, donde se internaban en una algo inquietante indietrónica echando mano de auto-tune y de resultados aún dispares (siempre mejor cuanto más escorados al pop, como en "World Freehand Circle Drawing").




Ahora llega "Poem 1", editado por Kranky (como todo lo anterior suyo en solitario), que ha supuesto el primer aldabonazo serio a su carrera, más allá de la inyección de márquetin -subterráneo- pertinente. Su disco, de largo, más maduro e incisivo, justo cuando ha decidido apostar sin titubeos por la expresividad y depender ya menos de la mera inmanencia reverberante. Y es en cortes como "Berceuse in A-flat minor, Op. 45", en la procesional "Untitled II" o en la solemne "Cover me" (una especie de góspel cataclísmico) donde se destapa definitivamente como una alumna aventajada de Mimi Parker, transitando con convicción entre partituras que no por ser de apariencia sencilla quedan exentas por otro lado de certera sublimidad. También se me ocurre plantear a modo de apunte el rastro de la británica Anne Clark en el sugerente spoken word visionario "One Shall Sleep".

Si en aquel primer ep titulaba una canción "It's a Rainy Day on the Cosmic Shore", ha merecido la pena esperar pacientemente a que escampara para verlo todo con una profundidad anhelante. Para disfrutar de los contornos y de todo su peso placentero. Corazón perfilado.


lunes, 18 de mayo de 2026

Juçara Marçal & Thais Nicodemo, "Dessemelhantes"

 



Muy lejos de acomodarse en un rol de intérprete al uso, la fluminense Juçara Marçal desafía las normas de la música popular brasileña para internarse por vericuetos imprevisibles, esos que aúnan (o compaginan) experimentación y reinterpretación, con carácter, de sonoridades clásicas. Adscrita desde hace décadas, y en concreto, a la escena paulistana -en los tiempos de Vésper Vocal, su primer grupo relevante-, Marçal ha ayudado muy mucho a poner en solfa los preceptos de aquella tradición sonora con discos en colaboración -"Padê" (2008), junto a Kiko Dinucci-, discos en solitario como "Encarnado" (2014) o rock de alto voltaje con su otro grupo Metá Metá, formando alineación con el propio Dinucci o con Thiago França. Por no hablar del delicioso (de momento) díptico "Sambas do absurdo" junto a Rodrigo Campos y Gui Amabis, cuyo segundo volumen fue destacado en nuestro blog en 2022. Todos ellos nombres relacionados con la escena Clube da Encruza, inquieta agrupación dedicada a explorar la colisión entre el propio samba, el art-rock, el drone o el jazz más volcánico.

En "Dessemelhantes", realizado a medias con la pianista Thais Nicodemo, ambas realizan un loable ejercicio de desestructuralismo dentro del ámbito de la Modern Classical, valiéndose del repertorio ajeno de esa troupe variopinta que es a su vez la Nova Vanguarda Paulistana. Regado por un minimalismo elegante y sentido, Marçal y Nicodemo reorientan esa serie de versiones hasta dotar a las originales de una profundidad y una magia que, en muchos casos, brillaban un tanto por su ausencia o eran pergeñadas de inicio desde un punto de vista mucho más convencional.

"Isso é o que se diz, irmão", escrita a medias entre Eduardo Climachauska y Guilherme Heild, e incluida en el disco pre-pandémico "Corpo Nós" (2020) del segundo y con la voz de Maria Gadú, prescinde del aire tropicalista de aquella lectura para adentrarse en una especie de tango post-modernista de tacto contundente. "Dessemelhantes" es la única composición donde interviene Marçal, a medias con su parteinaire de Metá Metá França, y donde se suma a las teclas de Nicodemo un sinte de  pulso dramático verdaderamente conseguido.




"Cavaquinho" estaba en el primer disco solista de Rodrigo Campos, "São Mateus não é um lugar assim tão longe" de 2009, y ahora gana en versatilidad vocal por parte de Marçal, así como en gracia ejecutante por la de Nicodemo. "Maria", original de Maria Beraldo, se arriesga en "Dessemelhantes" a una textura mucho más espectral y soterrada.

En "Eu não duro" volvemos a Clima, o lo que es lo mismo, Eduardo Climachauska, que la incluyó en su "La Commedia é Finita" de 2019 en clave de rock mestizo derivativo: Marçal y Nicodemo la reducen al esqueleto con el mismo garbo con el que habían enfrentado "Cavaquinho". Para "Eu Lacrei" reordenan el bolero deformante que su autor Negro Leo había acometido en "Desejo de Lacrar" de 2020.

El maximalismo improvisado del que ya venía insuflado el "Merecedores" de Caxtrinho -con una letra esquinada en la tradición del Caetano Veloso más cáustico- adquiere aquí un cuerpo más ligero pero no por ello menos incisivo. "É Mesmo Assim", con esa referencia melódica circular que es el "Parabolicamará" de Gilberto Gil venía en el disco de debut, homónimo, de Passo Torto (2011), por cuyas filas pasaron Dinucci, Campos y Marcelo Cabral. Para terminar "A Gente Se Fode Bem Pra Caramba" sustituye el aire de reggae pop a la manera de Titãs que emulaba Kiko Dinucci en su "Cortes Curtos" de 2017, para simular un canto de pájaro metalizado en la reinterpretación de nuestras protagonistas.

Qué manera de agitar el avispero de la penúltima hornada afrobrasileña: encomiable.


viernes, 8 de mayo de 2026

Present Nature, "Present Nature"

 



Hay ocasiones en las que no hace falta explayarse en antecedentes, en detenerse en biografías, para poner en contexto una serie de canciones que hablan por sí solas. El británico Johnny Woolnough -de Leeds, para más señas, y afanado en la escena jazz local- pertenece a esa categoría de alquimistas pop que moldean y vuelven a moldear hasta alcanzar el sumun del detallismo en cada una de sus composiciones, siendo todo su objetivo imbuirse de la ansiada intemporalidad. Una más que suficiente carta de presentación.

Con una producción -tan esmerada como quizá demasiado homogénea- del ex-The Coral Bill Ryder-Jones, el debut de Woolnough al frente de Present Nature carga las tintas en el mismo proceso de artesanado de otros prebostes de flema idiosincrática de las islas: clásicos ya como Trashcan Sinatras en "Picaresque", "Columba" o -vía John Barry- "Never Let Me Be", The Lilac Time en "Man Knows", Roddy Frame en "Bluebird", Michael Head en "There'll Come a Time" o "A Mother to a Girl" (en esta última con gotas de Paddy McAloon), pero también combos más actuales como sus medio tocayos Nature TV en "Spun On a Miracle" o "God Help Me Please" se antojan nombres que sirven sobradamente para situar a Present Nature en el mapa. Eso sí, sorteando en todo momento con prestancia la imitación o la caída en el mero cliché.




Cierran la ponencia con esa purificante y demoledora "These Are The Ways I Pray" que redondea una concepción de la música popular a día de hoy poco menos que medieval, pero que logra descollar, todavía, a base de honestidad y aplomo en pos de una belleza compartida todavía reconocible.


miércoles, 29 de abril de 2026

Gem Club, "Emerald Press"

 



En los tiempos que corren no es muy habitual encontrar proyectos donde se sea rigurosamente fiel a unas determinadas coordenadas estilísticas. La necesidad constante por un lado de epatar a toda costa en los artistas mainstream, con el fin de concentrar la atención y monetizar sus ocurrencias y bandazos, y por el otro la libertad de movimientos y recursos que ofrecen per se la red y la accesibilidad tecnológica a músicos más subterráneos, generando constantes cambios de guion, hacen que la adhesión a un sonido se vea muy a menudo, paradójicamente, casi como una extravagancia.

Christopher Barnes (que lleva más de quince años tallando, puliendo y recreándose una y otra vez en un tipo de canción abstraída, etérea e insobornable), pertenece a esa categoría de creadores impermeables al cambio, a una cierta aventura o a un travieso y desmitificador modus operandi donde quepan las sorpresas. Una especie de Giorgio Morandi de la lenta pulsión cinematográfica. Tres álbumes y dos eps después, sigue sonando como el primer día, aplicándose con hábito -y hálito- de cenobita en la intimidad de su piano y en la profundidad de cámara de un ambient pop de formas minuciosamente purificantes.




Aunque lo más socorrido sea meter a Gem Club, la marca sobre la que Barnes siempre trabajó, en el saco de otros absortos como Sigur Rós, Goodspeed You! Black Emperor, Talk Talk o múm (en la parte más accesible de todos ellos, se entiende), de estos estadounidenses se agradece la contención en la duración de todas las piezas, así como la búsqueda de una redondez armónica que expulse como elementos extraños cualesquiera de las imposturas "experimentales" en las que suelen enfangarse muchos de los practicantes de sonidos abisales similares.

Aunque bordee peligrosamente texturas cercanas a la new age ("Trend") o recurra al esquema elemental del clair de lune beethoveniano ("Garlands", "Spirit & Decline"), Christopher Barnes -acompañado a las voces de Ieva Berberian, segunda escolta en la historia de Gem Club tras Kristen Drymala- logra domesticar el empalago con sobriedad y sentido común a la hora de afrontar, en paralelo, timbres más efusivos o épicos -"Swore (Emerald Press)"- o sibaritismo al ralentí -"Sea So White"-, entre instrumentales puenteados no tanto para separar fases temáticas como para relajarse de vez en cuando del minimalismo lírico.

Cuando el menos equivale a lo justo y necesario.


viernes, 17 de abril de 2026

Solya, "Queen of Texas"

 




Sus detractores -o como mínimo los que ponen en cuestión la inusitada irrupción de Solya Ava Lowe- no se ponen de acuerdo: están los que la despachan como imitadora de la primera Lana del Rey, y luego van otros a que a lo que más le recuerda es a la de la etapa post-"Norman Fucking Rockwell!", echando por tierra cualquier atisbo de originalidad. También parece que es un inconveniente de cara a valorar en su justa medida "Queen of Texas" el hecho de que seis de las diez canciones que lo componen fuesen lanzadas previamente a la edición del primer largo de la, cómo no, tejana, derritiendo la expectación generada desde 2023 con más adelantos incluso.

Pero la realidad es tozuda, y "Queen of Texas" se sobrepone desde la primera escucha a pesar, cierto es, de la limitada paleta de recursos. Solya mezcla todo el tiempo el pop tradicional cincuentero con ribetes de Brill Building, de cierta estética crooner-rocker,  con algo de efluvios country (saludos a Lesley Gore y Roy Orbison). Al haber compuesto las canciones en un momento muy post-adolescente -hace pocos días cumplió los veinte años- es lógica todavía la herencia teen-pop en las modulaciones vocales y en la temática de las letras, pero eso no quita para que la pegada de cada uno de los cortes tenga un claro efecto persuasivo.




Es el gótico americano teñido de dulzura post-indie que no creo que le haga ascos a un hipotético impacto mediático -o de culto considerable-, ese mismo al que incluso los que de momento le niegan el pan y la sal creen que puede optar en un futuro quizá no muy lejano. De momento ahí están sus conexiones con las canadienses Nicole Dollanganger, Vanille -y no solamente por las reminiscencias estéticas- o k.d. lang, con la primera Molly Burch o Alexandra Savior. 

Desde los tímidos pero sugerentes sintes de la canción homónima -cuya mayor utilización debería marcar una senda para próximas entregas- a los estribillos tan rabiosos como dramáticos de "Born Wicked" o "Tell Me It's Over", pasando por las erguidas baladas del tipo "Silver Swan", "Movie Star",  "And I'll Ask", por la entrega enardecida de "Is This Love?", o por el groove de fiesta de graduación (con acusación firme incluida) en "Aim to Kill", el conjunto de "Queen of Texas" desentierra una vez más esos ambientes áridos y fantasmales de los Estados Unidos más profundos, mas con solvencia y con una plasticidad irreprochable en la aplicación de esos prominentes acordes nervudos tan característicos.

lunes, 13 de abril de 2026

Sugar Plant, "one dream, one star"

 



No siempre se debe desperdiciar el aliento a los grupos más veteranos por el entusiasmo ciego hacia la pura novedad. Aunque el concepto de "disco de madurez" sea a menudo tan irritante como el fervor por el mero hype, la labor de los analistas debe ser el de manejar y ensalzar con tacto y buen criterio el espacio que unos y otros van dejando en sus aciertos y conquistas en todo momento, o por lo menos en el tiempo que a esos mismos críticos les deje el contacto sereno con sus obras.

El dúo japonés de querencia alternativa formado por Chinatsu Shoyama y Shinichi Ogawa, con hiato pronunciado a sus espaldas -momento en el que Shoyama, por ejemplo, montó Celebs junto a, ni más ni menos, Eiko Ishibashi-, alcanza ya los más de treinta años de trayectoria. Arrancaron mimetizando -sin demasiado lustre, todo hay que decirlo- las enseñanzas de formaciones como Galaxie 500, Seam o Guided by Voices en sus tres discos de los años noventa, lo que les llevó, eso sí, a contar con el apoyo y la simpatía de pujantes próceres de la siguiente camada de corrientes del slowcore y derivados como Low, que ejercieron de anfitriones de Sugar Plant en giras de estos por Estados Unidos.




Un cambio a hacer notar se produjo con su cuarto disco, el aclamado "Dryfruit" (2000), que estrenaba milenio, década y una evolución dentro de su paleta sonora por una parte hacia ritmos aún más sosegados y por otra hacia una sofisticación en sus arreglos, acercándoles incluso a formaciones de pop adulto como Dip in the Pool. "one dream, one star", editado por KiliKiliVilla reincide en el refinamiento de los últimos lustros pero, a la vez, en un corte como "Travelling", retoma en parte los sonidos más adustos de su primera etapa con una claridad de ideas que no se terminaba de plasmar en aquellos días. Es en la secuencia de cortes donde se observa -desde la inicial "Sunrise"- ese viaje del dream-pop pulido, cristalino y preciosista -"Calling" o el cuasi-hit "Anything" recordarán a The Sundays o a los The Innocence Mission de "Umbrella"- con ocasionales adornos electrónicos, a una progresiva 'velvetización' en el tramo final del repertorio que desemboca en "Only to Know You" o la citada "Travelling", que parece salida del tercero de los de Lou Reed.

La suya no es una propuesta ni original ni arriesgada, pero lo que hacen lo perpetran a la perfección, redondeando unas melodías y unos ambientes con mucho oficio -es diferencial el exquisito tratamiento de los colchones de teclados en todo el metraje- y sensualidad (siendo el sumun "Blue Submarine"). Impecables desde cualquier punto de vista.

Como se han superado en mimo y delicadeza respecto a sus habituales coordenadas, no queda otra que proclamar sin titubeos que Sugar Plant han publicado el mejor disco de toda su carrera.

jueves, 9 de abril de 2026

Namitape, "Hetoheto Room"

 



La preponderancia de la tecnología y sus -a menudo, y según se mire- truculentos recursos genera desconfianza, sobre todo entre las viejas guardias indie-rockeras, que utilizan -a veces torticeramente- términos como instrumentos "nobles" (permítanseme las comillas) para discriminar por otro lado todos aquellos que tengan visos de programación, de aparente cálculo artificial o con visos de supuesta estandarización industrial. No estoy hablando necesariamente de la tan traída y llevada IA: justo antes de que se pusiera de moda dicho concepto, ya funcionaba sobre todo en Japón otra pequeña gran alteración digital (con ostensibles diferencias de tratamiento), en este caso el vocaloid. Este último funciona básicamente sobre la sistematización de voces naturales que, a su vez, son encajadas en patrones melódicos de diversa índole.

Los resultados artísticos del vocaloid, como de cualquier otro género o corriente musical, son de una absoluta disparidad. Los hay por lo general extremadamente artificiales, vacuos, y hasta molestos, y los podemos encontrar, otros, valiosos en su reinterpretación -o evolución- de determinados estilos, ya sean históricos o de rabioso presente. Por lógica, todos ellos relacionados (aunque no siempre) con el pop tecnificado.




El enigmático productor Namitape pertenece a esa segunda categoría. Después de tres discos con una estimable recepción por parte del fandom de este tipo de herramientas sonoras -en especial el segundo "Flitter" de 2023 y el tercero "Overfeel" de 2024-, lanza "Hetoheto Room", que tiene la valía fundamental de estilizar lo ya desarrollado en dichos álbumes, que adolecían de cierta opacidad en la producción, para presentarse ahora con más brillo y elocuencia conceptual.

"Hetoheto Room", a los que se aventuren a escucharlo, les remitirá instantáneamente a la electrónica juvenil del Japón de los primeros ochenta, es decir, al techno kayō, tanto en arreglos instrumentales como en los vocalizados. La experiencia es satisfactoria porque reproduce con éxito y frescura la pegada fulminante y la detonación nostálgica que transmitía aquella vertiente musical, dotado todo ello de una circulación harto efectiva a lo largo de cada uno de sus cortes. Un producto del que, tras su audición, te darán ganas de recuperar el mítico "Mysterious Girl" de Chiemi Manabe, a la Taeko Ohnuki más pop -"Shiawase Siren", con su empleo sambista de la percusión y su gracia intrínseca, puede tutear al "Samba de Mar" de la ex-Sugar Babe- o a la Miharu Koshi de "Tutu". También podemos destacar, entre otras, la atmósfera de thriller cyberpunk soft de la canción homónima que titula todo el disco o un bonus lo-fi tan ensoñador y armado de matices como "Kikakira Universe".

El quid de la cuestión no es qué artefactos emplees, sino cómo los emplees. Y lo de Namitape, hasta la fecha, es hacerlo de un modo bastante inteligente y contagioso.

lunes, 30 de marzo de 2026

Fellow Mortals, "Stella’s Birth-Day"

 



Simon Dine, antes de formar parte de Adventures in Stereo haciendo samplers, ejerció de cazatalentos para el mítico sello Go! Discs desde finales de los años ochenta. En esta etapa descubrió a The Trash Can Sinatras, uno de esos grupos en la órbita post-Smiths que con el paso del tiempo fueron evolucionando hacia un pop adulto perfeccionista y distinguido a más no poder, formando el triunvirato por antonomasia de aquella escudería junto con The Housemartins/The Beautiful South y Billy Bragg. La relación entre Dine y Francis Reader, líder de los después denominados Trashcan Sinatras, siguió siendo muy estrecha y el segundo fue invitado a participar puntualmente -años 2000- en Noonday Underground, un dúo de trip-hop y electrónica rugosa en general que Dine organizó junto a Daisy Martey, cantante ocasional de Morcheeba. Quizá era cuestión de tiempo, por tanto, que Simon Dine y Francis Reader organizaran su propio proyecto, siendo Fellow Mortals el resultado de dicha especulación.

Cuando quedan pocas semanas para el lanzamiento en todo el mundo del séptimo disco de Trashcan Sinatras, tenemos aquí, en lo que significa mucho más que un mero divertimento de dos figuras legendarias del pop independiente británico, "Stella's Birth-Day": un hermoso regalo para los fans del pop escrupuloso, detallista y sentimental.




Retrasado casi un año -los adelantos, "A Better State" y "Some Lasting Pleasure", datan de la primavera pasada- "Stella's Birth-Day" aborda (con nota) la musicalización de los poemas que el escritor irlandés de la Ilustración Jonathan Swift dedicó a Esther Johnson, "Stella", la relación amorosa más trascendental en la vida del autor de "Los Viajes de Gulliver", que quedó plasmada para la posteridad igualmente en la colección epistolar dedicada a la misma.

Es en la mezcla entre ese pop anglicano y neoclasicista marca de la casa por una parte -con la participación adicional del guitarra solista de los Sinatras, Paul Livingston-, y los arreglos someramente computarizados por otra donde se forjan con total naturalidad estas deliciosas catorce piezas breves -ninguna llega a los tres minutos de duración, menos de media hora en total- que encajan a la perfección con los versos imperecederos de Swift. Pura melosidad Trashcan Sinatras -"Dancing Days", la de paso cortesano "Poetic Dress", la tan primeros noventa "Stubborn Stoics"-, virguerías melodramáticas que se emparentan vocalmente con nuestros añorados Coloma -"Oh, Stella", "This Day", "Who with Reason"-, romanticismo empíreo al modo de Prefab Sprout -"Serious Lines"-, electro-pop pastoral tipo Erasure o Future Bible Heroes -"Some Lasting Pleasure", "So Unkind"- convergen y convencen.

Lo va a tener difícil este año el propio Francis Reader para igualar o superar esta joya de culto que es "Stella's Birth-Day" desde el mismo momento de su edición.

miércoles, 25 de marzo de 2026

Bill Pritchard, "Haunted"

 



Gracias al sello Tapete Records, especializado en la recuperación de viejas glorias -a veces no tan viejas y otras no tan gloriosas, pero siempre con enorme buen gusto- estamos pudiendo disfrutar de la segunda vida artística de Bill Pritchard. En su momento de irrupción -segunda mitad de los ochenta y principios de los noventa-, para el de Walsall no fue suficiente con contar con la venia de Françoise Hardy -quien participara haciendo segundas voces en "Tommy & Co.", single para el tercer disco solista de Pritchard "Three Months, Three Weeks & Two Days" de 1989-, o hacer un extraordinario álbum a medias con el enfant terrible de la new wave francesa Daniel Darc -"Parce Que", de 1988- o entrar en nómina en un disco tributo tan esclarecedor y en su día mediático como "I'm Your Fan" en homenaje a Leonard Cohen: el nombre de Bill Pritchard quedó relegado para siempre al estatus de mera nota a pie de página de la historia del pop -o prácticamente borrado de la misma-, descontándole de la posteridad toda su presencia como magnífico hacedor de canciones clásicas de pegada exquisita.




Que haya podido grabar con gran periodicidad en los últimos tiempos -tras ver languidecer su trayectoria a finales de los noventa- no deja de suponer un pequeño triunfo para la justicia poética. "Haunted", su última grabación, recupera más que nunca el savoir faire de algunos de sus discos más valiosos, como el citado "Three Months" o "Jolie", gracias a canciones henchidas de vida e inmediatez como las iniciales "Perpetual Tourist", "Smile", o ya más adelante "Lillie": doctas muestras de recio jangle pop.

Más soul-folk son "The Quarter", "Suburb of the World" o "Intrigue and Wonder", dejando "Sweet Melody" como esparcimiento a costa del minué con el fin de tomar respiro hacia el ecuador. Para los momentos de intimismo más incondicional -que más retrotraen en su estado de ánimo a su "Half a Million" de 1988- quedan la propia "Haunted", "Imperfect" u "Oxygen", alzándose esta última como síntesis magistral sobre una caligrafía acotada a lo esencial: sin rodeos y directa a ese corazón todavía manifiesto.

Su mejor disco desde 1991.

miércoles, 18 de marzo de 2026

João Menezes & Paulo Novaes, "Coisa Híbrida"

 



Sin estridencias ni aparentes alardes compositivos, la comunión entre estos dos músicos y autores brasileños, maceioense y paulistano respectivamente, ha propiciado la cristalización de un producto asombrosamente depurado y naturalista tanto en sus formas sonoras como en la lírica que lo acompaña.

João Menezes forma parte, de manera muy estrecha, de la más que emergente escena de su lugar de origen, Maceió, gracias a su labor como generador de material para los trabajos -presentes y futuros- de Nyron Higor o Bruno Berle (este último será co-productor del inminente disco de debut de Menezes). Novaes, por su parte, posee ya una dilatada carrera en solitario con tres discos propios, a los que sumar otro disco colaborativo con el francotirador electro-disco Henrique Janeiro. Por no hablar del reconocimiento internacional a propósito de la adaptación de Jorge Drexler de una de sus canciones. Además, Novaes también suministró material para protagonistas de la nova vanguarda como 5 A Seco o para el mismo "Nyron Higor", siendo "Me Vestir Em Você" ese punto de encuentro con Menezes -ambos son los autores de la canción- que ha terminado dando lugar a este "Coisa Híbrida" que ahora nos ocupa.




Ahora que está tan de moda el verbo fluir, nada mejor que escuchar este disco para dotar de un ejemplo inmejorable a dicha expresión. Todo sucede con pasmosa desenvoltura -y una síntesis y un encaje juiciosos: diez canciones en menos de 25 minutos-, con una sencillez que podría parece hasta prosaica si no fuera porque hay que pertenecer a contextos tan concretos como de los que vienen João y Paulo para que este tipo de material funcione con prestaciones.

Tras las dos canciones iniciales, el álbum toma cuerpo definitivo con "Respiração de um monge", donde la pentatónica más se libera armónicamente a medida que la base rítmica adquiere, en consonancia, el desenvolvimiento preciso. El recio paisajismo cantautoril de "Passarinho alerta" es otro de los momentos álgidos del muestrario, y terminantes exégesis de pura MPB como "Naomi" o "Bem Pertinho do Céu" (otro top) hacen fantasear sobre lo que debía de haber sido la verdadera continuación del debut de Tribalistas. "Covarde" -con esos acordes 'españolistas'- y la muy sensual "Tiziu" exploran el libro de estilo de Djavan, el referente maceioense global por antonomasia, haciéndose cargo de la robusta plasticidad de este último.

Dos nombres a tener muy en cuenta desde ya.

miércoles, 11 de marzo de 2026

Pambikallio, "Hydrephos"

 



Curioso que de un grupo tan poco atractivo y por demás anacrónico como los finlandeses Zorse (folk-blues-rock-prog con toques drone) hayan surgido a la postre dos de las propuestas más excitantes de los últimos tiempos. Por una parte su cantante, Litku Klemetti -con al menos dos discos fascinantes de new wave tercera vía, destacados en este blog, como son "Taika Tapahtuu" (2018) y "Ding Ding Dong" (2019)- y por el otro el dúo formado por el guitarrista de aquellos, Lauri Kallio, con Paullina Nyman bajo el nombre de Pambikallio, a los que se añadió en su primera época el batería de Zorse Teemu Mustonen.

Después de un par de placenteras grabaciones sometidas a los meandros de un dream-pop baja fidelidad más bien normativo -como son su disco homónimo de 2022 y "Parc de Pambi" de 2023-, Pambikallio abordan para su tercer larga duración una rotación de sus coordenadas -ya adelantada en su supersingle “Dekadentti” (2024)- hacia un mayor protagonismo de las texturas sintéticas -desarrolladas en plan más ambient por Kallio a su vez en trabajos solo-, aún con parecido espíritu deformante e impredecible respecto a sus anteriores repertorios. Los preámbulos samba-balearic y latin-house de "Pambi Love" y "Peehme" -este segundo entre Polo & Pan y los Pet Shop Boys de "Bilingual"- hacen calentar motores, respectivamente, de cara a dos de sus momentos más lustrosos, como son el hit "Hologrammi" y la muy glitch-chill-out "Göteborg". Lástima que, en medio de ambos esté "Syksyn Hedelmät", la única realmente floja de "Hydrephos", rompiendo el clímax por culpa del abuso de auto-tune y con una melodía incluso demasiado edulcorada para quien esto suscribe.






"Excel" contiene efluvios de techno kayō de inflexiones vocales que remiten casi más a Noosha Fox que a Kate Bush o Elizabeth Fraser. "Hevoset" o "Sun Täytyy Lähtee" se arriman al muzak orientalista lisérgico de Kit Sebastian, y "Nocturno" o "Uusi Maailma" recuerdan indistintamente tanto al city pop de los tiempos de artistas como Saeko Suzuki como al spy music de Virna Lindt.

Francamente, en esta línea de pop alternativo electrónico "Hydrephos" me parece mil veces más fresco y convincente que otras propuestas similares -y más mediáticas- tipo The Marías o Magdalena Bay, estranguladas por una pretenciosidad casi siempre hueca, inane.

From Tampere with love.

miércoles, 25 de febrero de 2026

Malu Pierini, "Libera Me"

 



Cantautora de origen entre danés y corso, Malu Pierini ha dado con el punto de ductilidad adecuado para su primer larga duración. No fue siempre así: en sus primeros singles digitales y su primer ep "Evergreen" (2022) la encontramos atrapada en un tenaz r&b aun así falto de concisión pericial. Pero el último repertorio, muy enfocado en la bossa nova, en la chanson ye-yé y, en general, en la sutilidad ya de construcciones maduras y nada inseguras, supone un espaldarazo que no deja de llamar la atención, por mucho que trabaje con materiales de sobra asimilados, nada extraños o imprevistos.

Es otra artista que se alinea en la atalaya del pop retro-nostálgico de cocciones templadas que parece que sigue comandando Laufey -a la que Malu admira, así como a otras referencias indispensables como Sade o Tracey Thorn, a las que en estos casos se arrima sobre todo vocalmente- pero que también tuvo en gente como Bic Runga un precedente a considerar teniendo en cuenta esa vaporosa frontera entre el indie de diseño y el mainstream algo resbaladizo en la que siempre se ha movido la neozelandesa.




Los recursos electrónicos que empleaba Pierini en el pasado han sido apartados en pos de una instrumentación más electroacústica, con lujosos arreglos de cuerda que terminan por darle el calado justo a sus composiciones. Malu Pierini trabaja en base a corsés ya masticados, pero que sabe redondearlos con gracia neoclásica -"Fête Des Enfants", "Bernard"-, al albur de la eficiente samba saneada de sobremesa -la canción homónima del álbum-, del french pop de melodrama romántico -"What's Her Name"- o del folk exquisito de revisionistas como 1969 Collective -"Presque Une Historie"-, siendo todo esto en lo que flota, sin lugar a dudas, su hábitat natural.

Ideal para prolegómenos: ya sea justo antes de ver una de Eric Rohmer, para pensar una escapada inminente a la Toscana o, como dicta el breve instrumental incluido casi al final de este "Libera Me", para decidir fundirse en un acto de cariño no por universal menos excitante.