viernes, 27 de marzo de 2009

La vida asesina, de Félix Vallotton




Vallotton fue, además de pintor reconocido, un furibundo ilustrador y dibujante de insignes personalidades del mundo de las letras y del pensamiento en general. Suyo fue, por lo que más nos atañe, aquel estudio intuido sobre el Conde de Lautréamont que supuso el único –o al menos el más conocido- acercamiento a la efigie del autor de Los Cantos de Maldoror hasta que fuera descubierta la supuesta foto de éste, más de medio siglo después de haber sido dibujado.

También novelista, Vallotton perpetró “La vida asesina”, publicada poco después de haber dejado este valle de lágrimas. Su protagonista, un desclasado chico de provincias que acaba convertido en crítico escultórico de moda en el París del primer cuarto de siglo, tiene el don de despertar la muerte allá por donde pasa, involuntariamente. Todo aquello que toca, todo aquello por lo que suspira, languidece hasta consumirse o explota en una tragedia en cada esquina que bordea o a cada saludo que esboza.



Un tratado sobre la fatalidad, escrita en la frente hasta el fin de los días, y que sólo puede curarse definitivamente con más muerte, para hurgar e instalarse en el vacío y así intentar neutralizar ese fuego incontrolado. La historia de un ser maldito, abrumado por un poder innato que le consume y le hace regar con gasolina a todo aquél que se cruza en su camino con el simple estímulo del día a día.

Enclavada en un post-decadentismo y post-naturalismo que a su vez entronca con la novela galante, “La vida asesina” hiende sus tripas en un costumbrismo contaminado, servil con el destino y abrumado por su estela indeleble. La biografía de un fracaso, ni más ni menos.

domingo, 22 de marzo de 2009

Extraperlo




Su debut no sólo era de antemano el disco más esperado del año en el apartado nacional, sino que ha devenido en encumbrarse como el principal responsable a la hora de reavivar un estilo musical que, hasta hoy y junto con otros tan mal considerados como el italo-disco, estaba aún pendiente de volver a la superficie: el pop tropical de los ochenta.

No hay más que echar un vistazo a las influencias que decoran su myspace (y las cuales, en un porcentaje tan alto que da pánico, son suscritas por quien publica esto) para darse cuenta de que nos encontramos ante toda una revelación dentro de la inmovilista escena independiente, manejando una gama de sonidos, conceptos e iniciativas afortunadamente alejadas en lo sustancial del “sota, caballo y rey” de lo que, supuestamente, deben ser los materiales con los que puede funcionar un grupo “indie”.

No estamos hablando de la respuesta casera a Vampire Weekend, ni mucho menos. Extraperlo manejan muchas más influencias, mucho más sutiles, amplias y aparentemente menos oportunistas. Son, junto con El Guincho, pero en una versión más accesible que éste, el paradigma de otra manera de entender el pop y su recorrido, desde una mentalidad apátrida, elegante y sensual. La constatación de todo aquello que vinimos reivindicando hasta hace sólo unos meses con fruición en nuestro extinto fotolog (http://www.fotolog.com/lennyleonard), ese universo donde se daban la mano, entre otros, Kid Creole & The Coconuts, Orange Juice, Martin Denny, Lord Melody, Antenna o Cristina, es decir, ese hermanamiento inconsciente entre los sonidos de los años cuarenta o cincuenta y los, a menudo, fugaces y deliciosos proyectos de principios de los ochenta.

Pero hay más que referencias de cara a la galería: “Desayuno Continental” tiene poderosas razones para quedarse aquí y por mucho tiempo. Además de ese primigenio hit que ya conocíamos en versiones previas, “Bañadores”, donde el espíritu de Poch Pinza (vía “La Playa”) está más presente que nunca, hay piezas tan sugerentes como “Negroni” (con ese inicio tan deudor del Edwyn Collins de “Rip It Up”), “Esperando nuevas órdenes” o “¡¡Hahh!!”, por no hablar de canciones clave como “Noche en la montaña”, que ni retrotraen a Golpes Bajos ni a Ciudad Jardín (como algunos ya se han precipitado a indicar), sino a otros momentos más prosaicos de aquella década: “Susurrando”, el maravilloso hit de Peor Impossible.



Cálidos atardeceres, medios tiempos junto a la arena, invitaciones al baile desprejuiciado y vitalista, cadencias antillanas, ritmos profanos, pop inmediato y sentimental que no quede exento de ironía. Un renovado orden en el pop español que promete ser el comienzo de algo muy importante y que pide a gritos reacciones urgentes al respecto.

A pesar de una intragable portada y unos detalles en la composición a mejorar (la oportuna acentuación de las frases dentro de la melodía que tantas veces se descuida por estos pagos), “Desayuno Continental” es, sin duda, disco del año y uno de los principales motivos para desear de una vez por todas que llegue ya el verano.

miércoles, 4 de marzo de 2009

El año pasado en Marienbad (Alain Resnais, 1961)





Vidas vacías, conversaciones insignificantes que se pueden parar y reanudar a capricho del espectador, con un simple chasquido de dedos. Comentarios que se pueden abandonar y retomar eternamente, pues mantienen hasta el infinito su carácter frívolo, pasivo y correcto. No hay escapatoria. El sopor costumbrista de una (alta) sociedad hastiada, encerrada en sus convenciones, encorsetada en su inutilidad práctica. Por eso el ocio está tan expandido y domina sus existencias, como un enorme tablero de ajedrez que es esa “lúgubre mansión de otra época, esta enorme y lujosa mansión de silenciosas habitaciones, donde las pisadas eran absorbidas por alfombras tan espesas, tan gruesas que uno ni oía ni sus propios pasos, como si el propio oído de uno mismo no le acompañara.”

En mitad de todo ello, de ese majestuoso hotel donde las vidas se mueven al exclusivo ritmo de sus aplacadas conductas, de su insustancial inercia, el protagonista supone la incógnita, el misterio. No es misterioso el escenario, o los inmóviles criados que escoltan sus interminables pasillos, o los espectadores en ese retiro irremediable, sino aquél que intenta ir más allá de los previsibles movimientos de los demás, tratando de explicar el origen, la historia de esas paredes, de las maravillas de sus estatuas. Aquél que intenta mostrar sus sentimientos y luchar por ellos. Aquél que da un sentido a la nostalgia, que ensalza el deseo y se engancha a la ilusión. Aquél que se pone en guardia contra la memoria inconsistente. Y el único que, paradójicamente, no dispara…

Entre tanta asfixia, tanta borrachera de certidumbres y hábitos embotados, es normal que al protagonista se le aparezca la disyuntiva de mezclar y confundir sueño con realidad, aquello que pasó con lo que le gustaría que hubiese sucedido. O todo lo contrario. Cualquier cosa con tal de romper con la férrea estructura y acortar las tremendas distancias. Tomar –y hacer tomar- parte de la historia y penetrar en ella dejando al margen sus fríos datos y su pétrea apariencia, propiciando un triángulo amoroso tan atrayente, insoportable y frío como su protagonista femenina. Como el soniquete insistente desde la sala de música.



Una película con una lógica implacable, como la tiene el juego de mesa entre los dos contendientes por la atención de la misma mujer. A medio camino entre lo que ya pasó (Cocteau) y lo que estaba por venir (Lynch), pero sin las escandalosas digresiones del segundo, pues aquí el concepto y la estética están perfectamente sujetos, tan rectilíneos como la arquitectura de los jardines o las proporciones de su estanque. Un "vértigo" muy a la francesa.

El reflejo no sólo de una sociedad pudiente, anestesiada, sino –y he ahí lo verdaderamente terrorífico- de otra más genérica y aparentemente descontextualizada e igualmente lastrada a estas alturas por su incapacidad para remover el curso de las cosas, de los argumentos o de las sensaciones más íntimas, envueltas en un pasado indefectible. Ni más ni menos que el cansancio y estatismo de (gran parte de) la civilización moderna. Absolutamente moderna. No hay escapatoria.

viernes, 30 de enero de 2009

Harvey Williams






Diez años sin publicar canciones puede ser un mundo o simplemente el tiempo adecuado volver a encontrar respuestas. Puede ser el lapso para apoyar las palabras de Paul Buchanan, el hierático líder de The Blue Nile, cuando venía a llamar la atención sobre la cantidad de discos que se publicaban a lo largo de los años: “las futuras generaciones tendrán que hacerse un hueco entre ingentes pilas de cedés”, decía, años ha, para justificar los largos silencios entre disco y disco. Cuando Internet no era aún en el horizonte ese impacto brutal que es en nuestros días; una terrible premonición, eso si, transformada además en multitud de formatos -mp3 y demás-.

Harvey Williams debe pertenecer desde estos últimos diez años a esa corriente que, involuntariamente o no, parece haber tomado partido por no querer saturar en demasía a la gente con lanzamientos continuos y a menudo vanos. Su trayectoria, en realidad, habla de un músico muy cuidadoso, líder de los puntuales Another Sunny Day, amigo de sus amigos (ahí están sus colaboraciones con otros santones de su sello de siempre, Sarah Records, como son Blueboy o la banda de hacendado John Henry, The Hit Parade), e implicado al máximo cuando hay que serlo, unido de por vida a la saga de Bob Wratten, primero formando parte de su primer grupo importante, The Field Mice, y más tarde volviendo a acompañar en según qué momentos a los actuales Trembling Blue Stars.

También habla su biografía de un compositor portentoso, a la altura de cualquiera de los compañeros citados anteriormente. Dos discos breves, intensos, de tímida apariencia pero de una versatilidad cromática manifiesta, con unos arreglos –paradójicamente- casi inexistentes, pero mágicos en su propia sencillez. “Rebellion”, de 1994, es el primero de ellos. Un fascinante disco de dormitorio, comandado casi exclusivamente por el piano, aparcando las sonoridades que mezclaban el dream pop y lo shoegazer con New Order que tanto practicaran en The Field Mice o el impulso aguerrido de ASD. “Rebellion” es un suspiro, pero que queda para siempre. Comprimidos melódicos perfectos, algún instrumental certero, e incluso un amago de canción con un compás más rítmico, como ese maravilloso “Don't Shout At Me”. Esa clase de discos que tienen la virtud haberse cocinado en la más pura intimidad, ajena a cualquier interferencia exterior, llevados únicamente del puro ímpetu a la hora de realizar un hermoso e imperecedero trabajo de pop artesanal, emocionante y a la vez sofisticado. Estoy pensando en discos que aunque no tengan una inmediata concordancia con “Rebellion”, participan de ese estado único de desnudez instrumental pero infalible descarga sentimental y atmosférica, como “North marine drive” de Ben Watt o “Half a million” de Bill Pritchard. Todos ellos ejemplos maestros de la introspección post-moderna.

“California” (1999) es el segundo y último disco en solitario, hasta la fecha, de Harvey Williams. Como su título ya anuncia, se trata de un álbum más soleado, inclinado a sonoridades más ‘americanizantes’, con Brian Wilson y el sunshine pop en general en el punto de mira. De nuevo la garantía de una colección de canciones eternas, resistentes a los bandazos del tiempo. Otra prueba de talento, no solo para componer piezas excepcionales de clásica estructura, sino para trufarlas con los arreglos justos y necesarios.
Dos pruebas irrefutables de que este pequeño gran mito, amparado en la marca Sarah, debería haber trascendido mucho más allá de cuestiones nominales o de supuesto género (indie-pop) para servir de referencia entre los autores neoclásicos de los últimos tiempos. ¿Indolencia?. ¿Timidez?. Quizá un respeto inusitado por no traicionar la pureza del pop.

Sea como sea, la increíble oportunidad de disfrutar de muchos de estos trocitos de catarsis melódica mañana sábado, en lo que es la segunda fiesta de la iniciativa Pacific Street en Madrid.

Antes de Harvey Williams, y sobre el mismo escenario, el retorno de otro outsider vocacional: Charlie Mysterio, factótum de Los Caramelos, esta vez al frente de su nuevo proyecto Uccellacci e Uccellini. Siempre imprevisible, y haciendo honor a su apellido, seguro que entregará otra sorprendente y entrañable colección de canciones propias y ajenas, con el buen gusto que le caracteriza.

Todo esto, que no es poco, si crees en la magia. Evidentemente.



HARVEY WILLIAMS (Another Sunny Day / Londres) + UCCELLACCI E UCCELLINI (Madrid)

Sábado 31 de enero de 2009 a las 22:00

La Pequeña Bety: Calle Reina, 4 (Madrid)

Entradas: 10 € Anticipada (Cd drome Madrid) /12 € Taquilla



lunes, 17 de noviembre de 2008

Oblique Strategies





Tercera edición:
8. Ask your body.


Cartas anteriores:

2006
Primera edición:
46. Make a sudden, destructive unpredictable action; incorporate.

2007
Segunda edición:
114. What mistakes did you make last time?

miércoles, 5 de noviembre de 2008

La historia de Venus y Tannhäuser, de Aubrey Beardsley





Decía Oscar Wilde: “A mí dadme lo superfluo, que lo necesario todo el mundo puede tenerlo”. De eso, básicamente, se alimenta lo que le dio tiempo a escribir a Aubrey Beardsley, esa novela inacabada convertida en piedra filosofal del Aesthetic Movement, corriente artística británica de la segunda mitad del siglo XIX que simbolizó tan fervientemente el autor de Teleny. Beardsley, socio puntual de Wilde, fue el ‘enfant terrible’ de aquellos cambiantes y tumultuosos tiempos. Dibujante, ilustrador, agitador y sobre todo ‘gentleman’, se convirtió a su corta edad en referencia y revolución inexcusable del panorama estético de fin de siglo y principios del siguiente.



“La historia de Venus y Tannhäuser”, su única obra literaria, clava los cimientos en la leyenda medieval alemana e involuntariamente en la adaptación wagneriana, pero desde un punto de vista disoluto y provocador, modernista y profanador. Poco importa de qué trata el texto, e incluso en qué consiste su adaptación o qué cambios se producen con respecto a sus precedentes. Lo esencial no es qué cuenta, sino cómo lo cuenta. Porque “Venus y Tannhäuser” (la hermana concentrada del "À rebours" de Huysmans) es puro detalle, incansable filigrana, descripción extenuante. La experiencia de los sentidos llevada a sus últimas consecuencias, menospreciando rigores morales y preocupaciones argumentales. El bardo Tannhäuser llega a Venusberg (especie de parque temático de la escatología discreta pero impune y de lo sexualmente implícito) donde la diosa titular, especie de hembra desorbitada con la que compartirá placeres y destripará sensaciones, tutela con pulso firme pero grato. Ahí acaban las premisas. Beardsley se abandona por demás en frases rebosantes de orfebrería pormenorizada, acción casi inexistente, y un séquito de secundarios tan multiforme y exótico como fascinante. Por el contrario, recurre a un erotismo certero que nunca se regodea en el mecanicismo, plantando un espeso bosque de insinuaciones y guiños exclusivos. Un tupido -y ensimismado- jardín de pliegues delicados y mordaces. En cada frase, un mundo.



Venus y Tannhaäuser es, ante todo, objeto. Por ello Hiperión pone dicho concepto a buen recaudo, acompañando al texto una desmedida colección de dibujos propios y ajenos a la edición original, la que imaginó Beardsley, ya fueran acordes al paisaje de la novela, o extraídos de otros trabajos del autor.
En definitiva, una joya en sí misma donde el arsenal incluido, ya sea escrito o trazado, forma un todo inamovible y perfecto. Una obra maestra escondida en un cofre de diseño magistral que navega con rotundidad en el mar enrarecido y apelmazado de la literatura. Una inversión –e inmersión- inmejorable. Son buenos tiempos.

lunes, 27 de octubre de 2008

Legião Urbana, um e dois




Renato Russo, parapetado tras esas gafas que le daban aspecto de eterno (y despistado) profesor de secundaria, fue posiblemente el escritor de canciones más lúcido y ajustadamente heterogéneo del rock brasileño de la década de los ochenta. Primero al frente de Aborto Elétrico, la primera semilla punk de aquellas latitudes, convertidos en leyenda gracias a proclamas del tipo “Que país é este” (algo así como el “God save the queen” de Brasil), después, y tras un breve lapso de tiempo, reconvertido en cantante folk a la manera de los cantautores norteamericanos, y finalmente como lider de Legião Urbana, paradigma del pop latinoamericano más rico, personal y refinado. Una trayectoria, por tanto, tejida a imagen y semejanza de Russo a través de sus diferentes proyectos, envoltorios dispares sobre los que desarrollar la faceta expresiva y el carisma de su principal autor.
Con Legião Urbana fragua, durante algo más de una década, la que será una de las discografías más importantes de su país, aquilatada tanto artística como comercialmente en base a sus dos primeros discos, verdaderas obras cumbres del pop de cualquier tiempo y en cualquier lugar.



Su primer lp va a estar repleto de canciones inmediatas, urgentes, empezando por “Sera”, canción de desamor y dardo metafórico sobre la realidad política y social que anda dinamitando y transformando el país (mediados de los ochenta), recién salido de la dictadura:

“Nos perderemos entre monstros
Da nossa própria criação?
Serão noites inteiras
Talvez por medo da escuridão
Ficaremos acordados
Imaginando alguma solução
Pra que esse nosso egoísmo
Não destrua nosso coração”

Por su impacto, frescura y esa guitarra prácticamente acústica que domina la canción, podríamos decir que se trata de un hipotético “Boys don’t cry” particular. La referencia no es gratuita, puesto que The Cure y Joy Division son dos de los puntales más influyentes dentro de este disco, y de buena parte de su discografía. La siguiente canción también tiene una relación de dependencia clara pero solucionada con efectividad. En “A Dança” el patrón serán los Gang Of Four, pero los de “Songs of the free”, es decir, los mismos sobre los que luego desarrollarían todo su sonido bandas como Radio 4. La letra es una afrenta hacia el poder publicitario de la moda y la asfixiante influencia en la vida moderna, incluso entre quienes piensan que nunca podrían caer en sus garras:

“Você é tão esperto
Você está tão certo
Que você nunca vai errar
Mas a vida deixa marcas
Tenha cuidado
Se um dia você dançar.”


“Petróleo do futuro” es puro punk nuevaolero, mientras “Ainda é cedo” tira de subconsciente: buena parte de sus acordes nos remiten a los Joy Division de “Transmission” para contarnos, con esa inconfundible retórica que desmonta los tópicos sobre las relaciones humanas y desde un existencialismo empeñado en confundir sacudiendo, lo que puede dar de si una relación de dependencia condenada al absurdo:

“Quase tudo que eu sei
Era quase escravidão
Mas ela me tratava como um rei
Ela fazia muitos planos
Eu só queria estar ali
Sempre ao lado dela
Eu não tinha aonde ir
Mas, egoísta que eu sou,
Me esqueci de ajudar
A ela como ela me ajudou
E não quis me separar
Ela também estava perdida
E por isso se agarrava a mim também
E eu me agarrava a ela
Porque eu não tinha mais ninguém
E eu dizia: - Ainda é cedo
cedo, cedo, cedo, cedo”

Las letras de Renato Russo son directas, muchas veces hasta la obscenidad, con ese tono perverso en sus reflexiones que le auparon hasta el papel de líder espiritual de la escena brasileña.

“Geração Coca-Cola” tiene desde la primera escucha madera de clásico: una canción apretada de folk-punk de temática tan clara como convincente. Hija del “I’m so bored with the U.S.A.”. Hablando de The Clash, “O Reagge”, la siguiente, conecta también con los de Joe Strummer, aquí sobre todo musicalmente, con esa forma de acometer el género que tan bien dominaban los ingleses entre “London Calling” y “Sandinista!”. Igual de acerada que la de los Clash, era la escritura de “Baader-Meinhof Blues”, la siguiente en la secuencia.
“Soldados” es quizá una de las primeras canciones donde atisbar la futura evolución en Legião Urbana, gracias a esos desarrollos más plúmbeos que van a ser norma cuando el grupo se haga más mayor.
Y tras la igualmente ‘clashista’ “Teorema”, el disco se cierra con una de las canciones más hermosas y definitorias del grupo, y me atrevería a decir que del idioma portugués. “Por enquanto” rompe estilísticamente con el resto del álbum, que se movía en terrenos dominados por las guitarras más o menos aceradas, para surgir como la canción más emotiva del lote, la más especial por tanto, amparada en una instrumentación cercana al tecno-pop de la época, con un desarrollo más ensoñador. Su particular “Parade” (o “Permafrost”), seguramente.




“Dois”, el segundo de su carrera, podríamos catalogarlo de álbum de “indie-pop”. Así lo atestigua el arranque del disco: la poética “Daniel na Cova dos Leões” tiene ese tratamiento de las canciones más pop de The Cure y “Quase sem Querer” ya les sitúa en unas coordenadas muy similares a The Smiths.
“Acrilic on Canvas” retorna a ambientes más sombríos musicalmente, y es una tremenda joya post-punk, donde Renato da rienda suelta a sus fraseos arrastrados, tan Robert Smith, pero con voz propia, la de los estragos sentimentales y el abandono confuso que tan intransferiblemente dibujó siempre Russo.
”Eduardo e Monica” es un delicioso tema electro-acústico (con un trote a lo “Frankly, Mr. Shankly”) bien surtido de regocijantes referencias ‘artísticas’:

“Eduardo e Mônica trocaram telefone
Depois telefonaram e decidiram se encontrar
O Eduardo sugeriu uma lanchonete
Mas a Mônica queria ver o filme do Godard(…)

(…) Ela fazia Medicina e falava alemão
E ele ainda nas aulinhas de inglês
Ela gostava do Bandeira e do Bauhaus
De Van Gogh e dos Mutantes
Do Caetano e de Rimbaud”

Acunada entre unos preciosos interludios instrumentales -y ligeramente ‘seventies’- llegamos a “Tempo Perdido”, otra de esas gemas indestructibles y definitivamente brillantes: el “There Is a Light That Never Goes Out” de Legião Urbana. El alegato generacional contra las oportunidades desaprovechadas:

“Veja o sol dessa manhã tão cinza
A tempestade que chega é da cor dos teus
Olhos castanhos
Então me abraça forte
E diz mais uma vez
Que já estamos distantes de tudo
Temos nosso próprio tempo.”

“Metropole” y “Plantas embaixo do aquário” retrotraen al lado más belicoso del grupo. Punk apremiante que da paso a la anecdótica “Música urbana”, un blues acústico sin mayor importancia melódica.
“Andrea Doria” es otro de los momentos álgidos de “Dois”, otra de las cumbres expresivas de Russo, tanto textual como musicalmente. Todo un tratado frío e inmisericorde sobre el desengaño:

“Às vezes parecia
Que, de tanto acreditar
Em tudo que achávamos tão certo
Teríamos o mundo inteiro e até um pouco mais
Faríamos floresta do deserto
E diamantes de pedaços de vidro
Mas percebo agora
Que o teu sorriso
Vem diferente
Quase parecendo te ferir

Não queria te ver assim
Quero a tua força como era antes.
O que tens é só teu
E de nada vale fugir
E não sentir mais nada”

El disco se cierra con “Indios”, otra licencia de pop electrónico que rubrica lo que debería ser considerado el mejor disco del grupo y uno de los más esenciales del pop de habla no inglesa.

Después vendrían una serie de discos más maduros (recomendable buena parte de “As Quatro Estações”), pero ni de lejos tan redondos como estos dos que, de haber sido descubiertos en su momento, habrían causado verdadero impacto en muchos –como de hecho lo hicieron en su país para convertirse en verdaderos éxitos de superventas- y que, no obstante el tiempo pasado por ellos, no han perdido un ápice de grandeza y emoción.