lunes, 10 de agosto de 2026

Bill Loko

 



Podría ser a estas alturas una figura reconocida mundialmente, pero prefirió hacerse a un lado, mejorar académicamente y forjarse una vida basada en el anonimato y totalmente ajena a la música. La historia de Bill Loko es también la de una canción, "Nem Lambo" -publicada en la entonces recién estrenada década de los ochenta del siglo pasado-, que hizo que, aun en contra de sus intenciones, le hiciera saltar a la fama dentro del circuito de la música camerunesa, ávida de novedades. La pionera inclusión por parte de Loko de sintetizadores y demás herramientas electrónicas en sus canciones elevó la música pop del país -el makossa- a la categoría de modernidad sin ambages, haciendo en concreto de esa pieza un refulgente éxito que le transformó en celebridad durante una buena temporada. Todo ello siendo muy joven -apenas llegaba a los veinte años-, recibiendo el sobrenombre del Mozart del dicho país africano.

El single de "Salsa Makossa" vio cómo su cara bé, la indicada "Nem Lambo", adquiría todavía más protagonismo que la titular, esta ya de por sí extraordinaria en la fusión de querencias afro-caribeñas. Y es que "Nem Lambo" -rescatada por Analog Africa en su imprescindible "Pop Makossa: The Invasive Dance Beat of Cameroon 1976-1984- destacaba por la irresistible paleta de sonidos de teclado módico,  un ritmo contagioso hasta la extenuación y una interpretación vocal tan sentida como pegadiza. Otra canción destacable de ese primer periodo es "Malinga", con una cobertura electrónica vibrante, argamasa de ensueño.




Un año después, en 1981, se publica el álbum "Dipita" ("Esperanza"; autoeditado, como prácticamente todas las referencias de las que vamos a hablar). Arranca con "Ndolo", otra canción de upbeat -armado sobre unos pocos acordes trepidantes- que no deja de mirar de reojo al disco-funk de los años setenta. "Dipita" es, en cambio, un mid-tempo repleto de añoranza y melancolía, con coros gospel y soul sobre un tapiz de folk-pop americanizado. "Tika Ndolo" ("Desamor") vuelve al makossa, pero desde el punto reflexivo donde se había quedado la anterior. "Muaye" ("Luz"), con su fraseo extrovertido, se hace valer del swing del mbaquanga para hacernos bailar sin remisión una vez más. Más retrofuturista es "Musea", dub-funk planeador de articulación vocal blues.

"Africa Wake Up", de 1982, fue el último capítulo del niño prodigio del pop makossa, previo a una retirada que se prolonga hasta el día de hoy. Trae destacadas novedades: "Mina Ma Ndutu" acerca todavía más a un primer plano el bajo juguetón y, en general, sopesa una considerable limpieza de los arreglos, de manera que se consiguen distinguir unos de otros (hay hasta un genial saxo a cargo de Marc Renaud y ¡Tito Puente!). Oscura, urbana y algo orientalista en sus modos es "Nemedi" (no en vano colaboran los violinistas Liang-See y Seng Tho). "Nila's Love Story" es un instrumental orientado al philly sound, como la propia "Africa Wake Up" y "Na Tondi", que dejan en el aire cómo hubiera sido el resto de la carrera de Bill Loko, hasta dónde podía haber crecido y evolucionado. Seguro que muy pocas cosas se le habrían resistido.


viernes, 7 de agosto de 2026

Steve Monite, "Only You" (1984; reed. 2022)

 



Los denominados 'one hit wonder' suelen funcionan de dos maneras: o bien esa sola gran canción puede eclipsar toda una obra, o bien sin apenas obra refulge esa certera tonada que, insospechadamente, resiste los embates del tiempo y se posiciona recurrentemente en la memoria. En el segundo de los supuestos se sitúa el caso del cantante y compositor nigeriano (afincado en la actualidad en Londres) Steve Monite, que hace más de cuarenta años grabó nada menos que con la multinacional His Master's Voice un escueto lp formado básicamente por cuatro canciones, con el añadido de dos de esas mismas cuatro remezcladas para la ocasión, lo que viene a ser un artefacto entre el álbum al uso y una especie de super-maxi single realmente condicionado para machacar en la cabina de las pistas de baile.

Por aquel entonces -mediados de los ochenta- la mecha de su difusión fue corta, pues la curiosidad por los ritmos más o menos étnicos era aún poco más que incipiente, pero la recuperación de esos mismos hits potenciales africanos en el último siglo ha puesto en valor toneladas de ellos, de pujanza similar a "Only You", como el caso del "Corpim Sabe" del caboverdiano Dionísio Maio, el "Nem Lambo" del camerunés Bill Loko, el "Haffi Deo" del congoleño Tabu Ley Rochereau, o del "Disco Dancer" del ghanés Kiki Gyan (por poner solo unos ejemplos: la lista es interminable), todos ellos con el común denominador de adaptar las bondades de la disco-music de los años setenta a géneros en ebullición en sus respectivos territorios como la coladeira, el highlife, el boogie, el soukous, el makossa, o el afro-funk a secas.




"Only You" (versioneada por Frank Ocean) arranca con una intro de space disco para terminar de coger un formidable e infeccioso pulso, sostenido todo el tiempo en el bajo sintetizado tipo Moog a cargo del maestro del synth funk camerunés Nkono Teles. Una pieza granítica e insoslayable, de reputación más que justificada. "I Had a Dream", parafraseando el momento álgido del legendario discurso de Martin Luther King Jr., se mueve más entre la canción melódica, el folk y algo del rocksteady, sin perder de vista la base sintética para bailar en modo 'smooth'. "Welcome My Love", con ínfulas soul, tiene su sostén en el electro-disco, y por último "Things Fall Apart" -que tiene versión instrumental y luego otra cantada- regresa a los sonidos futuristas del comienzo de "Only You" y desemboca sorpresivamente en unos arpegiados característicos del italo disco.

Pero aquí no acaba la cosa: en un inesperado giro de guion, el propio Steve Monite, que parecía más que retirado de toda actividad musical pública, ha regresado recientemente (apenas hace dos semanas de cuando publicamos esto) con una nueva canción, "Shake Your Booty", en cuya producción ha colaborado el dj Aruhtra: una oscura bomba, perfecta para este insidioso verano.

A gozarlo todo.

martes, 4 de agosto de 2026

Lemming (Dóminik Moll, 2005)

 



Decía Albert Camus que "el sentimiento de lo absurdo no nace del simple examen de un hecho o de una impresión, sino que brota de la comparación entre un estado de hecho y cierta realidad, entre una acción y el mundo que la supera. Lo absurdo es esencialmente un divorcio. No está ni en el uno ni en el otro de los elementos comparados. Nace de su confrontación". "Lemming", la segunda película del director franco-alemán Dóminik Moll construye alrededor de esa misma tensión reflejada lúcidamente por el autor de "El mito de Sísifo" un thriller de aparente pulsión sexual, con un guion heredero de la más refinada serie B y una poco disimulada pulsión de terror psicológico.

Alain Getty (Laurent Lucas) y su esposa Bénédicte (Charlotte Gainsbourg) se han trasladado recientemente al acomodado barrio de Bel Air de París a causa del nuevo trabajo de Alain en una pujante empresa volcada en ciencias aplicadas como la domótica, en la que él irrumpe como un prometedor ingeniero y diseñador de determinados prototipos webcam que anteceden al dron. Para establecer un vínculo estrecho un poco más allá de lo profesional (o consolidar este), Alain y Bénédicte invitan una noche a cenar a su casa al jefe Richard Pollock (André Dussollier) y la mujer de este, Alice (Charlotte Rampling). La velada resulta un desastre a causa de la actitud grosera de Alice y el desplante a su marido a la vista de todos. A partir de ahí se sucede una cadena de situaciones absurdas de intromisión en el hogar de los Getty, ya sea desde la aparición de un roedor de mal agüero como el lemming (que aparece moribundo en la tubería del fregadero), ya sea con la visita en solitario de Alice al día siguiente, desatando un suceso fatal cuyas consecuencias (las de ambos elementos) impregnarán el resto del metraje.





Y es que "Lemming" funciona todo el tiempo como una penetrante y cotidiana alegoría de un cierto entrismo existencial encarado (causalmente) en paralelo con el (falso) mito del suicidio de aquella especie miomorfa. Y ambos elementos sustentan su aportación en base a su excentricidad (los lemmings son propios de Escandinavia, y bastante desconocidos más allá). Dos elementos a los que abría que añadir la cámara webcam, que está acostumbrada a perder la vida por un fallo recurrente del sistema. Todo ello bajo el manto de unas vidas apartadas, funcionales, de una burguesía tecnológica de finales del siglo XX, que esconde bajo ese halo de normalidad y asepsia estímulos desviados, influidos por un soterrado maltrato machista y una victimización profunda que altera la salud mental de la maltratada. La supuesta expansión demográfica del lemming se emparenta con la psicopática que van adquiriendo los personajes principales. 


Se trata de replicar la desestabilización psicológica atendiendo a la manipulación después de la muerte, un tema recurrente en el cine de terror sobre todo desde los años setenta. De hecho, de su estética fría, desapasionada, se pueden extraer fácilmente influencias que van de Kubrick a Haneke o incluso Lynch, pasando por el "Willard" de Glen Morgan en la escena del batallón de lemmings en la cocina de los Getty.





También está presente el sadismo conductivo tanto de Richard Pollock como de la Bénédicte poseída por Alice (inquietantemente genial Charlotte Rampling como mujer destrozada devenida en fatal) hacia la persona de Alain, y es que Laurent Lucas -ya entonces actor fetiche de Moll- vuelve a ejercer de personaje pusilánime, indefenso, sobrepasado por los acontecimientos y demasiado transparente y correcto, como ya ocurriera en la cinta de debut del director en la insuficiente "Harry, un amigo que te quiere" en un papel muy similar. Alain solo se rebelará cuando la situación se torne extrema, y ayudado por la presencia posesiva que controla la película.

Aunque el rompecabezas un poco tramposo de "Solo las Bestias" de 2019 -no llega a funcionar plenamente como un mecanismo total de precisión- se alce aun a día de hoy como la obra más prestigiosa de Dóminik Moll, "Lemmings" nos convence aún más por su ambiente enrarecido, por ese hieratismo anímico tan francés y por la crueldad desplegada en una continua relación simulada de clase, acopio de una decadencia ya muy difícil de sostener, descrita aquí desde una distorsión que esconde peligrosas relaciones de poder.