sábado, 14 de septiembre de 2019

Taeko Ohnuki





No la incluí en mis especiales de pop japonés de hace tres años por pura mala suerte: me puse entonces con sus discos de los setenta, que aparecían en muchos sitios como los más valorados de su extensa carrera musical. Pero ni el segundo “Sunshower” (PANAM, 1977) ni el tercero “Mignonne” (RCA, 1978), que fueron mi primera toma de contacto con la tokiota, dejaron mejor sensación que la de un sophisti-jazz derivativo y poco memorable si exceptuamos alguna que otra canción en ambos álbumes.

Seguí con otras (muchas) cosas de aquellas latitudes y aparqué ahí esta puntual investigación, pero sin deshacerme de la corazonada de que más adelante encontraría cosas dentro de su amplio repertorio que me harían volver a focalizar el telescopio en la ex-Sugar Babe (mítico grupo de mediados de los setenta de efímera andadura: un solo –pero prestigioso- disco). Esta vez –verano de 2019- la intuición y la perseverancia han dado sus frutos de largo: la discografía de Ohnuki durante todos los años ochenta se me ha revelado como una de las rachas más fructíferas -¿la que más?- del pop nipón de esas añadas. Algo que, también sea dicho de paso, ella prácticamente no ha vuelto a repetir después, a excepción de los discos que hizo con presencia más que fundamental de Ryuichi Sakamoto: “Lucy” (Eastworld, 1997) y “Utau” (Commmons, 2010), este último firmado a medias y de lo mejorcito a su vez del Yellow Magic Orchestra.

A continuación analizo de manera resumida las diez referencias que, entre 1980 y 1988 -faltaría el showcase "Pure Acoustic" del 87-, colocaron a Taeko Ohnuki como la artista más talentosa y sensitiva de la escena japonesa de aquel momento. Destacadas en recuadro las que considero las tres obras mayores de toda su trayectoria.





“Romantique” (RCA, 1980)

A pesar de ser más bien un disco de transición entre sus producciones setenteras –de instrumentación entonces más “noble”- y las siguientes –que en buena parte hacen por inaugurar el fértil periodo del techno kayō-, es claramente su primer disco tímidamente escorado hacia el pop electrónico, si bien el uso de los sintetizadores es aún un tanto tosco –aunque muy a juego, por otra parte, con el empleo que hacía la mayoría de grupos y solitas por esas mismas fechas en el resto del mundo-. Pero el repertorio, obviando algunas taras concretas, ya es mucho más preciso a nivel compositivo que grabaciones anteriores. La new wave intrépida de “Carnaval” le asemeja con lo que en esos momentos hacen figuras ascendentes como su compatriota Susan o la estrella del proto-space-pop italiano Patrizia Pellegrino. “Decayed night” refina el city pop del pasado con un estribillo más rotundo que de costumbre. Obviando resbalones como “Hatenaki Ryojou” -que nos retrotraen a las oscuras aguas estancadas del prog-, son las baladas bien melosas y urbanitas –“Ame no Yoake”- bien neoclásicas –“Wakaki Hi no Bourou”, “Keibetsu”- marca de la casa, y las fusiones magistrales supurando una melancolía a la manera de Antonio Carlos Jobim -a juego con las armonías locales de “Bohemian” y “Atarashii Shatsu”- las que nos predisponen atinadamente para todo lo (aún más maravilloso) que vendría después. Arreglos compartidos por Sakamoto y Kazuhiko Kato.




“Aventure” (RCA, 1981)

En la línea misma de “Romantique” pero definitivamente perfeccionada. Sobresale “Samba de mar”, que acierta de pleno en su mimetización con la mejor samba-canção de siempre: parece escrita por Ary Barroso y/o Dorival Caymmi. Muy cerca en esas intenciones está “Grand Prix”. Además, aires de sintonía televisiva en el europop finolis de “La Mer, Le Ciel” o “Avu-anchuriēru” (algo no especialmente baladí si tenemos en cuenta alguno de sus futuros discos, concentrados en aquella orientación) o sábanas de philly sound –“Terumine”-. Cada cara del disco original se abría con dos impetuosos y redondos números -“Koibito-tachi no ashita” y “Chansu”- y se cierra de manera igualmente impecable con el pop urbanita de “Burīkā sutorīto no seishun” y “Saigo no hidzuke”. Por otra parte la lista de arreglistas, que mantiene a los dos del disco previo, se agranda con las aportaciones de Kenji Omura o Haruo Togashi. Una auténtica cima del pop oriental.









“Cliché” (RCA, 1982)

Enlazando con la intensidad baladística de pura canción melódica con la que había terminado “Aventure” se inicia este “Cliché” –“Kuro no kurēru”-, que contiene también electro-ultra-pop-tropical de fantasía –“Shikisai Toshi”- de vocación entre exótica y tribal –“Labyrinth”-, techno kayō juguetón y, por tanto, paradigmático –“Peter Rabbit and me”-, nana de carrusel –“Hikari No Carnival”- mostrándonos a una Ohnuki quizá no tan plena como en “Aventure”, pero por contra cada vez más imaginativa y plena de recursos pop. El compositor especializado en bandas sonoras Jean Musy –Costa-Gavras, Franck Apprederis- y cuya jurisdicción se nota especialmente en piezas finales como “Memorie” o “Natsuiro No Fuku” se encarga de dirigir esta vez el (notable) invento.





“Signifie” (Dear Heart-RCA, 1983)

El city pop ha dado paso ya definitivamente al techno kayō y para aprovechar la ola se crean sub-sellos tirando a concentrados en el asunto, como es el caso de Dear Heart, hogar de otros artistas como Saeko Suzuki, Akiko Yano, Ohnuki (su primera referencia en la escudería) o el propio Sakamoto. El french pop de “Natsu ni Koisuru Onna-tachi” arranca otra obra capital de extrema elegancia y versatilidad. El funk travieso preñado de saxos en “Signe” -con Suzuki a los teclados- o el tecno-pop recio y pegadizo de “Genwaku “ y “Teddy Bear” (en esta última casi eurovisivo) entran en perfecta comunión con el tango cibernético de “Patio”, la tarantela de “Lucrezia”, el pop africanista de “Siesta” (chúpate esa, Paul Simon) o los efluvios del Próximo Oriente –“El Tourmanie”-, redondeando un nuevo e inspiradísimo capítulo de la firme tutela por parte de Ohnuki en esos momentos.










“Bande Originale De Kaie Sortie Du 5 Juin 1984” (Dear Heart, 1984)

Como su propio nombre indica, una banda sonora para un programa del canal japonés de televisión NHK (según Wikipedia “la mayor radiodifusora pública en Asia y la segunda más grande del mundo, solo superada por la BBC”) que, no obstante -el programa en cuestión- se nos antoja de limitada repercusión habida cuenta de la nula información recogida al respecto. Taeko se hace acompañar esta vez de un selecto equipo mixto franco-japonés (no falta el fiel Sakamoto) en una grabación por momentos con clara inclinación orquestal –arrimándose a la chanson en la grandiosa “Amour Levant”, con letra de Pierre Barouh-, pero también al pujante –y oscuro- tecno-pop -“Le Courant De Mecontentment”-, alternando versiones instrumentales y piezas cantadas. Otra joya donde básicamente todo es aprovechable.




“Copine.” (Dear Heart, 1985)


El sophisti-pop anguloso (vertiente funk-punk) de “Les Aventures De Tintin” inaugura el tercer trabajo indispensable de los ochenta para Ohnuki. Llaman la atención –entre tanta ambrosía- la canción (electro) ligera de “Amico, sei felice?” -Momus daría más de un brazo por haberla compuesto- o la muy Paolo Conte “Siena” en lo que es, por lógica, el disco más italianizante de su currículum. Pero también incluye la caribeña “Shiawasena otokotachi e” –un poco en la línea de “Dos congas y un café” que Esclarecidos perpetrarían ese mismo año- y el pop bacharachiano de –“Jaques-Henri Lartigue”-, dedicada al efectista pintor y fotógrafo que, curiosamente, moriría un año después.








“Comin' Soon” (Dear Heart, 1986)

Disco conceptual sobre personajes ficticios de la literatura y el cómic para todos los públicos. Así, la ex-Sugar Babe rescata títulos de discos anteriores donde ya tanteó dicha temática: “Peter Rabbit and me” -de “Cliché”-, “Teddy Bear” -en “Signifie”-, “Otenki no ī hi” -incluida en el contemporáneo “African Animals Puzzle”- y  “Les Aventures De Tintin” –perteneciente a “Copine.”-, con lo que también funciona en parte como una especie de grandes éxitos a los que añadirle una “Alice” en clave tropical -y, claro, de compases surrealistas-, “Robotto māchi” –con guiños al pasodoble electrónico-, “Momo” –más confesional y acústica- o la tin pan alley “Small Days In A Big World”, demostrando una vez más que Taeko es capaz de adaptarse (casi sin querer) a cualquier modelo de canción, siempre con resultados más que óptimos, sobresalientes.





“Africa Doubtsu Puzzle” (Dear Heart, 1986)

La llamada de la naturaleza para otro disco que, como “Kaie”, combina instrumentales con canciones como tal. Tonadas retozonas –“Otenki no ī hi”-, rock’n’ roll playero a la manera de Eiichi Ohtaki –“Nijiwotsukamuotoko”, “Hadashi no ronsamu kaubōi”-, grabaciones de campo y ambient pop. Safari emocional: otra exquisitez. 





“A Slice of Life” (Dear Heart-Midi Inc, 1987)

Se abre con “Anata ni nita hito” en clave de blues-pop a la manera de las producciones de Roberto Ciotti, y supone la primera pista sobre un cambio de intenciones en arreglos, más adultos y clásicos, pero sin perder frescura aún por el camino. Vuelve Musy y desaparece Sakamoto. “Ningyo to suifu” la emparenta en finura con los entonces pujantes Dip In The Pool y, además, contiene los ineludibles números de exaltación de satén al piano que siempre suben la nota media.





“Purissima” (Midi Inc, 1988)


El fin de una década tan rotunda –el siguiente, “New Moon”, ya en 1990, supone un considerable bajón creativo- se cierra con un disco que sigue la estela de anterior, enfatizando esta vez los ropajes jazz con toques portuarios –“Cavalier Servente”-, brasileños –“Você é carioca”- e easy listening, todos ellos de alto voltaje. Si esto no es un tour de force, que venga Benzaiten y lo vea.

miércoles, 14 de agosto de 2019

The Vels, “Velocity” (1984)





Alice Cohen es una compositora, cantante y videoartista afincada actualmente en Nueva York pero proveniente de Filadelfia y a la que contemplan cuarenta años de trayectoria imprevisible y tenaz. En este 2019 ha publicado un muy interesante “Artificial Fairytales” -bajo el nombre de Alice Cohen & The Channel 14 Weather Team-: de alguna manera el regreso al pop refinado y heterodoxo que marcó a fuego sus primeros pasos en el negocio musical. Como indica su bandcamp, Cohen tuvo la suerte de disponer de una cuidada educación -hija de músicos de jazz- y desde temprana edad estuvo influida por el inevitable philly sound, como atestigua su fugaz intervención en el proyecto Alice Cohen & Fun City (a los que les dio tiempo a publicar al menos una canción, “Save The Best For Last”, en el recopilatorio disco “Breakout” de 1979) y la escritura en 1982 de un éxito menor del sello Atlantic como el “Deetour” de su paisana Karen Young.






Pero lo mejor vendría a continuación: Alice (en esta época rebautizada con el apellido DeSoto), junto con el ex-The Normals (efímero punk buzzcockiano desde Nueva Orleans) Charles Hanson y Chris Larkin formaría The Vels, publicando tan solo dos álbumes para pasar después a mejor vida. “Velocity”, el primero de ellos, es testigo privilegiado de toda una época: pop de consumo en apariencia intrascendente destinado a colarse como fuese en la vorágine de las impenitentes listas de éxitos de mediados de los años ochenta. Y tenían muchas papeletas para triunfar: publicado en una major como Mercury y producido por el jamaicano Steve Stanley, uno de los chamanes tras la mesa de mezclas del mejor post-punk-disco del momento (Tom Tom Club, Lizzy Mercier Descloux, Ian Dury, The B-52’s), “Velocity”, escuchado treinta y cinco años después, no decae ni por un momento (juega con la ventaja de ser un disco corto de apenas 8 canciones): arranca con todo un rompepistas como “Tell Me Something” –entre The Belle Stars y Madonna-; la siguiente, “Secret Garden”, por tempo y arreglos es ineludible asociarla a otro éxito incipiente como el “Cruel Summer” de Bananarama. Es mayormente tecno-pop (guitarras postergadas a canciones puntuales y muy de fondo, como corresponde a un producto así) con ribetes melódicos de funk aguado y r&b juguetón –“Coming Attractions”-; tímidos rapeados -"Look my way" - y certidumbre new wave –“Day After Day”- sin digresiones ni ángulos muertos: ‘stranger things’ con denominación de origen.







The Vels estiraron la aventura –reducidos a dúo- con un “House Of Miracles” (1986) que palidece ante la espontaneidad y clarividencia del debut, con lo que imaginamos una rescisión de contrato por bajas expectativas financieras y recogida de trastos no sin antes darse el gustazo de oficiar de teloneros en la gira americana de aquel año de The Psychedelic Furs (con los que no pegaban ni con cola, todo sea dicho de paso). Entonces es cuando nuestra DeSoto volvió a ser Cohen para reciclarse en oportunista embajadora del (glups!) college-grunge con Die Monster Die. Pero esa es otra coyuntura, definitivamente olvidable. Ahora vive una tercera juventud: graba regularmente con su nombre bajo la promiscuidad editorial indie y justamente ha sido en la actualidad cuando ha tenido a bien, a través del citado “Artificial Fairytales”, de refrescarnos la memoria y hacernos viajar inconscientemente a “Velocity”, un sinóptico disco de pop comercial perfecto en su militante funcionalidad. ¿Cuándo lo veremos reeditado?

martes, 23 de julio de 2019

Anarquía científica. La fascinante revolución tecno del Aviador Dro, de VVAA





“Después de un casi calamitoso (!!!), a nivel creativo, “Cromosomas salvajes”, y casi dos años de reponer fuerzas, aquí están los reyes del tecno-chochi post-industrial. ¿Y cómo es el nuevo disco?. Pues es, digamos, un cúmulo de errores y aciertos: el repertorio es muy bueno, las canciones están muy bien compuestas y son bastante originales, pero el sonido es horroroso y nadie sensato puede comprender cómo el mítico Fernando Arbex graba tan mal.

También es mala la voz del cantante: lo que él hace no tiene nada que ver con lo que se llama cantar, pero es absolutamente expresivo, da la impresión de creerse absolutamente lo que hace y así logra dar veracidad a las, de otro modo, inverosímiles temáticas de las letras. Una de cal y otra de arena, una balanza perfectamente compensada en todos sus aspectos: hasta el conceptualismo habitual del grupo ha llegado a extremos de rizar el rizo. “La única solución es la venganza”, el tema más escuchado del álbum, rebosa furia y es salvajemente interpretado por el grupo con una convicción de la que no se puede dudar, pero, ¿qué han querido decir en la letra?, ¿de qué habla “Ella caza de noche”?.

Así podríamos seguir durante horas y horas, la portada, medio ñoña, medio atroz (por culpa de la presencia del insoportable Ken, el ser más odioso del universo), sus incursiones en el guitarreo roquero, su nostalgia del año 77, su miedo a dejar ver que se han hecho adultos al fin… Todo lo que hay en el disco tiene su lado aceptable y su lado oscuro, pero yo, como fan-desde-la-primera-octavilla-que-leí-en-el-Rastro, creo comprender que, en un grupo tan inquieto y poco espontáneo como Dro, esas simbiosis de cosas que te gustan y cosas que te repelen es sencillamente la prueba definitiva de que el grupo es una realidad de la que forman parte inevitablemente todos los elementos que sus ideólogos quieren que tenga. Al oyente no le quedan más que dos opciones: lo tomas o lo dejas. Yo, sinceramente, lo tomo. (Crítica de “Ciudadanos del Imperio” de Aviador Dro, por Patricia Godes. Incluida en el nº de marzo de 1987 de la revista Rockdelux).


Una lástima que las cintas de recuerdo descargadas en “Anarquía científica. La fascinante revolución tecno del Aviador Dro” (VVAA. La Felguera, 2019) no incluyan muestras de –sano- gamberrismo crítico al estilo de esta reseña con la que ilustramos el comienzo de nuestra entrada y que escribiera tiempo ha precisamente la coordinadora de este mismo libro. Quizá es uno de los motivos por los cuales muy pocas veces me lanzo a comentar libros musicales: porque al final suponen un constante embellecimiento del artista, grupo o escena que toque, muchas veces rayano en el empalago más insufrible. Y también porque la mayor parte de los títulos que, en los últimos tiempos y en masa, han inundado las estanterías de librerías y cadenas en lo que supone una casi vergonzante burbuja editorial se basan en (auto)biografías onanistas sin interés –para compensar la bajada fulminante de venta de discos- y en ensayos de cualquier cosa que se nos ocurra después de hincar los codos en cualquier barra de bar. Pero, aun con sus altibajos, no es el caso de “Anarquía científica”, voluminoso compendio que cuenta y la vida y milagros de una de las trayectorias más longevas y ocurrentes de la historia del pop español.




Escrita a un montón de manos (que incluyen los propios miembros -pasados y presentes- del grupo protagónico, Aviador Dro, así como amigos, fans y periodistas), “Anarquía científica” (extraño envoltorio) se hace coincidir nada menos que con el 40 aniversario de la fundación de los inventores –nominales- del tecno pop, para ir desarrollando a través de un guión a menudo algo atropellado las motivaciones sonoras, literarias, ideológicas y empresariales de Servando Carballar (único miembro fundador en activo que ha sostenido la marca en todo este tiempo, aunque Alejandro Sacristán, alias CTA 102, otro de los más históricos, se haya reincorporado en fechas recientes), Marta Cervera y compañía. Como es previsible en un combo con tantas inquietudes y tacticismo a lo largo de los años, “Anarquía científica” nos invita a un viaje a través del principio de la era electrónica –con sus sintes, cajas de ritmos e influencias foráneas ad hoc-, al punk –imprescindible también para entender la música del Aviador- a la literatura pulp que dio marco expresivo a sus canciones, a la retórica ideológica fundamentada en una apuesta por el futurismo libertario –Dro quizá fueron los únicos dentro de la nueva ola madrileña que tuvieron una consciente convicción política; como mucho, y en el otro extremo, estaría Fernando Márquez, al que imagino en la actualidad entusiasmado con los gremlins sarnosos de Vox-, a la estética por medio de la moda post-industrial estandarizada y de sci-fi que sustentó sus actuaciones y fotos promocionales, a la contribución femenina al proyecto y a las reflexiones de sus componentes tras levantar literalmente y desde lo más abajo los cimientos de la industria musical independiente en nuestro país, a través primero de su sello discográfico DRO y posteriormente en una segunda aventura con La Fábrica Magnética.


“Robots guerrilleros apuntan a la sede del Dominio Universal (…)
Nuestras manos enguantadas alzan sus herramientas contra los edificios públicos.
La policía carga hacia el vacío sin poder impedir lo irremediable
y la televisión emite un comunicado de lucha universal”
(“El último asalto a La Bastilla”)




Decididamente un libro para iniciados, y de entre ellos, sobre todo para los que un buen día certificaron con su entusiasmo un férreo juramento de fidelidad. Y es que Aviador Dro y Sus Obreros Especializados, si por algo se han distinguido a lo largo del tiempo, es precisamente por dar más que nadie y alimentar puntualmente a sus seguidores con una obra kilométrica llena de recovecos y sazonada con una oratoria que arenga el conocimiento a través del guiño cómplice y la acumulación sistematizada de datos e impresiones: Aviador Dro como el grupo nerd español por antonomasia.


“Gritan vítores a las fotos de los muertos,
el clamor hipócrita de la oligarquía.
Enemigos del progreso preparando la nueva Santa Alianza,
han probado el sabor del dominio”
(“Ruido de sables”)




El interés de “Anarquía científica” y sus giros concéntricos alrededor de los estatutos mutantes de la revolución dinámica es desigual –dicho de otro modo: hay de todo, como en (ro)botica-, y de entre los varios motivos para pensar así, hay uno muy a tener en cuenta: en el libro se ha intentado monitorizar prácticamente toda su carrera, pero la cruda realidad es que Aviador Dro es un grupo que hace ya casi tres décadas que no ofrece material discográfico de cierto nivel –en concreto desde “Trance” (La Fábrica Magnética, 1991)-, con lo cual es normal que algunas partes ahí reflejadas –centradas en sus últimos proyectos- se resientan por la inevitable falta de persuasión, principalmente para los que no comulgan con cualquier excusa en forma de lanzamiento. Digámoslo de nuevo de otro modo: el corpus principal de Aviador se agrupa fundamentalmente en las siguientes referencias: “Alas sobre el mundo” (1982), “Síntesis: la producción al poder” (1983), “Cromosomas salvajes” (1985) –estos tres bajo el paraguas de Discos Radioactivos Organizados-, el citado “Trance” y el maxi “La chica de plexiglás/La Visión” (1983) -de la era Movieplay- que, como acertadamente indicara el crítico Jesús Rodríguez “Lenin” hace años, de haberse publicado íntegramente en el momento en el que debería haberlo hecho originalmente -1981- habría supuesto un hito incuestionable dentro de la entonces incipiente escena electrónica del Estado. Grabación esta última clave para entender gran parte de la evolución del Aviador, ya que después de su registro se produciría la famosa escisión de varios de sus fundadores para formar los anecdóticos Esplendor Geométrico: esa recurrente bufonada disfrazada de vanguardismo supuestamente epatante que, incomprensiblemente, perdura en la actualidad. Consecuentemente, el alma máter de Esplendor –Arturo Lanz, alias Sincotrón- apenas participa en el libro: los que hemos tenido la oportunidad de asomarnos a sus entrevistas en las revistas o webs que dan pábulo a sus casuales psicofonías sabemos de sobra que nunca ha tenido mucho que contar, sobre todo musicalmente.




Los mejores capítulos son los que tratan la materia oscura con el máximo rigor y se centran en los tiempos o temáticas de mayor heroicidad y relevancia: “La forja del mutante”, con buen pulso a cargo de Elena Cabrera, nos pone en situación sobre los inicios de la federación, en un terreno muy controlado con la autora –el ateneo libertario de Prosperidad, barrio madrileño donde nace Dro-. De ahí y de las cintas personales de Carballar subyace quizá el cariz más significativo de todo el libro: una sensación agridulce de adolescencia perdida en la persona de su principal motor, “tocado” por diferentes deserciones, traiciones y demás avatares, una disimulada –pero reconocible- añoranza de los empeños conseguidos pero finalmente frustrados o abandonados por el curso de los acontecimientos.
Otro momento destacable es “Libertad, igualdad, electricidad”, escrito por el citado anteriormente Jesús Rodríguez (del círculo más cercano de Biovac N y Arcoiris), sobre las motivaciones tecno-políticas de los Obreros Especializados. “Performances, vestuario, música y estética. El legado de las vanguardias”, responsabilidad de Victoria Hurtado, disecciona las estrechas conexiones del Aviador con disciplinas artísticas de principios del siglo XX como el Dadaísmo o la moda mecánica. La propia historia oral de los principales protagonistas también nos da plancton más que vitaminado. Igualmente es de destacar el apartado predictivo del Aviador Dro, ya que ellos vaticinaron varios acontecimientos  notorios antes de producirse –ya fueran meramente políticos o también tecnológicos- bien a través de sus declaraciones públicas, bien plasmadas en sus manifiestos. Todo ello siempre acicalado con su incombustible ironía y humor post-humano.


“Las iglesias caerán
carcomidas por el peso del silencio,
y edificaremos escuelas de aluminio
en los solares de los antiguos ministerios.

Recogemos la antorcha del verdadero socialismo.
Ha llegado el momento de la anarquía eléctrica.”
(“Camarada Bakunin”)



  
A la vez que se insertan aportaciones previsibles como las de locutores y críticos cercanos al Aviador Dro como Jesús Ordovás o José Manuel Costa, se agradecen ausencias como las de otros personajes incrustados en la biografía del grupo: pienso por ejemplo en el prestigioso cantamañanas de Julián Ruíz –productor de algunas de las canciones de los de Biovac N con más posibilidades comerciales-, un personaje enfundado en su ridículo ego de Rey Midas de la técnica castiza, pseudo-periodista que a través de su web de “Plásticos y Decibelios” parece que sigue demostrando sus absolutas carencias en las nobles artes de la sintaxis o de la puntuación, y donde cuelga cualquier tontería megalómana que parece escrita por el traductor de google en manifiesto estado de embriaguez.

También hay pequeñas imprecisiones –el sub-sello Virus no arrancó ni en 1992 ni en 1993, sino en 1991; además hay una inexactitud en uno de los cómic-homenaje ambientado en 1982 donde se hace referencia en tiempo real a la revista Disco-Express, publicación desaparecida poco antes: 1980- que se disculpan por lo ingente de la información seleccionada, pero sobre las que, modestamente, queremos dejar constancia.




Se echa en falta un análisis informativo más detenido en su discografía –repleta de referencias cinéfilas, científicas, musicales, gráficas, etc.-, que tan solo aparece enumerada sin más (por la propia Patricia Godes), para destacar después un puñado de piezas y sus correspondientes temáticas. Objeciones todas ellas que no impiden por otro lado valorar su adecuado diseño –al modo de recopilatorio fanzinero, algo habitual en las ediciones de La Felguera, por otra parte-, la concreción en los sucesivos contextos donde se ha movido un grupo y una forma de entender el mundo que, a medida que aflojaba su interés puramente creativo exclusivamente en los aspectos musicales, volvían a ganar terreno en su reconversión comercial –la cadena de tiendas de cómics Generación X-; que mientras perdían impronta en el panorama pop se destapaban más obsesionados con el juego de rol y sus posibilidades y conseguían reciclarse en el a menudo viscoso sub-mundo de lo tecno-gótico o recogían los frutos de tantos años allende los mares con una hinchada hispanoamericana enfervorecida con el proyecto aún en marcha. Pura historia.


“La realidad de la corrupción del estado
y la parálisis del poder
toman otra vez forma en nuestras voces.”

(“La arenga de los sindicatos futuristas”)