martes, 21 de febrero de 2012

Enrique Sierra




El arte surge de la fascinación. La misma que sintió el niño ante la pantalla de televisión en las frías tardes de un año cualquiera. En aquélla, entre imágenes de una extraña poética y un ritmo contenido de estribillo aprehensible, se arrastraba una curiosa criatura cual reptil desafiante y, a la vez, medroso. Fue en ese momento –Y NO EN OTRO- cuando el niño se giró hacia su gemelo: “Qu'est-ce que c'est?”. Sin apenas darse cuenta, para ambos acababa de comenzar su particular romance “fin de siècle”.
Cae la tarde.



En un arrebato de ilusión adolescente e ingenua, sigo pensando que algunas personas son inmortales. Desde este estúpido escepticismo, sin embargo, a uno le asalta la intención –como un torrente ingobernable- de intentar glosar en unas cuantas líneas algo de lo mucho que significó ese alguien a quien no se tuvo la fortuna de conocer personalmente –excepto en un par de escuálidas ocasiones que casi ni merecen llamarse así- pero que, sin embargo, resultó ser tan inspirador, tan cercano y tan digno de admiración y respeto. Perdonen que me ponga así: los fans de Radio Futura –ahí van casi tres décadas de hoja de servicio- no estamos acostumbrados a este tipo de tragedias (aunque sea del todo imposible poder llegar a aclimatarse a ellas). Como decía, pensaba que siempre estarían todos aquí. Por eso espero que puedan entender que no pueda reaccionar del todo y que, a cambio, lo haga agitando parcial y torpemente la memoria.



Sir Henry no venía para punki, aunque se cruzó con “ello” y seguramente lo fue mucho más que otros que gritaban más fuerte y hacían más tonterías encima de un escenario o delante de una grabadora, confundiendo el método con comportarse como un descerebrado. Aquí era todo lo contrario: el míster podía ser un tipo en apariencia provocador o intimidante, que vacilaba con determinada pose según el momento, pero que ante todo destacaba por su discreción, inteligencia, capacidad de trabajo y magnetismo; de los que tienen una fina intuición, saben aprovecharla para su disfrute y, de paso, para un proyectado enriquecimiento hacia los demás. Sin prejuicios y con una envidiable capacidad para la transformación, conseguía sorprender cada temporada –desde sus inicios en RF como émulo adolescente de Iggy Pop hasta su pelo rubio algo desordenado en los últimos años del grupo- a propios extraños con peinados y abalorios a menudo imposibles, sin ahorrar en conceptos en teoría contrapuestos o en mestizaje estético. Era una bendita pesadilla para las mentalidades simples y, a la vez, tal vez sin pretenderlo demasiado, un reclamo para reportajes y artículos de lo más variopinto sobre lo que acontecía en los excitantes años de una escena que acabó encorsetándose en un nombre tan vacuo como irritante. Y es que si hay tres imágenes que quedarán por siempre ligadas al pop español de los primeros ochenta –y casi seguro que por extensión al resto de la década-, sin duda alguna son Alaska en sí misma, Pedro Almodóvar con bigote y falda ajustada y las antenas de Enrique Sierra, mezcla desorbitada de lo punk y lo insospechadamente tribal.



Ese era el escaparate que complementaba a un fino estilista sonoro, de los que preferían eludir un tentador virtuosismo o protagonismos innecesarios en favor de un proceso más sostenible y equilibrado, más de conjunto, donde se potenciaran ante todo esas zonas intermedias que dieran como resultado un artefacto sólido y compacto, alejado de puntuales vanidades personales o patéticas jactancias. Enrique se confirmó a sí mismo en ese axioma, aportando contención, instinto y elegancia. Propugnando atmósferas, atractivos ambientes en contraposición a los arrebatos de guitar hero trasnochado y pagado de sí mismo.

La suya fue una manera de tocar, una sonoridad genuinamente madrileña, en la tradición de otros generadores de rocanrol castizo como Josele Santiago o Rosendo Mercado. Pero en el caso de Enrique Sierra fue mucho más allá, adaptándose a una paleta más amplia donde cupiesen nueva ola, post-punk, funk, glam, reggae, electro o psicodelia, perfilando a través de todo ese conglomerado un sonido único, tremendamente personal y, como está más que demostrado, intransferible. Todo ello al servicio de lo más importante: las canciones. Acabó siendo un guitarrista tan extraterrestre como impulsor de texturas de una marcada originalidad.



Como compositor también supo sacrificarse -en teoría- a justas aportaciones, pero si nos detenemos en los créditos de las grabaciones en las que fue pieza insustituible, nos toparemos con la evidencia de que, por ejemplo, si el repertorio de Kaka de Luxe llegó a tener algo de hechura no fue sino gracias a él, ya que de una colección tan escueta como aquella firmó dos canciones en solitario, varias a medias con otros y otras tantas –las del ep- en comandita con el resto del grupo. Es decir, básico.

No se entiende tampoco el sonido de los primeros Futura sin esas guitarras ardientes e infecciosas –heredadas del glam- que daban razón de ser a los insólitos teclados del malvado Mheekohng o a las inesperadas apariciones vocales de Beatriz Fontana.

En los primeros años de la reconversión, el momento icónico. Puro en ristre, cresta unipersonal y el verde que todo lo inunde. Rockola. La posteridad. Van surgiendo las canciones que irán dando la razón de ser a un proyecto poético –simbolista-, donde Enrique ejerce constantemente de telón que sube y baja. La argamasa necesaria. Ni la lírica de “La ley del desierto/la ley de mar” se entiende sin sus efectos ni el misterio de “De un país en llamas” sin sus impredecibles dedos.

Participó en algunas letras: “La secta del mar”, “La ciudad interior” o “En alas de la mentira”, sugerentes, ya ponen sobre la pista de algunas de sus obsesiones: la fantasía y la argucia, empaquetadas en su formato preferido, el relato corto.



En 1987 el primer gran susto que trasciende al ámbito familiar. Radio Futura encara la gira de su disco más requetepensado y maduro dentro de una carrera donde siempre se palpó el riesgo. A cada hora necesitaban jugársela. Pero tras el primer concierto de “La canción de Juan Perro” el riñón de Enrique Sierra dice basta y se queda momentáneamente fuera de juego, sin poder participar en la gira donde el grupo iba a sonar mejor que nunca, con un poderío insultante. Urge sustituirle –hay decenas de fechas ya confirmadas-, pero sin que sus compañeros piensen jamás en otra cosa que no sea su pronta reincorporación. Nadie pudo imaginar jamás a Radio Futura sin él. En palabras del propio Enrique: “tanto por Santiago, como por Luis y Paz –su mánager-, diría la frase típica de: “daría cualquier cosa por ellos”, pero lo digo de verdad, es auténtico. Me han demostrado que son leales, que puedo esperar de ellos cualquier cosa, y, aunque hicieran algo malo, en el sentido clásico de maldad, no me importaría porque les comprendo tan bien, que sabría por qué lo han hecho”. Sigue sonando tan desarmante como el primer día.

Se recupera, puede estar a punto para el disco en directo pero “Veneno en la piel”, que debiera ser un disco de 1989, se tiene que retrasar al año siguiente debido a otra complicación renal. Asumir tantos peligros relacionados con ese alguien tan importante, sumado a otras razones de peso, aceleran la disolución.



Tanto de su único disco en solitario, “Mentiras” (aunque firmado con el entonces ilusorio nombre de Enrique Sierra y Los Ventiladores), como de “Klub” lo mínimo que se puede decir es que dejaron a un lado cualquier propensión acomodaticia con el fin principal de encontrar una voz –la propia- y un hueco más allá de RF.

Después de un disco para niños (con 127) y una actividad persistente como ingeniero de sonido, la última aparición de Enrique Sierra en el especial sobre aquellos días vertiginosos donde marcó estilo, quizá como una premonición, abrió una última puerta a esos recuerdos, a algunos de los muchos logros del pasado. Y, sin darnos cuenta, asistimos a la última función, a modo de epílogo, natural, sin estridencias ni falsos sentimentalismos. A veces volvía a asomar esa sonrisa pícara y entrañable, la misma que quedará prendida en el corazón de todos los que le estimamos.

La máquina ha dejado de funcionar. El espíritu permanece inalterable.

domingo, 29 de enero de 2012

Tot Taylor






Co-director y miembro fundador de unos de los espacios más cool que existen aun hoy en el centro de Londres –Riflemaker-, y –cada vez más- ocasional creador de sutiles epopeyas instrumentales, Tot Taylor, tras esa nada forzada templanza y esa comedida personalidad que le hicieron consagrar un buen día su vida a la vorágine del mecenazgo y el calendario de exposiciones, es culpable de una de las discografías más injustamente silenciadas e infravaloradas del pop británico de los últimos treinta y cinco años. Punk, new wave, easy-listening, pop electrónico, marchamo crooner o jazz vocal son, en esencia, los tags por los que debemos empezar a situar a nuestro héroe, un autor intuitivo obsesionado con el trabajo de composición como fin en sí mismo y como estética implícita. Fue en un periodo muy concreto -desde finales de los setenta hasta finales de los ochenta- cuando Taylor concibió una serie de discos que conformaron un involuntario y apócrifo tesoro del que nos sentimos por una parte deudores y, por otra, obligados emisores dispuestos a propagar las incontables bondades que en él incluyen.




Antecedente:

Advertising: “Jingles” (1978)

La portada del primer y único disco del grupo previo de Tot Taylor ejemplifica a la perfección todo lo que de espontáneo, llamativo, casual y, hasta cierto punto, provocador tenía parte de esa nueva ola, la más urgente y la más preocupada por recuperar parte de la tradición pop menos retorcida e intelectual, aunque en el caso que nos ocupa ya de por sí escondiera en su adn una buena dosis de temperamento arty. Visualizando esa carátula uno no puede evitar acordarse de, por ejemplo, la estética colorista y desprejuiciada que por ese mismo entonces trabajaban los hispano-argentinos Tequila, en una indisimulada reivindicación del más puro estrépito adolescente. Al calor de los mejores Buzzcocks (la abigarrada “Lipstick”) se abre este manjar de puro pop apremiante que ya tenía en “Ich Liebe Dich” esa luminosidad en los estribillos y esa frescura e inminencia que sólo se le presupone a los mejores discos de la época. Y “Jingles” entre ellos. Hablamos de uno de los cinco mejores discos de la new wave clásica de guitarras, la que excluye la facción más cerebral del momento o esa otra que se vestía directamente de imperdible.
Las estrofas de “Suspender Fun” ya vienen con la carga melódica que Tot desarrollaría en sus discos en solitario: exuberancia de tenues reminiscencias ‘sesentas’ que anticipaba pretensiones de altos vuelos en aras de un clasicismo que ya miraba de reojo a los grandes constructores de siempre. La mano de Simon Boswell (co-lider del grupo junto a Taylor y posterior fundador de Live Wire) por el contrario se nota más en canciones algo más obtusas –pero igualmente pegadizas- como en la costelliana “Respect”. Es, en definitiva, pop transversal con todos los ingredientes en plena ebullición: diseños de apariencia sencilla, sin especulaciones y con coros explícitos que vienen a amplificar unas canciones soleadas –y sólidas- que se mueven constantemente entre la rugosidad, la gracia rítmica y una indisimulada generosidad melódica. Reposadas, como despide “You Cost Too Much”. Antológicas, como en el caso de “Stolen Love”.




El corpus:

Playtime (1981)

En palabras del propio Tot Taylor, en esta primera grabación en solitario fue cuando pudo contar con más y mejores medios de toda su carrera. Es por ello que no se escatimó en arreglistas, músicos y demás colaboradores, así como en el número de canciones (veinte en total) y, en definitiva, en ideas y recursos para llevar éstas a buen puerto. La nómina incluye, entre otros, a la gran Kirsty MacColl en los coros en la pre-shibuya “Thirty-One Love” o a un viejo conocido de la afición hispana como Jo Dworniak, aquí en calidad de ingeniero y mezclador.
El disco por tanto aporta ese derroche gestual y de concepto, aparte de mantener en muchos de los cortes la vitalidad y emergencia de Advertising, pero ya definitivamente (re)vestidos de un preciosismo más acusado que comandan teclados clasicistas en detrimento de las guitarras cortantes de antaño. ¿Musical new wave de cámara? Lo cierto es que ya en los momentos íntimos –y los que no lo son tanto- como “Life With The Lions” se puede conjeturar con una ecuación que irá cobrando peso a medida que avancemos: si The Divine Comedy es el resultado de la suma entre la profundidad neoclasicista de arrebato solemne y el frenesí camp de tiralíneas victoriano, entonces podemos concluir que Neil Hannon es la mezcla perfecta entre Scott Walker y Tot Taylor.
El humor también está muy presente, no sólo en los textos sino en los dibujos rítmicos, lo cual le acerca –a lo largo de todo el disco- a excéntricos iconoclastas de la talla de Sparks, pero sin el armazón glam. El mestizaje entre lo crooner y la electrónica de mesa-camilla cobra todo su sentido en piezas como “The Three Dots” o “I´m Very Bad At Being Brave” y mención especial, dentro de la delicatessen que es “Playtime”, merece “This Romance Stars Here” (y nunca mejor dicho): la pulpa que vertebra una de las indiscutibles cumbres de principios de los ochenta; la perfección pop en poco más de tres minutos, aunando melancolía, nostalgia, fuerza, consciente perfección y contenida grandiosidad formal. Una pequeña (gran) proeza. No en vano es una de las favoritas del propio Tot y, muy posiblemente, la que más de quien escribe esto. Pletórico en todas y cada una de las piezas, no es extraño que medio disco formase parte posteriormente de “Jumble Soul”, indispensable recopilatorio publicado un lustro después y que supone una extraordinaria puerta de entrada al universo Taylor. Un banquete para los sentidos.




The Inside Story (1982)

Ya desde el inicio –ese discoland melodrama que es “Poptown”, aparte de toda una declaración de intenciones- se deja notar el viraje hacia el pop electrónico del que se va a nutrir buena parte de “The Inside Story”. “Poptown” es un hit incontestable que reúne en una sola canción y con la máxima naturalidad del mundo el dramatismo vocal de Billy Mackenzie (The Associates) con la juguetería robotizada de Devo. Como lo leen. Así, tal cual.
Los sintetizadores también impregnan la siguiente –y ligeramente marcial- “Bodybuilding” y si “Richard Rodgers” se adelanta casi veinte años al electro-pop señorial de Fosca, “The Man And Me” hará lo mismo –aquí con tan sólo un cuarto de hora sobre el horario previsto- al soul blanco de The Blow Monkeys. “The Crimson Challenge” recupera los acústicos –y encomiables- vestigios de “Playtime”, y para nuestros momentos más íntimos están “The Inside Story” –Tot sentado al piano es siempre garantía de enamoramiento-, la seda de “The Wishing Game” -¿esos teclados no son los de los primeros Prefab Sprout?- o “All For Me” (aquí rebautizada “All For You”), del repertorio del siempre inagotable Cole Porter, y que sirve a nuestro hombre para reivindicar, en plena era de los new romantics y del tecno-pop, a esta figura señera como uno de sus más fundados héroes. Como se vio entonces, toda una osadía. Otra para la saca.





Box-Office Poison (1986)

Los cuatro años que separan “The Inside Story” de este “Box-Office Poison” no será para Tot un periodo en balde. Obsesionado con el concepto del Tin Pan Alley, a través del cual poder hacer realidad en plena década de los ochenta todos los sueños de gestión, organización a nivel de producción y patrocinio musical que habían cristalizado casi un siglo antes en Estados Unidos, Tot se ocupará de componer, producir y acompañar a pequeñas musas y ‘one hit wonders’ como Mari Wilson (artista retro en consonancia –musical y estética- con otras féminas de soul de los sesenta de peinado-colmena), Virna Lindt (electro bondiano) ó Cynthia Scott (entre una versión muy libre de Yma Sumac y el jazz latino). Así, se convertirá en ese ‘hombre en la sombra’ capaz de sacar a la luz otra especie de factoría de lo que entonces eran jóvenes promesas y que hoy han quedado como curiosos productos vintage. En todos ellos se nota su mano a la hora de perpetrar insinuantes puzzles de, por lo general, más que apreciable genio y distinción.
De su tercer disco podemos decir, entre otras muchas cosas, que se trata de una colección de canciones más depurada que su disco precedente. El homenaje a “Australia” (en toda su extensión: allí “donde las ovejas pueden pastar con seguridad”) es otra de las cumbres de su obra y que no hubiera dudado en firmar como suya el anteriormente citado Hannon. El auto-homenaje en “Arise, Sir Tot” (subtitulada “La espada es más poderosa que la pluma”, rebatiendo a Bulwer-Lytton) refuerza su pasión por autores como Gershwin, Berlin o Bacharach, reflejándolo de paso en casi todo el disco. Esa exigencia en la escritura, ese gustarse y ser capaz de llegar al estado de pretensión óptimo, actualizado y sin estridencias de ningún tipo. El romanticismo decadente -pero nunca pusilánime- de “I Was Frank” o la expansiva “People Will Talk” (qué bien puesto está ese saxo) son ejemplos cogidos al vuelo de la capacidad innata de un creador criminalmente postergado al pelotón de los olvidados. ¿Su mejor disco?. Como mínimo batiéndose el cobre con “Playtime” por tan innecesaria e irritante condecoración.






Resto de existencias:

My Blue Period (1987)

Menos mal que existen los japoneses. Sin ellos, los únicos que son capaces de acordarse y reivindicar inestables –y por lo que se ve, ignotas- carreras que sucumbieron a los más indecorosos ostracismos, no tendríamos las reediciones de los discos de Tot Taylor. Reediciones que ya no lo son o, mejor dicho, lo fueron, pues a su vez están más que descatalogadas, por lo que hacerse con estos discos originales no ha dejado de suponer una pequeña hazaña –no tan elogiable por existir una útil red con los más insospechados intermediarios- que ha tenido su justo premio en la degustación de tan ilustres contenidos.
De esa manera podemos disfrutar, como de los anteriores, de un “My Blue Period” que bien podría ser para la trayectoria de nuestro amigo, un poco para entendernos, lo que "Jumpin´ Jive" para Joe Jackson. Es decir, un explícito homenaje de nuestro gentleman a las big bands y el jazz-pop, con desenvoltura y ese charme que une a Chet Baker con Sondre Lerche, pasando por el penúltimo Elvis Costello, el último que merece la pena. No tan revelador como los discos ya analizados, sin embargo mantiene el interés y contiene cosas tan estimables la breliana “Young World”, la walkeriana “It´s Not A Bad Old Place” y, sobre todo, “It´s All A Blur”, que bien justifica éste y casi cualquier disco.





“Menswear” (1987)

Aunque la portada del último de los discos no-instrumentales firmados a su nombre hasta la fecha pudiera hacer creer en una suerte de reconquista tecno-pop, “Menswear” sigue en cierta manera la línea de “My Blue Period” aunque contiene, sin embargo, una más esforzada intención de sacudirse algo más de formalidades y ganar en atemporalidad. La orfebrería de “Ruination”, la imprevisibilidad de “Daddy´s Little Soldier”, la beatleiana “Mending The Clock” o el método Newman en “The Corner Under The Tree” así parecen indicarlo, y la conformidad pre-pop también es un hecho, jugando todo el tiempo a emular estándares con despreocupación e hilaridad, tanto en textos como en el soporte musical.

Más allá quedan innumerables proyectos, como son los discos propiamente instrumentales, Tot Taylor and His Orchestra, el proyecto The Sound Barrier centrado en el easy-listening o World Of Leather, éste imbuido en el pop de guitarras más noventas y, por tanto, considerablemente menor respecto al resto de su producción. Y cómo no, esas exposiciones que ya no deben faltar en la guía turística de cualquier buen gourmet, ya sea musical o de Historia del Arte. Allí 'papá' Tot les estará esperando para recordar de paso estas batallas y las que le queden por bregar.


domingo, 1 de enero de 2012

Acerca del matrimonio de Paulette o una buena pareja modernista, de Mme. La Vicomtesse de Saint Luc




La casualidad ha querido que a la altura del interés por esta novelita desvergonzada y festiva, casi al mismo tiempo se nos fuese uno de sus dos impulsores, el bueno de Alberto Sánchez Insúa, así que esta entrada nos sirve como doble homenaje (obra y traducción española) y nos permite de paso reincidir en el carácter debidamente amoral –enmendando a don Alberto que, esperemos allá donde esté, a su vez nos dé su permiso- de Paulette y sus nobles memorias pornográficas.

Obligada ella a publicar este pequeño pero substancioso tomo de manera clandestina hace ya más de un siglo, sorteando los verdaderos lugares de edición y su correspondiente pluma, y viendo desde la consecuente lejanía definitivamente desenfocada su verdadera identidad, la posteridad ha querido adjudicarle más de un –bastardo- árbol genealógico, lo cual no deja de ser comprensible, habida cuenta de las escasas prevenciones que tomó en su día, y de la alegría de la que hizo gala a ese respecto.



Yendo al meollo del asunto, nos atreveríamos a sintetizar este texto como un himno a la escatología, convenientemente arreglada por una hilarante partitura amatoria. Virtuosismo carnal –sin ir más lejos se incluyen esforzados números acrobáticos- y un obsesivo interés por el poder sicalíptico de cuantos olores y sabores es capaz de comprender el ser humano para con sus semejantes, y que suelen ser arrinconados a la hora de saludar a Eros, al menos en aquellos momentos finiseculares. Por supuesto que el amor fou, en muchas de sus vertientes, no sólo tiene hueco en sus páginas, sino que se da todo un banquete a lo largo y ancho de las mismas. Y en cuanto a los escenarios, no se me pierdan por los bajos fondos (de clase, se entiende) o por anodinas estancias burguesas: Paulette es de la más afortunada estirpe, y los castillos y los –suntuosos- pabellones de verano están aquí a la orden del día para poner en práctica actividades voluptuosas y curiosidades varias.

Como bien se avisa en el prólogo, faltan faenas: ni homosexualidad masculina ni instrumentos accesorios con los cuales poder animar las reuniones. Pero por lo demás tan apretado volumen -que se vanagloria de no tener rival en su exceso frente a otros clásicos- no defrauda en sus miras y el derroche y la gama de incidencias es suficientemente rica en combinaciones, además de suponer una oportunidad muy saludable de interrelación entre diversas castas y estamentos sociales, que nunca está de más. Porque aunque incluso con la Iglesia hayamos topado, siempre nos podrá salvar la debida confesión y el ansiado arrepentimiento, para acabar gritando a los cuatro vientos como nuestra querida vizcondesa: “mi alma es buena y pura, ¡pero mi carne es la de una sucia zorra!”.

Y ya saben que desentrañar más este tipo de tratados con detallados prolegómenos no conviene demasiado, aunque sea más que nada por no vaciar las expectativas de futuros clientes.

viernes, 4 de noviembre de 2011

Oblique Strategies



Segunda edición, 91.


Cartas anteriores:

2010
Primera edición:
70. Reverse

2009
Cuarta edición:
40. Go outside. Shut the door.

2008
Tercera edición:
8. Ask your body

2007
Segunda edición:
114. What mistakes did you make last time?

2006
Primera edición:
46. Make a sudden, destructive unpredictable action; incorporate.

domingo, 30 de octubre de 2011

La casa roja (Delmer Daves, 1947)




“¿Alguna vez has huido de unos gritos?. No puedes. Te perseguirán por el bosque. Te perseguirán mientras vivas.”

Es oportuno valorar la obra de Delmer Daves más allá de puntuales pilares de su filmografía, ya sea como director o exclusivamente como guionista. Ya sea con La senda tenebrosa (1947) o con Tú y yo (Leo McCarey, 1939). Avezado estilista y, a su modo, pionero de la cámara subjetiva en la primera de ellas, donde en su primer tramo le construye a aquélla todo un monumento y termina aprovechándose de un demorado Bogart para conjugar mitos como el del hombre invisible o Frankenstein en plena retórica noir. En la segunda, un ligero melodrama que imprime el negativo de los encuentros a ciegas para inspirar, por ejemplo y entre otras muchas –remakes incluidos-, esas ‘vidas en un hilo’ que pasan de las calles de Nueva York a las más teatrales del Madrid de Neville.

Pero si se nos permite tener un Daves particular, confirmada por otra parte la pericia heterodoxa del susodicho –fue otro de esos herreros del celuloide que se atrevió con todo: westerns, bélicas, etc.-, nosotros nos quedaremos con The red house, curiosamente del mismo año que la facturada con el tándem Bacall-Bogart.
Injustamente semi-olvidada -o más bien tirando a desconocida-, además de su atractivo planteamiento y de las evocaciones varias que se irán sucediendo, tiene el aliciente de un reparto más que solvente gracias a varios pesos pesados del momento: el incombustible Edward G. Robinson, la ubicua Julie London y la irreductible Judith Anderson, esta última desgraciadamente conocida casi exclusivamente para la posteridad, por el aficionado medio, como la ama de llaves de “Rebeca”.



Lo que empieza con un simple argumento costumbrista de la América profunda -chico encuentra un empleo en una granja para poder remontar la economía doméstica-, tornará –porque ya se nos lo ha adelantado en el prólogo- en un thriller rural con ribetes de cuento de los hermanos Grimm o de aventuras de Enid Blyton, allí donde los contrastes –luz/oscuridad- son más que violentos, casi tanto como el viento, uno de los más furibundos filmados jamás –con niveles de intensidad similares a los del “Onibaba” (1964) de Shindô-, en un escenario donde “el valor no basta”.



Un bosque impenetrable, metáfora de todos los miedos y obsesiones, de todas las sospechas y secretos de un anciano granjero condenado a proteger su corazón, la maldita casa roja, que por muy oscuros motivos un buen día quedó abandonada dándole esquinazo al mundo. Poco a poco se irá poseyendo de él la locura, las pinceladas insinuadas de amor fou y el miedo a descubrir el misterio a medida que el círculo se estreche en su contra. Con un argumento libre de despistes u objeciones, prácticamente perfecto –todas las historias de amor y abnegación que contiene están perfectamente manejadas-, un ritmo perfectamente sostenido y unas interpretaciones más que plausibles, “La casa roja” queda como una de las más logradas cintas de tensión y suspense –con gotas de fantástico, policiaco y melodrama, conjurando todo ello con precisión y destreza-, dispuesta a ser aún más desentrañada de lo que, tristemente, sigue estando aún.

sábado, 27 de agosto de 2011

En busca de Cabo Verde (III)




No hace falta deambular más allá de los discos de MAYRA ANDRADE para captar dentro de los mismos similitudes –y querencias- con Marisa Monte. A saber: eclecticismo, comercialidad, solvencia vocal e identificación con la tradición. En el caso de la Andrade, con ese plus que en el fondo comprende buena parte de su cancionero que se ha inoculado de esa fragancia brasileña que le recorre por todos los costados. Un caso muy parecido al de NANCY VIEIRA, junto con Mayra la gran revelación de los últimos años y, definitivamente, también la otra confirmación y proyección de las islas. Pese al deslumbrante cromatismo de la portada de su disco más imponente –“Lus”-, éste comprende una colección de canciones especialmente reposadas, ergo arrebatadoras y determinantes. No ha habido más remedio que elegir esa “Verdade D’amour”, que condensa toda la ‘beleza’ y emoción del mundo en menos de dos minutos y medio. Me imagino que al penúltimo Caetano le iría como un guante, pero no más que la otra seleccionada, “Coração Vulcão”, por ejemplo.



Retornamos al bolero caboverdiano con la voz afónica de DULCE MATÍAS, tan discreta y otoñal como elegante y efectiva, de arrebato gradual. El “Tradicão” de GABRIELA MENDES es, de principio a fin, otro de los ineludibles de la última generación. Con su punto camaleónico en lo que se refiere a ritmos –contradanças, batuques-, yo me he dejado llevar –para no perder en ningún momento el tono de esta tercera recopilación- por uno de sus mornas y por la balada folk más irresistible que ahí se incluye.
MARIA ALICE tendrá que convivir por siempre con el sambenito de ser “la nueva Cesária”. Bienvenida la etiqueta si las continuaciones de “D'zemcontre” o “Tocatina” siguen conteniendo convincentes mornas o incluso sambas –“Velha Bichica” va de clasicismo carioca, con un punto vocal cercano a Ana Lúcia- como los que ella sabe muy bien (re)interpretar.



MARIA DE BARROS, como muchas de las anteriores, funde sensualidad de considerable voltaje y estilización con carisma escénico. Impregnada hasta lo más hondo de esa mágica predisposición que llaman “Morabeza” -‘hospitalidad’ en castellano-, que pone nombre por otra parte a su disco más celebrado. La misma que se le presupone a SÃOZINHA, animadora todoterreno, más que habitual en celebraciones de diversa índole como enlaces o natividades, que le canta a la tristeza –y todas sus manifestaciones- con una prestancia y naturalidad apabullantes. Canta a Eugenio Tavares, otro autor clásico referencial de la memorabilia natal.


En el capítulo de ausencias, tristemente he dejado fuera al gran y añorado Antoninho TRAVADINHA que es, junto con el mítico Garoto brasileño, uno de los guitarristas –y en este caso además violinista- preferidos de todos los tiempos. Y no precisamente por su virtuosismo –que lo posee-, sino por esa capacidad para hacer de sus temas pequeñas muestras de delicada orfebrería sin igual, fascinantes e inalterables en el tiempo. “Feiticeira De Côr Morena”, por ejemplo, donde caben todo tipo de ritmos e invenciones, así lo refrenda.


En Busca de Cabo Verde 3

domingo, 21 de agosto de 2011

En busca de Cabo Verde (II)




No esperen encontrar generalmente excesiva sofisticación en las letras de los artistas caboverdianos. Es más, los leiv motivs no son especialmente variados y giran casi siempre en torno los mismos temas: la nostalgia, el deseo de retornar a la patria común (Cabo Verde es, en esencia, un pueblo emigrante), el amor, la celebración de la vida o la dignidad del ser humano. De esto último habla, por ejemplo, el “Criolo Ca Tem Patron” de TITO PARIS. De dignidad laboral y, de paso, racial: social, en definitiva. De Tito es de quien he seleccionado más canciones –tres-, no porque se trate de mi favorito, sino porque no me he podido resistir a incluir otras tantas muestras de un tipo especialmente dotado para facturar canciones explosivas, hits en potencia mucho músculo y prestancia, contagiosas. Algo así como el equivalente al denostado Carlinhos Brown quien por otra parte, pese a la insufrible exposición mediática de hace unos años, sigue siendo unos de los compositores más solventes del Brasil contemporáneo. Además de “Criolo Ca Tem Patron”, la sensual “Preto E Mi” y la coladeira “No intende” son la representación de esta omnipresente figura, habitual en colaboraciones con casi todos los pesos pesados de la música de su país, además de cotizado autor de muchos de ellos.



JACQUELINE FORTES no entró en el primer volumen por problemas de espacio, pero pertenece más bien al sector de glorias veteranas. He elegido dos adorables y risueñas canciones de su más o menos reciente “Terra D'nhas Gente”, un disco con una especial habilidad para estribillos pegadizos, especialmente pop en casos como “Minina Nova”. TEOFILO CHANTRE, como en el caso de Tito Paris, ha sido durante mucho tiempo proveedor de buena parte del repertorio de, entre otros Cesária Évora, y para sus discos en solitario –donde la bossa nova, la canción francesa o el tango están más que presentes- se ha dejado llevar por la vena más intimista y delicada de sus composiciones, llegando a abusar en ocasiones de cierta indolencia interpretativa. Pero lo aquí expuesto tiene muchos quilates: el “Mãe pa fidge” que canta a medias con Cesária es punto álgido en su discografía y que, junto a “Vadiamundo” –con ese sabor portuario-, marcan un impasse introspectivo en mitad del baile.



En algún lugar entre el funk-pop y el morna se sitúa la potente voz de FANTCHA, muy exitosa y comercial ella, marcando siempre su propia tendencia. Las dos canciones por las que he optado se mueven en ambos extremos. LURA es otra realidad igualmente desde hace ya más de una década. Algo más clásica que Fantcha, con la que le une un registro vocal cercano –aunque algo más suave-, centra todos sus esfuerzos no solamente en el morna de rigor, sino en el bolero, como bien ejemplifica “Padoce de céu azul”.



Cierro con un pequeño epílogo dedicado a grupos caboverdianos, que no podían dejar de tener aquí su hueco. CORDAS DO SOL y SIMENTERA son ambas formaciones numerosas, centradas en el tradicionalismo y en la recuperación de viejas joyas de su folclore natal, convenientemente puestas al día. El segundo de estos combos estuvo liderado por el francotirador Mario Lúcio, con varios discos en solitario bajo mi punto de vista aún menores con respecto al grupo madre. “Dor Di Amor” es un diamante folk en toda su –gran- extensión.


En Busca de Cabo Verde 2