lunes, 16 de febrero de 2026

Porcelain Hearts, "Rosemary"

 



Sabemos que pasa muy a menudo: el proyecto más mediático, ya sea por falta de concreción compositiva o por un cierto exceso de aquella misma promoción, es puesto en tela de juicio por la aventura en solitario -o por un grupo paralelo- de alguno de sus miembros. Eso es lo que, personalmente, me ha ocurrido con Porcelain Hearts y su "Rosemary", disco de debut del colectivo liderado por Suburban Aparthy y James Witte-Cooke, a su vez cabezas visibles de los -parece que ya extintos- Giberbee que el año pasado acapararon buena parte de la atención dentro de las coordenadas indie-emo-arty con su único larga duración "Apiary".

Lo que se desarrollaba en ese disco no dista en demasía de lo que ofrece ahora "Rosemary": folk lo-fi de maneras eclesiásticas -más de parroquia barrial que catedralicias, eso sí- que podría unir al Leonard Cohen más espartano -segundo y tercer disco del canadiense- con el tizne algo experimental de los primeros Mercury Rev (con esas mismas flautas y trombones que surgen cuando las sucesivas capas sónicas ya han entrado en cocción). De hecho, es un clamor que "Asteria" parece un remake del "Pinhole Blanket Sun" de Gingerbee en base a una melodía prácticamente idéntica. Pero eso no es óbice para reconocer que "Rosemary" entra mucho más fácil y triunfa mejor en base a esa concisión tanto armónica como instrumental de la que adolecía "Apiary", y junto a una mayor sutilidad que casa a la perfección con el propio nombre del grupo. además, incorpora una inesperada versión del "In Dreams" del gran Roy Orbison que, escuchada la relectura, parece abrir compuertas hacia una futurible evolución en modo crooner etéreo de Suburban Apathy y sus huestes.




Porcelain Hearts, junto con Tapir!, parecen situarse como los más destacados artífices de la presente década del renacer de un indeterminado pop refinado alternativo, con ínfulas de post-rock afortunadamente controladas, y una intuición melodiosa que parece abrir un buen muestreo de posibilidades más allá del ensimismamiento típico en el que suelen caer formaciones de presupuestos similares.

viernes, 13 de febrero de 2026

Tinned Meats, "Kilter"

 



Meticuloso post-punk con claras influencias de Mark E. Smith o Gang of Four en las inflexiones vocales -y su tratamiento voluntariamente opaco en la mezcla- medio recitadas y untuosas, y los dislocamientos rítmicos de rigor que, ordenadamente, pasa de los pasajes más escarpados a otros más melódicos en plan primeros XTC, The Nits, Split Enz o llegando hasta Tears for Fears (por lo de la pulcritud armónica).




La virtud principal de "Kilter" -segunda referencia de este combo de Sheffield, tras algunos singles post-pandémicos- es la de la condensación de la (atractiva) fórmula, sin esparcimientos derivativos, pues no está el patio para embrollos supuestamente epatantes. En canciones como "Grounded", "Mir" o la muy destacada "Piece of Mind", a medida que los sintetizadores -con las ondulaciones propias de un Dave Formula- van adquiriendo un protagonismo palpable, Tinned Meats se diversifican en una especie de art-pop setentero tipo Sparks o Deaf School a través de acordes deformantes como de psicodelia cabaretera, salpicados con letras entre existencialistas y abstractas. "Waiting Room" impacta por su atmósfera apropiadamente tensionada, y "More Weight" abandona por un tiempo los acordes de distorsión industrial para apostar por un folk entre claustrofóbico y etéreo, reflejando a las mil maravillas la bipolaridad estilística en la que Jack Howorth y los suyos andan concentrados.


miércoles, 11 de febrero de 2026

Ashley Eriksson, "Drop Drop Lane"

 



Si necesitan saber el estado actual de la música de fuego de campamento, aquí tienen el ejemplo más evidente de óptima salud al respecto. Ashley Eriksson, tanto en solitario como compartiendo liderazgo en Lake junto a su pareja Eli Moore, ya tiene a sus espaldas una nutrida discografía de indie-pop disciplinar -con grabaciones de más o menos enjundia presupuestaria-, de mayor desnudez a su nombre y con arreglos más empacados con grupo, como cabría esperar en cada caso.

"Drop Drop Lane" nunca llama a engaño: la tonadilla que lo abre y que da título genérico a la colección, por ejemplo, bascula entre la candidez neoclásica de la Virginia Astley de "Hope in a Darkened Heart" -pero sin la sofisticación de esta- y las armonías sepia de Charlie Hilton, marcando todo el minutaje posterior. Hay ecos referenciales más o menos adquiridos por todos los lados -Alison Statton, Maureen "Mo" Tucker, Dolly Mixture, The Softies-, todos ellos bien traídos y con gracia más que suficiente para asomar la cabeza por encima del batallón de pusilánimes que suelen engrosar mayoritariamente un género como el que practica esta estadounidense. Ashley, por lo menos en este disco -no conocemos en profundidad el resto de su obra- consigue escapar de la mera simulación. 




Se puede hablar de sentimientos sencillos, de la impresión más novicia con respecto a la naturaleza, hacer llegar a todo con melodías entre lánguidas y encantadoras, y no caer en simplicidades o reduccionismos pueriles. Adornar cada canción con el arreglo justo y necesario y evitar la sensación de pobreza o dejadez. Cuando eso se alcanza la complicidad viene sola. "Drop Drop Lane" está hecho de ese aura y, visto el panorama, no es poco.


martes, 3 de febrero de 2026

Tessa Rose Jackson, "The Lighthouse"

 



El ritmo despiadado de la actualidad obliga a una cierta paciencia a la hora de seleccionar aquellas grabaciones que soporten una escucha completa sin aburrimiento, condescendencia o forzosa empatía, merecedoras de un hueco importante más allá de hypes y entusiasmos de quita y pon. Algunas de aquellas saltan más o menos a la vista, otras muchas, además de calma, requieren de criterio a la hora de sonsacar virtudes de largo alcance.

Hasta ahora, la música de la holandesa -afincada en Reino Unido- Tessa Rose Jackson se resistía a provocar un balance plenamente satisfactorio, ya fuese a su nombre o con el alias de Someone, y que ya acumula cinco referencias (dejando al margen la banda sonora para una miniserie facturada en su país natal), incluyendo este reciente "The Lighthouse".

Jackson aparca, quizá momentáneamente, el andamiaje sintético con el que sazonaba aquí y allá diversos momentos de pasados ítems para centrarse en un folk preciosista -aviso- no especialmente original pero, y esto es lo importante, sí tremendamente cohesivo en su última entrega. Desde la pieza homónima con la que arranca el disco, donde podemos oler hasta el detalle el salitre de ese faro impertérrito donde la protagonista se refugia con el propósito de sanarse de una borrosa separación, potenciada tanto por una discreta slide como por unos recios arreglos de cuerda, pasamos por la muy sutilmente psicodélica "The Bricks That Make the Building", que recuerda a la disposición élfica de Linda Perhacs, y terminamos en la confidencialidad de un Nick Drake en "Gently Now", "By Morning" o "Grace Notes", donde replica esas caídas melódicas del de Tanworth-in-Arden entre telarañas acústicas.




"The Man Who Wasn´t Here" aprovecha el título de los Coen para tensionar entre coros incisivos el híbrido entre el art-pop y el gótico americano y, hacia la mitad, incorpora más músculo con guitarra, bajo y batería que la podría acercar tanto a 10.000 Maniacs como a Cate Le Bon -"Dawn", con unos teclados simples pero encantadores, o "Fear Bangs the Drum"-, a Edie Brickell -"Built to Collide"- o a James Yorkston -"When Your Time Comes"-, en definitiva a esa combinación que recoge la post-new wave convencional de los ochenta con tiras de country-pop más o menos para todos los públicos.

"The Lighthouse" no se distingue por canción alguna que despunte por encima del resto: todas cuentan, fibrosas y con gran plasticidad, para un buen rato de sentido disfrute que, al fin y al cabo, ¿es lo único que cuenta?.