martes, 22 de septiembre de 2026

Steve Lacy, "Oh Yeah?"

 



Este no es un caso habitual. Me explico: suelo elegir los discos de los que hablo aquí por la consistencia general de los mismos. Dicho de otro modo: me tienen que gustar de principio a fin, porque si no tengo pocos reparos a la hora de defenestrarlos. "Oh Yeah?", el tercer disco en solitario de Steve Lacy, guitarrista de los californianos The Internet, sin embargo, aunque corra el peligro de bordear la irrelevancia artística durante varias fases de su duración, inesperadamente logra salir a flote gracias a una inusitada capacidad de atracción, cuando a menudo los ingredientes utilizados podrían hacernos pensar en un trabajo falto de concreción, algo espurio o desganado.

La fórmula de Lacy, ya desplegada con más músculo en "Apolo XXI" y "Gemini Rights" -sus anteriores trabajos-, apuesta más que nunca en "Oh Yeah?" por rebajar tensión sonora -que no lírica, aunque en dicho apartado domine mayormente la estupidez y el descargo afectivo más ramplón- en una especie de r&b acústico, alisado a conciencia, con barnices de neo-soul por aquí y otros más de indie-rock noventero (que otros, precavidos, lo verbalizan dentro de la neo-psicodelia) por allá. Simplificando quizá demasiado, diríamos que esa dicotomía de texturas se reparte coincidiendo con la primera mitad por un lado y la segunda por el otro. Y para entendernos en términos genéricos: más cerca de la sutilidad que capitalizaba el "Essex Honey" de Blood Orange que de cualquiera de las producciones de Frank Ocean.




El meollo del disco, a mi parecer, se encuentra claramente en aquella primera mitad. Cuando Lacy juega más con la electrónica y el sentimiento intimista, ahí es donde se puede sacar más oxígeno y frescura del todo. En ese sentido, claramente, es en "The Feeling" donde pivota dicho favoritismo. La mejor de todas sin discusión, gracias a una melodía hipersexy que va creciendo y ganando en matices según avanza el segundero en el reproductor, hasta desembocar con gran acierto en un espectacular fraseo. "Pure Colour" (con la colaboración estelar de Erykah Badu) se hace valer, y mucho, gracias a un falsete y un minimalismo instrumental como los que hacían de Prince un caso aparte. "Show You Me", mayormente espartana, se acaba gustando a sí misma -y contagiando al oyente- con un maullido a modo de teclado fingido la mar de resultón. Teclado que en la canción homónima del disco pone la osamenta y el clímax por debajo de una melodía que vuela sin dificultad.

Es en la segunda mitad donde surgen más los problemas: "Doom", la más floja del lote, apuesta por hacerse comandar con rasgueos de los de hace treinta años (y más), en una tierra de nadie entre The Breeders, New Radicals y Outkast, aunque gana puntos en el último tramo, transformándose radicalmente en otra cosa más digerible y tierna. "Nothing", la mejor de la cara más pálida, borda un groove con la acústica y luego una melodía encima realmente afectuosa. Del binomio "Nice Shoes/In Your World" nos quedamos sin pensarlo demasiado con la segunda, orientada a la balada sedosa, con el flow de Marvin Gaye o Barry White.

Con pocos mimbres, y muchas veces bastante discutibles, Steve Lacy ha lanzado uno de esos milagrosos artefactos que ganan en la 'foto finish' de la ratificación crítica. Pero puede correr todavía más y mejor, y no dejar en tan suspenso sus muchas aptitudes.


miércoles, 16 de septiembre de 2026

Mari Froes, "Esquina Do Sol"

 



Nos tenemos que remontar a 2019 para situar el inicio de la carrera musical de Mariana Froes (natural de Anápolis, en el estado interior brasileño de Goiás, donde también se ubica la capital, Brasilia), cuando irrumpió con los primeros singles digitales de rigor, a los que se han ido añadiendo otros sencillos en colaboración con artistas como Rodrigo Alarcon, Kaio Bruno, Phill Veras o Ana Muller. El punto de inflexión en su carrera fue realmente el pasado 2025, con dos canciones propagadas como la pólvora en la red como fueron "Vaitimbora" (a medias con el dúo electrónico francés Trinix) y sobre todo "Figa de Guiné", el clásico compuesto por el bossanovista Roberto Menescal y previamente popularizado a principios de los setenta por Alcione.

Tras una grabación larga en directo para la plataforma Estúdio Showlivre -es una práctica muy habitual en artistas brasileños emergentes foguearse en este tipo de formatos de streaming- llega ya por fin el debut oficial -firmado con el nombre de pila acortado-, bajo el 'djavaniano' título de "Esquina Do Sol" (con una portada que recuerda al "Seeds of Love" de Tears for Fears), con más enjundia, a la larga, de la que en una primera escucha uno pudiera presagiar.




El disco se mueve básicamente en unos parámetros de contención, cariño por el detalle y el arreglo, y por huir conscientemente de lo superfluo o gratuito. Música popular brasileña sin aditivos, pero con la riqueza armónica y la exuberancia instrumental que se le presupone a este tipo de producciones. Lo primero que destaca de Mari Froes es la profundidad vocal -no exenta de curtida dulzura- que se detecta ya desde la inaugural "Dezenove Verões", a la vez que va creciendo dicha pieza con la sabia -por sutil- adicción de instrumentaciones a medida que avanza. Aquí y allá algún efluvio nordestino -la trompeta de "Rio Lua"-, colchones electrónicos cuya discreta utilización la alinea con contemporáneas como Joyce Alane-"Mania", "Eu Vou Pro Samba, Viu?"-, robustez introspectiva -"Rua de Pedra", "Se Eu Nunca Mais Lhe Ver", "Loba Solitária"-, nocturno swing mid-tempo -"Gente Fina"- o, para rematar, una fulgurante rodaja de carnavalizante dance como es "Dona do Mar". Pisando en todo momento con sensatez y buen gusto por terrenos no por sobradamente comunes menos exigentes.


"Cansei de falar de amor e sofrer pelas catedrais,
Eu vou pro samba, viu? E eu não volto mais.

Meu bem, eu vou pro samba, procurar aonde me perder.
Não sou mais quem te ama, me curei do vício de você."


jueves, 10 de septiembre de 2026

Popa, "Nuda Proprietà"

 



A la lituana Maria Popadnicenko la conocimos a la altura de 2023 con "Bon Vivant" -aunque la canción ya estaba funcionando desde dos años atrás-, un recoleto hit que desde Vailima corrimos a incluir en nuestra compilación de 'nuevo spaghetti disco' que puede escucharse pinchando aquí, para deleite de espíritus desprejuiciados y abiertamente camp. La pieza de marras se incluyó en su debut "Arte e Finanza", bien considerado teniendo en cuenta las coordenadas por donde se mueve Popa: entre el eurodisco y el italo-pop más frívolos y desinteresados en necesitar la validación de los señoros de la crítica sesuda y especializada.

Tres años después se descuelga con "Nuda Proprietà", una continuación si cabe aún más cohesionada que "Arte e Finanza", repleta de muy apetecibles rodajas destinadas a la pista de baile o a amenizar casuales reuniones chic, entre la impostura y la ironía militante. Popadnicenko, a pesar de sus orígenes bálticos, ha ido ejerciendo progresivamente, desde hace casi dos décadas, de italiana de pura cepa, y eso inevitablemente queda reflejado no solamente a nivel musical, sino también en todos y cada uno de los guiños en las letras a la cultura mediterránea mediática de épocas pasadas, con especial relieve en la de los años setenta y ochenta.




Adscrita a esa sucesión infinita de clichés sobre la moda -es conveniente apuntar que nuestra protagonista viene de trabajar estrechamente en el estilismo de las pasarelas-, adscrita a la música o las celebrities de rancio abolengo que copan sus textos, Popa parece asumir el empeño de interpretar el papel de una nepo-baby en apariencia desclasada a la vez que obnubilada con un santoral apócrifo de material tan fastuoso como encantadoramente anacrónico. Extendiendo sus obsesiones a temas gastronómicos o incluso retro-tecnológicos. Pero no se confundan: a pesar de algunos tanteos con el italo-disco (especialmente relevante es el sampler de la "Dolce Vita" Ryan Paris en "Kalispera") lo de Popadnicenko es, digamos, menos estridente, más sosegado e incluso aún más clasicista. Con indisimuladas contorsiones hacia la disco-music de los setenta ("Signora", en la onda de I Coccordilli), el balearic más fino ("Mazo Beige", "Animalier"), el sophisti-pop ("Gomage" replica el opulento bajo de canciones de Sade como "Hang on to Your Love" o "Never as Good as the First Time"), el disco-funk ("Dove Andiamo a Bailare Questa Sera", con referencias cuché como Julio Iglesias o Cicciolina) o el tecno-pop dominguero ("Monte Carlo", como el de Luci da Labbra). 

La obra se cierra con una hermosísima y sentida versión, a palo seco (rompiendo, por tanto, la dinámica el resto de cortes), del "Tre Settimane da Raccontare" del cantautor melódico Fred Bongusto, publicada originalmente a mediados de los setenta: una evocadora exquisitez que pone el broche de oro a un disco por otro lado desenfadado y condenadamente aspiracional en sus fantasías de clase.


sábado, 5 de septiembre de 2026

The Cleaners From Venus, "Beryl & Ruff Go Shopping"

 



Mucho antes de que Nick Cave tuviera la ocurrencia de hacerse oficinista del rock'n'roll, con sus horarios estrictos y su metodología estajanovista, ya estaban auténticos operarios del pop, funcionarios de la melodía como R. Stevie Moore, Momus o Martin Newell (los dos últimos con el parche como inevitable seña de identidad) para hacer de la jornada laboral un exclusivo campo de juego creativo al que dedicarse en cuerpo y alma.

Newell, el sempiterno one man band (salvo alguna época muy concreta, sobre todo al principio de la marca The Cleaners from Venus), continúa impertérrito en su estudio casero, con sus lanzamientos autogestionarios en digital y cd-r (y antes de la globalización de internet en riguroso cassette) y ese olfato prácticamente intacto para el ensamblaje de bellas armonías con el marchamo típicamente british que nunca le abandonará, contemplando ya cerca de cinco décadas de intensa actividad musical y literaria. Cinco décadas que no han limado en absoluto sus altas capacidades, su talento para ingeniar hermosas canciones y su intuición para enamorar a una legión de seguidores incólume y que, a la chita callando, va creciendo poco a poco cada temporada (gracias a la inclusión de un "clásico" de su repertorio como "Corridor of Dreams" en una película reciente como "The Smashing Machine").




Y es que, casi a lo tonto -o, si quieren, sin aparente esfuerzo-, Martin Newell ha firmado ya un soberano hat-trick a estas alturas de la década: a "Dolly Birds & Spies" de 2020 (firmado sin el artículo del nombre del proyecto) y "Penny Novelettes" de 2021 se le añade cinco años después "Beryl & Ruff Go Shopping", algo de lo que no muchos artistas, hablando seriamente, pueden presumir -y sobre todo si hablamos de coetáneos de Martin- en estos tiempos tan de cal y tan de arena. Y todo ello desde la sincera modestia -que no elude las incisivas invectivas sociopolíticas en sus declaraciones promocionales- y el fervor artesanal desde las entrañas de una tierra post-industrial como Middlesbrough.

"Beryl" arranca con el minuet costumbrista "Scenes from Smalltown England" que entrelaza historias pequeñas de habitantes solo conocidos en un limitado radio de acción, dando paso al adusto jangle pop de "Neverland for Now", evocando la añoranza de la pre-adolescencia ("Sorrow is rust upon the soul/and leads you only to the breaker’s yard/Let’s just stay in Neverland for now") como antídoto ante cruel consciencia del paso del tiempo. En una onda similar, aunque con una tristeza más exuberante están "Spring Wings in" (entre el paisajismo y la parálisis comunicativa, con la baza ganadora del saxo en el tramo final) o la fibrosa "The Vintage Girl" -sobre los restos de las tribus urbanas del pasado-, de pulsión bucólica.




Es en las piezas más reflexivas (por calmadas) donde la agudeza compositiva de Martin Newell adquiere ese poso que solo se les presupone a los grandes, se llamen Paul McCartney, Ray Davies o Andy Partridge. Baladas como "Between 2 Floors" -sobre amores rotos-, la excepcional "The Dancers of March" -una prima lejana del "Libertango" de Piazzolla-, "Murmurations" -de otoñal patetismo, insistiendo tanto en la fugacidad del tiempo como en el agradecido recurso del saxo- o "Kate's Going Home". Sin perder de vista mid-tempos crepusculares que se entrelazan con las anteriores como "Back in Time for the Weekend" -en defensa de las austeras, y muy glam, giras  de supervivencia- o "Supermoon" (otra gran destacada: más saxo, más madera).

Afirma Martin Newell que su día a día consiste en encerrarse en casa registrando canciones tan especiales y fantásticas como estas, para parar después a comer, seguir un rato más y terminar, a modo de asueto, contrastando con los amigos en el pub más cercano sobre ningún tema en particular. Bendita rutina, Martin: que no decaiga.