lunes, 22 de abril de 2019

Pasión y Fantasmagoría: Arrebato Espectral en el Cine de los Años 40 (I)





Primera de las dos partes dedicadas a películas románticas -de una de las décadas doradas- que se mueven entre el melodrama -y, en ocasiones, la pura comedia- con componentes fantásticos -lo que los anglosajones denominan low fantasy-. Algunas son realmente importantes (¡incluye mi favorita de la historia!); todas ellas muy especiales por cabalgar entre dos territorios donde la magia -las más de las veces inaprensible- siempre flota en el ambiente.



Dulce Evocación (“Beyond Tomorrow”. A. Edward Sutherland, 1940)

"Melton, Chadwick y O'Brien, ricos pero solitarios directores de una firma de ingeniería, invitan a dos jóvenes extraños a la cena de Nochebuena. Ambos, James y Jean, se enamoran y se convierten en amigos de sus tres benefactores... hasta que los tres mueren en un accidente de aviación y vuelven a su antiguo hogar como fantasmas. ¿Podrán seguir ayudando a la joven pareja?" (FILMAFFINITY)











“Smilin' Through”. Frank Borzage, 1941

"Tiene a John como protagonista, viejo y aún triste por el recuerdo de su amada muerta hace 30 años. Un día le mandan a cuidar a una nena, Kathleen, a la que se le han muerto sus padres, sobrina de su malograda Moonyean. La historia continuará con que la niña, de más grande, se enamora del hijo de Kenneth Wayne, quien mató a Moonyean el día de bodas por una cuestión de celos, y, por lo tanto, John se opone ferreamente a ese romance." (FILMAFFINITY) 

Nota: tuvo dos versiones precedentes: una de 1922 y otra de 1932, ambas a cargo de Sidney Franklin.











Me Casé Con Una Bruja (“I Married a Witch”. René Clair, 1942)

"Siglo XVII. Cuando Jennifer, acusada de brujería, está a punto de ser quemada en la hoguera, lanza una maldición sobre su acusador: todos sus descendientes serán infelices en sus matrimonios. En 1942, Wallace Wooley, al tiempo que se presenta como candidato a gobernador, está preparando su boda con la presumida de Estelle Masterson. Un rayo golpea el árbol junto al cual fue quemada la bruja y ésta cobra vida. Desde entonces, intentará arruinar la vida de Wallace." (FILMAFFINITY)

Nota: Con no pocas similitudes, se rodó años más tarde Me enamoré de una bruja ("Bell, Book and Candle". Richard Quine, 1958) con Kim Novak y James Stewart.








La Noche Fantástica (“La Nuit Fantastique”. Marcel L'Herbier, 1942)

"Un soñador agotado por una vida de estudios universitarios y trabajos nocturnos despierta a los pies de la mujer de sus sueños, a quien persigue durante toda una noche delirante y maravillosa en la que enfrentarán a padres mafiosos, novios matones, novias celosas y amantes traicioneros, escaparán del submundo de la magia, las fiestas de alta sociedad y los hospitales psiquiátricos, y se enamorarán y no sabrán qué es sueño y qué es realidad." (FILMAFFINITY)










Dos En El Cielo (“A Guy Named Joe”. Victor Fleming, 1943)

"Segunda Guerra Mundial (1939-1945). Tras su muerte, el mayor Pete Sandidge (Tracy), piloto de un bombardero, se convierte en el ángel guardián de otro piloto, el capitán Ted Randall (Van Johnson), al que no sólo protegerá en las batallas, sino que también ayudará a resolver los problemas con su novia (Irene Dunne). Melodrama bélico de carácter propagandístico y elementos fantásticos. En 1945, fue propuesta como candidata al Óscar a la mejor historia. En 1989, Steven Spielberg hizo un remake titulado "Always" (Para siempre), ambientado en el mundo de los pilotos de aviones contra incendios." (FILMAFFINITY)











Entre Dos Mundos (“Between Two Worlds”. Edward A. Blatt, 1944)

"Los pasajeros de un crucero de lujo se dan cuenta, de repente, de que están camino del Más Allá." (FILMAFFINITY) 

Nota: Remake de "Outward Bound", dirigida por Robert Milton en 1930











Su Milagro De Amor (“The Enchanted Cottage”. John Cromwell, 1945)

"Laura es una joven que vive completamente aislada en una pequeña casa de campo. Un día, recibe la visita de un apuesto piloto y su prometida, que desean alquilar la casa para pasar la luna de miel." (FILMAFFINITY)
"(el director) aplica su profundo conocimiento del melodrama cinematográfico añadiendo a ella ese elemento de delicadeza y cercanía al fantastique que es la que finalmente otorga a la película su definitiva personalidad." (Juan Carlos Vizcaíno Martinez, del blog CINEMA DE PERRA GORDA)

Nota: Remake de la película homónima dirigida por John S. Robertson en 1924.










La Bella y La Bestia (“La Belle et la Bête”. Jean Cocteau, 1946)

"Érase una vez un mercader arruinado que vivía con su hijo Ludovic y sus tres hijas. Dos de ellas, Felicie y Adelaide, son seres egoístas que explotan a su hermana pequeña Bella. Un día, el padre se pierde en el bosque y llega hasta un castillo. Allí encuentra una preciosa rosa y decide cogerla para Bella, entonces aparece el señor del castillo que le impondrá un duro castigo por su osadía."(FILMAFFINITY).

Nota: Luego vinieron muchas más adaptaciones: ninguna siquiera lejanamente comparable a esta primera.







viernes, 19 de abril de 2019

Marta y el secreto del pabellón, de Julie Campbell





A principios-mediados de los años ochenta, un poco antes de empezar a darle a Poe, Kafka o Stendhal, uno –como cualquier otro/a chico/chica de una edad similar- andaba enfrascado en las recurrentes peripecias de Los Cinco de Enid Blyton, de Guillermo El Travieso de Richmal Crompton o, sobre todo, de Los Tres Investigadores de Robert Arthur. En ese sentido, 1985, que fue un año crucial en algún que otro aspecto, significó el año de transición entre la literatura juvenil y los primeros escarceos con otra más adulta y complejizada. En las vacaciones de ese año, en Portugal y a través de una amiga de aquel país, descubrí otra saga orientada supuestamente más bien al publico pre-adolescente femenino –un poco en la onda de la Puck de Knud Meister y Carlo Andersen- llamada Patricia. Por uno de esos impulsos casi inconscientes, y a través casi de un finísimo hilo mnemotécnico, decidí hace un tiempo recabar más información sobre aquella colección, que en mi frágil recuerdo desconocía si se trataba de una serie de origen portugués o, como en el caso de las citadas más arriba, de traducciones de origen anglosajón o escandinavo.

Casi ya decidido a adquirir algún ejemplar de aquella época en el idioma del país vecino con la excusa de practicar la lectura en dicha lengua, descubrí que aquella Patricia, creación de la estadounidense Julie Campbell, cuyo personaje originalmente correspondía a Trixie Belden… tuvo su correspondiente traslación a la lengua de Cervantes con el nombre de Marta (Belden).





Acabé finalmente haciéndome con un número en castellano -1º edición- de julio de 1970 –la primera impresión en inglés fue en 1951-, el que hoy protagoniza la actualización correspondiente del blog. Una excusa como otra cualquiera para recuperar el aroma de las aventuras de otro grupo de pubescentes típicamente americanos de clase media que, en medio de un ambiente ordinario, coquetean con el misterio blanco desentrañando los pequeños devaneos de una incipiente delincuencia urbana, que se desvía a las zonas de las afueras para esconderse de sus fechorías. En una de estas, una pareja de amigas –Marta y Honey- descubre un diamante de considerable valor en una de las cabañas –el pabellón del título que nos ocupa- próximas a sus respectivas casas, joya que intentará ser rescatada por enigmáticos personajes que acechan en todo momento y que, lógicamente, nuestras protagonistas tratarán de desenmascarar para entregárselos al cuerpo de policía. Para echarles un cable en la resolución del secreto andan a su lado los respectivos hermanos de cada una de ellas. Campbell aprovecha para desarrollar en paralelo un fresco sobre los arquetípicas relaciones no solamente entre todos ellos –con los previsibles sesgos sexistas que la autora, como otros dedicados a la producción de este tipo de productos, no consigue extirpar- sino también en cuestiones de clase –Honey, por ejemplo, representa a un miembro de cierta clase media-alta, mientras que Marta procede más bien de otra más abnegada de media-baja-, cuestiones que no terminan de reprobarse o disputarse, haciendo Campbell por otro lado una 'minimización buenista' de las fronteras entre ambas. Consideraciones todas ellas, huelga decir, de importante calado sabiendo que son modelo de publicaciones dirigidas a un público carente aún de un criterio cognitivo pleno que siempre puede influir, para mal, en individuos que más tarde interioricen y normalicen situaciones de discriminación en cuestiones de género o clase social. Aparte de esto último, un enternecedor viaje al pasado y a la imaginación por la deducción. Habrá que volver a acercarse a ello otro día en su lengua primordial. O incluso en portugués, como era la intención inicial.




domingo, 17 de marzo de 2019

They Made Me a Fugitive (Alberto Cavalcanti, 1947)





El carioca Alberto Cavalcanti no solamente ha pasado a la historia como el responsable del episodio más memorable de la mítica película grupal de terror soft “Dead of Night” (1945) -aquel titulado "The Ventriloquist's Dummy" que de alguna manera venía a sintetizar y llevar al extremo precedentes cinematográficos con muñecos inquietantes como “The Great Gabbo” (James Cruze, 1929)-, sino como el encargado único de llevar a muy buen puerto uno de los títulos gansteriles británicos por antonomasia: “They Made Me a Fugitive”.

Con un guión basado en la novela “A Convict Has Escaped” del ignorado escritor británico de novela policiaca Jackson Budd, cuenta la historia de un ex-piloto de la RAF de nombre Clem Morgan –el actor Trevor Howard, poco después de saltar a la fama con la sobrevaloradísima y flácida “Brief Encounter” de David Lean en 1945-, que tras huir de las garras del nazismo –la acción se sitúa en algún punto de la 2ª Guerra Mundial- y apartado del ejército británico, recala en Londres en busca de una nueva ocupación. El destino le hará aterrizar en una organización clandestina que, bajo la apariencia formal de una funeraria –varias décadas antes de “Six Feet Under”- se dedica realmente al estraperlo de tabaco, alcohol o drogas. La capital inglesa –que, convenientemente, surge en los planos nocturnos iluminada con dificultad- está sumida en la contienda –o sufriendo las consecuencias de esta- con los trapicheos de todo tipo a la orden del día salpicando a todo bicho viviente, incluida a la policía. En dicha funeraria conviven todo tipo de maleantes a los que Cavalcanti dotará de un ufano humor negro repleto de frases lapidarias –nunca mejor dicho-, dobles sentidos y mucha retranca, incluyendo chanzas sobre el entonces más que maltrecho patriotismo o la libre empresa.






El jefe de la banda es Narcy –diminutivo de Narcissus: un guiño al egocentrismo del personaje-, un tipo despiadado, carente de la más mínima empatía, maltratador –ejemplar la secuencia del espejo deformante cuando se dispone a hacer una de sus tropelías-, necio, machista… que dirige con mano de hierro a la cuadrilla de delincuentes que esconden sus botines en los correspondientes ataúdes. No tardará en enfrentarse a Morgan, el cual se arrepiente de su implicación en la compañía, tratando de hacer un último trabajo antes desvincularse de la misma. Pero Narcy le tiene preparada una trampa, y en el último robo de mercancía ilegal se las apaña para hacer parecer a Morgan como el culpable único del delito, con atropello de un agente de la ley incluido. A partir de ese momento Morgan, que será detenido y enviado a la cárcel, iniciará un minucioso ajuste de cuentas con Narcy previa huida de prisión, volviendo a mezclarse en asesinatos que él no ha cometido y en todo tipo de pequeñas faltas hasta lograr regresar a Londres y consumar su venganza: los mitos del falso culpable y del pobre diablo al que la fatalidad no para acompañarle, siempre en un trasfondo sórdido y mafioso. O dicho de otra manera: entre el “Detour” de Edgar G. Ulmer y las producciones del género de gangsters de los años 30 protagonizadas por insignes como Edgar G. Robinson.

Revoloteando sobre un guión sin apenas fisuras, perfectamente hilado en todo su metraje y con convincente crudeza –en este último aspecto Alliance ofrecía a Cavalcanti más exaltación que los Ealing Studios, de donde venía-, en “They Made Me a Fugitive” no faltarán la correspondiente ‘femme fatale’ –la ex-pareja de Morgan-, la ex-novia del capo -también en plena fase de redención- y la pareja formada por el verdadero autor del atropello del guardia y su aterrada compañera.






Hábil empleo de la elipsis –cuando Morgan huye de la cárcel o cuando este mismo se deshace de un camionero que le recoge cuando hace autostop-, de la música incidental –en un momento dado al compás de un reloj cuando está a punto de explotar el clímax final-, de los giros argumentales –el rocambolesco episodio de la esposa alucinada que quiere deshacerse de su alcohólico marido y ve en Morgan su coartada perfecta- o de la metáfora –cuando Sally Gray (“Obssesion”), antigua amante de Narcy, le extrae las balas de la espalda a Morgan-. Por no hablar de la pasmosa versatilidad de Cavalcanti para triunfar en la cámara con todo tipo de ángulos –en especial los encuadres cenitales- y de la virtuosa utilización de los primeros planos faciales, como ya había demostrado en la citada “The Ventriloquist's Dummy" –por cierto, otra vez de plena actualidad esta última por la reciente portada a modo de homenaje en el último disco de The Good, The Bad & The Queen-.
Mención especial para el apartado de la cartelería: desde el propio nombre de la empresa funeraria –RIP-, que se asienta en el tejado del edificio en letras grandes, hasta letreros interiores con textos como “Es más tarde de lo que crees” o “La muerte siempre está a la vuelta. Seguro de accidentes”.


Inolvidable trasiego de amenazas, rencores, sarcasmos y vendettas.



lunes, 21 de enero de 2019

Libertad individual y otros escritos, de Benjamin R. Tucker





Benjamin R. Tucker (1854 - 1939) fue, ante todo, un apasionado de las ideas anarcoindividualistas, en consonancia con muchas de las de Max Stirner o Josiah Warren (erigiéndose a su vez avanzadilla de las de Émile Armand) pero también con el modelo clásico de Pierre-Joseph Proudhon. La labor periodística de Tucker al frente del diario-panfleto norteamericano Liberty a través de la cual pudo exponer todas sus opiniones nos habla de un pensador valiente y lo más riguroso posible con el desmontaje del capitalismo y del comunismo estatalista, así como defensor a ultranza la libertad de expresión y férreo enemigo de la homofobia. Su encomiable labor periodística, por la que se filtraban todas sus teorías y los correspondientes desarrollos, nos hace añorar implicaciones profesionales de semejante enjundia, coronadas por una innegable elocuencia.




Partiendo de Adam Smith, que se quedó a medias en su diagnóstico y recetario, Tucker nos recuerda que el socialismo “extiende sus funciones a la descripción de la sociedad tal y como debe ser –más allá de particularidades meramente industriales y comerciales desde el punto de vista económico- y al descubrimiento de los medios necesarios para lograr ese objetivo”. Apasionado del libre mercado, se sigue distinguiendo radicalmente de liberales de palo y demás contumaces demagogos economicistas en la erradicación de lo que él llamaba “la trinidad de la usura: interés, renta y lucro” , defendiendo la libre circulación sin semejantes alforjas. Abogó por la propiedad colectiva –nunca estatal- de los medios de producción: “el individuo solo debe poseer los productos para ser consumidos, pero no los medios para producir esos productos”, abogando por la extirpación absoluta del monopolio –incluido el de clase- que tanto seduce a centralistas de todo pelaje. También por la erradicación de “el privilegio dado por el gobierno a ciertos individuos, o a quienes detentan ciertos tipos de propiedad, a poner en distribución los medios de cambio” que supone una ventaja inadmisible que luego estos aplican a intereses y precios. En definitiva, la máxima por antonomasia del anarquismo: ausencia de dominio, que no necesariamente de orden.





Dibujó de manera implacable la función del Estado (“causa eficiente de tiranía”) como usurpador e invasor de voluntades pacíficas –en mayor o menor grado por procedimientos violentos coercitivos como es “regular los hábitos personales”- desacreditando a Rosseau y, por extensión a otros teóricos libertarios en la obligatoriedad moral como motor de actuación y sí en cambio en la social, cuyo contrato no es el origen sino “el resultado de una larga experiencia, el fruto de sus tonterías y desastres”.

“La relocalización que se necesita no es la de las personas en el espacio, sino la del poder en las personas”


Esta recopilación de artículos y textos para conferencias publicadas por la editorial Stirner se complementa, entre otras, con interesantísimas reflexiones acerca de la propiedad intelectual –que jamás debe ser a perpetuidad, pues desemboca así misma en monopolio y tiranía- y con defensas en tiempo real de autores como Oscar Wilde -y su impresentable juicio por obscenidad y por participar en relaciones no coaccionadas- desde un punto de vista que a día de hoy hasta nos parece todavía descorazonadoramente avanzado, desde una posición lejos de estar plenamente normalizada.