sábado, 6 de abril de 2013

Fay Lovsky





Quizá se trate de la última leyenda élfica. Por lo menos allá en el país de los tulipanes. Alguien que parece haberse tomado esto de las canciones como una constante travesura, dulce y hermosa. A través de su dúctil voz, ha sabido conformar una de las más sólidas, sorprendentes y sensatas discografías del continente europeo en ya más de treinta años de trayectoria.


De extracción liberal y post-hippy, Fay Lovsky (1955) se bregó desde muy pronto en los cafés de su Leiden natal armada apenas con guitarra y voz. Adscrita desde los últimos setenta a la escuela de arte de Rietveld, en Amsterdam, debuta en 1980 con “Sound on Sound”, una breve pero jugosa introducción donde caben Devo, el pop naif, The Residents, el folk alucinado, The Carpenters, los instrumentos de juguete, el doo-wop blanco o incluso el punk acústico. ¿Sally Oldfield vs. Young Marble Giants?. Sea como sea, una paleta lo suficientemente amplia (y convincente) para ir desarrollando después una carrera ajena a imposiciones ejecutivas, modas cegadoras o requiebros impostados. 




“Confetti”, publicado un año después, mezclaba baladas al piano con funky juguetón (un adjetivo que le irá prendido de por vida) y, de paso, sumaba (algo de) instrumentación y sofisticación. Contenía su primer intento de hit: “Maggie”, una canción con mucho de grupos ‘spectorianos’. En “Rude and the Gang” se volvía foguear con el punk y en “The Weather” lanzaba un guiño al revival ska del momento. “All the same” tiraba de teclados à la Steely Dan, “Stay Away” de pop pimpante y “Esprit de L’escalier” de cabaret y melodía lluviosa. La cuota “exótica” estaba representada en “Honk-Kong Nights”.

Después de colaboraciones puntuales con algún miembro de Gruppo Sportivo (definitivamente: Dios los cría…) “Origami”, su siguiente disco, se beneficia de una producción de los ochenta para facturar pop tropical –“Ramón”-, instrumentales orientalistas, primeros escarceos directos al corazón de los más pequeños –“Disney dust”-, algo de r&b blanco, más caricias acústicas de marching band –“Sugar me Sam”-, canción de cuna, más hits –“Don´t feed the animals”-, una canción que adelanta a Anna Domino –“Never (seem able to say goodbye)”-, una de country-pop –“One more time” o la repesca de la sesentera “Christmas was a friend of mine”, su éxito del 82, lanzado en principio en formato single, y que se convertirá con el tiempo en, quizá, su canción más recordada. En palabras de la propia Fay, su disco más ambicioso. ¿En estado de gracia?. En efecto.




“Cinema” es, digamos, el último disco de su primera época. Publicado en 1985, se inicia con “The islands”, otro corte cercano al trópico muy en la línea transversal de las producciones sello ZE. El resto -“Rainy day men”, “Sway with me” o “Goodnight Galileo- la acercan (de nuevo) sobremanera a Anna Domino y, en menor medida, a Isabelle Antena. Otras, como “Underwater” a Laurie Anderson. Eso sí, en ningún caso intentando imitar ni por asomo a ninguna de las citadas. Canciones excepcionales como “Humble pie”, ensoñadoras como “Peppermint kisses”, nuevaoleras (con orquesta) como “Automatic people” o modestos (y entrañables) experimentos electro-ska como “Robot” vuelven a maravillar por su ubicuidad y flexibilidad, nunca forzadas. Otro acierto.

A partir de “Cinema” se toma un respiro en su carrera en solitario para volcarse en la composición para spots de televisión, jingles o espectáculos teatrales. Además, formará parte de The Magnificient Seven, dedicado a versiones de piezas cinematográficas en clave de jazz. A partir de este momento su (bendita) dispersión se hará un hecho definitivamente, alternando discos con su nombre con otros en colaboración.


Para su retorno se hace acompañar del dibujante de cómic Joost Swarte con el disco “Jopo in Mono” (sobre uno de los personajes bandera de Swarte), de 1992. Más doo-wop -“I Never You Mind the Neighbours”-, blues -“Yawn Blues”-, un mejunje entre el shibuya y They Might Be Giants -“Passi Messa”-, ye-yé -“Apellation Controlle”-, They Might Be Giants a secas –“Oh Beebie”-, rock’n’roll acústico –“Jopo’s Bicycle”- o country-pop –“Georgie is my Hose”- en un disco divertidísimo y muy bien llevado en todo momento, que tendrá su continuación en las dos referencias (también con portada de Swarte) en las que la Lovsky se hace acompañar de La Bande Desineé.  

Con ecos de Randy Newman –“Unfinished Business” y swing de alto standing –“Bad Continuity”-, se inicia el primero de ellos, de título homónimo respecto al proyecto. Hay pop-rock adulto –“Security Pass”-, clásicos para niños –“Mr. Clean”, “In the Middle in the Middle” (también realizada por TMBG años despuéss), inmersiones americanas, ensoñaciones revisitadas –“Underwater”, “Rainy Day Men”, “Passing Cloud”-, bandas sonoras -“Danger city”-, y hermosuras sin más –“Papa’s Things”-. De todo, vaya.




En una línea similar y definitivamente más adulto, el segundo con La Bande Denineé, titulado “Numbers” tiene entre sus grandes momentos “Morpheus”, una admirable variación del “Morpheu´s Arms” de su disco de 1980, la crepuscular “Food is the Enemy” o las deliciosas “Empy Home” y “Angels Are Among Us”, que cierran un pequeño círculo más irregular de lo esperado.

“Kleine Sophie en Lange Wapper”, basado en el libro para niños homónimo –con “Een Satijnen Voile” a la cabeza-, y “Hondle” (con el dramaturgo Jules Noyons) para la función teatral correspondiente –nos decantamos por el segundo-, ahondan en su faceta más desinteresada y lúdica.




“Eigen Weg” (en alemán) y “Maze of Mirrors” (2002) son, hasta la fecha, sus últimos álbumes oficiales a su cargo y abogan por una línea más estandarizada a todos los niveles, pero casi siempre con buen criterio –muy en la línea de los últimos The Beautiful South-, especialmente en el segundo de los discos, devenido en una suerte de pop easy-listening de qualité –Swing Out Sister, The Aluminum Group- en su parte final. Empieza a utilizar de manera más habitual su instrumento favorito, el theremin.

También forma parte de Les Primitifs du Futur (proyecto de jazz y Chanson con portadas de Crumb) y lanzó otro disco conjunto –delicado y calmo, orientado en principio a los más pequeños- con el cantante de cabaret Harrie Jekkers. No para de tocar y de involucrarse en incontables proyectos. Es una mina, y por eso la queremos.





Origami: http://www.4shared.com/zip/AnKquyKq/Origami__1983_.html

domingo, 24 de febrero de 2013

Poesía completa, de Maurice Maeterlinck




Ya que nuestro hombre es proclamado “el rey del Simbolismo”, conviene recordar en qué consiste este recurso que es mucho más que una corriente artística en una época determinada. Si bien fue a finales del XIX y principios del XX cuando alcanzó su máximo apogeo y se trabajó más a destajo en el concepto, es una disciplina que anega épocas, estilos y modas.

“El autor recurre al hermetismo semántico como medio de expresión del símbolo. No puede haber símbolo sin pluralidad de sentidos. El oscurecimiento del significado favorece la cooperación del lector, que se encuentra confrontado a una sucesión de imágenes disparatadas cuyos vacíos deberá completar con sus propias representaciones”.


Es decir, que cada cual aporte su propia interpretación como una forma de participación más activa de lo que, en apariencia, implica el aturdimiento o la mera expectación y digestión del texto.



Maeterlinck, en los “Invernaderos cálidos” -su primer libro de poemas-, apuesta por un previsible hermetismo atmosférico a juego con un minimalismo temático como representación de un modelo puramente empírico. Arquetipos simbolistas como el azul, el cisne, el claro de luna o el hastío –que explotaron con semejante vehemencia contemporáneos como Rubén Darío o alumnas aventajadas del belga como Alfonsina Storni- se convierten en constante, en eje central.

Pero quizá lo que más llama la atención de este libro –el mejor de los dos únicos que publicó en verso- son sus “oraciones”, donde la hondura se hace más palpable y expiación más concreta y dócil. Se genera un llamamiento más urgente, reiterando piedad por diferentes estados (ausencia, desgracia o rencor) las veces que sean necesarias.



En la segunda “Oración” comienza: “Mi alma teme como una mujer”, y uno no puede dejar de pensar que, quizá conscientemente, Maeterlinck pretendía rebatir al Rimbaud de “Sensación”, que apostillaba “feliz como una mujer”. Mientras el francés hacía un ejercicio de desinhibición, llevado en volandas por la promesa de un horizonte inabarcable, el belga vengaba aquel requiebro desde un escenario más opresivo, como queriendo acentuar las fronteras de esos forjados paraísos de miniatura, fronteras que inexorablemente él reconstruye íntimamente a través de sus versos. Insistirá en ello en la siguiente plegaría: “Ábreme, Señor, tu camino. Ilumina mi alma cansada, pues la tristeza de mi alegría parece la hierba sobre el hielo”.

De sus “Quince canciones” nos quedamos con la última, donde depura al máximo la épica expuesta en las catorce anteriores, para sentenciar con un fino rayo de consuelo:

“No hay pecado que viva
cuando el amor ha hablado,
no hay alma que muera
cuando el amor ha llorado”

Maeterlinck, conciso escultor de lo emotivo.

viernes, 8 de febrero de 2013

Dreams that money can buy (Hans Richter, 1947)




"Todo el mundo sueña. Todo el mundo viaja. A veces por países donde una extraña BELLEZA, SABIDURIA, AVENTURA, AMOR le espera. Esta es una historia de sueños mezclados con realidad."

Los primeros planos funden la perplejidad de un Josef K con la ligereza de los hermanos Marx (la parte contratante). El protagonista, un poeta víctima -perdonen la redundancia- de una ridícula burocracia que maneja su porvenir más inmediato como si de una partida de poker se tratase, consigue a duras penas la licencia de un alquiler que no sabe cómo pagará. Un paria cuya voz interior le sacude del ensimismamiento para sentenciar: "Hoy en día no se llora. Hoy en día vives o mueres". Terriblemente actual, ¿verdad?. Y va a hacer las dos cosas: descubre que es un vidente (y "el ojo es una cámara", en referencia al perro andaluz de Buñuel). Se encuentra entonces en condiciones de inaugurar un nuevo empleo: detective de sueños. Puede construirlos a medida, desentrañar otros. Monta su propio consultorio.

Es un largometraje experimental (qué anacrónico suena) pero contenido, con más vocación de lo previsto por la inteligibilidad, del prolífico artista alemán, realizado en su huída a los Estados Unidos y perpetrado junto con otros vándalos de la imagen, el verbo y el pensamiento. Carne de filmoteca, a ser posible en épocas intempestivas e imprevistas.



Desire (colaborador Max Ernst)
La voz en off es omnisciente para el poeta y aparece y desaparece para resto de personajes (como al comienzo de este poema donde aparece un trasunto de Drácula con la presencia de la Muerte detrás y sugerentes escenas goyescas). “¿Qué es el amor sino el más íntimo principio de la naturaleza en acción?”. Referencias “mallarmeianas” (“un golpe de dados jamás abolirá el azar”)

The girl with the prefabricated heart (colaborador Fernan Léger)
Repleto de humor ágil, este segundo sueño (que llega a entremezclarse con el primero, como pasará en posteriores capítulos) se inicia casi como una comedia de situación muy moderna, donde el cambio de cliente genera las suficientes interpretaciones por parte de todos los personajes involucrados y lo condensa, además, sin mediar palabra. Una neurótica organizacional pone en jaque a nuestro héroe visionario para, a continuación, mostrar su fantasía de mujer con expectativas sumamente convencionales, en varias de las secuencias más recordadas: la creación del maniquí femenino y la aparición del masculino colmando sus deseos. Un estático musical para, no obstante, “un corazón irrompible, a prueba de amor”.



Ruth, roses and revolvers (colaborador Man Ray)
La mujer del primer paciente, que sorprendía a su marido con la protagonista en una situación ambigua, es la protagonista del tercero. Habla del fulgor pasado de una mujer madura y de dónde quedó el entusiasmo inicial y adolescente.
Se proyecta una película sorprendente: el publico de la sala imita todos y cada uno de los gestos del único protagonista. ¿Una crítica a la alienación del ser humano o autoparodia que se sirve del espectador, tentado por los gestos inconsistentes de la vanguardia? Aparece una foto del propio Man Ray, quizá para reforzar la chanza autorreferencial.

Discs (colaborador Marcel Duchamp)
Tiene un aroma de film noir. Hay humo, una pistola, un flequillo airado y un agente del orden. Parece que va a ser la confesión de un condenado con un pasado posiblemente ‘gansteril’ o un criminal común, pero no precisamente melodramático. Se insertan las famosas espirales de cartón que quieren dar una impresión tridimensional y que acaban pareciendo ojos escrutadores.




Ballet (colaborador Alexander Calder)
Se arma de máscaras, enigmas y sombras chinescas. Sincretismo tribal sobre un fondo que anticipa a Martin Denny. Es el más difícil todavía: comerciar con los impenetrables sueños de un ciego y su nieta pequeña.

Circus (colaborador Alexander Calder)
Formado sólo por marionetas de alambre (maestros de ceremonia, acróbatas, domadores, leones, forzudos, bailarinas), la representación abstracta y maquinal deja paso al sueño particular del detective, que simbólicamente aparece en su propia sala de espera. Pasa a ser un jugador de cartas que cambia de color y que va perdiendo contrincantes mientras los objetos le cierran el camino (“era como nieve cayendo en mis manos y en mi corazón”). Acaba escapando a través de una escalera que funciona como una metáfora del estrés acumulado y la sensación de libertad añorada. Alcanza a la mujer amada, tentadora, a la que asesina off the record.

Ay, el sueño. Ese “montón de antigua noche”, que decía Mallarmé.

miércoles, 30 de enero de 2013

The Chrysanthemums



¿Podemos tomarnos en serio a un grupo que, de cinco discos, uno es un sarcástico homenaje a las sesiones de John Peel (“The XXXX Sessions”), otro es un innecesario “cover album” dedicado por completo al más que cursi “Odessey and Oracle” de The Zombies (eso sí, fueron pioneros a la hora de embarcarse en proyectos así; estamos hablando de 1990) y otro un insoportable directo -“Insekt Insekt”- pasado de rosca? Visto así, todo pareciera indicar que nos encontramos ante una pandilla de insensatos graciosetes con mucho tiempo libre y muchas más ganas todavía de hacérnoslo perder a los que andamos justos de magma de Crono. Sin embargo, y aun aceptando como aceptamos su inherente chifladura, la respuesta a nuestra eterna pregunta tiene una firme aseveración: los discos restantes, con material original, derroche de energía e inspiración a raudales conforman uno de los dípticos indispensables de pop psicodélico (o no) de finales de los ochenta. Un respeto por lo tanto.


Is That a Fish on Your Shoulder or Are You Just Pleased to See Me? (1987)

Formados un año antes de la publicación de este debut por Terry Burrows (aka Yukio Yung), extravagante geométra de la electrónica cuántica y el pop ancestral, y Alan Jenkins, pequeña leyenda desde finales de los setenta de la minúscula escena de Leicester al frente de los recomendables The Creams y los inquietantes (por decir algo) The Deep Freeze Mice -grupo este último que mezclaba con exasperante militancia psicodelia de la dura (progresivo), pop y bromas varias en una indigesta colección de álbumes a los que sólo se pueden acercar amantes de las emociones aberrantes y el oído dislocado-, a los que se uniría rápidamente otro preboste de la más rabiosa independencia y de quien ya dimos cuenta aquí, el simpar Jonathan Lemon.


La combinación de los dos primeros, que poseen personalidades hasta cierto punto antagónicas en la práctica, quizá sea la clave -aunque sólo fuese durante dos discos- por la que acabó forjándose un capital preciado y –quizá a pesar de sus protagonistas- exacto. Así, al atractivo vocal de Burrows, basado en la concreción y el lirismo melódico, se confrontaba la intensidad y la desbocada intuición sonora de un Jenkins afortunadamente domesticado para la ocasión. Ya desde la inaugural “Gloucestershire is just an illusion”, que mezcla proporcionadamente a Shadows con pop tecnicolor, asistimos a la palpable demostración de nuestro planteamiento. “Bullshit”, con su lejano aroma de jazz-pop latino –como “Logical fish”- e impregnado de new wave es la canción más directa y celebrativa de este primer lote. Otras como “Geraldine” o la espectral “You are a serbian (and i like you)” los sitúan como más que dignos continuadores de ese pop psicodélico con maneras de songwriter expansivo, como el que practican desde tiempo inmemorial Robyn Hitchcock o el Martin Newell de sus muy recomendables Cleaners From Venus; así que consecuentemente no es difícil detectar el espíritu y las telarañas de Paul Roland en momentos como “Another sacred day”. El pop sesentas de juguete, con su punto oblicuo y escurridizo está representado en “The unprouncable Finn”, mientras el turgente pop barroco de “I wish Marvin Gaye's father had shot me instead” sirve como exorcismo particular hacia uno de los capítulos más desafortunados de la historia del pop.


Mención especial para la participación estelar del abuelo del lo-fi, el genial R. Stevie Moore –dios los cría…- que cede la deliciosa y obnubilada “The holocaust parade” para que él y The Chrysanthemums se luzcan como una especie de They Might Be Giants con un poco de ácido en las copas, y “Buzzing unobtrusively”, que por susurros y calidez no sería descabellado poder ubicarla justo al lado del primer repertorio de Prefab Sprout.
En resumen, un disco fantástico -el título lo soñó Burrows durante la grabación- que, no obstante, sirve casi como mera toma de contacto cara al portentoso despliegue que vendría después.


Little Flecks of Foam Around Barking (1989)

Los crisantemos tiran la casa por la ventana y entregan uno de esos escasos discos dobles donde, inesperadamente, nada sobra y nada falta. 27 perlas juguetonas, enciclopédicas y pedagógicas con minutajes felizmente ajustados. Sólo hay que prestar atención a “God and the Dave Clark five”, en homenaje a los competidores de Beatles, donde se encapsula en cinco minutos la transición de la rebelión ye-yé a la psicodelia más absorta, pasando por el power pop menos rancio y terminando en humorada marca de la casa. Todo ello compulsado en unos de los despliegues más imaginativos que se recuerdan con las seis cuerdas.




En “Cream string” vuelven a asomar TMBG y en “The Overseer of the indigo farm” se atreven a compaginar retazos reggae con el más puro beat. Se intuye folk-pop en la brevísima "The hygrometer song" y la caligrafía de la 'british invasion' se da cita con el pop pastoral en "And your dog can sing". En "Raymond Chandler" asistimos a otra poliédrica muestra de navegación sin capitán, un rompecabezas sonoro -Brian Wilson en la cama con Syd Barrett, Ray Davies y el sombrerero loco- donde, milagrosamente y pese a los saltos constantes de temperatura, ritmo y tonalidad, podemos seguir el argumento y -me chivan- internarnos sin problemas en la mente de un esquizofrénico. ¿Se puede hacer sophisti-pop de bajo presupuesto, pasar a continuación al Canterbury sound y terminar macerando new wave?. Eso es "Irreversible syntax errors" y mucho me temo que The Chrysanthemums son prácticamente los únicos en el planeta que han podido dar con una respuesta afirmativa al respecto.




"Double o gauge dogs" vuelve al reggae nuevaolero -saludos a los primeros The Hopeful Chinamen de Clive Pig- y el pop se nutre a la manera de Doug Goodwin en "He´s had his bears", mientras Howard Devoto asoma de la madriguera cuando llega "The last great dogfight". "Love is for the astronauts", "Climb aboard the groove tractor" o "Er" son joyas de pop reconstituyente y no dan cuenta del posible acabado: ya deberían intuir a estas alturas que nuestros chicos se van por las ramas y ahí se quedan autoinmolándose con gusto. Lo llevan en el adn. La lírica y tragicómica "The fading memory of Mr. Rose" (con efluvios flamencoides de por medio) nos allana el camino hacia una recta final de infarto. "Josephine and Tchaikovsky" es una valiente sinfonía de punk melódico, arrebatador y apasionado lejanamente mod con más de tres partes, algo habitual en ellos y muy difícil de encontrar en cualquier otro combo al uso. Cierra la nana venenosa "The handkerchief man's last bonfire" y la sensación final nunca es la misma cada vez que uno ha escuchado entero este disco. Un viaje alucinógeno en toda regla. Siempre imprevisible.

sábado, 26 de enero de 2013

Ubú en bicicleta, de Alfred Jarry



¿Entretenimiento para burgueses proscritos?, ¿broma inocua y antirracionalista para las grandes ocasiones?, ¿cohorte de bufones pseudo-masones en busca de un nuevo tradicionalismo? A trece años de la ’desocultación’ del Colegio de Patafísica y ciento cuarenta del nacimiento de su más que involuntario fundador sigue habiendo motivos para la empatía, y en las páginas de este librito compilatorio tenemos algunas pruebas de tan entusiasta aseveración.




Extrapolando su personaje estrella a otros momentos tan tronchantes o más, nos encontraremos, por ejemplo, dos artículos que vertebran la concepción álter humana aplicada a las ¿dos? ruedas. El “Ciclo-guía Miran Ilustrada” y “Adelfismo y Nostalgia” son las verdaderas piedras filosofales de lo que Jarry entendía por ciclismo: mecánica física y mental imperturbable y cínica, alejada por completo de cualquier acceso de propensión sentimental y adalides ambos del movimiento perpetuo. A éstos hay que añadir “La marcha”, donde uno puede percibir la velocidad con el mismo acceso de virulencia conceptual.

El chiste que subyace de la columna “Los peatones temerarios” se explica desde el mismo título con una voluntad enfática similar a los textos anteriores: la educación vial implica el mismo compromiso por parte de la gente de a pie que el que tienen vehículos más o menos motorizados. Sin embargo, la realidad aún asusta a día de hoy por su constante incumplimiento. Y así nos va.





Cuando uno se acerca a “El Supermacho”, la novela de Jarry donde combina el erotismo de Apollinaire con la especulación tecnológica de un Villiers de L'Isle-Adam o un H.G. Wells, jamás podrá olvidar “La carrera de las diez mil millas”, su capítulo más antológico y disfrutable: una batalla despiadada entre un tren y varios ciclistas que, dopados o no, muertos o no, fantasmas o no, parecen competir desde una máquina que se nos asemeja más a una piragua o a aquel barco de las gestas y opiniones del Doctor Faustroll que a cualquier otra cosa. Creo que la expresión “tour de force” para describir semejante epopeya le va como un guante.






Para un amante del vértigo como Jarry, tampoco podría faltar un homenaje en “Looping the loop” a los velódromos de formas imposibles y justamente circenses, y si tenemos que apostar por otro momento cumbre (nunca mejor dicho) de esta antología, ahí tenemos ni más ni menos que a Cristo en “La Pasión considerada como una carrera de montaña”, un sketch con muchos de los protagonistas bíblicos haciendo de “bidoneros”, periodistas, espectadores o espontáneos en una mítica contrarreloj con un podio final a su vez más que emblemático. Siempre al encuentro de la excepción, como ustedes positivamente saben.

lunes, 5 de noviembre de 2012

Oblique Strategies



Tercera edición

Don't be frightened of cliches



Cartas anteriores:

2011
Segunda edición:
91. Repetition is a form of change

2010
Primera edición:
70. Reverse

2009
Cuarta edición:
40. Go outside. Shut the door.

2008
Tercera edición:
8. Ask your body

2007
Segunda edición:
114. What mistakes did you make last time?

2006
Primera edición:
46. Make a sudden, destructive unpredictable action; incorporate.

miércoles, 29 de agosto de 2012

La nave de Satán (Harry Lachman, 1935)



A pesar de las inevitables referencias a Alighieri y su instructor Virgilio, no hay que esperar de este “Dante's Inferno” un intento de adaptación más o menos libre o un acercamiento algo respetuoso del poema florentino: si acaso una muy tamizada traslación de algunos de sus grandes temas desde un punto de vista mucho más prosaico y urgente. Por el contrario, los círculos ahí descritos son básicamente una excusa cualquiera para montar una particular barraca de feria en la Norteamérica contemporánea, para deleitarse con sus decorados, sus vestuarios (muy en la onda del “Madame Satán” demilleano, con la que comparte un parecido sentido de la tragedia) y sus instructivas representaciones, y contar una historia sobre la meteórica ascensión, bajada a los avernos y posterior redención de un Spencer Tracy pícaro y encarado, dispuesto a echarse el mundo a las espaldas. Ya saben, la eterna historia del país de las mil y una oportunidades. La suya tendrá razón de ser al trasplantar a su circunstancial cicerone, Pop (osea, Henry B. Walthall poco antes de finiquitar una carrera intachable como el científico loco y entrañable de los “Muñecos infernales” de Browning) en un negocio que exige más espectáculo (“vengan y prepárense para el futuro” es el eslogan que certifica la vorágine en la que ya desde ese momento se veían mezclados los states) y menos retórica farragosa.




Una película sencilla, a ratos definitivamente moralizante, pero con un ritmo endiablado (Rita Cansino mediante) gracias a las gratificantes y afinadas elipsis que pueblan su módica duración. Con frases-gancho (“No trabajéis para vuestro dinero, que el dinero trabaje para vosotros” o “el infierno tiene demasiado éxito”) que simbolizan con palabras el hambre de poder y gloria de un país que ya por entonces se estaba acostumbrando al triunfo rutilante, permanente y arrollador.




Viene mucho a cuento, y confirma su delirante actualidad en secuencias como aquella en la que Dean (el personaje de Tracy) decide ampliar el infierno de Dante, ese museo inmutable y algo amenazante, lanzándose a especular con los terrenos de sus vecinos de feria, prometiéndoles el oro y el moro en forma de acciones de incierta rentabilidad y dudoso decoro. Un ejemplo certero de expropiación a gran escala, sin miramientos, animado por una cobertura fácil, rápida y engañosa, donde quepa el tráfico de influencias y/o la usura más descarnada.



Pero tanta voracidad descontrolada tendrá su precio, y el imperio construido a base de astucia, avaricia y malas artes empezará a desplomarse como un castillo de naipes. Y en medio de todo ello pasajes escenográficos subyugantes, alegóricos, tanto como la indómita interpretación de un Spencer Tracy sublimando arrogancia, cinismo y sangre fría.