miércoles, 16 de diciembre de 2020

Discos Favoritos de 2020




Sondre Lerche, posiblemente el gran protagonista del año en nuestra isla: perseverancia y buena letra



Mundo aparte fuera de modas, tendencias y postureos postmodernos. A continuación el resumen de 2020 -incluye algunas reediciones, rescates.. todo, como siempre, en riguroso orden alfabético- tal y como se ha vivido desde el confinamiento en Vailima:






The Apartments – “In and Out of the Light” (Talitres)

El latido comatoso habitual de Peter Milton Walsh está aquí definitivamente más conseguido y concretado atmosférica y melódicamente que en su predecesor "No Song no Spell no Madrigal" (2015). Así lo certifican gemas rotundas como el arranque de "Pocketful of Sunshine", aguerridas como "What's Beauty to Do?" (que nos retrotrae a su debut en formato grande "The Evening Visits... And Stays for Years" de 1985), despechadas como "I Don’t Give a Fuck About you Anymore" (la alevosía que le faltaba al álbum anterior)... y el estremecedor final de "The Fading Light". Su mejor y más completo disco desde el ya lejano "A Life Full of Farewells" (Hot, 1995). Suena aquí.





Bandé-Gamboa – “Horizonte-Revamping Rare Gems from Cabo Verde and Guiné​-​Bissau” (Heavenly Sweetness-Pura Vida Sound)

Este disco se posiciona en diferentes planos: por un lado en contra de la "arqueología chic" del material africano (normalmente consumido por público blanco de las grandes "metrópolis" del "primer" mundo), práctica en la que también cae el autor de esta reseña, potenciando la recreación de piezas históricas -y como se indica desde el mismo título- no muy evidentes del cancionero caboverdiano y guineano, orientadas principalmente al oyente originario de ambos países. Por el otro, recoge una selección de canciones de estos pueblos siempre hermanados que durante los años sesenta y setenta estuvieron a punto de formar una sola nación, propósito liderado por el legendario revolucionario marxista Amílcar Cabral (en la portada), a la vez que trataban de echarse de encima el colonialismo portugués de las espaldas, algo que se desliza en buena parte de sus letras. Todo ello coordinado en este 2020 por el productor Francisco "Fininho" Sousa, que ha rematado un disco impoluto y vigorizante de ritmos alternados entre el funaná y el gumbé por un "dream team" de músicos virtuosos de las respectivas zonas. Gloria y reconocimiento en estado puro. Suena aquí.





Benee – “Hey u x” (Republic)

El 'fenómeno TikTok' del estado de alarma de principios de año ha sido visiblemente menospreciado, entre otros, por los tuercebotas de Pitchfork y su legión de predecibles acólitos. Sin embargo, la neozelandesa Stella Rose Bennett ha facturado un muy atractivo disco de pop de consumo rápido pero no estúpido, muy variado y con unas cuantas dianas pegajosas en su haber. A medio camino entre Kero Kero Bonito y Billie Eilish, "Hey u x" cuenta con una desigual ristra de colaboradores -en el apartado de prescindibles el "Sheesh" con Grimes a la cabeza- compensada con una plasticidad general apoteósica. El dream pop in crescendo de "Same Effect", la bomba mediática de "Supalonely", la interpretación hipersensual de "Plain" (con Lily Allen y Flo Milli), la peleona "Kool" (que me recuerda en algún momento al fraseo juguetón de Lene Lovich) o el aroma de principios de los sesenta de "All the Time" se llevan la palma de este producto bueno por dentro incómodo por fuera (inexplicable el horror de la portada). Sea como sea, cosas así deberían estar pasando constantemente en el mainstream. Suena aquí.





Better Person – “Something to Lose” (Arbutus)

Tras la escucha en su momento del lejano y decepcionante ep "It's Only You" (Mansions & Millions, 2016), nada hacía presagiar que el polaco Adam Byczkowski pudiera enmendar la plana en su álbum de debut. Pero, oh sorpresa, hay que plegarse a la evidencia: el sello Arbutus se ha apuntado dos soberanos tantos este año (del segundo hablaremos más adelante) y "Something to Lose" es, sin lugar a dudas, uno de ellos. La elegancia y la estilización de los años ochenta elevadas ambas a la enésima potencia. Destacan sobremanera la hiperromántica "Hearts of Fire" (en la onda del Steve Allen post-Deaf School) o la que da título genérico al disco, pero son también harto apetecibles los ecos de The Blue Nile en "True Love" o de los primeros Talk Talk en "Close to You". Esto sí que es sophisti-pop en estado de gracia: jaque mate, Sean Nicholas Savage. Suena aquí.






Cindy Lee – “What's Tonight To Eternity” (W.25th)

Brill Building deconstruido y pasado por una minipimer que tritura a partes iguales psicodelia, calambre, fantasmagoría y cataclismo existencial. Patrick Flegel como la penúltima sacerdotisa del lo-fi: presentida al otro lado de la pared, susurrando a los corazones perdidamente rotos. Destacan los sintetizadores obsesivos y galopantes de "Lucifer Stand" y el lounge-noise gótico de "Heavy Metal". Tampoco se pierdan su otro trabajo en 2020, titulado "Cat O' Nine Tails" (CCQSK): aunque menos ambicioso aparentemente, no defrauda. Suena aquí.





Cleaners From Venus – “Dolly Birds & Spies” (autoeditado)

Martin Newell es ya de los pocos -por no decir que casi el único- que mantiene intacto el elixir del mejor pop británico clásico con toda su flema pastoral y su retranca psicodélica. "Dolly Birds & Spies", con su sonido adorablemente casero, pone una nueva pica en una obra cuasi-interminable entregada al amor profundo y desinteresado por el formato canción. Un disco que hubiese sido bueno (y necesario) en 1968, en 1977, en 1984 o en 1993. Que lo es en 2020 y que lo será en el año 2100. La enésima lección del bardo de Essex. Suena aquí.





Dani Lee Pearce – “For As Briefly As I Live” (Grimalkin)

Trans-pop con maneras novelty que bien puede recordar a Tot Taylor -"What Do You Expect Me to Do"-, a Arthur Russell -"For As Briefly As I Live....."- o a Ryūichi Sakamoto -"My"-. Es post-punk ambiental y cibernético con pinceladas swing y jazz -"Undoctored/Spirit Wife"- que, entre otras cosas, hace de la provocación una denuncia concreta -"I'm Gonna See My Abuser Again"-. Suena aquí.





Dorio – “Yesterday the Sky Was Blue” (Citrus City)

La portada no engaña: esto va dirigido directamente a los admiradores de Jonathan Richman, de The Beach Boys, de Henry Mancini, de los primeros Pavement y de los que, en general y pese a todo, se empeñan en tener una visión sentimental transparente y sincera de los hechos. En el universo de Chaz Doriocourt todo es absolutamente entrañable: hasta la apropiación del recordado fraseo del "Hey Ya!" de Outkast en "My Best Car". Suena aquí.





Dubiny – “Vianie Ruta 1982​-​1988” (1000Hz)

La historia secreta de la canción popular polaca no podía terminar de explicarse sin el rescate de esta especie de orquesta heterodoxa que interpreta canciones con instrumentación artesanal conectada a una electricidad que a ratos recuerda a la new wave menos sofisticada -Gruppo Sportivo, por ejemplo-, al pop ye-yé, a cierto aliento balcánico o, cómo no, a la poezja śpiewana (la poesía cantada tradicional de su país). Piotr Skiepko y el folclore modernizado con tiento e intuición desde los lejanos (y radiofónicos) ochenta. Suena aquí.





Ed Askew – “2020” (Improved Sequence)

"Ask the Unicorn" (ESP, 1968) se convirtió a mediados de la década de los 2000 en otro de esos (grandes) hallazgos de psych-folk desenterrados para solaz del voraz post-modernismo. Después de alguna grabación suelta e ignota en la década de los ochenta, Ed Askew volvió a la arena aprovechando la ola reivindicativa de Vashti Bunyan y Linda Perhacs: en los últimos diez años lleva unas editadas unas cuantas grabaciones -que alternan composiciones nuevas con cosas que tenía guardadas en un cajón a lo largo del tiempo-, siendo la más rotunda este breve "2020" al piano y los sintes, con una dejadez estremecedora y -por suerte- menos querencia dylaniana en el apartado vocal que en sus inicios. Todo resulta aquí doloroso, terminal, a medida que se golpean las teclas. Incluido el ¿homenaje? melódico del "Starman" de Bowie en "Chartreuse". Suena aquí.





Heiðrik – “Illusions” (autoeditado)

La sombra de Roy Orbison -atención a "Hope You're Crying"- parece haberse conjurado de momento para perseguir a este joven crooner de las Islas Feroe al que también podríamos situar entre Paul Quinn (el de Bourgie Bourgie), el último Billy MacKenzie o The Divine Comedy -"This Ship Has Sailed"-. Tiene, quizá hasta por proximidad geográfica, la prestancia erudita de un Sondre Lerche -"You'll See"-. "Illusions" es de una sutileza y distinción hoy poco comunes, lo que hace que el drama aquí expuesto se vista poco menos que de caricia reconfortante. El barco que anunciaban los Walker Brothers alejándose sin remedio hacia el sur ("I know your suitcase/Is all full of bones/Your luggage is too heavy I fear" canta en la ya citada "This Ship Has Sailed"). Un pequeño gran tesoro. Suena aquí.






The Innocence Mission – “See You Tomorrow” (Umbrella Day)

Desde "Birds of my Neighborghood" (RCA, 1999) Karen y Don Peris no han bajado la guardia en casi ningún momento, convirtiéndose sin discusión en uno de los mejores grupos de los últimos veinte años. "See You Tomorrow" amenaza seriamente la elección de su mejor disco, que hasta ahora se dilucidaba -en el plano personal- entre el "Birds" y "Small Planes" (What Are Records?, 2001). En el fondo, qué mas da que puedan ser estos, aquel o cualquier otro que se nos ocurra... lo importante es que la belleza sobrenatural de sus composiciones no ha perdido nada de su fulgor ni -a la vez- de su aterciopelada intimidad. Imposible destacar unas canciones por encima de otras. Ojalá nunca se acabe su mundo. Suena aquí.





Jack Stauber's Micropop – “Dinner Is Not Over / There's Something Happening / Keyman / Cupid” (Plopscotch)

Ya dio la campanada en 2017 con el álbum "Pop Food", y este año ha decidido centrarse en formatos cortos (hasta tres EP's), siendo este "Dinner Is Not Over" el que, indiscutiblemente, va camino de convertirse en un auténtico clásico. Refrescante, irreverente, impredecible... en solo cuatro canciones consigue sintetizar lo mejor del pop mientras otros necesitan hacer discos extensos y aparatosos sin lograr transmitir ni la mitad que la imaginación de Stauber. Sesame Street, They Might Be Giants, Andy Partridge o Devo son algunos nombres que irremediablemente vienen a la cabeza al escuchar esta bendita desfachatez. El cuarto de hora mejor aprovechado de la temporada. Suena aquí.





Jaime Alem & Nair Cândia – “Jaime & Nair” (VampiSoul)

Publicado originalmente en 1974 por CID, y debido a la escasísima repercusión que se le dio en su momento, como bien se indica desde el sub-sello de Munster el disco acabó obteniendo "estatus de santo grial entre coleccionistas de todo el mundo" de los más exquisitos sonidos de la música popular brasileña. En los últimos tiempos ha conocido, que se sepa, dos reediciones: la de este año del sello madrileño y otra de Polysom de 2016. "Jaime & Nair" es un magnífico documento de un tropicalismo en su primera impresión ya entonces en declive en lo referente a la más candente novedad, con claros ecos del Caetano Veloso de los trabajos homónimos, de Rita Lee o de la Ana Lúcia de "Caminhos", todo eminentemente folk -añadida psicodelia espolvoreada- con acertados y ajustados arreglos orquestales. Suena aquí.





Jennah Barry – “Holiday” (Forward)

Perfección country-pop con arreglos de barroquismo sutil -lounge 'bacharachiano'- pero tremendamente maduro a cargo de esta canadiense que maneja una poesía tan sencilla y breve como efectiva. Se barrunta un gran bagaje a sus espaldas -tanto familiar como personal- para que haya salido de aquí semejante precisión, pues estamos hablando de un segundo disco (con una diferencia de ¡8! años respecto a su urgente debut, "Young Men"). Cuánta finura y cuánto amor. Suena aquí.





조동익 [Jo Dong-Ik] – “푸른 베개 [Blue Pillow]” (Doekee)

Mitad del dúo coreano de culto de la segunda mitad de los ochenta Someday, Jo Dong-Ik se recicló posteriormente como prestigioso productor y arreglista de, entre otros, su pareja la cantante Jang Pil-Soon, que aparece en dos de las composiciones de este el tercer disco en solitario  de Dong-Ik, colección que alterna piezas instrumentales con cantadas y recitadas: un prodigio de aletargado ambient-pop de cámara, una sima descomunal e inasible. Pureza glacial y nocturna. Suena aquí.





Joe Crepúsculo – “Supercrepus II” (El Volcán)

Después de una década publicando grabaciones entre desconcertantes y dispersas, Joël Iriarte recupera la inspiración y la frescura de sus primeros dos discos en solitario (no es baladí que el nuevo se haya bautizado como la segunda parte del segundo de ellos). Aquí hay un buen puñado de canciones destinadas desde el minuto 1 a convertirse en absolutos clásicos del cada vez más mermado indie español. Desde el glorioso arranque de la apocalíptica "Calaveras Negras" hasta la skatalítica "Bailar hasta morir" es casi todo un manifiesto de cómo seguir moviendo el esqueleto en medio de esta decadencia reinante que no parece tener fin. Hits jangle -"Discoteca en ruinas"-, pretensiones mainstream -"Serenata", con una guitarra como las de Lindsey Buckingham en "Tango in the Night"-, pastis piadosas -"Chococristos"- y una delirante revisión en clave rumbera del "It Must Have Been Love" de Roxette. Vuelven a encajar todas las piezas en el abigarrado universo del ex-Tarántula. Suena aquí.





Kaede – “秋の惑星、ハートはナイトブルー。 (Stardust in Blue)” (T-Palette)

Integrante del trío 'idol' japonés Negicco, se ha valido del apoyo de, entre otros, el líder de Lamp -Taiyo Someya-, lo que otorga al sonido de "Stardust in Blue" el peso del sonido shibuya-kei normalmente característico del grupo tokiota. Cuidados arreglos, sustanciosas melodías... City pop -vertiente jazzy- con mucho donaire. Suena aquí.





Luedji Luna – “Bom Mesmo É Estar Debaixo D'Água” (autoeditado)

Será por deformación "profesional", pero la de Salvador de Bahía me recuerda musicalmente más a artistas caboverdianas como Lura -hasta físicamente se da un aire a esta- o Nancy Vieira que a cualquier paisano o paisana que se nos ocurra. El segundo trabajo de Luedji Luna es denso como el verano en Barra Grande y recio como un palo de agua. Eso sí: exige una escucha completa para valorar en su justa medida la diversidad y calado del conjunto. A su vez, engarza con la soltura que se le presupone a las brasileñas (y a sus hermanas del otro lado del atlántico) pulsión africana -las guitarras del keniata Kato Change-, jazz estadounidense y MPB de alto voltaje. Feminismo negro inasequible al desaliento. Suena aquí.






Male Tears – “Endless Tears” (Business Casual)

Su álbum "Music For Cats" de 2016 -que entonces se editó bajo el apelativo de F L ♥ R E S- es un pequeño clásico del synthpop más underground de la pasada década, al menos en los mentideros de Bandcamp. "Blind Eye on the Mess" es una bomba en la línea vapowave vocal de baja fidelidad en la que se suele mover James, su único responsable, y que inunda igualmente "Endless Tears". Ideal para fiestas ilegales donde esté prohibido terminantemente pinchar guitarras. Nostalgia ochentera de la buena (y sin pulir) con la sensibilidad de hoy. Suena aquí.





Maude Audet – “Tu Ne Mourras Pas” (Grosse Boîte)

Ha ido estilizando su manera de escribir hasta abandonar la rugosidad rockera de sus tres primeros discos y abrazar definitivamente el pop afrancesado en este "Tu Ne Mourras Pas".  Pespuntes de folk neutro por aquí -algo habitual en su cancionero-, pistas de country sedoso por allá, todo ello apuntalado con armonías de chanson gloriosamente adornadas con orquestaciones precisas y adecuadamente retro. Qué tremenda preciosidad se ha marcado la canadiense. Suena aquí.





Mingo Silva – “Arte do Povo” (Biscoito Fino)

Una cosa es ser un fenomenal intérprete de samba -y Mingo Silva, indiscutiblemente, lo es- y otra además es ser un muy buen compositor dentro del género. El de Niteroi conjuga ambas aptitudes. Miembro activo del sindicato Samba do Trabajalhador -ritmo y lucha obrera a partes iguales- organizado alrededor del guitarrista carioca Moacyr Luz -que colabora en "Flor da lua"-, Mingo Silva ha facturado un impecable disco de samba-canção (el primero de su carrera con 50 años cumplidos) que nos retrotrae con total naturalidad a los maestros de los años 30, 40 o 50 del siglo pasado, pero también a otros posteriores como Martinho da Vila o Paulinho da Viola. Zeca Pagodinho, maestro del pagode, da también su aprobación al bautismo y se une a la fiesta en "Devagar, coração". Orgullo de clase. Suena aquí.





Momus – “Vivid” (American Patchwork)

Nick Currie es de esos artistas a los que no puedes seguir con puntualidad a no ser que dediques tu existencia exclusivamente a su trabajo dada la cantidad ingente que suele producir. "Vivid" no solo ha llamado la atención casualmente por ser uno de los primeros discos que se convirtió en crónica -en tiempo real- de la Covid-19, sino porque, sospecho, es uno de los más geniales que ha realizado en los últimos años. Desde la inicial "Oblivion", el de Paisley ya nos deja claro de dónde salen el concepto y las maneras de gente como Owen Pallett o Simon Bookish. Ese insistente pop de cámara-dormitorio petulante e irónico tiene, desde luego, denominación de origen en el ex-The Happy Family, y en "Vivid" lo saca a pasear con indudable savoir-faire y sentimiento. Las letras no dejan lugar a la duda: odas al teletrabajo -"Working from Home"-, reflexiones durante el confinamiento estricto -"Empty Paris", "Long Distance Love", "Selt-Isolation"-: mejor que cualquier telediario o columna de periódico. Suena aquí.





Nat Vazer – “Is This Offensive And Loud?” (Hotel Motel)

El indie-rock salvable del año. Esta australiana admiradora de gente como Aldous Harding aúna guitarras robustas y nerviosas à la Pixies -"Like Demi"- con melodías perfectamente sostenidas y apasionadas, llenas de matices, desembocando en alguna letanía beatle -"Graceful"-. Y suena extraordinariamente segura para tratarse de un disco de debut.  Recupera la mejor tensión que hubo alguna vez en los malditos (por sobrevalorados) años noventa. Suena aquí.





Natalia Lafourcade – “Un Canto por México Vol. 1” (Sony)

Compendio de composiciones ajenas y propias, bien clásicas o bien camino de serlo. Cariño, respeto y valentía para atacar las sagradas enseñanzas de la ranchera, el bolero o la cumbia. Un disco sabiamente aglutinador (hermoso por los cuatro costados) que, seguro, marca un punto de inflexión en su carrera. Su reinterpretación del "Veracruz" de Agustín Lara se nos va a quedar aquí para siempre. Suena aquí.





ナツ・サマー [Natsu Summer] – “Hayama Nights” (P-Vine)

La continuación de su extraordinario "Natsu Summer & Dub Sensation" (2018) vuelve a incidir en el reggae-pop de fantasía al que ya nos tiene acostumbrados. Otra oda al eterno verano a ritmo de dub romántico, con el correteo del xilófono como seña de identidad. Incluye una deliciosa versión de la canción central de la serie de éxito nipona "Tokyo Elevator Girl” de 1992.  Suena aquí.





Prep – “Prep” (Bright Antenna)

Sophisti-pop de escuadra y cartabón desde Londres. Un cuarteto de músicos más que experimentados -en la nómina de alguno de ellos consta haber servido de soporte de gente como George Fitzgerald o Drake- que han venido cuidando con mimo la aparición de este debut después de varios ep's a modo de fogueo. Funk, soul, yatch pop o easy listening edulcorado que nos retrotraen a la más rabiosa FM de los ochenta. Entre Work Drugs, Djavan y... Level 42 (¿cuándo toca reivindicar su obra maestra "Running in the Family"?), no escatiman esfuerzos para entregar un disco fresco y eficiente al máximo. El premio gordo se lo lleva la crepuspular "The Stream", cantada a dúo con la intérprete de k-pop MISO. Suena aquí.





Robert Hinrichs – “Bob's Old Songs (1983-1992)” (autoeditado)

62 canciones. Alrededor de 10 años. Me hice a su vez un recopilatorio de todo esto y las reduje a 34 (algunas se repetían en diferentes versiones y otras no pasaron el corte). Esa selección fue mi principal banda sonora en lo más duro del confinamiento. They Might Be Giants -"Above It All"-, XTC -"Abyss"-, The Beatles -"All That Remains"-, Gangway -"Finding My Way"-, Prince & The Revolution -"Got It 4 U"-, Prefab Sprout -"Into The Nite"-, Elvis Costello -"My Love"- o Devo -"New Religion"- asoman consciente o inconscientemente en este arsenal de grabaciones caseras de las cuales bien podría salir una edición física destilada. Me apunto como asesor del invento. Suena aquí.





Sam Lee – “Old Wow” (Cooking Vinyl)

Tiene un registro de voz que puede recordar, según la canción, a Nick Drake, a Stuart A. Staples o a Nick Cave, pero con un enfoque algo más tradicionalista. Los textos enarbolan un amor imperturbable por paisajes y personajes inaccesibles. El entramado musical es hercúleo, en constante progresión y bien aprovisionado de detalles. Tiene porte litúrgico -Jeff Buckley- y cinematográfico y sabe otorgar el protagonismo adecuado a los silencios. Hay nómina de invitados ilustres donde destaca Elizabeth Fraser -la encontrarán en "The Moon Shines Bright"-. Suena aquí.





San Diego – “ù” (Grifo)

Los espíritus más perezosos lo catalogarán de italo-disco, pero está mucho más cerca de la canción melódica italiana más clásica. Sigue tiñendo su propuesta, eso sí, de ironía indie a golpe de sinte desmesurado. El segundo de Diego De Gregorio sigue escorado hacia el fragor de la canícula -"Tropicale", segunda parte de su homenaje al mítico "Festivalbar"- mientras bromea con juegos de palabras interminables entre copa y copa. Suena aquí.





Sarah Mary Chadwick – “Please Daddy” (Sinderlyn)

Algo más convencional (pero solo en apariencia) que en su obra maestra "The Queen Who Stole the Sky", la neozelandesa vuelve a marcar la diferencia desde el inicio con la desarmante "When Will Death Come". El disco es un alegato estremecedor sobre la pérdida -paterna en este caso, como adelantan tanto el título como la canción homónima-, siempre al borde de un hermoso precipicio -"The Heart And Its Double"-. Una suerte de blues coheniano donde no hay espacio para las especulaciones expresivas: a flor de piel. Suena aquí.





Single – “Hola” (Elefant)

Después del deslumbrante reggae electrónico de "Rea" (2014), Teresa Iturrioz e Ibon Errazkin retornan de alguna manera al pop sencillo y acústico de antaño. De hecho "Hola" sirve (y mucho) para superar el descalabro artístico que supuso "Monólogo Interior" (2010), seguramente el gran resbalón del tronco principal de la saga de Aventuras de Kirlian. Portentosas canciones como "El Roce" o "El Sueño", en otras circunstancias, serían clásicos de la música española: hoy nos tenemos que conformar con que sean platos exquisitos para una clientela cada vez más decreciente. Sea como sea ellos permanecen como un baluarte (casi) inexpugnable. Suena aquí.





Sondre Lerche – “Patience” (PLZ)

A punto de cumplirse veinte años de su debut -"Faces Down"- el noruego Sondre Lerche, con una trayectoria a cuestas que no ha proporcionado más que alegrías a los connoisseurs del mejor POP, cierra su trilogía de la letra P -tras "Please" y el electrónico "Pleasure"- consagrada a liberar fantasmas de su frustrada relación sentimental con Mona Fastvold. El hilo que se recorre desde Cole Porter a Paddy McAloon -pasando por Paul McCartney, Brian Wilson, Elvis Costello o Andy Partridge- vuelve a tener en Lerche un heredero indiscutible y meritorio. Difícil inferir si este "Patience" es el mejor disco de su carrera, pero de momento sí que podemos asegurar que es uno de los más conseguidos y maduros de su ya abundante producción.  Los hits acostumbrados -"You Are Not Who I Thought I Was"-, las confesiones de satén -"Are We Alone Now", "My Love Is Hard To Explain"-, las baladas mágicas y pluscuamperfectas -"I Love You Because It's True", "Put The Camera Down", "Why Would I Let You Go"-... y como colofón una exultante bossa nova -"Why Did I Write The Book Of Love"-, en reconocimiento explícito a otros maestros como Chico Buarque. Festín pletórico de melodías refinadas y arreglos de muchos quilates. 

¿Ha sacado Lerche su particular "Jordan: the Comeback"?: la respuesta solo puede ser afirmativa. Suena aquí.





Σtella – “The Break” (Arbutus)

Primer disco con el sello ultracool de Montreal (más visibilidad) para esta artista ateniense que le da cosa mala al electro-pop con maneras de 'minimal' carnoso. Hay muestreos de pop tropical que recuerdan a Dislocation Dance -"Forest"-, a sílfides como Anna Domino o la primera Mathilde Santing -"Monster", "Sleeping Separate"- a Munya -"Cherry"- o hasta a cosas de 2 Tone -"The Break"-. Y además está "Samba": sin duda, uno de los hits del año (aunque ya fuera conocido como adelanto en el 19). Caramelo imperdible. Suena aquí.





Stuart Moxham & Louis Philippe – “The Devil Laughs” (Tiny Global)

Nunca he sido lo que se dice fan del Moxham post-Young Marble Giants, y considero que Louis Philippe no hacía un disco realmente convincente desde el lejano "An Unknown Spring" de 2007 -nota: el mismo día que escribo esto ya se puede escuchar completo en algunas plataformas el rococó "Thunderclouds" firmado como Louis Philippe & The Night Mail, con algunas extraordinarias canciones en su haber-. Así que este segundo capítulo de la colaboración entre el galés y el francés -el primero, "The Huddle House", data igualmente de 2007-  supone una muy agradable sorpresa. "The Devil Laughs" suena especialmente recogido, sereno y cálido. Folk-pop tratado con mimo e inusitada sabiduría. "Day Must Come" me recuerda a Martin Stephenson, "It Goes Like This" a la ingravidez de Shack y "Come To Me Nancy" al propio "Colossal Youth"de los Giants..., pero el premio especial del lote se lo lleva el valsecito de "Singing Out" que, prácticamente al final del álbum, deja un regusto imperecedero. Suena aquí.





Tatá Aeroplano – “Delírios Líricos” (autoeditado)

Lo descubrí en la web de Atonal. Borja Coquillat, principal responsable de la página destaca de "Delírios Líricos" la "capacidad singular para conjugar la psicodelia, el soft pop más nutritivo y la paleta sin igual de las músicas polulares de su país de origen" (Brasil), que toca "un pop barroco, bañado en ocasiones de bossa, vestido en otras con el traje de un folk-jazz melancólico (...) que aglutina lo mejor del pop del pasado con un aliento vitalista y aventurero totalmente contemporáneo". El líder de Cérebro Eletrônico es un bendito alucinado armado de armonías vocales candorosas y apropiadas que parece querer recoger el testigo de subversivos históricos da beleza como Tom Zé. Bienvenidos al huerto ácido del paulistano. Ver crítica completa de Atonal aquí. Suena ahí y también aquí.





Tim Bowness – “Late Night Laments ” (InsideOut)

Al parecer, en los desgraciados noventa se siguió practicando esa cosa tan dañina en general como es el rock progresivo, un poco más allá de la estafa horizontal del post-rock y de incomprensibles fenómenos como los horrendos Radiohead -el grupo más obscenamente inflado de la historia contemporánea-. Uno de los nombres de ese progresivo lindando con alguna de esas referencias fueron No-Man, reactivados en los últimos tiempos después de un largo descanso. Su cantante, Tim Bowness, que tiene ya aparte una abultada obra en solitario, continúa en su línea de dream-pop tan catedralicio como volátil. Con un registro de voz muy cercano a Rob Taylor de Coloma, Bowness esparce en todas y cada una de las piezas del disco -muy hermanadas sonoramente entre sí- un tenue fulgor de querencia cósmica que va calando en el ánimo para no despegarse jamás. El triunfo del susurro en lo más alto del punto de observación. Suena aquí.





Video Age – “Pleasure Line” (Winspear)

Una más que honrosa continuación de su muy celebrado por estos lares "Pop Therapy" de hace dos temporadas. Entre Daryl Hall & John Oates y los franceses Papooz y con hits irresistibles como "Shadow on the Wall" o "Aerostar", los de Nueva Orleans reinciden en su sonido pegajosamente afectado y en el mestizaje en clave tecnófila entre new wave, funk romántico y blue-eyed soul, ideal todo para un brunch interminable al borde de la piscina. Suena aquí. 





Voz di Sanicolau – “Fundo de Marê Palinha” (Analog Africa)

Como todos los (últimos) años, no podía faltar la ración correspondiente de rescate caboverdiano. "Fundo de marê palinha" fue publicado originalmente en 1976 -es decir, el mismo año que "Pépé Lopi", el excepcional debut de Os Tubarões de Ildo Lobo-, momento crucial de independencia en el ambiente y de renovación musical en el país. Seis de las doce composiciones que en su momento fueron acreditadas con el nombre de Maninho al principio del nombre artístico -las ausentes lo son no sabemos si por cuestiones de derechos o de otro criterio que se nos escapa- conforman este 10" de funaná vibrante y sentido que preparó estilísticamente a músicos igualmente recomendables de la siguiente década como Dionisio Maio.  Suena aquí.





유키카 [YUKIKA] – “서울여자 (Soul Lady)” (Estimate)

Japonesa afincada en Corea del Sur es quizá por esta misma circunstancia que se mueve todo el tiempo en un territorio entre el k-pop y el j-pop (creo que está más clara, no obstante, la segunda vertiente: más rica e instruida a nivel sonoro). La canción homónima es por méritos propios un pelotazo a la altura de los de las mejores Negicco y lidera una primera mitad del álbum que ya de por sí corta el aliento. La segunda quizá tenga en la rodaja philly sound -vía city pop- de "Cherries Jubies" su otro highlight. Es su disco de debut -tras iniciarse con el discreto grupo 'idol' Real Girls Project- y se ha convertido en todo un acontecimiento en su país de adopción. ¿Hype?, ¿bluff?... ya se verá en próximas entregas. De momento el entusiasmo mostrado por lo apabullante de "Soul Lady" parece totalmente justificado. Suena aquí.

jueves, 5 de noviembre de 2020

Ernest Honny, “Star of the Sea” (1984)







Mientras en 2020 seguimos contando con el despilfarro de información en lo concerniente a la música anglosajona -con la colección de jabones de hotel del guitarra de los Stones y minucias por el estilo se rellenan diariamente columnas en los medios-, mientras conocemos al dedillo las -normalmente- lamentables anécdotas de las estrellas de rock mainstream, a duras penas podemos enterarnos siquiera del año de publicación de discos africanos tan admirables y nutritivos como el que nos ocupa hoy. Es lo que tiene la drástica desigualdad comercial y el colonialismo extenuante. Verán: haciendo una búsqueda somera en Google les aparecerá en algunos sitios -demasiados- que "Star of the Sea", el álbum oficial en solitario -al que añadir uno inédito que pulula por ahí- del músico ghanés Ernest Aubrey Honny se lanzó en 1978. Imposible: si Christiana Satel -el sello beninés encargado de lanzarlo en riguroso vinilo- nos escatimó este dato tan importante en su envoltorio, tuvo sin embargo el detalle de colocar en la contraportada a los músicos que intervinieron en su grabación junto con la relación de instrumentos que enchufaron para la misma. Y si el Yamaha DX7 -por poner solo un ejemplo- que toca nuestro protagonista se empezó a comercializar en 1983, difícilmente puede considerarse un disco de unos cuantos años antes. Así que, comparando el número de catálogo de "Star of the Sea" con el de otras referencias del mismo sello -donde sí se refleja la fecha de registro-, el año de su edición -aproximado pero bastante probable- es 1984. Increíbles malabarismos solamente para situarnos con un mínimo de rigor.






Hasta ese momento Honny era uno de los músicos más solicitados y activos de la escena de su país desde principios/mediados de los años setenta. Liderando por un lado Honny And The Bees Band -los de "Psychedelic Woman", pieza de culto que no puede faltar en cualquier buena recopilación de highlife nativo- y por otra parte como teclista de la Apagya Show Band del mítico Ebo Taylor -del que tuvimos a bien destacar en este blog el año pasado su inédito "Palavel"-: en ambos proyectos Ernest Honny ya destacaba por tu envergadura tanto física como ejecutora. Un poco más adelante -principios/mediados de los ochenta- sin dejar de demandar sus servicios como arreglista en discos tan recordados por el público local como el volcánico "Lover's Songs" de Janet Osei o el "Meko" de la reina del highlife Lady Talata -increíble la canción homónima, todo un hit- es cuando, ya por fin, pudo Honny dejar hueco para perpetrar su puesta de largo como solista, con resultados altamente reconfortantes. En unos modestos pero apañados estudios en Benin -Satel Cotonou- y tras huir temporalmente de la inconsistencia política y sobre todo económica que Ghana sufría en aquella turbulenta época.






"Star of the Sea" se abre con la canción que da título al disco: synthpop atmosférico de autor, escoltado por un coro femenino -Adèle Adeoko y Mary Amegan- de pretensiones entre enigmáticas y sensuales. "Guigo" tiene un tempo de reggae pop alineado con el desprejuicio post-new wave del momento. "New Dance", con recitado incluido, es equiparable al tecno minimal más inquietante que se hacía en el "primer" mundo e incluye un sugestivo solo de sinte de tonalidades jazzísticas (la más highlife del lote, por tanto). Otra canción inequívocamente contagiosa es la reivindicativa "Kaabo Africa", donde Honny vuelve a sentar cátedra con intuitivos arreglos pop que se pegan ineludiblemente al cuerpo. "Happy village" es una balada soul de ajustada pero penetrante mística, y cierra esta pequeña gran obra de arte "Yendanoase", quizá la más cercana a estilos como el pop massoka camerunés o el funaná caboverdiano, con protagonismo vocal absoluto de Adeoko.



Apagya Show Band



Ernest Honny, seguramente con algo más que mero instinto, dio con la tecla mágica para confeccionar un álbum sumamente pegadizo que no ha perdido en todos estos años nada de la frescura con la que fue ideado; reinvindicado fervientemente incluso por figuras del penúltimo hip-hop como Paul White. No es para menos. "Star of the Sea" debe ser considerado como ejemplo mayúsculo del afro-pop más saludable de todos los tiempos: una combinación químicamente perfecta de baile tórrido con porte sintético y sentimiento a flor de piel. Delicious!

viernes, 18 de septiembre de 2020

Monstruos parisinos, de Catulle Mendès






La crítica nunca fue desprendida con Catulle Mendès. De todas formas, ya se sabe que tampoco acabó siéndolo en general con el movimiento estético del que formó parte: el Parnasianismo. Eso de estar incrustrados entre el Romanticismo y el Decadentismo (y el Simbolismo), aun compartiendo algunos silogismos con todas estas corrientes, acabó por arrinconarlos en la historia de la literatura francesa en una incómoda e injusta tierra de nadie de la que no hacerse especial cargo. Y eso que Mendès -con evidentes vínculos con Iberia-, gracias a sus contactos, a su arrojo para promover iniciativas y a su vigor económico -procedía de familia muy bien situada- siempre aparece nombrado de alguna u otra manera en la mayor parte de las grandes recepciones del mundillo artístico francés de la segunda mitad del siglo XIX: ya sea como (prolífico) escritor, como crítico de teatro o como tertuliano de relumbrón: una celebrity ineludible.

Aparte de la correspondiente inclusión de una parte de su obra poética en alguna antología parnasiana (que ya tuvimos oportunidad de celebrar aquí), no es fácil encontrar material de nuestro hombre traducido al castellano, y es por ello casi de obligado cumplimiento reseñar someramente estos mejores momentos del conjunto de estampas que componen sus "Monstruos parisinos", que editara Ardicia a modo de selección en 2013 y de los que yo al menos no he tenido noticia hasta hace unos pocos meses. 





Si por algo merecen ser destacadas estas viñetas de la vida 'fin de siècle' en la capital francesa es, aparte de por el talento descriptivo y el exquisito gracejo para la historia corta que despliega en todo momento el autor, por el protagónico papel que este otorga a la mujer en el conjunto de todas ellas.

Desde el regusto masoquista de "Madame de Portalègre" o el sádico del díptico "Madame de Valensole" y "Las protectoras" (no es complicado encontrar en las segundas las influencias del malvado Marqués de "La filosofía en el tocador"), pasando por la reelaboración 'sui géneris' del mito de Pigmalión en "Rose Flaman" -al que Mendès le da a su vez la vuelta en "Clémentine Paget"-, hasta la alusión autobiográfica en "El hombre de letras" al nombrar a Judith Gautier -escritora e hija del autor de "La novela de la momia", con la que Catulle consiguió casarse a pesar de la enconada negativa del padre de ella- en una reinvindicación de la literatura y el arte en general como puro fingimiento y pose frente a la vida real y a las emociones, "Monstruos parisinos" (conceptualmente no muy lejos de la enciclopédica "Comedia humana" de Balzac) es un refinado compendio de crónica de sociedad, donde la mayor parte de los protagonistas o pintan, o modelan o estrenan o actúan; los hay que sencillamente son parte de un público descocado, ajeno mayormente a las estrecheces de índole monetaria o de mera apariencia. Pero sobre todo es un reflejo de la incipiente emancipación de la mujer -algunas ya acomodadas, otras con el carril despejado para el ascenso o la simple autodeterminación- que (con)viven independizadas en envidiables palacios eclécticos, pueden permitirse con su exclusivo esfuerzo modelones de Worth o acceder a novelas protosocialistas como "Paul et Virginie".







Detrás de esas constantes de liberación hay manifiestas referencias al lesbianismo -"La pequeña Thomasson"-, a la promiscuidad, al mito de la Viuda Negra -"Marthe Caro"- a la 'femme fatale' frívola, orgullosa e intocable, con derecho a la plena artificiosidad o, por contra, a la firme exigencia de que el hombre sea algo más que un traje gris y estandarizado que solo se desenvuelve con gestos mediocres. La mujer como absoluta legisladora, como sofisticada dueña de la psique frente al macho que solo sabe reaccionar a través de los instintos más bajos y violentos. O a la mujer como creadora pornográfica entregada a estimular el delito para entretener su conciencia...

Maravillosas, entretenidas y fascinantes criaturas de la noche y del día que deberían hacer revalorizar la consideración que aún se tiene del autor bordelés.

domingo, 13 de septiembre de 2020

Shakedown (Joseph Pevney, 1950)






El día que se estrenó "Shakedown", el debut como director del hasta entonces actor Joseph Pevney, el tratamiento de la corrupción y la inmoralidad dentro del periodismo no era ni mucho menos habitual dentro de la industria del cine estadounidense. Se podría hablar -a modo de antecedentes- de alguna película de bajísimo presupuesto como "Blonde Ice", film dirigido en 1948 por Jack Bernhard -el director de la película de culto "Decoy" (1946)- que sublimaba el rol de 'femme fatale' de una reportera -la perversa Leslie Brooks- para reconvertir los diarios de información general poco menos que en su propia prensa amarilla. O de "The Underworld Story", dirigida el mismo año que "Shakedown" por el miembro de la lista negra macartista Cy Endfield, que se volvía más explícita y puntillosa con el poder establecido, propiciando de paso el exilio forzoso de su realizador al Reino Unido. Todas ellas servirían, de alguna u otra manera, para abonar el terreno a la más espectacular y decisiva en esos años respecto a la problemática en cuestión, que no fue otra que "Ace in the Hole", de Billy Wilder: o cómo transformar un accidente delicado en un fenómeno de masas fabricado en tiempo real.





El protagonista de "Shakedown" será, en este caso, un fotógrafo "hecho a sí mismo", con tan escasa moralidad -por no decir ninguna- que promoverá la imagen de portada en los momentos más desagradables y extremos para lograr su reconocimiento y su encumbramiento. El papel del operador en cuestión recayó en Howard Duff, "eterno secundario" que ya se había dejado ver en películas "negras" tan estimables como "Brute Force" o "The Naked City" -ambas de Dassin-, y que poco después trasladaría a la pantalla su papel de 'partenaire' en la vida real de la que sería su esposa, Ida Lupino. De los orígenes de Jack Early (Duff) apenas sabemos nada en prácticamente ningún momento de la película. Ni Martin Goldsmith -¡el guionista de "Detour"!- ni Alfred Lewis Levitt -otro represaliado por el Comité de Actividades Antiamericanas- creyeron necesario dotar al intérprete principal con el correspondiente episodio traumático o análisis freudiano de un carácter totalmente desaprensivo y vil, más allá de alguna alusión puntual a un currículum vitae previo repleto de trabajos precarios y demasiado temporales.








Desde el principio Early, ganándose la atención de su principal valedora -su compañera de redacción, la actriz Peggy Dow- tanto por su destreza con la cámara como por su supuesto atractivo natural, no dudará en arrasar con todo lo que se le ponga por delante con el fin de satisfacer una ambición desmedida a través de la cual no dudará en manipular a los protagonistas de sus instantáneas, chantajear a temibles mafiosos y jugar emocionalmente con las mujeres que más van sirviendo a sus intereses y aspiraciones. Destacar dentro de esta galería de seres indeseables a los jefes de los hampones Brian Donlevy -saludos al Dr. Quatermass- y el inexpresivo Lawrence Tierney -"The Devil Thumbs a Ride", "Born to Kill", "The Hoodlum"-. El propio Pevney -que había tenido papeles importantes en "Body and Soul" de Rossen o "The Street with No Name" y que como director solo conseguiría algún interés con "Female on the Beach" con Joan Crawford y en "The Midnight Story" con Tony Curtis- se reservó una minúscula aparición al final del metraje. A un primerizo Rock Hudson -pese a aparecer acreditado- me ha sido imposible localizarlo entre los lamparones de la deficiente copia a la que he tenido acceso.






Un hombre que está a punto de ahogarse en la bahía de San Francisco tras salirse con su auto de la carretera, una mujer que salta de la ventana de un edificio en llamas sin esperar a los bomberos, una bomba colocada en el motor del coche de uno de los mafiosos..., de cualquier cosa será capaz Jack Early -de todo menos de evitar las catástrofes de las que es testigo "por casualidad"- si va a conseguir la foto de primera plana y con ello el acceso a todo tipo de negocios con seres tan execrables como él -es significativo su rechazo a entrar en plantilla del periódico en el que colabora subrayando su condición de "independiente"... o más bien de "lobo solitario"-.

"Shakedown" es una cinta auspiciada desde la trastienda de una Universal en plena reconversión que, sin embargo, tuvo la involuntaria virtud de empezar a fomentar la reflexión -con toda crudeza y efectividad, con su acusado esquematismo y su nervio adecuado- sobre la miseria ética de los medios de comunicación, algo que lejos de haberse atenuado con el tiempo, acapara -salvo alguna honrosa excepción- todas las cabeceras habidas y por haber y, por ende, la casi totalidad de canales de información en esta actualidad tan agónica como insoportable.

martes, 18 de agosto de 2020

Waldemar Bastos





El pasado 9 de agosto moría el músico angoleño Waldemar Bastos a la edad de 66 años. Diagnosticado hacía tiempo con cáncer, este hecho le obligó en los últimos años (casi una década en total) a apartarse de toda actividad relacionada con los escenarios y los estudios de grabación, forzando desgraciadamente su retirada definitiva. De escueta discografía -tan solo seis discos en casi cuarenta años de trayectoria profesional-, Bastos fue un cantante y guitarrista de discreta exposición mediática pero intensa, clara y profunda lírica. 

Su biografía refleja la convulsión casi continua a la que se vio sometido su país natal básicamente desde principios de los años sesenta y casi hasta nuestros días. Tras ser testigo de primera mano de la Guerra de Independencia respecto a Portugal -que se hizo efectiva en 1975, un año después de ser derrocado el gobierno luso de Marcelo Caetano-, de la posterior Guerra Civil entre facciones de liberación antagónicas (que duraría hasta principios de este siglo) y, durante esta última, de llegar a ser encarcelado como otros tantos artistas críticos e incómodos con la descarnada y asfixiante situación a principios de los ochenta, aprovechó su liberación para exiliarse, contradictoriamente, al Estado opresor europeo, donde además de más estabilidad podría empezar a desarrollar comercialmente su carrera musical. Otros colegas no podrían contarlo a posteriori: muchos de ellos morirían en Angola ejecutados.





Su primer disco -"Estamos juntos" (Odeon, 1983)- contaba con una portada que subrayaba la declaración de principios que entreveía el propio título. Waldemar, con torso desnudo, aparece en medio de la representación gráfica de los continentes de América (del Sur) y África. Más concretamente de Brasil (entonces estaba viviendo a caballo entre este país y Portugal) y la costa occidental africana. Y es que el álbum contará ni más ni menos que con la participación de figuras incontestables de la constelación MPB como João do Vale -recitado incluido-, Chico Buarque -su padrino en aquel momento- y Martinho da Vila, además de con una nómina de instrumentistas también brasileños que deja más que a las claras las intenciones afro-sambistas de Bastos y sus "cantigas populares". El lamento tropicalista de "Mungeno" -dominado por el violín y "asaltado" por coros femeninos en su parte central- y la balada explícitamente pro-independentista "Velha chica" se alzan como las piezas más destacadas de este primer muestrario.





"Angola minha namorada" (Valentim De Carvalho-EMI, 1990) es un homenaje más explícito a las raíces autóctonas del país de origen de Bastos. Semba o kizomba ya dominan los surcos de este segundo capítulo, pero también hay espacio para la comunión con otros países hermanos como en el manifiesto "Morna Cabo Verde". A estas alturas Waldemar ha progresado ostensiblemente a nivel vocal -"Nduva (Na Morte Da Cantora)"- y en preciosismo -"Zuim Zuim"-.

Co-producido entre Valdemar, el productor -y compositor- de parte de lo más granado pop-rock portugués (GNR, Heróis do Mar, Pop Dell'Arte, Rui Veloso) Amândio Bastos y el músico carioca de jazz fusión Jorge Degas, "Pitanga madura" (EMI, 1992) se deja llevar por un sonido más limpio y sinóptico -la canción que da título al disco, en la onda del Caetano Veloso de "Circuladô"- e incluye soluciones aboleradas -"Primavera"- pero también espiritual negro -"Basolua Balukaco"- o fado -"Foi Deus". Cierra la auto reivindicación de "Waldemar", todo un canto de vida y esperanza para los suyos a pesar del conflicto infinito circundante allá.






"Pretaluz" (Warner-Luaka Bop, 1998) supone el momento de mayor gloria comercial y proyección fuera del círculo de seguidores angoleños, brasileños y portugueses que había acumulado hasta ese momento y, paradójicamente, el más difícil -a nivel anímico- de sus discos, escrito tras la muerte del hijo de Bastos. Después del impacto dentro del concepto world music que supuso Cesária Évora y el morna caboverdiano a principios de los noventa entre los consumidores occidentales, el ex-Talking Heads David Byrne, siempre sensible al radar de nuevos descubrimientos lusófonos para el público anglosajón -ya había incluido a mediados de los noventa a Waldemar en un recopilatorio de muestreo-, lo termina de incluir dentro de su escudería, con producción de Arto Lindsay incluida y colaboración de Peter Scherer -a la sazón co-productor del "Estrangeiro" de Veloso-, proporcionando la pátina neoyorquina que ya se había llegado a tantear en "Pitanga Madura".
Con criterio y empatía, el ex-DNA supo respetar el momento doloroso de Bastos y mantener tras la mesa de mezclas la desnudez y pureza de unas canciones que transmiten más que nunca sabiduría y serenidad. La consabida coartada vanguardista asociada a Lindsay está muy tamizada y todo fluye con la naturalidad que reclaman cada una de las piezas del disco, potenciando la vertiente más folk y misteriosa del angoleño, acercándole de paso en maneras a otro autor "vampirizado" en su día por Lindsay: Vinicius Cantuária. "Petraluz", por su hondura y eficaz gestión corporativa se convirtió, merecidamente, en un inexcusable de los años noventa, además de ponerle en el mapa de la intelligentsia.






"Sempre é preciso amar mesmo até ao desamor" rezaba la contraportada del "Renascence" (World Connection, 2004) que se tradujo, quizá para compensar la oscuridad de la referencia anterior, en el disco más festivo y soleado de su carrera, sin dejar de compatibilizar con la denuncia pertinente -"Paz, pão e amor"-. Producido por Paul "Groucho" Smykle (Colourbox, Shriekback, Ray Lema) el álbum está, ante todo, repleto de momentos de dance poderoso -la antioxidante "Pitanga madurinha", la penetrante batucada "Sabores da terra"-. No obstante, es la que daba título al disco la que, en contraposición, predestina para el tono de su siguiente y último álbum -"Classics of my soul" (WB Music, 2010)-, una sesión comandada en varios momentos por la London Symphony Orchestra, reinterpretando, entre otros, básicos de sus cosechas anteriores -"Tereza Ana" o "Velha Xica"- y otorgando involuntariamente a esta despedida un carácter de marcado ímpetu ceremonioso y trascendental -especialmente demoledora "Aurora"-, asentando de manera definitiva el maridaje transoceánico que se propuso desde el primer día. 

Que la tierra le sea leve.