martes, 3 de octubre de 2023

Ava Rocha, "Nektar"






La hija menor del director más prestigioso de la historia del cine brasileño, Glauber Rocha -considerado el principal precursor del Cinema Novo, esto es, del neorrealismo intelectual de aquel país- se ha marcado un disco -el tercero en solitario: hubo antes otro con formato de grupo a nombre de AVA- lo suficientemente caleidoscópico y entonado para sumarse sin reservas a nuestros favoritos del año.






Con una atractiva portada que hará las delicias de los fans de pintores como Mark Ryden o Ray Caesar y que sirve de sparring a los sonidos incluidos -los cuales se mueven entre la inmediatez pop y un refinado aguijoneo vanguardista-, Ava Rocha ha perfilado dentro de "Nektar" una colección de canciones vivas y juguetonas, entronizadas con inusitado acomodo en sus bethanianas dotes vocales. Es MPB que no duda en sostenerse en la electrónica, pero sin aspavientos ni engorrosos arreglos de digestión fácilmente olvidable. Samba preceptora -"Longe Longe de Mim", "Barcos nos Pés-, funk carioca de descarada pronunciación -"Lua Absurda"-, sofisticación innata -"Coração Envenenado"-, secuencias agrestes -"On/Off", "Seringueira da Veia"-  y un tempo lento que pide a gritos una versión de Caetano -"Asas de Aluguel"-. Se despide con el himno "Beijando Todos Vocês", de firme toma de postura izquierdista ("Um beijo pro Lula, pra Cuba, pra luta"), que pretende pasar página lo antes posible respecto a la infausta noche bolsonarista.

viernes, 29 de septiembre de 2023

Guy Cabay, "Cabaycédaire"






El rescate de este año, dentro del ámbito del jazz, no es ninguna fantasmada free con coartada avant-garde, sino un encantador compendio de las dos primeras grabaciones importantes del xilofonista, pianista y cantante belga Guy Cabay, acontecidas a finales de los años setenta del siglo pasado. Las características más destacadas de este artefacto, bautizado como "Cabaycédaire" son, por un lado, la inusitada fascinación por la música brasileña -de la que Cabay se enamoró irremediablemente ya en su juventud- y, por otro, la apuesta por interpretar en el idioma valón -lengua muy minoritaria en Bélgica en las últimas décadas- todas las piezas incluidas.

El resultado de la convivencia de las canciones más destacables de "Tot-A-Fêt Rote Cou-D'zeur Cou-D'zos" y "Li Tins, Lès-ôtes Èt On Pô D'mi" subyuga, empezando por el baroque pop afrancesado de "Li Sabat d'Sinte Mére l'Oto", con maneras de marching band en "Li Robaleû", siguiendo con las zambullidas en la bossa nova -"A m'vwèzène", "Pôve Tièsse"-, la nana -"Dji m'distoûrne di m'vôye"- o en el lado gainsbourgiano que, mayormente, domina el disco "Lins Tins". Cabay consigue que la declamación se mueva entre lo naif  y lo granuloso (en esto último recuerda a algunos intérpretes de la era clásica de la poesía cantada polaca, que tanta influencia tuvieron igualmente de la chanson, del samba o del folk anglosajón) con absoluta naturalidad. Precisamente, al menos en lo que respecta a "Tot-A-Fêt", primero de los discos, es el lado más folk el que queda un tanto infrarrepresentado en "Cabaycédaire", al no incluir piezas igualmente exquisitas de aquel disco como "Obzèkes" o "Dji m'dimande".






"Cabaycédaire" ostenta, finalmente, unas notas elogiosas por parte de dos pesos pesados del pop francés como son Louis Philippe y Bertrand Burgalat (casi nada) que no dudan, como nosotros, en recomendar encarecidamente este bella indagación en la calidez del trópico por parte de un centroeuropeo apasionado por confrontar sus ascendencias sureñas.

Los discos originales, por cierto, y descartadas sus reediciones íntegras en formato físico, conocerán una revaluación completa en el digital. Se mire por donde se mire, pues, no hay excusa.

martes, 19 de septiembre de 2023

The Appointment (Lindsey C. Wickers, 1981)







Tiene ingredientes suficientes para acabar convirtiéndose, más de cuarenta años después de su realización, en una película de culto: único largometraje de Lindsay C. Wickers, dedicado fundamentalmente a las labores de asistente de dirección (sobre todo para la Hammer: "Taste the Blood of Dracula", "Blood from the Mummy's Tomb" o "Scars of Dracula"), llegó a ponerse al frente de "The Lake" (cortometraje, 1978) y "The Appointment" más bien por razones azarosas, pero en ambos casos dejó una impronta muy particular que, poco a poco, empieza a ser reconocida al menos en cierto fandom, en base a una apuesta decidida por un cine que hurga entre el fantástico más sutil y el terror psicológico menos pirotécnico.

En "The Lake" Vickers ya incluyó algunos de los presupuestos alusivos que desarrollará con más osadía en "The Appointment": sonidos incidentales que recuerdan lo que pasó en lugares ora abandonados ora invadidos por espíritus acechantes y un ritmo pausado a la hora de rodar -pero jamás tedioso o reiterativo-. Por no hablar de alegorías recurrentes como los perros -ya sean víctimas o presencias amenazantes- y los relojes -que se retrasan, se paran o avanzan de manera descontrolada, imprimiendo con sus desajustes una sensación de irrealidad rayana en lo imperceptible-. Incluso en ese mismo corto había espacio, en el apartado de hallazgos anticipatorios, para una secuencia que recordaba poderosamente a otra de la primera "Friday the 13th", la de Sean S. Cunningham -realizada dos años después-, cuando descubrimos emergiendo lo que se escondía en las profundidades del lago... 






Si conseguimos eximirnos de la estética televisiva que marca inevitablemente "The Appointment", apreciaremos con creces la propuesta de una película que, como algunas veces se ha indicado, mezcla la imaginería de los relatos sobre entidades feéricas, ancestrales, de Arthur Machen, M.P. Shield o hasta Ambroce Bierce con las realizaciones oblicuas de David Lynch (piensen principalmente en "Lost Highway" o "Twin Peaks") y el thriller costumbrista de, por ejemplo, "And Soon the Darkness" (Robert Fuest, 1970).






Ian Fowler (Edward Woodward, que los fans del 'horror folk' tienen más que dignificado como el sargento Howie en la reivindicada "The Wicker Man" de 1973) es un padre de familia, director técnico de profesión, que debe sustituir en una central a un compañero cuya mujer está a punto de dar a luz. Ello implica irse de viaje, provocando a su vez la decepción de su hija, que había contado con su presencia ese mismo día donde va a tocar en un concierto muy especial de la escuela. La tensión paterno-filial, con un complejo de Electra flotando en el ambiente, se va tornando perturbador, claustrofóbico y ponzoñoso, proyectándose sobre la casa donde viven, en los sueños nocturnos que tienen los progenitores y en los hechos que se van a ir sucediendo trágicamente hacia la parte final.






Esas alteraciones están distribuidas minuciosamente con cuentagotas, no son nada aparatosas y, como en el caso de la aparición de la madre en la escalera de la casa en plena oscuridad, eludiendo el efecto gratuito de una música terrorífica y el ataque altisonante que cabría esperar. Música que, en el resto del metraje, cuenta con la partitura de Trevor Jones ("Excalibur", "The Dark Crystal", "Labyrinth"), lo que a su vez conecta con el lado del fantastique sobre el que oscila parcialmente esta cinta a medio camino entre una road movie y una atmósfera de gótico post-industrial.

Años antes ha desaparecido en circunstancias extrañas otra alumna del mismo colegio, por lo que Vickers se va a dedicar a jugar al despiste -al menos al principio- entre ese primer acontecimiento y la historia de aparente frustración de esta familia de clase media inglesa, sugiriendo una explicación más mundana. En realidad el problema reside en unas fuerzas invisibles que operan sobre los acontecimientos, en el transcurrir cotidiano y sobre esa frontera entre la realidad y lo onírico. Con un manto de ambigüedad, triples lecturas y sugestión -como nos enseñaron los maestros Tourneur o Robson: mejor insinuar que exhibir impúdicamente- "The Appointment" aflora como un tesoro afortunadamente indescifrable de inestimable encanto.





martes, 12 de septiembre de 2023

Aaron Joseph Russo, "Sookie La La"






En el albor de la pandemia de 2020 se produjo a su vez otro punto de inflexión, concentrado en una modesta ocupación artística como es, de hecho, la del australiano que aquí nos ocupa. Después de un par de álbumes bastante discretos y convencionales -carentes de la suficiente personalidad, vaya- en la pasada década, Russo abría la actual probando una serie de canciones sueltas con un estilo diferente, marcadamente de bedroom-pop, dando mayor protagonismo a sintes evanescentes (cierta tendencia al vaporwave), a la sensualidad juvenil exacerbada y al autotune diletante. La primera de estas muestras, "Espresso", con su falsete pertinaz, ya destacaba sobremanera dentro del improvisado conjunto.

La cosa, aun así, se empezó a poner seria con su siguiente lp oficial, "Lasagne" (Nice Guys, 2021), con sus estribillos alborozadamente apesadumbrados y su smooth r&b, certificando la concreción de su apuesta. Y con un cierto aire a trabajo conceptual como de vodevil sintético-gastronómico.






"Sookie La La" (repite este año con Nice Guys), además de continuar la buena senda de "Lasagne" trae, para empezar, una noticia inmejorable: la recuperación de "Espresso". Tres años después se confirma que es una de las más extraordinarias canciones de lo que llevamos de década, un clásico en un mundo improbable. La influencia nipona -del city pop al shibuya-kei- se impregna de todo el disco, seguramente por culpa de la inclusión de la relectura del "Baby blue" -en clave lovers rock- de los tokiotas Fishmans: menos pulcra que la original pero realmente oportuna y esclarecedora. La deliciosa "Calzone" parece un sobrante del banquete anterior (sea como sea, aquí sienta de maravilla) y "Nintendo 64" corrobora la buena mano de Russo para los baladones ensoñadores.

lunes, 31 de julio de 2023

Thomas Azier, "The Inventory of Our Desire"






El holandés Thomas Azier aparca temporalmente en "The Inventory of Our Desire" (Hylas) los arreglos arrolladores y la épica septentrional de sus trabajos anteriores, a la vez que atempera de alguna manera la visceralidad -que no la variedad- de su registro vocal. Del tecno-pop neoclásico y manierista de, por ejemplo, su celebrado "Rouge" (Virgin, 2017), con pátina de teatralidad algo exacerbada -entre los Ultravox de "Vienna" y Patrick Wolf- al pop elegante tipo The Blue Nile de "Faces" -la canción que abre "The Inventory"- puede parecer una reinvención inusitada -no teman los "puristas", su reciente ep "Zonder Titel" vuelve a centrarse en la electrónica dramática de disonancia controlada-, si no fuera porque Azier ya venía avisando de estos últimos derroteros en contadas grageas.

Más rastros: "Skin & Blister" tiene esa aparente anemia melódica rica en ensoñaciones penetrantes tan propia de David Sylvian como de los Nits (compatriotas de Azier) de "Wool". Luego llega el primer highlight con "Pelechian" y su trote sensual entre Better Person y el neorromanticismo (aquí más acústico) marca de la casa. Es, junto con "Invisible", la pieza estandarte del disco, carne de single para connoisseurs. "What Does It Mean To Be Free" apuesta por un dream-pop tan urbanita como devastador, y es en el tramo final donde cambian las tornas de manera imprevisible: una impostura a lo Nick Cave comanda "Slow Revolution" y "Donder", con las hechuras de un crooner un tanto post-apocalíptico. Cierra la casi instrumental "Only the Ocean", que retoma con firmeza el pop de cámara a la manera del Simon Bookish de "Everything / Everything" y donde, junto a "Blue Eyed Baby", el saxo adquiere un protagonismo nuclear muy de agradecer.

Sin la menor duda, su mejor disco hasta la fecha.







Está entrada está dedicada a nuestra gata Koshka (1 de abril de 2008 -  24 de julio de 2023), en especial "What Does It Mean To Be Free" ("The years are finally fading/My heart begins to crawl")

miércoles, 5 de julio de 2023

Adviento nocturno y La barca, de Mario Luzi






Si hay un autor que, dentro del saco del Hermetismo (de algún modo prolongación de las corrientes decadentista y simbolista), recoge como nadie el azogue del gran precursor Stéphane Mallarmé, ese no es otro que el florentino Mario Luzi y, dentro de su extensa obra, son sus dos primeros libros -recogidos en esta deliciosa edición bilingüe de 2012 de la Editorial Universidad de Córdoba en connivencia con la Universidad de Almería-, escritos en un periodo infausto en la historia de Italia -segunda mitad de los años treinta del siglo pasado-, con su clase trabajadora constreñida de manera infame y humillante por el fascismo, poco antes de la segunda escalada bélica mundial.

"La barca" y "Adviento nocturno" -por orden cronológico- marcan una supeditación metafísica, ambivalente y hasta punto irracional de la tradición inmediatamente anterior, tomando las enseñanzas del autor de "Igitur" como verdadero faro sobre el que desplegar el magma estructural y atmosférico de los poemas incluidos en ambas obras. Todo ello, y hasta cierto punto paradójicamente, desde una militancia crítica plenamente consciente, pues Luzi siempre destacó por tratar de argumentar sin vacilación su apuesta decidida por la abstracción y el retorcimiento de la sintaxis, colmándolos de un armazón propositivo. Como indica Francisco Deco en el estudio introductorio de esta edición, se trata de alguna manera de reagrupar todos los símbolos al alcance para generar las potencialidades de lo oscuro, en un viaje vertiginoso que nunca da como segura la consecuencia de su desembocadura, pero sí sus herramientas. 




La poesía de Luzi en esos primeros años es, podríamos decir, de un cierto costumbrismo impenetrable. Los ambientes rurales y proto-urbanitas y su devenir cotidiano establecen el punto de partida hacia el abismo. Con simbología recurrente: las mujeres -así, normalmente en plural- como figuras siempre presentes, tanto por lo que inspiran como por lo que ellas proyectan de vuelta en el ambiente. Sirva como ejemplo el más sugerente poema de "La barca" titulado "Serenata di Piazza D'Azeglio": un paseo en carro del autor -autodenominado como "inmenso pasajero", priorizando el carácter supraconsciente a la hora de escarbar en lo etéreo- que va anunciando en cada elemento que visualiza su intención más recóndita a través de la actividad manifiesta según el caso.

En "Allure" -ya perteneciente a "Adviento nocturno"- esa búsqueda de lo oculto en lo frecuente logra fundirse a cada paso, se entremezcla de tal manera que logra formar un 'tercer universo', y en ese ámbito Luzi -que lo ha relatado en pasado- hace un llamamiento a la persistencia de lo, a estas alturas, revelado:


"Piensa en mí si en palas de aventar la noche
late aún con esencias escondidas
y de mí te habla junto a las cerradas
ventanas que tú amas."


Más cercanos a la fatalidad de Dino Campana están poemas como "Tango", cuya bailarina ya en sí misma "era una sombra intangible en un soplo de músicas moradas" y donde, a través de la música "percibía el acento de la noche", transformado esto segundo finalmente en "suceso aciago de su vida sin rescate".
Versos enhebrados con la aleatoriedad en los signos de puntuación, urdiendo en apuestas como esa la condición imponderable del Universo que Luzi procuró surcar con valentía en sus primeros pasos.

Más tarde -y, como en el caso de otro iconoclasta contemporáneo como Vicente Aleixandre- fue dotando a su poesía de cierto pragmatismo formal, hasta alcanzar la destilación más armoniosa con esa maravilla que es "Invocación" (incluida en un libro posterior, "Primicias del desierto", de 1952).

sábado, 1 de julio de 2023

Elida Almeida, "Di Lonji"






¿Ha llegado el momento de la verdad para la de Pedra Badejo? Por lo que a mí respecta, y tras no haberle cogido demasiado el punto a su disco de debut "Ora Doci, Ora Margos" (Harmonia, 2014) durante el periodo de mayor persistencia en el trabajo de campo que dediqué a las músicas de Cabo Verde (2011-2016), creo que "Di Lonji" (y tras la escucha reciente de sus otros dos álbumes intermedios) es, desde luego, la grabación más directa y convincente hasta la fecha de Elida Almeida, también conocida entre los suyos como Daisy.

Define muy bien los tramos, siendo el primero más intimista y, a partir de la contagiosa "Bedjera" se impone el más risueño -pero no por ello menos combativo en textos-, con el semba "Djarmai", los zouks "Mo Ki Nta Fazi" y "Eh Ka Bo" y los vibrantes funanás "Amigu" o "Domingo Denxo". Es la táctica que viene acometiendo Elida en todos sus discos: ir cogiendo ritmo de manera gradual para irnos metiendo, sin prisa pero sin pausa, en vereda. Solo que en esta ocasión la turgencia de las partituras está mejor moldeada y acotada que nunca.






Los apuntes electrónicos en "Dondona" o "Mulata" son de una sutilidad orgánica francamente maestra, y se agradece que las esporádicas concesiones rockeras que emborronaban un tanto en el pasado hayan sido desterradas o, como mínimo, pulidas al máximo en "Di Lonji".

No pasará a la historia como una visionaria en el plano polifónico -ni falta que hace: lo importante es el compromiso irrenunciable con sus raíces, su aptitud y su orgullo de clase, procediendo como procede de un pueblo que recientemente inauguró su primera carretera-, mas la apuesta y el abrigo constantes del sello francés Lusafrica empiezan a cobrar todo el sentido y sitúan este disco junto a las obras mayores de compatriotas como Nancy Vieira, Lura, Neuza o Fantcha. Conquistando status por derecho propio.