domingo, 8 de agosto de 2021

The Sin of Nora Moran (Phil Goldstone, 1933)






El breve periplo de la actriz Zita Johann en el mundo del cine -la primera mitad de los años treinta- fue de infarto: figura principal en películas de Griffith -"The Struggle", la última del creador de "The Birth of a Nation"-, Howard Hawks -"Tiger Shark"- o "The Mummy" de Karl Freund. En esta última -quintaesencia del horror de la Universal- era ni más ni menos que la aristócrata hechizada por Boris Karloff que acaba como una especie de Isis escoltada por Anubis. Fue tal su ascensión en apariencia imparable que en 1933 -año de la gestación de "The Sin of Nora Moran"- Johann estuvo a punto de irse para el otro barrio tras un aparatoso accidente de automóvil -le diagnosticaron traumatismos varios-, el cual conducía su novio del momento: el escritor, futuro director y alcohólico empedernido John Huston. Pero después de tres títulos más, Zita cesaría casi para siempre su actividad en la gran pantalla un año después para regresar al teatro -de donde lícitamente procedía- y solo volver a hacer acto de presencia en los años ochenta en una cinta de terror cualquiera.

Poco a poco considerada película de culto, "The Sin of Nora Moran" fue junto a "The Mummy" el otro momento de gloria de Johann, esta vez desde la más rabiosa industria independiente -Majestic Pictures- y acompañada de sufridos y sempiternos secundarios como Paul Cavanagh -"The Verdict", "Secret Beyond the Door", "House of Wax"- o Alan Dinehart -"Supernatural", "Dante's Inferno", "The Whistler"-. "Nora Moran" ha crecido con el paso del tiempo hasta convertirse en la estilosa serie B que, sin miedo a equivocarnos, se adelanta diez o más años al modo de filmar  las mejores producciones baratas de Jack Bernhard, Henry Levin, Jacques Tourneur, Mark Robson o Edgar G. Ulmer.






La alusión a este último, el director checo de "The Black Cat" o "The Man from Planet X", no es en absoluto trivial: hay muchísimos (¿demasiados?) puntos en común entre "The Sin of Nora Moran" y "Detour" (1945), la gran obra maestra de Ulmer, hasta el punto de poder considerarlas primas (no tan) lejanas. El fatalismo, la mala suerte y las casualidades escabrosas se repiten con fruición en ambas películas, por no hablar de la pulsión constante entre sueño y realidad, y de ese tono pesadillesco y demencial de las que las dos se aprovisionan al máximo.

Al presenciar la peripecia vital de la doblemente húerfana Moran (Johann), bailarina de poca monta, creemos estar viendo una trayectoria angustiosamente análoga a la de Al Roberts, el pianista frustrado y maledicente de "Detour". Todo ello en relación a la inmersión de uno y otro personaje en el lado sórdido y malsano del sueño americano: buscan reconocimiento, fama y estabilidad económica y mental, y se encuentran a cambio atrapados en una vorágine de luces de neón siniestras, con compañeros manipuladores -Roberts es atormentado por Ann Savage, otra actriz rescatada en su senectud- y explotadores -en el caso de Moran incluso víctima de un jefe violador en una escena que aprovecha la rendija pre-código Hays, que se empezaría a aplicar al año siguiente, para poner el acento en semejante comportamiento abominable y desgraciadamente frecuente-, enredados una y otro en crímenes azarosos que bordean el absurdo.






"The Sin of Nora Moran" juega inteligentemente a contar las evoluciones de su protagonista mezclando de manera compulsiva flashbacks y saltos sinuosos de todo pelaje, hasta el punto de invitarnos a perder la noción del tiempo. Baste como ejemplo la ¿aparición? de la anciana que había recogido a Nora tras la funesta experiencia del abuso por parte del domador en el circo donde trabajaba, hablándole dentro de la celda de la prisión donde Moran ha sido acusada de un asesinato posterior: no sabemos si la señora está ahí o es solo producto de nuestra imaginación, con la única intención de contarnos ese capítulo puntual o, además, de velar por la infortunada.

La actriz principal ha sido seducida por un prometedor político -Cavanagh- que a su vez está casado y que tiene en su cuñado -Dinehart- a su principal valedor en su carrera por el poder. Este último es quien le confiesa a su hermana -la mujer de Cavanagh- toda la historia desde el principio, cómo descubre el adulterio y cómo llegará a chantajear a su protegido. Pero no contará con otra extorsión fatal que terminará de complicarlo todo definitivamente, con muerte de por medio...






La redención de Nora Moran, en el tramo final de la película, implicará arrastrar a su amante a un destino fatídico, pero compartido. Ella, mártir estoica, acusada injustamente de asesinato y cuya vida ha sido un tormento incesante, devolverá la locura y la resiliencia a las que ha sido sometida en una secuencia fantasmagórica que de alguna manera recuerda también a la parte final de la posterior "Peter Ibbetson" (1935), solo que la primera resulta por una parte mucho más comedida en el plano amoroso y más abrupta en su resolución que la de Hathaway.

"The Sin of Nora Moran" es una rara avis en una época donde el cine americano ni tan siquiera había terminado de digerir el precedente por excelencia del noir, esto es, las películas de gangsters. Sin embargo, ahí está la realización del polaco Phil Goldstone, más conocido por su faceta como productor -"White Zombie" (1932) de Halperin a la cabeza- como una adelantada muestra de cine negro y extrañeza psicológica de presupuesto ceñido, recursos astutos, vehemencia onírica e influencia insospechada.

"Atravesé el infierno esa noche"

sábado, 31 de julio de 2021

L'Étrange Monsieur Victor (Jean Grémillon, 1938)






A la hora de pensar en el cine francés del periodo de entreguerras los primeros directores que nos pueden venir a la cabeza serían Jean Vigo -"Zéro de conduite"-, Julen Duvivier -"Pépé le Moko"-, Jean Renoir -"La Bête Humaine"-, Marcel Carné -"Le Quai Des Brumes"-, Abel Gance e incluso Pierre Chenal -"L'alibi", "Le dernier tournant"- así como actores y actrices del tipo Jean Gabin, Michel Simon, Michèle Morgan, Simone Simon, Fernandel, el siempre inquietante Louis Jouvet o Pierre Fresnay. Y parece que otros nombres tardan un poco más en salir a la superficie, sea el caso del realizador Jean Grémillon o del histórico intérprete Raimu, cabezas de cartel de una de las cintas más disfrutables del cine europeo de los años treinta: "El extraño señor Victor".

De Grémillon, el abajo firmante ha frecuentado fundamentalmente la primera mitad de su filmografía, en concreto tres películas dramáticas con el mar como telón de fondo: la muda "Gardiens de phare" (1929), inevitable si se quiere hacer una maratón medianamente rigurosa dedicada a películas sobre faros, "Daïnah la métisse" (1932) -algo así como la versión gala y "exótica" de "Madam Satan" (1930) de Cecil B. DeMille- y su filme más prestigioso, "Remorques" (1941), con ese inolvidable duelo interpretativo in crescendo entre Gabin y Morgan.

Raimu es uno de los nombres propios del teatro francés de la época indicada, y tampoco le fue nada mal en el cine: ahí está la trilogía marsellesa, "Un carnet de bal" de Duvivier -en cierto modo precedente de "La vida en un hilo" de Neville- o la obra que nos ocupa.






"L'Étrange Monsieur Victor" es una paradójica co-producción franco-alemana en un momento especialmente delicado y negligente para la política francesa, aún resacosa tras la victoria en la Primera Guerra Mundial -y que, sin embargo, arrastraba como mochila desde entonces una crisis económica crónica que desembocará en la ocupación nazi- y, además, con su polémica postura en ciernes de no-intervención en la Guerra Civil Española, un título rodado en interiores en un Berlín ya malsano y deleznable -aunque en el arranque se nos diga que el entorno es Toulon y se acompañe la ilusión de varias imágenes de exteriores-. Los franceses pusieron el capital interpretativo y los alemanes el escénico, pero en lo segundo no recurran a lo fácil: apenas habrá rastro de plasmación expresionista en sus atmósferas. 

El señor Victor (Raimu) es el emprendedor entrañable y bonachón, querido por todos, de una tienda de souvenirs y antigüedades de todo tipo en aquella ciudad portuaria -de nuevo el mar como leiv motiv en el director de Bayeux- que está a punto de ser padre a pesar de su edad provecta. Nada hace suponer, sin embargo, que en los ratos libres tiene una segunda vida como enlace de una banda de peligrosos ladrones pertenecientes al lumpen-proletariado que tiene en vilo a toda la población. Un doble rol que nos recuerda enormemente a un papel muy similar protagonizado por Jean Gabin en la posterior "Leu Dernière Nuit", dirigida por Georges Lacombe en 1953.







Raimu está en su salsa: además de defender la película desde su ciudad natal en la vida real -la citada Toulon- domina como nadie la bis jocosa y el virtuosismo gestual tan propias del histrión latino en esos primeros compases, para cambiar de registro y convertirse a continuación en un férreo especulador en rebotica. Pero esa dualidad puede llevar a la postre a un callejón sin salida y, víctima de la presión de uno de la banda, Victor acaba con la vida del gángster en un acceso de furia. A partir de ahí hace acto de presencia la figura del falso culpable -el divino Pierre Blanchar de "L'Atlantide" o "La symphonie pastorale", que hace del honesto zapatero al que han visto discutir airadamente con el delincuente horas antes del asesinato-, y el ulterior ofrecimiento de acogida de Victor a Bastien, el zapatero, tras el paso por la cárcel de este -Victor, además de encubrir su culpabilidad, debe guardar las apariencias mostrándose tan generoso como siempre ha sido a la luz del día-. 
La mujer del anticuario es la legendaria actriz Madeleine Renaud ("Remorques", "Le plaisir" de Ophüls) que, con una técnica mucho más naturalista y sobria hace el perfecto contrapunto a Raimu y protagoniza una inesperada iniciación adúltera con Bastien. Para completar lo más granado del casting están Viviane Romance como esposa de Bastien y empleada de Victor, que se destapa como femme fatale al decantarse por Robert -el actor Andrex-, jefe de los malhechores, también creíble en su intervención.






En "L'Étrange Monsieur Victor" el mecanismo está ensamblado a la perfección: la chispa de los diálogos, una trama muy bien medida y sin agujeros, interpretaciones impecables y un trabajo de ambientación -las transiciones del costumbrismo al fatalismo proto-noir son maestras- que respeta cada tono con exactitud y afecto. El afecto que expandía a cada instante ese portento llamado Raimu, figura prodigiosa del cine continental.

sábado, 24 de julio de 2021

Yotsuya Kaidan, part I & II (Keisuke Kinoshita, 1949)






Dentro de la centenaria tradición del teatro 'kabuki' japonés, en su apartado sobrenatural tienen un lugar preeminente las historias de fantasmas y, de entre todas estas, las de Yotsuya se alzan como un fenómeno artístico de primer orden.

Si de todas las adaptaciones al cine que se han realizado hasta el día de hoy de la representación original de Nanboku Tsuruya es la de Nobuo Nakagawa de 1959 la más recordada -por la inusitada espectacularidad, en aquel momento, de sus efectos especiales-, bien cabe poner el foco en el díptico de Keisuke Kinoshita emprendido diez años antes.

Kinoshita, al contrario que Nakagama, buceó muy pocas veces en su filmografía la ficción terrorífica o simplemente fantástica. Ese fue, en cambio, el pilar sobre el que el segundo se especializó toda su vida, alternando producciones con presupuestos holgados -la citada Yotsuya Kaidan del 59- con otros productos de serie B donde primaba más el disimulo de las carencias presupuestarias que el acabado del guión -o eso es al menos lo que se puede deducir de títulos como "Bôrei Kaibyô Yashiki" ("The Mansion of the Ghost Cat"), que es más recordada por la perspicaz combinación de escenas en blanco y negro con otras en color que por su afinada trabazón argumentativa o sus aciertos en la puesta en escena-.








El caso de Keisuke Kinoshita fue el de una exploración del drama sin apenas artificios en todas sus vertientes, y eso es algo que se percibe meridianamente en su "Yotsuya Kaidan" de 1949. No hay que olvidar que se trata del cineasta de títulos clásicos más reconocidos de cara a crítica y público como "Narayama Bushiko" ("La balada de Narayama") de 1958, que penetra en otro mito nipón como es el de acompañar a los mayores en sus últimos compases de su existencia en una montaña no precisamente muy accesible pero sí lo suficientemente solemne para que los ancianos puedan reunirse con los dioses, o "Yorokobi mo Kanashimi mo Ikutoshitsuki" ("Tiempos de Alegría y Dolor") de 1957, una 'lighthouse movie' sobre itinerancia laboral y cómo esta afecta a las relaciones familiares de sus protagonistas, todo bajo un propósito epopéyico bigger than life.
Es importante recalcar esta preponderancia casi absoluta en Kinoshita por el melodrama, ya que quien se acerque a estas dos partes de "Yotsuya Kaidan" y espere encontrarse con una mera película de terror oriental al uso -de la época- puede llevarle quizá a ciderta frustración.








El arranque de la película, desde el travelling inicial, invita a la sugerencia por el cine carcelario -con su intento de fuga casi fallido incluido, introduciendo la prototípica figura del chivato- a través de la posterior trayectoria de dos de sus evadidos: uno, Kohei, en busca de la geisha -Oiwa- con la que mantuvo relaciones antes de acabar entre rejas, y otro, Tamiya, casado con la misma a posteriori pero desengañado de su matrimonio. A Tamiya se le añadirá como escudero de aviesas intenciones Naosuke, una mezcla de celestino y Mefistófeles movido por propósitos oscuros para forzar a Tamiya a cortejar a una noble de la zona -Edo, de donde era natural el autor Tsuruya- que a su vez está enamorada de Tamiya pero comprometida con otro hombre.








Lo que sigue es un cóctel de traición, mala conciencia, ambición, chantaje, amor abnegado y homicidio, que es hacia donde desemboca la primera parte de la obra. La segunda, que se inicia recordando ese último tramo -y que esboza, de manera muy sutil, los primeros minutos propiamente de fantastique-, da paso a la posterior venganza de los sacrificados en la red sentimental que han ido tejiendo los acontecimientos.

¿Están justificadas las más de dos horas y media en total de este folletín escénico con ribetes de thriller psicológico tan de los años cuarenta? Rotundamente sí: por ritmo, planificación, actuaciones e insinuación del pánico. Dos cintas de muchísima enjundia por el precio de una.

miércoles, 26 de mayo de 2021

Los Poemas Marcados (XI): Anna de Noailles, "Obsession"




Tamara de Lempicka - La Polonaise (1933)



L'enclos qui te retient, le tombeau qui t'opprime,
Je les vois en tous lieux.
Je crois c'est l'azur, les chemins et la cime
Qui recouvrent tes jeux.

Tu dors sous l'univers, le corps détruit, la face
Plongeant dans la torpeur,
Et moi, errante encor, quelque pas que je fasse,
Je marche sur ton coeur!







La cerca que te cierra, la tumba que te oprime,
las veo en todas partes.
Creo que los caminos, el azur y la cima
te recubren los ojos.

¡Bajo el universo duermes, destruido el cuerpo,
el rostro sumergido en el rigor, y yo,
errante todavía, a cada paso mío
te piso el corazón!


Traducción de Mireia Alonso Ribeiro, Torremozas

lunes, 24 de mayo de 2021

Los Poemas Marcados (X): Herman Melville, "Lone Founts"





Thomas Cole - The Fountain of Vaucluse (1841)



Though fast youth's glorious fable flies,
View not the world with worldling's eyes;
Nor turn with weather of the time.
Foreclose the coming of surprise:
Stand where Posterity shall stand;
Stand where the Ancients stood before,
And, dipping in lone founts thy hand,
Drink of the never-varying lore:
Wise once, and wise thence evermore.








Aunque veloz vuele la gloriosa fábula de la juventud,
no mires al mundo con ojos mundanos,
ni cambies con el clima de los tiempos.
Evita la llegada de la sorpresa:
quédate donde la Posteridad se quedará;
quédate donde los Antiguos antes se quedaron,
y sumergiendo tu mano en solitarias fuentes
bebe del saber que nunca cambia:
sabio una vez, y sabio para siempre.


Traducción de Eric Schierloh, Bajo la Luna

viernes, 21 de mayo de 2021

Los Poemas Marcados (IX): Alfred Tennyson, "Crossing the Bar"





Ivan Aivazovsky - Sea



Sunset and evening star,
And one clear call for me!
And may there be no moaning of the bar,
When I put out to sea.

But such a tide as moving seems asleep,
Too full for sound and foam,
When that which drew from out the boundless deep
Turns again home!

Twilight and evening bell,
And after that the dark!
And may there be no sadness of farewell,
When I embark;

For though from out our bourn of Time and Place
The flood may bear me far,
I hope to see my Pilot face to face
When I have crost the bar.








Puesta del sol y estrella vespertina,
¡y una clara llamada para mí!
Y tal vez no suspire la escollera
cuando me haga a la mar.

Pero una marea que así se mueve
parece dormida, demasiado alta
para sonda y espuma, cuando lo que sacó
del piélago infinito vuelva a casa.

Crepúsculo y campana vespertina,
¡y luego la oscuridad!
Y puede que no haya pena ni adioses
cuando embarque.

Pues aunque más allá del Tiempo y del Espacio
pueda el agua llevarme,
espero verle el rostro a mi Piloto
pasada la escollera.


Traducción de Antonio Rivero Taravillo, Pre-Textos

miércoles, 19 de mayo de 2021

Los Poemas Marcados (VIII): Emily Brontë, "Grave in the Ocean"





John Constable - Seascape Study: Boat and Stormy Sky (detail), 1824-1828



Where beams the sun the brightest
⁠In the hours of sweet July?
Where falls the snow the lightest
⁠From bleak December's sky?


Where can the weary lay his head,
⁠And lay it soft the while;
In a grave that never shuts its dead
⁠From heaven's benignant smile?


Upon the earth is sunlight;
⁠Spring grass grows green and fair;
But beneath the earth is midnight—
⁠Eternal midnight there.


Then why lament that those we love
⁠Escape earth's dungeon tomb?
As if the flowers that blow above
⁠Could charm its undergloom.


From morning's faintest dawning
⁠Till evening's deepest shade,
Thou wilt not cease thy mourning
⁠To know where she is laid.


But if to weep above her grave
⁠Be such a priceless boon,
Go, shed thy tears in Ocean's wave
⁠And they will reach it soon.


Yet midst thy wild repining,
⁠Mad though that anguish be,
Think heaven on her is shining
⁠Even as it shines on thee.


With thy mind's vision pierce the deep,
⁠Look now she rests below,
And tell me, why such blessed sleep
⁠Should cause such bitter woe?







¿En dónde luce el sol más brillante
de las tardes del dulce estío?
¿En dónde cae la nieve más fina
de los desolados cielos de Diciembre?

¿En dónde puede el cansado posar su cabeza
y tenerla para siempre a salvo
en una tumba que nunca se cierra
a la sombra benigna de los cielos?

Sobre la tierra a la luz del sol de Primavera
la hierba crece verde y lozana,
pero debajo es medianoche,
medianoche eterna.

Entonces ¿por qué lamentar que aquellos que amamos
escapen a la tumba, prisión de la Tierra?
Como si las flores que crecen arriba
hechizaran sus propias tinieblas.

Desde el más tenue amanecer
hasta las sombras más densas de la tarde
no cesará tu lamento
para saber dónde ella reposa.

Pero si llorar sobre su tumba
es un favor tan precioso
derrama tus lágrimas sobre las aguas del mar
y a ella presto llegarán

Si en tu violento dolor
locura tu angustia deviene,
piensa que sobre ella el cielo brilla
como brilla sobre ti.

Penetra el Profundo con la visión de tu mente,
mira cómo ella descansa allá debajo
y dime por qué tan bendito dormir
puede causar tan amargo dolor.


Traducción de Rosa Castillo, Torremozas