miércoles, 4 de marzo de 2009

El año pasado en Marienbad (Alain Resnais, 1961)






Vidas vacías, conversaciones insignificantes que se pueden parar y reanudar a capricho del espectador, con un simple chasquido de dedos. Comentarios que se pueden abandonar y retomar eternamente, pues mantienen hasta el infinito su carácter frívolo, pasivo y correcto. No hay escapatoria. El sopor costumbrista de una (alta) sociedad hastiada, encerrada en sus convenciones, encorsetada en su inutilidad práctica. Por eso el ocio está tan expandido y domina sus existencias, como un enorme tablero de ajedrez que es esa “lúgubre mansión de otra época, esta enorme y lujosa mansión de silenciosas habitaciones, donde las pisadas eran absorbidas por alfombras tan espesas, tan gruesas que uno ni oía ni sus propios pasos, como si el propio oído de uno mismo no le acompañara.”

En mitad de todo ello, de ese majestuoso hotel donde las vidas se mueven al exclusivo ritmo de sus aplacadas conductas, de su insustancial inercia, el protagonista supone la incógnita, el misterio. No es misterioso el escenario, o los inmóviles criados que escoltan sus interminables pasillos, o los espectadores en ese retiro irremediable, sino aquél que intenta ir más allá de los previsibles movimientos de los demás, tratando de explicar el origen, la historia de esas paredes, de las maravillas de sus estatuas. Aquél que intenta mostrar sus sentimientos y luchar por ellos. Aquél que da un sentido a la nostalgia, que ensalza el deseo y se engancha a la ilusión. Aquél que se pone en guardia contra la memoria inconsistente. Y el único que, paradójicamente, no dispara…

Entre tanta asfixia, tanta borrachera de certidumbres y hábitos embotados, es normal que al protagonista se le aparezca la disyuntiva de mezclar y confundir sueño con realidad, aquello que pasó con lo que le gustaría que hubiese sucedido. O todo lo contrario. Cualquier cosa con tal de romper con la férrea estructura y acortar las tremendas distancias. Tomar –y hacer tomar- parte de la historia y penetrar en ella dejando al margen sus fríos datos y su pétrea apariencia, propiciando un triángulo amoroso tan atrayente, insoportable y frío como su protagonista femenina. Como el soniquete insistente desde la sala de música.



Una película con una lógica implacable, como la tiene el juego de mesa entre los dos contendientes por la atención de la misma mujer. A medio camino entre lo que ya pasó (Cocteau) y lo que estaba por venir (Lynch), pero sin las escandalosas digresiones del segundo, pues aquí el concepto y la estética están perfectamente sujetos, tan rectilíneos como la arquitectura de los jardines o las proporciones de su estanque. Un "vértigo" muy a la francesa.

El reflejo no sólo de una sociedad pudiente, anestesiada, sino –y he ahí lo verdaderamente terrorífico- de otra más genérica y aparentemente descontextualizada e igualmente lastrada a estas alturas por su incapacidad para remover el curso de las cosas, de los argumentos o de las sensaciones más íntimas, envueltas en un pasado indefectible. Ni más ni menos que el cansancio y estatismo de (gran parte de) la civilización moderna. Absolutamente moderna. No hay escapatoria.

5 comentarios:

Jesús Negro dijo...

yo el otro d'ia, que a lo mejor no tiene nada que ver, vi la piel suave y me pareci'o un rollo, debe de ser que ha envejecido mal, me digo a m'i mismo.
soy el duenho del fotolog autoterrorismo y sheriffharryst

Edgar Ducasse dijo...

Ay, Mon Sheriff... no me extraña lo de La Piel Suave. No la he visto (o no recuerdo), y es que Truffaut no me es muy de fiar... esto de Marienbad es otra cosa, otro estilo, otro pulso. Slds!

Inma Varandela dijo...

No la he visto pero ese plano largo de la segunda foto me recuerda muchísimo a una escena maravillosa de "Pocilga" de Pasolini.

Y lo que cuentas es taaaaan Proust. Bueno, todo excepto la lógica.

Por aquí estoy de nuevo :)


* Estoy tan feliz con lo de Magazine, aunque vayan al FIB... ¿tú no?

Tomás dijo...

Filme sobre la memoria y la persuasión, fronterizo a la literatura en su creación. Robbe-Grillet es duro de por si y no es tarea nada fácil transferir los principios de la "nouveau roman" al celuloide, pero quizás sea de todos los movimientos literarios el más metafotográfico.. Un intento de representar una tranche de vie al estilo de una cámara fotográfica. Objetos reducidos a su presencia fenoménica, carentes de moral y psicología. Un reductio ad absurdum de la exigencia de realidad invocada por los diferentes realismos literarios y, en consecuencia, el “que” de la historia pierde trascendencia frente al “cómo” del relato. Sus personajes actúan como autómatas, sin motivación ni intenciones ni profundidad, al más puro estilo Anton Chigurh. Al igual que muchas sesiones de fotos y conciertos varios...

Tomás

http://abebedorespgondufo.blogs.sapo.pt/ dijo...

Good blog.
Portugal