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sábado, 11 de febrero de 2017

El apoyo mutuo. Un factor de evolución, de Piotr Kropotkin





No se trataba tanto de impugnar a Darwin como de oponerse a uno de sus principales seguidores, el maniqueo Thomas Henry Huxley. La contraposición entre la lucha de todos contra todos (Huxley), tan del gusto del pensamiento ultraliberal y capitalista –devenido más falso que una moneda de madera-, y la sociabilidad y la lucha mutua (Kropotkin) como factor histórico de desarrollo y adaptabilidad al entorno.

Dividido en fases que van de las sociedades tribales al corporativismo y la sindicación de principios del siglo XX (fecha en la que está escrito este tratado), pasando por las comunas aldeanas de los bárbaros o los gremios medievales, “El apoyo mutuo. Un factor de evolución” repasa todos aquellos acontecimientos que, más o menos evaporados de subconsciente actual –donde se ha impuesto el pensamiento único de la depredación y el sálvese quien pueda como (amañado) modelo de conducta a seguir no solo entre congéneres sino respecto al resto de habitantes del planeta, repasa todos aquellos acontecimientos que valoran y evidencian la permeabilidad al asociacionismo tanto del ser humano como de la mayor parte de las diferentes especies animales como instrumento fundamental para la durabilidad y la progresión de todos ellos. Como bien dice el propio Kropotkin, “después de haber oído tanto sobre los que dividía a los hombres, debemos reconstruir piedra a piedra las instituciones que los unían”.





Los dos primeros capítulos, eso sí, se centran exclusivamente en la ayuda mutua entre animales y es donde, además de Huxley, también recibe sus palos Rosseau y el papel de bestia inmisericorde que este último quiso otorgar al hombre respecto al resto de individuos. En ambas partes el bueno de Kropotkin alude a la predisposición nacionalista de las hormigas –en contraposición al internacionalismo de la vizcacha-, al talante conciliador de las abejas con refugiados e inmigrantes respecto a su grupo, además de su predisposición a la erradicación del latrocinio o la delincuencia en general. También a la promoción de las jornadas laborables reducidas en las ardillas que, por otra parte, son proclives a un cierto afán acumulativo-capitalista en gran medida a consecuencia del ahorro. O del sentido de la independencia en las marmotas y del federalismo de los corzos. Siempre con la “suavización –cuando no la eliminación- de la competencia allí donde existiese”.

Por el título no se trata de un libro de auto-ayuda, sino de una teoría filosófica del pensador moscovita asentada en el empirismo que parte de la observación detenida de los modelos de conducta que han ayudado (valga la expresión) a la formulación del fomento de la alianza como causa fundamental para el progreso, el desenvolvimiento y la supervivencia. Es su certero relato, frente a la ambivalencia (por decirlo suavemente) del sacrificio y la supuesta inevitabilidad del egoísmo, heredadas ambas del retorcido pensamiento cristiano –con una versión para todos los públicos llamada caridad, contraria a la ayuda mutua, por ser una virtud superior heredada del cielo- o el intrusismo estatal, formado por “teóricos de la ley o defensores de los intereses ajenos”.





“La absorción por el Estado de todas las funciones sociales favoreció inevitablemente el desarrollo del más estrecho y desenfrenado individualismo. A medida que los deberes del ciudadano hacia el Estado se multiplicaban, los ciudadanos se liberaban de los deberes hacia los demás”. Y también: “la ausencia de intereses comunes educa la indiferencia; y el coraje y el ingenio, que raramente hallan aplicación, desaparecen o toman otra dirección”.


La lucha por la existencia como una pelea contra los condicionantes naturales, no contra los medios o los grados. Ni más ni menos.