martes, 23 de junio de 2020

Cantos Órficos, de Dino Campana






"Cada cual absorto en lo único que daba sentido a su vida: su culpa"

El hermetismo, más allá de su utilización para agrupar determinados textos ocultistas y supersticiosos en la frontera entre lo helénico y lo egipcio dentro de la Edad Antigua, o como una mera aproximación para (re)situar a autores decimonónicos supuestamente difíciles como el maestro Stéphane Mallarmé, obtuvo carta de naturaleza ya en pleno siglo XX para ajustar en una misma etiqueta a una serie de escritores italianos de entreguerras que se movían entre el decadentismo, el simbolismo y un somero empleo de la escritura vanguardista de aquel tiempo. De entre todos ellos uno apunta, por lo escaso de su producción y sus vicisitudes vitales -proclives al morbo y la elucubración-, a ser enfocado con especial interés por parte de todo aficionado que se precie al enigma literario: Dino Campana.

Su única obra oficial, "Cantos Órficos" -trabajo al que, como buen autor maldito, dedicó de manera incansable, exclusiva y enfermiza prácticamente la vida entera- se publicó de manera tortuosa -con la pérdida en mitad del proceso del manuscrito original, que se hallaría muchos años más tarde-, convirtiéndose para la posteridad en bocado apetecible para el amante de la rareza y el infortunio. Intercalaba poemas en verso con otros en prosa -estos últimos, sin duda, tremendamente influidos por el modelo de "El Spleen de París" de Charles Baudelaire.






Dino Campana, que nos da bastantes pistas sobre su existencia a través de los versos, tras abandonar muy temprano el nido familiar frecuentó el vagabundeo y las casas de salud -la forma de entonces de llamar a los hospitales psiquiátricos-  donde, a la manera de Leopoldo María Panero después, dibujó con inusitado empeño lo que se cocía dentro de sus paredes, pero también hizo lo propio con los espontáneos que merodeaban en extramuros, como queda plasmado en textos como "Sueño de prisión", "El ruso" o "La jornada del neurasténico (Bolonia)" -este último además con palpitaciones de manía persecutoria a la manera del Strindberg de "Inferno"-, entre otros. Siempre con abigarradas frases, abonadas al anacoluto y al capricho descarado a la hora de puntuar.

Y es que si por algo queda señalada su poética fue, aparte de por los numerosos viajes que realizó sobre todo por Italia y Sudamérica, por su capacidad para la descripción iconográfica, ya fuera en un plano escultórico insigne -Miguel Ángel- o a través de los colores y las formas de cuadros igualmente prestigiosos -Da Vinci, Rafael, Durero-. A menudo valiéndose de la repetición obsesiva, que otorga a sus poemas de un ritmo contundente: de ahí por tanto lo subrayadamente órfico.






Campana fue también un escrupuloso delineador de espíritus marginales, de habitantes expulsados o apartados, y de gentes en general sin mayor oportunidad -con el esqueleto como símbolo recurrente-, a la vez que asestaba con la misma pluma el bofetón correspondiente al burgués usurero y explotador, bordeando la mofa. Todo ello con especial inclinación por los ambientes sórdidos y hostiles, donde la industrialización desbocada ya entonces iba ganando terreno de manera obscena a la Arcadia, situándolos no muy lejos de las escenas brumosas y terminales de contemporáneos como George Trakl.

A destacar "La Quimera" y "Dualismo (Carta abierta a Manuelita Etchegarray)", donde nadó con extraordinaria habilidad en torno a la eterna disputa entre las corrientes del amor ideal y el amor tangible.