Mostrando entradas con la etiqueta Zeca Di Nha Reinalda. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Zeca Di Nha Reinalda. Mostrar todas las entradas

viernes, 5 de septiembre de 2025

Artículo recuperado: Cabo Verde, volcán de 'sodade' (Canino)

 



El magazine digital Canino dejó de actualizarse en 2020, pero hasta hace bien poco todavía podía consultarse todo su contenido en la red. Al darme cuenta de que esto último ya no es así, decido recuperar para el blog los siete artículos que escribí para ellos. Cuelgo los contenidos íntegros con muy puntuales correcciones, fotos diferentes de las que acompañaban la publicación original y, en los casos donde así sea, con otros vínculos de videos si los que se insertaron en su día ya no están disponibles. 

Empezamos con este artículo-compendio dedicado a los sonidos de las islas de Cabo Verde, que ya habíamos tratado pormenorizadamente en otras reseñas varios años antes en este mismo espacio.


Apenas aparece en los catálogos de los más prestigiosos turoperadores musicales (en la web especializada de cassettes Awesome Tapes From Africa, por ejemplo, ni siquiera da para un tag o categoría), pero Cabo Verde encierra un tesoro sonoro de múltiples posibilidades -ya sean autóctonas o extranjerizantes- que tiene poco que envidiar no solo a cualquier zona de su entorno, sino a otras muchas del mundo conocido. 

Hubo un tiempo en que Cabo Verde se puso de moda, aunque fuese de manera puntual y un tanto caprichosa, auspiciada por el auge de la world music a finales de los años ochenta del siglo pasado. Dice la leyenda que José Da Silva –francés de origen caboberdiano-, en unas vacaciones familiares por Lisboa, tuvo una revelación rayana en el misticismo al contemplar por pura casualidad la actuación de una mujer de voz poderosa y profunda, de tristeza abisal, que interpretaba descalza, con una mano en el micrófono y la otra, entre canción y canción, compaginando unas veces el cigarro y otras un buen vaso de aguardiente. Descubrió que se llamaba Cesária Évora, que procedía del archipiélago cercano a las costas de Senegal y que antes fuera colonia –de Mindelo, para ser exactos- y que solía actuar poco más que a cambio de que le fueran subvencionando sus vicios. Lo demás es historia: convertida en el buque insignia del sello discográfico de Da Silva –Lusafrica-, Cesária desplegó toda su grandeza en trece álbumes incomparables, hasta encontrar la muerte hace poco más de cuatro años (2011). En esa colección de discos llevó el morna a sus más altas cotas de perfeccionamiento formal y sensible, acompañada por la flor y nata de la estirpe musical de su país, ya fuera interpretando a los autores clásicos del género –B. Leza, el poeta Eugénio Tavares-, a los contemporáneos –Tito Paris, Teófilo Chantre-, o haciéndose escoltar por sus más destacados instrumentistas sobre las tablas –Paulino Vieira-.
El morna es, por simplificar, el fado caboverdiano. Pero lo que le da una dimensión especial es una pulsión rítmica menos encorsetada que en el género europeo, gracias fundamentalmente al uso casi omnipresente del cavaquinho de tal manera que, entre los intérpretes del morna, otros instrumentos como la guitarra se adaptan en la ejecución a los modos de aquel instrumento (el inefable rasgueo arrastrado), creando una seña de identidad absolutamente intransferible en sus canciones.




Los textos giran alrededor de la nostalgia por la distancia –ya sea física o sentimental-, una especie de mezcla entre la morriña y el spleen, que entre portugueses y brasileños se conoce como saudade y que los caboverdianos –fieles a su adaptación algo más seca y contundente- denominan sodade. La pérdida, los recuerdos y las añoranzas se imbrican dentro de ese sentimiento finalmente indefinible que inunda la mayor parte de sus letras. Cabo Verde es un país donde la emigración tiene un peso más que considerable –ya sea para buscar una vida mejor o, simplemente, grabar esas mismas canciones dignamente en un estudio-, y es por eso que sus palabras y armonías se contagien constantemente de esa tristeza siempre candente. 
Llegados aquí es donde conviene justificar el motivo de este artículo: Cabo Verde no empieza o termina con Cesária. Al contrario: Cesária Évora, embajadora por excelencia de su música, es la puerta de entrada a un universo desgraciadamente desconocido para la mayor parte del común de los mortales; universo que, sin embargo, está en éste. Por ello conviene hablar de figuras como Bana, que por condiciones físicas debería de haber formado parte de algún equipo de baloncesto europeo en los años sesenta y que, por el contrario,  prefirió convertirse en el alumno más aventajado de B. Leza (nombre real: Francisco Xavier da Cruz, EL compositor por antonomasia de la canción caboverdiana, equivalente de Noel Rosa o Antonio Carlos Jobim en Brasil), viajar hasta Francia y grabar en aquellos años una serie de discos alucinantes con reminiscencias no solamente de los ritmos de su país de origen, sino también del son cubano. 




Por esas mismas fechas encontramos evocaciones del samba-canção de la mano de Djosinha que, entre otras cosas, adaptó como nadie a autores máximos del estilo como Paulinho Da Viola. Djosinha formó parte en esos sesenta de Voz de Cabo Verde, una curiosa formación que tuvo entre sus filas a la crème de los músicos del momento, entre ellos Luis Morais y Chico Serra, ambos con solventes carreras en solitario dedicadas en cuerpo y alma al morna instrumental. Voz de Cabo Verde tenían la particularidad de tocar todos los palos: desde el morna hasta el funaná, pasando por el pop ye-yé o el soul, oficiando como auténticos pioneros de la versatilidad estilística que siempre ha caracterizado al artista caboverdiano.
La ristra de notorias leyendas de la canción no se acaba aquí: hay que añadir otras divas legendarias que, junto con Évora, conforman un plantel digno de reconocimiento. Celina Pereira, Titina, la senegalesa de nacimiento Jacqueline Fortes o la dulce Ana Firmino han paseado y pasean el morna desde hace décadas; otras como Herminia debutaron, como su prima carnal Cesária, a una edad avanzada (53 años) dejando constancia de un morna oscurísimo, poco menos que gótico: 




Todos ellos compaginan la luz tenue del morna con los fulgores brillantes de la coladeira, el reverso festivo, dicharachero unas veces y con marcado contenido social otras, como este hit del sensualísimo monsieur Tito Paris:





El binomio morna-coladeira no ha dejado de producir savia nueva desde finales de los ochenta: Fantcha, Lura, Nancy Vieira, Mayra Andrade, Neuza… algunas de ellas bregadas previamente como coristas en tours interminables al lado de la gran Cesária, siguen ampliando la paleta de colores de su tierra natal y profundizando en sus tonalidades con efluvios del funk, la chanson, el bolero, Brasil (el eterno viaje de ida y vuelta) y hasta incipientes soluciones electrónicas, como el caso de Marizia do Rosario, estrella del kizomba caboverdiano, exportado directamente de la hermana Angola. Y es que si hay algo que ha distinguido desde siempre la producción de nuestro país favorito es la diversidad de ritmos e influencias, etc., propiciada por los éxodos incesantes de su comunidad hacia los más dispares destinos, empapándose de todas las experiencias que van encontrando y regurgitándolas en forma de aderezos que van sumando a su olla musical.




Para continuar, hablemos del funaná. Si morna y coladeira están asociados fundamentalmente a espacios urbanos e incluso a los estratos más pudientes de Cabo Verde, el funaná es un género que nace en los entornos rurales, lo practicaban al principio sobre todo campesinos y es una música festiva, con instrumentos acústicos (muchos de ellos manufacturados de forma improvisada) y el acordeón como protagonista de la mayoría de sus piezas. Además de pioneros como Code di Dona (abonado a la historieta humorística), el funaná se ha nutrido todo este tiempo principalmente del formato de grupo. Quizá el más importante de todos sea Os Tubarões (Los Tiburones), un grupo que entre mediados de los setenta y mediados de los noventa apuntaló una discografía sorprendentemente fresca y repleta de maestría melódica e intuición. Liderados por Ildo Lobo que, además de gran compositor y cantante, dedicó gran parte de su vida a la musicología y a la preservación del legado sonoro de su país, convirtiéndose en un nombre indispensable y correa de transmisión ineludible para la memoria del porvenir caboverdiano.




Otro grupo imprescindible para entender la evolución del estilo es Bulimundo, quizá el más revolucionario musicalmente de todos. Introdujeron la más rabiosa electricidad en el funaná y podían sonar ácidos, funk-punk y hasta progresivos según el disco. Como figura principal el guitarrista Carlos Alberto “Katchás” (como Ildo Lobo, también fallecido) y su disco “Exodo”, de 1983, no tiene nada que envidiar a contemporáneos británicos que por aquel entonces mezclaban de manera parecida soluciones funkies con pop y tribalismos varios.




Escisión de Bulimundo fue Finaçon, otras bestias pardas. Capitaneados por los hermanos Zeca y Zezé Di Nha Reinalda, apostaron desde el principio por el funaná más “electrónico” y sus líderes han gozado de sendas carreras en solitario donde la perseverancia ha hecho que por ejemplo el más pequeño, Zeca, sea considerado hoy en día ‘O Rei do Funaná’, lo cual no es precisamente moco de pavo.




Las letras del funaná tratan de los temas más diversos: religiosidad, esperanza o amor, pero también de las más exacerbadas reivindicaciones asociadas a la extrema izquierda. La colonización portuguesa, hasta mediados de los setenta –recordemos por otra parte que fueron los lusos los que poblaron las vacías islas partir del siglo XV trayendo esclavos desde el continente africano- fue incubando desde unos años atrás una fortísima conciencia reivindicativa con experiencias como la cubana en el horizonte. De tal manera, grupos como Tulipa Negra, a ritmo de merengue caboverdiano –otro de los géneros por antonomasia-, cantaron su amor incondicional a las F.A.R.P. (las Fuerzas Armadas Revolucionarias del Pueblo) y a su particular Ché, Amílcar Cabral. No fueron los únicos: los citados Voz de Cabo Verde bautizaron uno de sus discos “Independencia”, el vocalista Nhô Balta, acompañado de los excitantes Black Power, dedicaron una canción al “5 de Julho” -día de la independencia-, y Abel Lima e Les Sofas no dejaron de llamar a la “Unidade Povo” (Unidad del Pueblo) en una de sus tonadas.




Como se ve, compromiso nunca faltó. Y amor por su país, Cabo Verde (las dos palabras más repetidas en cualquiera de sus músicos). Siempre presente, hasta el tuétano. Frente a la carencia de recursos –son islas fundamentalmente volcánicas donde cuesta que brote producción-, los abusos de una colonización casi atávica o la separación geográfica, una escena musical envidiable (¿el Brasil africano?), extremadamente afectiva y absorbente. Un constante descubrimiento.



Publicado en Canino el 5 de enero de 2016


jueves, 15 de enero de 2015

En busca de Cabo Verde (IV)






El funaná es el estilo musical por antonomasia del campesinado y las clases más humildes de los núcleos urbanos de las principales ciudades de Cabo Verde. Apoyado desde su origen fundamentalmente en el acordeón y en una percusión “a cuchillo” sobre algún objeto metálico, poco a poco fue evolucionando y ampliando su paleta expresiva con instrumentos eléctricos y tecnológicos.

Uno de sus principales -y primeros- artífices fue el guarda forestal CODÉ DI DONA (1940-2010) -cuyo nombre también admite variar sensiblemente la grafía de la C a la K-, intérprete de al menos tres álbumes con o sin grupo detrás. En el primer caso y en un disco como “Kode Di Dona's Funana” (1996) se advierten esas raíces primigenias del estilo en todo su esplendor: texturas áridas y sinuosas bajo un cielo sofocante de ritmos sincopados y discurso melódico irregular: todo un desafío para los pulcros oídos de cualquier aficionado del primer mundo. Gregório Vaz (nombre real) como involuntario baluarte que debería ser del verdadero sentido del término “anti-folk” según el prisma occidental. Sin embargo, para esta ocasión hemos incluido en el sampler correspondiente dos piezas más digeribles incluidas en su disco homónimo de 1997: “Pomba” -cuyos coros nos recuerdan poderosamente a los Talking Heads de “The Great Curve” o “Houses in Motion”- y “Teresinha”, ambas bendecidas con acertados bajos musculosos. Codé Di Dona es a São Domingos lo que Faustino Oramas “El Guayabero” a Holguín, allá al otro lado del océano: una respetada y señera figura local que funde la hilaridad y la picardía de las historias del terruño con acordes rudos y garganta ufana.







Los praianos OS TUBARÕES de Ildo Lobo (ver ‘En busca de Cabo Verde I’, cuando incluíamos a Lobo en solitario en el primer recopilatorio) fue el primer combo destacado tras la ansiada descolonización de Portugal. Practicaron todo tipo de estilos (además de funaná se bregaron en la coladeira, el morna y el pop internacional) y armaron una admirable y muy consecuente discografía que quizá tenga en “Djonsinho Cabral” -su segundo elepé, publicado en 1979- el punto más álgido de su discurso, aunando tradición y atemporalidad sonora de la manera más efectiva posible. No obstante, hemos elegido dos canciones de su disco final, “Porton D'nos Ilha” (1994), dos coladeiras trepidantes como son “Mula Mansa” –ilustrativa muestra de costumbrismo literario apegado a las volcánicas superficies que conforman muchos de sus pueblos- y “Tunuca”, más sofisticada y reivindicativa, celebrando de manera exuberante la emancipación nacional. Lobo aunaba de alguna manera el físico de Juan Luis Guerra con la desbordante retórica de Renato Russo.







Un punto de inflexión en la historia del funaná fue BULIMUNDO. Formados a finales de los setenta, revolucionaron el género ya en los ochenta añadiendo guitarras eléctricas y demás cacharrería contemporánea a sus esquemas. Liderados por su añorado guitarrista Katchás, flirtearon –a su manera- con el art-rock, la música de baile anglosajona y el post-punk de raigambre “étnica” gracias a la utilización de acordes energéticos no muy alejados de lo que hoy conocemos como ‘jangle’, lo que dio a su obra una versatilidad pasmosa y rica en matices. He seleccionado las dos primeras canciones de su obra maestra, Êxodo (1983), donde en muchos de sus cortes no suenan nada alejados en planteamientos “mestizos” de propuestas de la época como los primeros Ciudad Jardín, los Coyotes de “Mujer y sentimiento” –“Di Modis Ki”- o los citados Talking Heads. Una orquesta fundamental y siempre sorprendente.







La escisión más sonada de Bulimundo fue FINAÇON, el grupo liderado por los hermanos ZECA y ZEZÉ DI NHA REINALDA, dos de los primeros cantantes de los de Katchás. Como éstos u Os Tubarões, consiguieron un éxito tremendo tanto en su país como en otros más  o menos con los que los une un profundo  hermanamiento –caso de Guinea-Bissáu-. Finaçon tienen en “Horizonte” (1985) y sobre todo “Dotorado” (1989) los larga duración más definitorios de su carrera. El funaná “eléctrico” se hace con ellos definitivamente más expansivo, llegando a su plena normalización. He incluido de ellos hits tan incontestables como “Indifido” o “Si Manera”, forrados con teclados ‘verbeneros’ absolutamente irresistibles, y con la vigorosa voz de Zeca Di Nha Reinalda por bandera, todo un portento expresivo.

De los hermanos he escogido también dos canciones (por artista) de sus respectivas carreras en solitario. De Zezé tanto la festiva “N Ka Kulpadu” como el morna-vals “Mundu Mas Bunitu” (esta segunda con una intro que haría palidecer a los grupos de pop siniestro de la época en que se publicó: finales de los ochenta), dando muestras de un infatigable y siempre mudable talento afro-pop.





Zeca Di Nha Reinalda, toda una estrella en su país –considerado merecidamente ‘O Rei do Funaná”- tiene ya una larga trayectoria al margen de los fenecidos Finaçon, desembocando en un electro-funaná lindante con la música ‘dance’ al uso (“Engana Deus”), de bases martilleantes, sensibilidad ‘pop’ y plenitud verbal.


Para cerrar, algo alejado del funaná pero que aun así comparte algo del desparpajo de Zeca Di Nha Reinalda en lo que respecta al maridaje de ritmos caboverdianos y música de baile cosmopolita. MARIZIA (DO ROSARIO), que está más cerca de otros estilos como el zouk o el kizomba, fue a finales de los noventa y principios del nuevo siglo la auténtica sensación caboverdiana en las discotecas de las islas. Dance-pop insolente y meridianamente comercial que tiene en “Daily”, de 2003, su disco más celebrado e irrebatible. Colmado de hits potenciales (entre Fantcha y Kylie Minogue) y prístinos arreglos synthpop, “Cabeça No Ar” (incluida en el disco citado) sería el más rotundo. Para acompañar “Taõ piquenin”, canción estrella que diera título genérico a su anterior disco: para gente sin complejos.