domingo, 7 de marzo de 2021

Malombra (Mario Soldati, 1942)






A la espera de acercarme a la narrativa de Mario Soldati (1906-1999), buenas son las tres muestras de su labor detrás de la cámara (pertenecientes las tres a sus inicios en el celuloide) que he tenido la oportunidad de ver hasta el momento dentro de su prolongada trayectoria cinematográfica. La primera, "Tragica Notte" (1942), es un notable melodrama -con un minucioso guión sin fisuras en su haber- sobre un triángulo amoroso que es destapado por un cuarto personaje que necesita consumar una venganza personal con uno de los otros tres integrantes del reparto principal. "Fuga in Francia"  (1948) es la segunda. Un prestigioso film de transfondo post-bélico (la huída de Italia de un gerifalte fascista tras el fin de la Segunda Guerra Mundial) con tintes noir que, sospecho, sirvió a Soldati como expiación: el turinés publicó y rodó sin aparente resistencia durante la tiranía de Mussolini para después retratar aquí a un Ricardo Torre -protagonista de "Fuga in Francia"- como un despiadado e inmoral individuo (lo que viene a ser por defecto un fascista, por otra parte) que no dudará en sacrificar a su propio hijo para salvarse de la orden de búsqueda y captura que pende sobre él. Fue una evolución extendida entre la intelectualidad italiana: recordemos que Soldati fue amigo personal del también escritor Cesare Pavese, un personaje que a pesar de sus orígenes antifascistas participó sin demasiadas reticencias en el ejército italiano para, después de la gran contienda, afiliarse al Partido Comunista Italiano quizá principalmente para reparar su propia conciencia.






La tercera de las películas de Soldati es "Malombra" (cuyo cartel hace explícita alusión a "La Isla de los Muertos" de Böcklin), del mismo año que "Tragica Notte" y ejemplo quintaesencial de que existió un cine italiano prominente antes del socorrido neorrealismo o de cargantes figuras de la talla de Fellini o Visconti. Basada en la novela del escritor de principios de siglo Antonio Fogazzaro, "Malombra" tuvo como precedente una versión silente de 1917 a cargo del director fascista Carmine Gallone.

Lo primero que se puede subrayar al visualizar las peripecias de la Marquesa Marina di Malombra -interpretada por Isa Miranda, que ya había dado la campanada junto con Max Ophüls en "La Signora di Tutti" de 1934, la única cinta italiana del director alemán- es que "Malombra" se encuentra más cerca del folletín gótico de una Ann Radcliffe que del melodrama de la época en la que se escribió el texto original o casi del que se producía para las salas a principios de los años cuarenta. Marina, que se va a vivir al oscuro palacio de su tío el Conce Cesare d’Ormengo, se verá desde el principio atrapada por impenetrables pasillos y ocultas tramas sentimentales bigger than life. Como si de una nueva Emily St. Aubert acosada por el Montoni de turno se tratara, vaya.






Desde los primeros minutos Soldati hace alarde de su virtuoso despliegue con la cámara a través de una profundidad de plano exuberante, mientras la cohorte que acompaña de Marina se aproxima por barca al "castillo del Innombrable". La protagonista será conducida a la habitación prohibida -metáfora de una represión ancestral- y se interesará por una desconocida y enigmática novela llamada "Fantasmi del Passato", de 1881 -un hallazgo que funciona como guiño a los amantes del terror cortés-, a la vez que descubre pequeños tesoros -mechones de pelo escondidos en pianos, cartas comprometedoras...-: en definitiva un rompecabezas que necesita ser resuelto por su propia supervivencia pues, como podría intuirse, las piezas coinciden de alguna manera con ella misma...

El valor de "Malombra" está en la suntuosidad de sus emplazamientos, en la intrínseca elegancia de sus planos, y en no cargar nunca las tintas ni en sustos gratuitos (nunca es el propósito) ni en partituras efectistas, sino en la fuerza natural de su atmósfera apartada, romántica y asfixiante. Para completar el cuadro harán acto de presencia un escritor protegido de su tío Cesare -Corrado Silla- y un pretendiente oficial para Marina propuesto por el conde. Para cuando estos personajes se integran en la materia la mente de Marina ya está afectada por el aislamiento, por la urdimbre autoritaria de su tío y por el secretismo lacerante que impregna el ambiente a través de amores desenterrados tras ser invocados en pliegos arrugados.






Los últimos diez minutos redondean una pieza mayormente memorable: una Isa Miranda arruinada, a la vez que despechada y confusa con su amante Silla, y al borde de la locura -sublimando una dualidad exasperante que no ha parado de crecer a lo largo de la obra, víctima de una maldición atávica- preside una última cena que se recrea en alusiones bíblicas -la esposa de Lot- y que se resuelve insospechadamente casi al más puro estilo de cine negro...