martes, 16 de junio de 2009

La piel que brilla (Philip Ridley, 1990)




El retrato de una América profunda, supersticiosa y aislada, traumatizada y anquilosada, que se agarra a conceptos y sentimientos patrióticos sin más reflexión que la añoranza de una vida mejor, más fácil y más próspera, donde los medios para alcanzarla están difuminados y la realidad se encarga de distraerlos y sacrificarlos.

Entre trigales que circundan sus vidas, arranca un cuento perverso, sutil y desesperado. Lo trae una literatura importada. La imaginación desbordante de un niño que verá sublimadas sus correrías se encargará de hacer el resto. Sentado en el banquillo de los acusados, o en la silla de torturas, será testigo de la enajenación de una viuda solitaria, aplastada por los recuerdos de una vida pasada. Paralelamente, varias desapariciones con su móvil (“las circunstancias”) y sus sospechas. Cadáveres siempre expuestos a la luz del día, como (casi) toda la vida alrededor de la historia, y una serie de señales alrededor que quieren dar sentido a una inocente fantasía privada.



“The Reflecting Skin” no es una película de vampiros donde se cambia la noche por el día, donde no corre una gota de sangre y los colmillos no aparecen siquiera en una caja de madera. Ni tan Lynch como se la presupone (sólo en pequeños detalles de imaginería, en determinados requiebros, como el paseo de las gemelas o la asfixiante fotografía de gótico estadounidense), ni desde luego en la línea de la reciente “Déjame entrar” (apunte barato para etiquetar una cinta a través de connotaciones superficiales), esta sí rematadamente vampírica. “La piel que brilla” es la investigación sui-generis de un impúber en la América de los años cincuenta, corrompida y ahogada por la mano de la culpabilidad, donde los “chupasangres” son gente respetada, a la cual se saluda todos los días y sobre la que no recaen desconfianzas. Una película que nunca sucumbió al poder de la evidencia, donde aún florece una lectura soterrada e hizo de cierta ambigüedad su mejor arma, esa que le hará permanecer incorruptible en la memoria.