lunes, 20 de octubre de 2008

Valmouth, de Ronald Firbank



Los balnearios, como los monasterios, son el futuro. Bien lo saben los verdaderos maestros. En tiempos de hartazgo informativo y podredumbre ornamental, de superficialidad publicitaria y atracón estético, funcionan como reducto ascético, ya sea desde un punto de vista espiritual o físico. Por eso el mundo que imaginó, o mejor dicho, maleó Ronald Firbank hace casi un siglo es tan posible: personajes de edades bíblicas, macerando su existencia en lugares de retiro que funcionan como microcosmos regidos por sus propias leyes. La nostalgia, la pulsión sexual, las convenciones sociales, los conflictos raciales… todo ello se da cita en un entorno apacible y deterioradamente paradisíaco, a medio camino entre la estética de Aubrey Beardsley y la de Arthur Rackham, osea, entre la línea firme pero delicada y la borrachera de colores desvaídos y gestos cruzados. Dicho de otra manera: inmersión en el paradigmático decadentismo inglés.

En Valmouth todas las historias, finamente intrincadas, se presentan, pero jamás se terminan de consumar. Funcionan como flashes, como los fugaces requiebros de una cámara invisible que nunca llegase a encuadrar definitivamente. Como un telón que sube y baja constantemente, con el principal propósito de dejar constancia de una sociedad fatigada, empeñada en subvertir los roles, pero dejándolos descansar a menudo en fútil palabrería. Por ello su estructura corre a medio camino entre el teatro (no en vano se ha representado en numerosas ocasiones tras su publicación) y la novela costumbrista.






No es nada descabellado distinguir la influencia en Buñuel en muchas de las páginas de Valmouth. “La edad de oro” o “El ángel exterminador” tienen ese aire refinado, apócrifo, contaminante y encerrado en sí mismo, como en el que hunde sus raíces la obra de Firbank.

Los diálogos son, junto con las descripciones, un punto importante. Cardinal, diríamos:

“-¿Es Sodoma? –preguntó en su voz ronca y dominante, entrando en la habitación.

Llevaba un vestido suelto, deforme y con contrastes de colores chillones; una de las más resistentes inspiraciones de Zenobia Zooker en caída desde la cabeza ‘á Evangile’.

Lady Parvula se rió disimuladamente.

-Sálveme, no –dijo.

-Porque el Padre Mahoney no quiere ni oír hablar de ello antes del postre.”

Son constantes las insinuaciones solapadas, llenas de humor sutil, eludiendo el trazo grueso y el recurso malsonante.

“-Mi querida madre era igual –susurró-. Cuando tronaba se solía meter bajo la cama y hacía que los criados vinieran y se tumbaran encima (era el siglo XVIII, por supuesto) para que si estallaba el azufre sus prístinos poderes cayeran sobre ellos. ¡Pobre inocente! Fue durante una terrible tormenta en Brighton, Brighthelm-stone como lo llamaban entonces, cuando varios de los sirvientes cayeron sobre su cabeza… Y los frutos de esa tormenta, como creo que ya te he contado antes, Eulalia, están en el mundo hoy.”



A pesar de tratarse de una obra coral, en el fondo todo bascula alrededor de Yajñavalkya, negra curandera, pilar confesional de la alta (y purulenta) sociedad y entrenadora sexual. Exótica, misteriosa y entrañable. Tendrá que bregar entre hermafroditas, curas pervertidos, damas afines a la pederastia, perpetuamente insatisfechas, que intentan estirar un erotismo moribundo. Acometiendo intrigas ociosas, chismes no exentos de quedar reducidos por los grilletes de la espuria moral, como truenos que anuncian tormenta, se desvanecen al instante y vuelven a surgir grotescamente. Una y otra vez.

Nada extraño a los tiempos que corren, y muy parecido a todo lo que vendrá.