lunes, 1 de marzo de 2010

Macario (Roberto Gavaldón, 1959)





Otras cosas quizás, pero hipocresías con el más allá, las justas. El pueblo mexicano siempre tuvo a gala una orgullosa capacidad para convivir algremente con sus muertos, como bien refleja este poema épico dedicado a Tánatos. Desde el contacto ancestral de dicho pueblo, mucho antes de las invasiones transatlánticas, mezclado con la simbología y el rigor del Cristianismo, el día de los muertos se convierte en una fiesta pagana, donde el humor negro encuentra en ella una balsa de aceite donde poder mostrar su lado más desternillante y lúcido: “porque pasamos más tiempo muertos que vivos…”.



De la extrema pobreza en la que se verá envuelto el protagonista -sueños hiperbólicos incluidos: la Muerte, como Saturno, devorando a sus hijos-, le quedará como tabla de salvación una curiosa solución suicida: comerse un guajolote él sólo y reventar hasta la extenuación en dicho acto. A partir de ese momento, el destino le conminará a un juego funesto: tener que ceder ante las presiones externas en lugar de sucumbir a la tentación bulímica. Empezando por su propia prole, una caterva de niños obstinados e inmisericordes, que en algunos momentos recuerdan a otros como los de “El pueblo de los malditos” o “¿Quién puede matar a un niño?”. Salvando este primer escollo, Macario tendrá que ir sorteando nuevas tentaciones, la del Diablo (encarnado en un hilarante bandido), el mismo Dios (en la figura de un incierto peregrino) y, finalmente, la del Judío Errante o la propia Muerte, que estará precedida de un fundido que funcionará como ilusoria etapa en la experiencia del leñador protagonista. Una transición que devendrá en pasaje hoffmanesco (ecos de “El elixir del diablo”), faústico, cuando la última aparición, después de una difícil solución salomónica por parte de Macario, le concede el don de la curación a través de un agua bendita que le proporcionará a este último grandes riquezas, aunque difícilmente infinitas.



A partir de ese momento, Macario logrará vencer recelos, tacañerías (representadas en una nobleza amasadora de todas las riquezas) y desplazará a profesionales tan influyentes como médicos y enterradores, a los que momentáneamente dejará en paro cuando los veredictos sean la salvación de los moribundos (si el errante hace acto de presencia a los pies del enfermo y no a la cabecera), así como el interés de la iglesia, atraída por tanta prosperidad originada por tanto milagro. Demasiada traca para quedar impune delante de la Santa Inquisición (detallada en una cuidada puesta en escena: los miembros de dicha orden hablarán en el castellano de la piel de toro), inflexible y todopoderosa, que intentará poner freno a tanta sospecha de herejía suelta.
Excelente obra (que algunos relacionarán con el Buñuel de "Simón del desierto"), con un final hondo y poético, de este meticuloso y académico autor, del que ya tenemos en la recámara otras películas míticas de la cinematografía azteca como “La diosa arrodillada” o “La noche avanza”.

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