martes, 3 de septiembre de 2013

Alraune (Henrik Galeen, 1928)





La historia (evolucionada respecto a, por ejemplo, la versión de Maquiavelo) es bien conocida: un científico entre preclaro y esquizofrénico (Paul Wegener), decide experimentar trayendo a la vida una criatura lo más alejada posible de condicionamientos genéticos, hereditarios y estudiar su evolución. Para ello deberá dar cobertura a la inseminación artificial producto del semen de un ahorcado dentro del vientre de una víctima propiciatoria. Es importante llamar la atención de que, mientras en la novela de Ewers se aclara que esta última es una prostituta, en nuestra película este dato queda marcado por la ambigüedad, ya que el médico (cuya casa revela puntualmente la fascinación por cierta anomalía y exotismo en la decoración) pide a alguien “entre la escoria de la sociedad”, lo que no debería interpretarse tan presumiblemente como en el libro, sino tratarlo simplemente como alguien de estrato social bajo o muy bajo, pero no necesariamente involucrado en el comúnmente catalogado como oficio más viejo del mundo. Dicha mujer “debe ser igual a la tierra fertilizada bajo la horca”, esto es, familiarizada con el delito, la impureza o la mezcolanza de ambos y un indeterminado reguero de antecedentes de semejantes connotaciones.




El paso inmediato es adoptar por parte de Jakob ten Brinken (nuestro doctor) al ser nacido de ese proceso. Sin cortapisas genético-sentimentales y partiendo de una procreación intervencionista y atípica se intentará dar vía libre a la trayectoria empírica de Alraune (una siempre perturbadora Brigitte Helm), producto de dicha inseminación.




Sobre todo no lo llamen expresionismo. La tercera en discordia en el podio galeeniano (más recordadas son El Golem o El Estudiante de Praga) pone sus cimientos en lo que podríamos llamar el fantastique naturalista. Y no, tampoco se trata de un oxímoron. Desviada de aproximaciones sobrenaturales más o menos recargadas, más o menos oblícuas (las escenas circenses en nada se parecen, por ejemplo, a las de las atracciones iniciales de “El Gabinete del doctor Caligari”), “Alraune” profundiza en el campo psicológico de su protagonista, exenta de implicaciones afectivas o más bien haciéndose valer de las mismas (una conducta en apariencia “artificial”) para introducir de manera subrepticia su verdadero carácter: maligno, manipulador, fatal. Todo aquel hombre que se cruza en su camino recibe los inevitables fogonazos de incandescencia pasional, para acabar sucumbiendo en la ignominia o el rechazo.



Sólo una cosa provocará en Alraune una cierta desestabilización en su temperamento: descubrir sus verdaderos orígenes (desde el principio se los han maquillado de manera más dulce y previsible). Cuando esto ocurre ella se da cuenta de que no solamente ha vivido engañada, sino que no es la única que ha manejado a su antojo todo aquello que había a su alrededor, sino que ella es la primera que ha estado dirigida. Su vergüenza tornará en venganza, en la meta final para su dominio absoluto. Derrotar a su creador, astuto y enardecido alquimista, valiéndose de la más potente arma con la que cuenta: la seducción.




Caprichosa y desafiante incluso ante la cámara, “La hija del destino” (como también se conoce al film) maquinará con todo y contra todo, incluso contra sí misma, como deja entrever un final especulativo en el que no se descarta que las recaídas conspirativas y las coyunturas sensuales puedan volver a hacer acto de presencia.