domingo, 20 de septiembre de 2015

El tercer secreto (Charles Crichton, 1964)






“¿Qué tiene de especial la locura?
¿qué tiene de especial el asesinato?”

Charles Crichton fue un director todoterreno con cincuenta años a sus espaldas tras la cámara, lo que le permitió dirigir cosas tan dispares como la memorable película coral “Al morir la noche” (1945, varios directores) o aquella broma de “Un pez llamado Wanda” (1988). Especializado mayormente en comedia, hacia la mitad de su trayectoria filmó esta interesante película que mezclaba misterio, enfermedades mentales, thriller y drama. Es por tanto, una rareza dentro de su filmografía, la cual acabó escorándose hacia el mundo de la televisión con telefilmes y series diversas (varias de ellas internadas en la ciencia-ficción).


“El primer secreto es lo que no le decimos a nadie,
el segundo lo que no nos decimos a nosotros.”







Un reputado psiquiatra es encontrado moribundo en su despacho: aparentemente es un suicidio (varias pistas, entre ellas una pistola con sus huellas, parecen dejarlo claro), ratificado por unas frases autoinculpándose, dejando en el momento de expirar definitivamente pocas dudas sobre el veredicto. Sin embargo su hija (de apenas catorce años) está convencida de que a su padre lo mató alguno de sus pacientes. Con la ayuda de uno de ellos, un famoso presentador de televisión, y una lista con los nombres de los últimos clientes que tuvieron un trato estrecho con el doctor, intentarán hacer ver a las autoridades (y sobre todo, a sí mismos) que no se trató de lo que aparentemente fue a todas luces.

“The third secret” combina elementos del whodunit, de thriller psicológico de los años cuarenta y de la penúltima ola de películas que habían empezado a diseccionar con menos prejuicios, menos remilgos y más arrojo psicopatías, neurosis y psicoterapias varias. Películas como “De repente el último verano” de Mankiewicz, “La tela de araña” de Minelli o ya desde un punto de vista más grotesco “Los guardianes” de Bartlett, entre otras muchas.

Con guión de Robert L. Joseph –que también escribiera “El autoestopista” de Ida Lupino-, destaca por su virtuosa fotografía, su maestría para dosificar la tensión, su habilidad para generar una convincente ambigüedad en todo momento y unas interpretaciones persuasivas, entre ellas la del Peter Lorre británico, Richard Attenborough, en un papel secundario pero siempre inquietante, con una ambivalencia muy lograda en el carácter, un poco en la línea de lo que justo estaba haciendo ese mismo año –ya como co-protagonista- en la obra maestra de Forbes “Plan siniestro”.





Casi imperceptibles dosis de humor (acercándose a una estantería personal de libros: “¿los leíste todos?. No, pero los cuento todo el tiempo.”) y un desarrollo donde aprovechan las posibilidades de la esquizofrenia –racionalidad no exenta de una ausencia de impresión de parte de la realidad; arrebato violento y fría planificación yendo de la mano- para entretejer una historia de desórdenes químicos en una sociedad flemática, calculadora y poco dada a comprender a sus perturbados.

Guiños literarios aparte -la estatua de un Hans Christian Andersen, alusión a una niñez que, como la casa donde todo ocurrió, cambia y se va transformando en otra cosa; un histórico vecino como Horace Walpole observa en espíritu, terminando de dar el porte gótico que requiere la película-, “The third secret” es otra de esas joyas a seguir reivindicando del cine británico de los sesenta –comparte con la mítica y contemporánea “El rapto de Bunny Lake” de Preminger análisis y giros inesperados realmente conseguidos-, ese cine visceral y latente que poco a poco iba sacando los miedos y frustraciones más embarazosas a la luz del día, inestables e insondables como la transcripción a tiza que recorre sus aristas.


“El tercer secreto es la verdad”


2 comentarios:

Ana dijo...

Una de las mejores películas que he visto nunca. Me encantó.

Edgar Ducasse dijo...

Me alegro. Sí, una de las más especiales de aquella época.