Visionando la entrevista de Joaquín Soler Serrano a Elisabeth Mulder para su mítico espacio A Fondo (TVE) descubrimos a una autora ya entonces (1978) de muy largo recorrido, cuyo principal rédito literario a la postre fue una serie de novelas escritas a partir de mediados de los años treinta -en plena Segunda República- y hasta finales de los cincuenta, tras unos inicios centrada en la poesía, disciplina esta última que abandonaría en esos primeros años de cambio.
Cosmopolita hija de vallisoletano de origen holandés y de puertorriqueña, el porte de Mulder tenía mucho de noble serenidad y burgués acicalamiento. Aun semioculta en los libros de historia de la literatura española, pero incrustada (un tanto marginalmente) en los artísticos ambientes oficialistas del periodo franquista, Elisabeth Mulder fue una mujer avanzada desde siempre, en el plano estético -que se desviaría hacia el intimismo prosaico- o en el personal -vivió, como otros muchos y otras muchas, una sexualidad libre y decisoria, incluyendo entre otras a la reportera anarquista Ana María Martínez Sagi-, pero finalmente clandestina debido a la dura represión del Régimen, rompiendo moldes que, por otra parte, se pudo permitir a la larga -aun con duras reticencias familiares- tanto por su educación como por su estatus de privilegio.
Perteneciente al underground de la generación del 27 -tangencialmente embutida en 'las Sinsombrero'- fue "Embrujamiento" su debut editorial -precisamente publicado en ese veintisiete tan proverbial- , un poemario insólito por varios aspectos: primero por tratarse de una de las escasas muestras de puro decadentismo poético español -que en el país tuvo realmente otro nombre, el de la Bohemia literaria, movimiento que desarrolló mucho más la novela, el relato corto o la columna periodística, donde los Sawa o los Villaespesa han acabado ocupando mejor espacio para la posteridad-, y luego por ser escrito por una mujer, estando para ellas mucho más acotado el acceso no solamente para la publicación, sino meramente para experimentar con modelos literarios sofisticados y/o marcadamente sombríos. De alguna manera devenía en previsible: Elisabeth Mulder cultivó desde muy joven su interés por autores como Baudelaire -a quien tradujo al castellano-, Corbière o Laforge, además de por los románticos más providenciales. Pero esta amiga personal de Emilio Carrere -a quien dedica uno de los poemas inéditos incluidos al final del volumen-, si por algo se distingue en la mayoría de versos que componen "Embrujamiento" es por una meticulosa versificación en rima consonante, influida sobre todo por el nicaragüense Rubén Darío.
Como señala Andrés Juárez en la Introducción a esta edición de Torremozas (a partir de ahora las cursivas son de este), el conjunto de poemas "entre el Modernismo y la modernidad" tiene en la mujer su principal receptora y motivo elegíaco, diversificando tanto la galería de personajes que lo componen como la autoría lírica que lo expresa ("rasgo de su modernidad").
"La figura de la vampira como encarnación complementaria de la bruja y a su vez de la mujer fatal" otorga a sus yoes poéticos una prestancia conceptual entonces compleja y siempre fascinante, a menudo metáfora de amores lésbicos, prohibidos y sometidos a un precipicio afectivo intenso e insondable: "La mujer fatal salta desde el espacio mítico y desde el imaginario simbolista (...) hasta el mundo moderno de las médiums y las médicas (...) en posesión de los atributos de la belleza y el conocimiento como fuentes de poder". También se refleja "el mundo de la histeria atribuida como patología de género por aquellos años a la mujer" invisibilizando el mundo masculino a modo de reequilibrio, y haciéndolo completo en el plano físico. Mulder se centra en las feminidades heterogéneas a través de "figuras profundamente melancólicas por cuanto alejadas y enfrentadas al materialismo de lo moderno".
Entre las creaciones más destacadas podemos citar el ambiente opresivo, gótico, de "Angustia"; la descripción sofocante de la Hidra nigromante de "El Dolor"; la Esfinge con mucho de mujer de Lot de "¡Silencio!"; la satánica y apocalíptica "Morbos Eternos" (¡qué título!); la autorreferencial "El Poeta del Sol"; la fúnebre "Dicen Que Fue Feliz"; la fantasmal "La Dama Pálida" -que tiene mucho de alegoría sobre la invisibilidad de la mujer en los círculos no solo intelectuales sino de casi cualquier ámbito-; la anti-sistémica "La Canción del Neurasténico", con su nada velada crítica a la infatigable vida moderna de urgencia abrasiva ("que tantos adoran/y en cuyo altar desfloran/oro, paz, juventud,/sin ver que en ella flota/la mentira de amor y de virtud/(...)¡Nos exprime, nos rinde y nos explota(...)!"). Pero, sobre todo, la propia -y auto-conclusiva- "Embrujamiento", que cierra la colección homónima y hace exaltación de la propia existencia y sus vorágines devoradoras:
"Vivir intensamente y tener sentimiento...
¡Peligroso idealismo, terrible embrujamiento
de la vida que oprime y estruja de emoción!
En loca cabalgata de ensueño o de delirio,
bajó una luna pálida como místico cirio,
las brujas han pasado sobre mi corazón...!
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