lunes, 29 de diciembre de 2025

Embrujamiento, de Elisabeth Mulder

 



Visionando la entrevista de Joaquín Soler Serrano a Elisabeth Mulder para su mítico espacio A Fondo (TVE) descubrimos a una autora ya entonces (1978) de muy largo recorrido, cuyo principal rédito literario a la postre fue una serie de novelas escritas a partir de mediados de los años treinta -en plena Segunda República- y hasta finales de los cincuenta, tras unos inicios centrada en la poesía, disciplina esta última que abandonaría en esos primeros años de cambio.

Cosmopolita hija de vallisoletano de origen holandés y de puertorriqueña, el porte de Mulder tenía mucho de noble serenidad y burgués acicalamiento. Aun semioculta en los libros de historia de la literatura española, pero incrustada (un tanto marginalmente) en los artísticos ambientes oficialistas del periodo franquista, Elisabeth Mulder fue una mujer avanzada desde siempre, en el plano estético -que se desviaría hacia el intimismo prosaico- o en el personal -vivió, como otros muchos y otras muchas, una sexualidad libre y decisoria, incluyendo entre otras a la reportera anarquista Ana María Martínez Sagi-, pero finalmente clandestina debido a la dura represión del Régimen, rompiendo moldes que, por otra parte, se pudo permitir a la larga -aun con duras reticencias familiares- tanto por su educación como por su estatus de privilegio. 

Perteneciente al underground de la generación del 27 -tangencialmente embutida en 'las Sinsombrero'- fue "Embrujamiento" su debut editorial -precisamente publicado en ese veintisiete tan proverbial- , un poemario insólito por varios aspectos: primero por tratarse de una de las escasas muestras de puro decadentismo poético español -que en el país tuvo realmente otro nombre, el de la Bohemia literaria, movimiento que desarrolló mucho más la novela, el relato corto o la columna periodística, donde los Sawa o los Villaespesa han acabado ocupando mejor espacio para la posteridad-, y luego por ser escrito por una mujer, estando para ellas mucho más acotado el acceso no solamente para la publicación, sino meramente para experimentar con modelos literarios sofisticados y/o marcadamente sombríos. De alguna manera devenía en previsible: Elisabeth Mulder cultivó desde muy joven su interés por autores como Baudelaire -a quien tradujo al castellano-, Corbière o Laforge, además de por los románticos más providenciales. Pero esta amiga personal de Emilio Carrere -a quien dedica  uno de los poemas inéditos incluidos al final del volumen-, si por algo se distingue en la mayoría de versos que componen "Embrujamiento" es por una meticulosa versificación en rima consonante, influida sobre todo por el nicaragüense Rubén Darío.




Como señala Andrés Juárez en la Introducción a esta edición de Torremozas (a partir de ahora las cursivas son de este), el conjunto de poemas "entre el Modernismo y la modernidad" tiene en la mujer su principal receptora y motivo elegíaco, diversificando tanto la galería de personajes que lo componen como la autoría lírica que lo expresa ("rasgo de su modernidad").

"La figura de la vampira como encarnación complementaria de la bruja y a su vez de la mujer fatal" otorga a sus yoes poéticos una prestancia conceptual entonces compleja y siempre fascinante, a menudo metáfora de amores lésbicos, prohibidos y sometidos a un precipicio afectivo intenso e insondable: "La mujer fatal salta desde el espacio mítico y desde el imaginario simbolista (...) hasta el mundo moderno de las médiums y las médicas (...) en posesión de los atributos de la belleza y el conocimiento como fuentes de poder". También se refleja "el mundo de la histeria atribuida como patología de género por aquellos años a la mujer" invisibilizando el mundo masculino a modo de reequilibrio, y haciéndolo completo en el plano físico. Mulder se centra en las feminidades heterogéneas a través de "figuras profundamente melancólicas por cuanto alejadas y enfrentadas al materialismo de lo moderno".

Entre las creaciones más destacadas podemos citar el ambiente opresivo, gótico, de "Angustia"; la descripción sofocante de la Hidra nigromante de "El Dolor"; la Esfinge con mucho de mujer de Lot de "¡Silencio!"; la satánica y apocalíptica "Morbos Eternos" (¡qué título!); la autorreferencial "El Poeta del Sol"; la fúnebre "Dicen Que Fue Feliz"; la fantasmal "La Dama Pálida" -que tiene mucho de alegoría sobre la invisibilidad de la mujer en los círculos no solo intelectuales sino de casi cualquier ámbito-; la anti-sistémica "La Canción del Neurasténico", con su nada velada crítica a la infatigable vida moderna de urgencia abrasiva ("que tantos adoran/y en cuyo altar desfloran/oro, paz, juventud,/sin ver que en ella flota/la mentira de amor y de virtud/(...)¡Nos exprime, nos rinde y nos explota(...)!"). Pero, sobre todo, la propia -y auto-conclusiva- "Embrujamiento", que cierra la colección homónima y hace exaltación de la propia existencia y sus vorágines devoradoras:


"Vivir intensamente y tener sentimiento...
¡Peligroso idealismo, terrible embrujamiento
de la vida que oprime y estruja de emoción!
En loca cabalgata de ensueño o de delirio,
bajó una luna pálida como místico cirio,
las brujas han pasado sobre mi corazón...!

lunes, 22 de diciembre de 2025

Discos Favoritos de 2025: la playlist

 


De izquierda a derecha y de arriba abajo: Gumshoes, Marianne Mirage, Eiko Ishibashi, Giorgio Poi, Blood Orange y Kali Uchis: lo mejor de lo mejor del año



Los últimos doce meses han estado marcados en Samoa, en lo que respecta a álbumes favoritos -cabe resaltarlo- por la infantería francófona, sobre todo: ya sea expidiendo desde la propia Francia -Polo & Pan, Vadou Game, Leo Blomov, Benjamin Biolay, Frédéric Lo, Albin de la Simone, Vincent Derlerm-, o bien desde Canadá -Vanille, Pierre Lapointe-. Y también por el pop italiano -Bais, Marianne Mirage, Andrea Laszlo De Simone, Giorgio Poi-, salvando tanto unos como otros buena parte de la temporada.

La aportación brasileña ha sido un tanto discreta -Matheus VK, Joyce Alane, Rubel- y lo mismo se puede decir de la japonesa -Hitomitoi, Eiko Ishibashi, Tenniscoats en colaboración-, mientras que la conexión mexicana -Daniel Quién, la de origen chileno Mon Laferte- es la que ha representado prácticamente en solitario al idioma de Góngora en el mundo. En lo que respecta a la música española, llena de humo y apelotonamiento de nombres sin más: cero points (lo podría poner en mayúsculas, pero no creo que quedara mucho más claro). 

En el apartado de muy veteranos hemos podido dar cancha a las buenas entregas de Brian Eno -acompañado de Beatie Wolfe-, Stereolab y Dean Wareham, y los sorpresones -porque nunca contaban hasta ahora en nuestras quinielas- han sido sin duda los exquisitos, hermosos discos de Blood Orange y Kali Uchis, demostrando que nunca puedes dar por descartada (casi) cualquier opción que de alguna manera pueda entrar en tus coordenadas.

Y, como todos los años, hemos escuchado muchos muchos discos que ni fu ni fa. Y muchos muchos álbumes realmente malos, entre los que se cuentan algunos desorbitadamente mediáticos, pero en este último aspecto mejor no dar nombres: que nos pueda la prudencia. Tampoco hemos incluido esta vez recopilatorios retrospectivos ni eps.

A continuación, como viene siendo habitual, la relación completa de los triunfadores -ha quedado un total de 39- por riguroso orden alfabético y, en cada caso y pinchando sobre el artista y su disco, la reseña correspondiente realizada en su día. Al final, la pertinente playlist con la canción preferida de cada trabajo.

Por el pop radicalmente bello y valiente. Siempre.












































domingo, 21 de diciembre de 2025

Mon Laferte, "Femme Fatale"

 



Si desde los tiempos de La Mandrágora de Ewers, o de la Lulú de Pabst, o de las muchas mujeres de la iconografía del cine negro de los años cuarenta o cincuenta se piensa en la figura de la "femme fatale" como un personaje altamente malévolo, calculador, frío o despiadado, intimidante para el patrón repleto de psicosis por parte del hombre, la relectura del mito por parte de la chileno-mexicana Mon Laferte en su décimo disco -noveno si descontáramos un primer paso en falso, bajo el nombre de Montserrat- contraataca en toda su dimensión con la espinosa relación de la mujer en un territorio siempre hostil poblado de atávicas lacras -por costumbres- de consecuencias lamentables que, a aún a día de hoy, permanecen sedimentadas en las sociedades actuales.

No todo es blanco o negro, avisa ya desde el primer corte, que da título al álbum. Aunque Laferte se vista musicalmente de crooner clásica, el mensaje sobre la partitura posee un cromatismo existencial que escapa de clichés vaporosos y comportamientos tendenciosos. La vulnerabilidad que retrata en "Mi Hombre" o en "Melancolía" son odas a esa autonegación a la que, desgraciadamente, muchas mujeres aún se ven sometidas. Autonegación de la que, aunque a veces cueste horrores, se acaba saliendo, como reflejan escrupulosamente las jazzísticas "Otra Noche de Llorar", "Las Flores que Dejaste en la Mesa" o el bolero "El Gran Señor" ("Me conquistó, ni me enteré"). El derecho a vivir un romance en igualdad de condiciones ("Esto es Amor", "Ocupa mi Piel"), aun a riesgo de bordear el imposible ("Veracruz", "Hasta Que Nos Despierte la Soledad") o teniendo el control soberano del cuerpo propio ("1:30"). De todo ello se desemboca en la vindicación feminista de "La Tirana" -devenida en cha-cha-chá, con Nathy Peluso- que tira por tierra ese viejo mito al que al principio de esta reseña hacíamos referencia.




Como ya ocurriese en nuestro celebrado "SEIS" (Universal, 2021), en este "Femme Fatale" publicado esta vez con Sony, Mon Laferte vuelve a convencer con una interpretación global arrebatadora, en plenitud vocal, apoyándose en unos textos de deslumbrante disección y unos géneros no por trillados menos válidos en su capacidad de reformulación, para la que Laferte no solamente está capacitada, sino que dinamita con primor: con honores.

jueves, 18 de diciembre de 2025

Benjamin Biolay, "Le Disque Bleu"

 




Si por algo se ha distinguido el auvernés Benjamin Biolay a lo largo del tiempo es por la desmesura compositiva a la hora de afrontar buena parte de su discografía, que ya sobrepasa la quincena entre álbumes convencionales, bandas sonoras y trabajos colaborativos de diversa índole. Ese exceso de cantidad de canciones por cada nuevo lanzamiento tiene hasta la fecha en "La Superbe" (Naïve, 2009) su máximo estandarte, pero me atrevo a asegurar que el reciente "Le Disque Bleu" (editado bajo el paraguas de Virgin) debería asumir un destino similar a aquél -que también era doble-, incluso mejor, por esa desbocada creatividad que, pese a algunos altibajos -en "Le Disque Bleu" se cuentan tan solo en algunas decisiones estructurales puntuales- deja un remanente de aciertos más que superior a la media.

El eterno heredero 'natural' de Serge Gainsbourg ha dispuesto de dos conceptos que se imbrican entre sí: por un lado los “Résidents” y por el otro los “Visiteurs”, dependiendo si juega en casa (París) o lo hace en su otro destino recurrente actual (Buenos Aires) por condicionamientos familiares. De  hecho el concepto de 'disco azul' que da título a todo hace referencia a ese Atlántico que separa ambos entornos. El primer volumen está destinado a su lado más fogoso de chanson paradigmática, donde caben no obstante fogonazos de art rock -"15 octobre"-, zarandeos glam -"Morpheus Tequila", "Résidents, Visiteurs"- o prospecciones rocosas tipo The Cure -"Soleil Profond", "Au Ranch"- de más que solvente intensidad.




"Juste Avant de Tomber", con sus arabescos de cuarteto de cuerda, su estribillo sobrevolando y su barroquismo easy-listening en el tramo final, es otra de las grandes destacadas. El contrapunto oscuro a esta -saxo incluido- lo pone "Mon Pays". Más incomprensible es la incursión de una alteración tonal a mi juicio no demasiado bien resuelta que rompe bastante el climax en "Pauline Partout, Justine Nulle Part", destinada a ser la más gloriosa de todo el listado y que, aun así, queda retenida en la memoria.

El segundo bloque está marcado por un más acusado intimismo, con efluvios aguardentosos y marineros de Brel -"Adieu Paris", "Les Trois Amis"-, la bossa nova de crucero vía Henri Salvador -"Mauvais Garçon", "Ooooooo", "La sieste", "Où As-tu Mis L'été"-, la balada de coctelería -"Tout Nu et Tout Mouillé", "Chanson de Pluie"- o la canción valseada -"Kika"-, e incluso una versión del clásico de Brassens "Les Passantes", dedicado a todas las mujeres que dejaron de alguna manera una huella indeleble en nuestras vidas, y de la que Biolay sale más que airoso.

Para saborear con calma: obtendrán réditos plausibles a largo plazo.

miércoles, 10 de diciembre de 2025

Ryder The Eagle, "Smile, Hearse Driver!"

 




Aunque ha tocado varias veces en España en los últimos tiempos -en Madrid hace apenas unos días, en el mítico Wurlitzer, cerca de Gran Vía-, donde seguramente se debe disfrutar mejor de las canciones del francés Adrien Cassignol en vivo es en un bar cualquiera de los Estados Unidos más profundos, rodeado de señoras y señores con sombrero vaquero que miren con estupefacción las evoluciones sobre las tablas de Ryder The Eagle, ya sea con bases pregrabadas y/o con algún socio aleatorio acompañando.

Ex-componente, junto a su hermano gemelo Jules -nombre artístico en solitario: Jazzboy- de grupos como The Dodoz (más orientados al garage-rock) y Las Aves (en clave tecno-pop), la carrera por libre de Adrien pegó un estirón con "Follymoon" de 2022 -country-pop iconoclasta y juguetón- y desde entonces no ha parado, facturando a disco por año. El cuarto, "Smile, Hearse Driver!" ahonda en su certera visión del gótico americano, aquí entre decadente e irónica: lo que usualmente se conoce como el sketch novelty. En sus piezas resuenan Roy Orbison ("The Agony of a Color That's Dying To Be Seen"), Buddy Holly ("The Room Where Love Comes to Die"), el Alan Vega más acicalado ("The Bed Was Comfier in Hell", "True Romance Is Out On A Cruise Wearing Impeccable Deck Shoes"), The Gothic Archies o Nick Cave ("A Heart That Can't Deny Your Love Is Sharp As a Knife") o el vals disfuncional ("Dead Letter From a Long Distance Godfather"), entremezclados no solamente con la desvergüenza electrónica de Gary Wilson, sino también con la causticidad incorrecta de este último en el apartado lírico. Una banda sonora perfecta de local de alterne en el último rato antes de que cuatro supervivientes acaben expulsados a escobazos del lugar, entre acusados efluvios etílicos e insoportables pesadillas sentimentales.




Aportando el matiz europeísta (por doméstico) nos encontramos casi al final con "The Girl With the Makeshift Tie", cantada a dúo junto a la estupenda fotógrafa Eloïse Labarbe-Lafon -más conocida como Bambi, a la sazón pareja de Adrien Cassignol y responsable de la portada-, canción que juega con el recurso conceptual del binomio chico-chica en clave de erotismo lánguido sesentero tipo Gainsbourg-Birkin, aunque aquí definitivamente más mórbido. Adrien y Bambi ejercen a diario de combo aventurero -creo que siguen viviendo en México, pero su residencia podría cambiar radicalmente en cualquier momento- y de artistas de irrenunciable vocación: unos locos maravillosos. Por nuestra parte esperamos estar más atentos para su próxima visita y poder disfrutar de este imprevisible alt-crooner, aunque sea alejados del hábitat natural de unos títulos por otra parte, y como se ve, inmejorables.

martes, 9 de diciembre de 2025

Rodrigo Leão, "O Rapaz da Montanha"

 



Deberían sobrar las presentaciones, pero sospecho que el nombre de Rodrigo Leão, al menos en España, se haya confinado en ciertos circuitos elitistas de la otrora muy mal llamada world music. Miembro cardinal en los ochenta de los legendarios Sétima Legião (post-punk con ínfulas celtas) y teclista estrella de los no menos trascendentales Madredeus, el portugués decidió romper con ambas formaciones en la segunda mitad de los noventa y centrar todos sus esfuerzos en una carrera en solitario -que ya había empezado un poco antes- donde la búsqueda sin concesiones marcara el desarrollo posterior de su obra, haciéndose acompañar a menudo de ilustres de todo pelaje como las y los cantantes Helena Noguerra, Rosa Passos, Stuart A. Staples, Scott Matthew o Neil Hannon.

"O Rapaz da Montanha", su nuevo disco, queda indefectiblemente marcado por la canción titular, apología de una revolución profunda que pide liberarse del mecanicismo digital y la desazón armamentística en las que nos hayamos desgraciadamente inmersos, para tratar de imaginar un mundo diferente al que poder empezar a dar(nos) aire. Esa emancipación ya parece adquirir un pulso entre apolíneo y urgente con el instrumental "O labirinto" y vuelve a encontrar palabra en "Já Sabia". Resuena una contundente sentencia que derrumba la inconsistencia proverbial de cualquier creyente: "Si Dios perdona a los que yerran, ¿quién perdona a Dios?" en "Cadeira Preta", con las voces de su mujer Ana Carolina Costa -también coautora de esta y otras letras- o su hija Sofía -que se reserva la final y exquisita, y algo camusiana, "Vento Sem Fim"-: todo queda en casa.






De percusiones recias -recicladas de la herencia de Sétima Legião y los grupos británicos que les inspiraron-, acordeones viajeros y cuerdas intensas se provee este disco que, pese a su insobornable carácter autóctono -la sombra fadista de Madredeus se percibe en algunas como la feminista "Guarda-te"; la de cantautores insignes como Sérgio Godinho en "Andava Eu..." y su tajante reflexión sobre la vejez-, pese a su insobornable carácter autóctono no desdeña a su vez influjos de Nino Rota o Wim Mertens, o tentaciones medievalistas, todo ello por una vocación cinematográfica tan cara siempre a Leão. O del denominado tango nuevo, como en "Esperança", y que ya desplegó con suma competencia en su aclamado "Cinema" de 2004.

Un trabajo elocuente, que mira al futuro con una mezcla de crítica preocupación y extraña esperanza, ahondando en las sinergias más incorruptas del alma.

miércoles, 26 de noviembre de 2025

Cascken, "Anemoia & Anhedonia"

 



Con un título tan explícito y a la vez tan proclive a tentaciones conceptuales -anhelo por un pasado no vivido en colisión con un presente poco vivible- debuta en formato grande Ashley McCracken desde la costa oeste estadounidense. Artista trans con unos recursos que lo enfilan de lleno en el costal del bedroom pop, pero con ganas de condimentar los presupuestos adscritos a dicha corriente con algo más que electrónica de bajo presupuesto, añadiendo grooves con influencias tanto del hip-hop como del funk más aguado, esto es, con una mirada de reojo hacia las sonoridades de la segunda mitad de los ochenta, en concreto de ciertas coordenadas del new jack swing.

La extraordinaria nana de sofisticado temple "In My Dreams", que abre el disco, mezcla la dulzura juvenil de unos The Russian Futurists con la particular concepción de art-pop marginal y esquivo de gente como Dani Lee Pearce (época "For As Briefly As I Life"), cuidando con acertada intuición las progresiones armónicas. Sensación que me vuelve a asaltar al escuchar otras como "Rainstorm". Hay ecos de Dorio en "Beach Stroll" transformando, como este, el twee-pop en una canción del verano con ingenuo glamour. "Summer Scars", quizá lo más cercano a un hit de todo el listado, va muy a juego con el pellizco juguetón de "Lovedrown" de Otlo, editado también este año. Y, en general, uno ve sobrevolar casi todo el tiempo la tremenda influencia -consciente o no- del Momus post-"Circus Maximus" hasta nuestros días.




Las letras son de una sencillez desarmante, de nula impostura en cualquiera de sus cortes, subrayando tanto la aspiración adolescente más elemental como a su vez el precio a pagar para tratar de conseguirla por no encajar en los sojuzgados estándares. Sin falsos malabarismos metafóricos ni reproches gratuitos. Con la condición por delante y el pop imaginativo por bandera. En una palabra: valiente.