lunes, 29 de diciembre de 2025

Embrujamiento, de Elisabeth Mulder

 



Visionando la entrevista de Joaquín Soler Serrano a Elisabeth Mulder para su mítico espacio A Fondo (TVE) descubrimos a una autora ya entonces (1978) de muy largo recorrido, cuyo principal rédito literario a la postre fue una serie de novelas escritas a partir de mediados de los años treinta -en plena Segunda República- y hasta finales de los cincuenta, tras unos inicios centrada en la poesía, disciplina esta última que abandonaría en esos primeros años de cambio.

Cosmopolita hija de vallisoletano de origen holandés y de puertorriqueña, el porte de Mulder tenía mucho de noble serenidad y burgués acicalamiento. Aun semioculta en los libros de historia de la literatura española, pero incrustada (un tanto marginalmente) en los artísticos ambientes oficialistas del periodo franquista, Elisabeth Mulder fue una mujer avanzada desde siempre, en el plano estético -que se desviaría hacia el intimismo prosaico- o en el personal -vivió, como otros muchos y otras muchas, una sexualidad libre y decisoria, incluyendo entre otras a la reportera anarquista Ana María Martínez Sagi-, pero finalmente clandestina debido a la dura represión del Régimen, rompiendo moldes que, por otra parte, se pudo permitir a la larga -aun con duras reticencias familiares- tanto por su educación como por su estatus de privilegio. 

Perteneciente al underground de la generación del 27 -tangencialmente embutida en 'las Sinsombrero'- fue "Embrujamiento" su debut editorial -precisamente publicado en ese veintisiete tan proverbial- , un poemario insólito por varios aspectos: primero por tratarse de una de las escasas muestras de puro decadentismo poético español -que en el país tuvo realmente otro nombre, el de la Bohemia literaria, movimiento que desarrolló mucho más la novela, el relato corto o la columna periodística, donde los Sawa o los Villaespesa han acabado ocupando mejor espacio para la posteridad-, y luego por ser escrito por una mujer, estando para ellas mucho más acotado el acceso no solamente para la publicación, sino meramente para experimentar con modelos literarios sofisticados y/o marcadamente sombríos. De alguna manera devenía en previsible: Elisabeth Mulder cultivó desde muy joven su interés por autores como Baudelaire -a quien tradujo al castellano-, Corbière o Laforge, además de por los románticos más providenciales. Pero esta amiga personal de Emilio Carrere -a quien dedica  uno de los poemas inéditos incluidos al final del volumen-, si por algo se distingue en la mayoría de versos que componen "Embrujamiento" es por una meticulosa versificación en rima consonante, influida sobre todo por el nicaragüense Rubén Darío.




Como señala Andrés Juárez en la Introducción a esta edición de Torremozas (a partir de ahora las cursivas son de este), el conjunto de poemas "entre el Modernismo y la modernidad" tiene en la mujer su principal receptora y motivo elegíaco, diversificando tanto la galería de personajes que lo componen como la autoría lírica que lo expresa ("rasgo de su modernidad").

"La figura de la vampira como encarnación complementaria de la bruja y a su vez de la mujer fatal" otorga a sus yoes poéticos una prestancia conceptual entonces compleja y siempre fascinante, a menudo metáfora de amores lésbicos, prohibidos y sometidos a un precipicio afectivo intenso e insondable: "La mujer fatal salta desde el espacio mítico y desde el imaginario simbolista (...) hasta el mundo moderno de las médiums y las médicas (...) en posesión de los atributos de la belleza y el conocimiento como fuentes de poder". También se refleja "el mundo de la histeria atribuida como patología de género por aquellos años a la mujer" invisibilizando el mundo masculino a modo de reequilibrio, y haciéndolo completo en el plano físico. Mulder se centra en las feminidades heterogéneas a través de "figuras profundamente melancólicas por cuanto alejadas y enfrentadas al materialismo de lo moderno".

Entre las creaciones más destacadas podemos citar el ambiente opresivo, gótico, de "Angustia"; la descripción sofocante de la Hidra nigromante de "El Dolor"; la Esfinge con mucho de mujer de Lot de "¡Silencio!"; la satánica y apocalíptica "Morbos Eternos" (¡qué título!); la autorreferencial "El Poeta del Sol"; la fúnebre "Dicen Que Fue Feliz"; la fantasmal "La Dama Pálida" -que tiene mucho de alegoría sobre la invisibilidad de la mujer en los círculos no solo intelectuales sino de casi cualquier ámbito-; la anti-sistémica "La Canción del Neurasténico", con su nada velada crítica a la infatigable vida moderna de urgencia abrasiva ("que tantos adoran/y en cuyo altar desfloran/oro, paz, juventud,/sin ver que en ella flota/la mentira de amor y de virtud/(...)¡Nos exprime, nos rinde y nos explota(...)!"). Pero, sobre todo, la propia -y auto-conclusiva- "Embrujamiento", que cierra la colección homónima y hace exaltación de la propia existencia y sus vorágines devoradoras:


"Vivir intensamente y tener sentimiento...
¡Peligroso idealismo, terrible embrujamiento
de la vida que oprime y estruja de emoción!
En loca cabalgata de ensueño o de delirio,
bajó una luna pálida como místico cirio,
las brujas han pasado sobre mi corazón...!

lunes, 22 de diciembre de 2025

Discos Favoritos de 2025: la playlist

 


De izquierda a derecha y de arriba abajo: Gumshoes, Marianne Mirage, Eiko Ishibashi, Giorgio Poi, Blood Orange y Kali Uchis: lo mejor de lo mejor del año



Los últimos doce meses han estado marcados en Samoa, en lo que respecta a álbumes favoritos -cabe resaltarlo- por la infantería francófona, sobre todo: ya sea expidiendo desde la propia Francia -Polo & Pan, Vadou Game, Leo Blomov, Benjamin Biolay, Frédéric Lo, Albin de la Simone, Vincent Derlerm-, o bien desde Canadá -Vanille, Pierre Lapointe-. Y también por el pop italiano -Bais, Marianne Mirage, Andrea Laszlo De Simone, Giorgio Poi-, salvando tanto unos como otros buena parte de la temporada.

La aportación brasileña ha sido un tanto discreta -Matheus VK, Joyce Alane, Rubel- y lo mismo se puede decir de la japonesa -Hitomitoi, Eiko Ishibashi, Tenniscoats en colaboración-, mientras que la conexión mexicana -Daniel Quién, la de origen chileno Mon Laferte- es la que ha representado prácticamente en solitario al idioma de Góngora en el mundo. En lo que respecta a la música española, llena de humo y apelotonamiento de nombres sin más: cero points (lo podría poner en mayúsculas, pero no creo que quedara mucho más claro). 

En el apartado de muy veteranos hemos podido dar cancha a las buenas entregas de Brian Eno -acompañado de Beatie Wolfe-, Stereolab y Dean Wareham, y los sorpresones -porque nunca contaban hasta ahora en nuestras quinielas- han sido sin duda los exquisitos, hermosos discos de Blood Orange y Kali Uchis, demostrando que nunca puedes dar por descartada (casi) cualquier opción que de alguna manera pueda entrar en tus coordenadas.

Y, como todos los años, hemos escuchado muchos muchos discos que ni fu ni fa. Y muchos muchos álbumes realmente malos, entre los que se cuentan algunos desorbitadamente mediáticos, pero en este último aspecto mejor no dar nombres: que nos pueda la prudencia. Tampoco hemos incluido esta vez recopilatorios retrospectivos ni eps.

A continuación, como viene siendo habitual, la relación completa de los triunfadores -ha quedado un total de 39- por riguroso orden alfabético y, en cada caso y pinchando sobre el artista y su disco, la reseña correspondiente realizada en su día. Al final, la pertinente playlist con la canción preferida de cada trabajo.

Por el pop radicalmente bello y valiente. Siempre.












































domingo, 21 de diciembre de 2025

Mon Laferte, "Femme Fatale"

 



Si desde los tiempos de La Mandrágora de Ewers, o de la Lulú de Pabst, o de las muchas mujeres de la iconografía del cine negro de los años cuarenta o cincuenta se piensa en la figura de la "femme fatale" como un personaje altamente malévolo, calculador, frío o despiadado, intimidante para el patrón repleto de psicosis por parte del hombre, la relectura del mito por parte de la chileno-mexicana Mon Laferte en su décimo disco -noveno si descontáramos un primer paso en falso, bajo el nombre de Montserrat- contraataca en toda su dimensión con la espinosa relación de la mujer en un territorio siempre hostil poblado de atávicas lacras -por costumbres- de consecuencias lamentables que, a aún a día de hoy, permanecen sedimentadas en las sociedades actuales.

No todo es blanco o negro, avisa ya desde el primer corte, que da título al álbum. Aunque Laferte se vista musicalmente de crooner clásica, el mensaje sobre la partitura posee un cromatismo existencial que escapa de clichés vaporosos y comportamientos tendenciosos. La vulnerabilidad que retrata en "Mi Hombre" o en "Melancolía" son odas a esa autonegación a la que, desgraciadamente, muchas mujeres aún se ven sometidas. Autonegación de la que, aunque a veces cueste horrores, se acaba saliendo, como reflejan escrupulosamente las jazzísticas "Otra Noche de Llorar", "Las Flores que Dejaste en la Mesa" o el bolero "El Gran Señor" ("Me conquistó, ni me enteré"). El derecho a vivir un romance en igualdad de condiciones ("Esto es Amor", "Ocupa mi Piel"), aun a riesgo de bordear el imposible ("Veracruz", "Hasta Que Nos Despierte la Soledad") o teniendo el control soberano del cuerpo propio ("1:30"). De todo ello se desemboca en la vindicación feminista de "La Tirana" -devenida en cha-cha-chá, con Nathy Peluso- que tira por tierra ese viejo mito al que al principio de esta reseña hacíamos referencia.




Como ya ocurriese en nuestro celebrado "SEIS" (Universal, 2021), en este "Femme Fatale" publicado esta vez con Sony, Mon Laferte vuelve a convencer con una interpretación global arrebatadora, en plenitud vocal, apoyándose en unos textos de deslumbrante disección y unos géneros no por trillados menos válidos en su capacidad de reformulación, para la que Laferte no solamente está capacitada, sino que dinamita con primor: con honores.

jueves, 18 de diciembre de 2025

Benjamin Biolay, "Le Disque Bleu"

 




Si por algo se ha distinguido el auvernés Benjamin Biolay a lo largo del tiempo es por la desmesura compositiva a la hora de afrontar buena parte de su discografía, que ya sobrepasa la quincena entre álbumes convencionales, bandas sonoras y trabajos colaborativos de diversa índole. Ese exceso de cantidad de canciones por cada nuevo lanzamiento tiene hasta la fecha en "La Superbe" (Naïve, 2009) su máximo estandarte, pero me atrevo a asegurar que el reciente "Le Disque Bleu" (editado bajo el paraguas de Virgin) debería asumir un destino similar a aquél -que también era doble-, incluso mejor, por esa desbocada creatividad que, pese a algunos altibajos -en "Le Disque Bleu" se cuentan tan solo en algunas decisiones estructurales puntuales- deja un remanente de aciertos más que superior a la media.

El eterno heredero 'natural' de Serge Gainsbourg ha dispuesto de dos conceptos que se imbrican entre sí: por un lado los “Résidents” y por el otro los “Visiteurs”, dependiendo si juega en casa (París) o lo hace en su otro destino recurrente actual (Buenos Aires) por condicionamientos familiares. De  hecho el concepto de 'disco azul' que da título a todo hace referencia a ese Atlántico que separa ambos entornos. El primer volumen está destinado a su lado más fogoso de chanson paradigmática, donde caben no obstante fogonazos de art rock -"15 octobre"-, zarandeos glam -"Morpheus Tequila", "Résidents, Visiteurs"- o prospecciones rocosas tipo The Cure -"Soleil Profond", "Au Ranch"- de más que solvente intensidad.




"Juste Avant de Tomber", con sus arabescos de cuarteto de cuerda, su estribillo sobrevolando y su barroquismo easy-listening en el tramo final, es otra de las grandes destacadas. El contrapunto oscuro a esta -saxo incluido- lo pone "Mon Pays". Más incomprensible es la incursión de una alteración tonal a mi juicio no demasiado bien resuelta que rompe bastante el climax en "Pauline Partout, Justine Nulle Part", destinada a ser la más gloriosa de todo el listado y que, aun así, queda retenida en la memoria.

El segundo bloque está marcado por un más acusado intimismo, con efluvios aguardentosos y marineros de Brel -"Adieu Paris", "Les Trois Amis"-, la bossa nova de crucero vía Henri Salvador -"Mauvais Garçon", "Ooooooo", "La sieste", "Où As-tu Mis L'été"-, la balada de coctelería -"Tout Nu et Tout Mouillé", "Chanson de Pluie"- o la canción valseada -"Kika"-, e incluso una versión del clásico de Brassens "Les Passantes", dedicado a todas las mujeres que dejaron de alguna manera una huella indeleble en nuestras vidas, y de la que Biolay sale más que airoso.

Para saborear con calma: obtendrán réditos plausibles a largo plazo.

miércoles, 10 de diciembre de 2025

Ryder The Eagle, "Smile, Hearse Driver!"

 




Aunque ha tocado varias veces en España en los últimos tiempos -en Madrid hace apenas unos días, en el mítico Wurlitzer, cerca de Gran Vía-, donde seguramente se debe disfrutar mejor de las canciones del francés Adrien Cassignol en vivo es en un bar cualquiera de los Estados Unidos más profundos, rodeado de señoras y señores con sombrero vaquero que miren con estupefacción las evoluciones sobre las tablas de Ryder The Eagle, ya sea con bases pregrabadas y/o con algún socio aleatorio acompañando.

Ex-componente, junto a su hermano gemelo Jules -nombre artístico en solitario: Jazzboy- de grupos como The Dodoz (más orientados al garage-rock) y Las Aves (en clave tecno-pop), la carrera por libre de Adrien pegó un estirón con "Follymoon" de 2022 -country-pop iconoclasta y juguetón- y desde entonces no ha parado, facturando a disco por año. El cuarto, "Smile, Hearse Driver!" ahonda en su certera visión del gótico americano, aquí entre decadente e irónica: lo que usualmente se conoce como el sketch novelty. En sus piezas resuenan Roy Orbison ("The Agony of a Color That's Dying To Be Seen"), Buddy Holly ("The Room Where Love Comes to Die"), el Alan Vega más acicalado ("The Bed Was Comfier in Hell", "True Romance Is Out On A Cruise Wearing Impeccable Deck Shoes"), The Gothic Archies o Nick Cave ("A Heart That Can't Deny Your Love Is Sharp As a Knife") o el vals disfuncional ("Dead Letter From a Long Distance Godfather"), entremezclados no solamente con la desvergüenza electrónica de Gary Wilson, sino también con la causticidad incorrecta de este último en el apartado lírico. Una banda sonora perfecta de local de alterne en el último rato antes de que cuatro supervivientes acaben expulsados a escobazos del lugar, entre acusados efluvios etílicos e insoportables pesadillas sentimentales.




Aportando el matiz europeísta (por doméstico) nos encontramos casi al final con "The Girl With the Makeshift Tie", cantada a dúo junto a la estupenda fotógrafa Eloïse Labarbe-Lafon -más conocida como Bambi, a la sazón pareja de Adrien Cassignol y responsable de la portada-, canción que juega con el recurso conceptual del binomio chico-chica en clave de erotismo lánguido sesentero tipo Gainsbourg-Birkin, aunque aquí definitivamente más mórbido. Adrien y Bambi ejercen a diario de combo aventurero -creo que siguen viviendo en México, pero su residencia podría cambiar radicalmente en cualquier momento- y de artistas de irrenunciable vocación: unos locos maravillosos. Por nuestra parte esperamos estar más atentos para su próxima visita y poder disfrutar de este imprevisible alt-crooner, aunque sea alejados del hábitat natural de unos títulos por otra parte, y como se ve, inmejorables.

martes, 9 de diciembre de 2025

Rodrigo Leão, "O Rapaz da Montanha"

 



Deberían sobrar las presentaciones, pero sospecho que el nombre de Rodrigo Leão, al menos en España, se haya confinado en ciertos circuitos elitistas de la otrora muy mal llamada world music. Miembro cardinal en los ochenta de los legendarios Sétima Legião (post-punk con ínfulas celtas) y teclista estrella de los no menos trascendentales Madredeus, el portugués decidió romper con ambas formaciones en la segunda mitad de los noventa y centrar todos sus esfuerzos en una carrera en solitario -que ya había empezado un poco antes- donde la búsqueda sin concesiones marcara el desarrollo posterior de su obra, haciéndose acompañar a menudo de ilustres de todo pelaje como las y los cantantes Helena Noguerra, Rosa Passos, Stuart A. Staples, Scott Matthew o Neil Hannon.

"O Rapaz da Montanha", su nuevo disco, queda indefectiblemente marcado por la canción titular, apología de una revolución profunda que pide liberarse del mecanicismo digital y la desazón armamentística en las que nos hayamos desgraciadamente inmersos, para tratar de imaginar un mundo diferente al que poder empezar a dar(nos) aire. Esa emancipación ya parece adquirir un pulso entre apolíneo y urgente con el instrumental "O labirinto" y vuelve a encontrar palabra en "Já Sabia". Resuena una contundente sentencia que derrumba la inconsistencia proverbial de cualquier creyente: "Si Dios perdona a los que yerran, ¿quién perdona a Dios?" en "Cadeira Preta", con las voces de su mujer Ana Carolina Costa -también coautora de esta y otras letras- o su hija Sofía -que se reserva la final y exquisita, y algo camusiana, "Vento Sem Fim"-: todo queda en casa.






De percusiones recias -recicladas de la herencia de Sétima Legião y los grupos británicos que les inspiraron-, acordeones viajeros y cuerdas intensas se provee este disco que, pese a su insobornable carácter autóctono -la sombra fadista de Madredeus se percibe en algunas como la feminista "Guarda-te"; la de cantautores insignes como Sérgio Godinho en "Andava Eu..." y su tajante reflexión sobre la vejez-, pese a su insobornable carácter autóctono no desdeña a su vez influjos de Nino Rota o Wim Mertens, o tentaciones medievalistas, todo ello por una vocación cinematográfica tan cara siempre a Leão. O del denominado tango nuevo, como en "Esperança", y que ya desplegó con suma competencia en su aclamado "Cinema" de 2004.

Un trabajo elocuente, que mira al futuro con una mezcla de crítica preocupación y extraña esperanza, ahondando en las sinergias más incorruptas del alma.

miércoles, 26 de noviembre de 2025

Cascken, "Anemoia & Anhedonia"

 



Con un título tan explícito y a la vez tan proclive a tentaciones conceptuales -anhelo por un pasado no vivido en colisión con un presente poco vivible- debuta en formato grande Ashley McCracken desde la costa oeste estadounidense. Artista trans con unos recursos que lo enfilan de lleno en el costal del bedroom pop, pero con ganas de condimentar los presupuestos adscritos a dicha corriente con algo más que electrónica de bajo presupuesto, añadiendo grooves con influencias tanto del hip-hop como del funk más aguado, esto es, con una mirada de reojo hacia las sonoridades de la segunda mitad de los ochenta, en concreto de ciertas coordenadas del new jack swing.

La extraordinaria nana de sofisticado temple "In My Dreams", que abre el disco, mezcla la dulzura juvenil de unos The Russian Futurists con la particular concepción de art-pop marginal y esquivo de gente como Dani Lee Pearce (época "For As Briefly As I Life"), cuidando con acertada intuición las progresiones armónicas. Sensación que me vuelve a asaltar al escuchar otras como "Rainstorm". Hay ecos de Dorio en "Beach Stroll" transformando, como este, el twee-pop en una canción del verano con ingenuo glamour. "Summer Scars", quizá lo más cercano a un hit de todo el listado, va muy a juego con el pellizco juguetón de "Lovedrown" de Otlo, editado también este año. Y, en general, uno ve sobrevolar casi todo el tiempo la tremenda influencia -consciente o no- del Momus post-"Circus Maximus" hasta nuestros días.




Las letras son de una sencillez desarmante, de nula impostura en cualquiera de sus cortes, subrayando tanto la aspiración adolescente más elemental como a su vez el precio a pagar para tratar de conseguirla por no encajar en los sojuzgados estándares. Sin falsos malabarismos metafóricos ni reproches gratuitos. Con la condición por delante y el pop imaginativo por bandera. En una palabra: valiente.

domingo, 9 de noviembre de 2025

Vanille, "Un Chant d'Amour"

 



Qué importante es saber respetarse como oyente. Y más en tiempos como estos, dominados por cualquier flatulencia global que no mira por el criterio del receptor, sino por inyectar una falsa catarsis colectiva en forma de ciega (en este caso sorda) y unánime adulación de la que hacer partícipe a un atribulado y desorientado público, hambriento de un ídolo salvador al que poder aferrarse. Es por ello que se hace más indispensable que nunca el apostar por la música de calado cercano, que no especule con exhibiciones vacuas disfrazadas de trascendentalismo y falsa innovación.

El tercer disco de la canadiense Raquel Leblanc apuesta más que nunca por la chanson québecoise, un poco en contraposición al aliento más indie de "Soleil '96" (2021) y al más pastoral de "La Clairière" de hace un par de años. Por tanto más cerca pongamos por caso de paisanas como Maude Audet que de otras como Joni Mitchell.

La canción que da título al disco y sirve de inmejorable entrada al mismo va sobrada de intencionalidad nostálgica, como de resaca post-yeyé, como ocurrirá más adelante con "Ne t'en fais pas pour moi" o "Ainsi (je vis le jour)". Con un tempo de algo más de subida están "Lune d'Argent" y "Te revoilà", consiguiendo meternos en vereda: sin sobresaltos, pero encantados de poder disfrutar desde el asiento de paisajes no por conocidos menos atrayentes. "Deux coeurs", más ladeada al soft-pop de los años setenta, se beneficia de una embebida pero cálida percusión y es una de las más notables.




Si bien "Le saut" es quizá la menos interesante, por incurrir (sin demasiado interés) en la concurrida 'cuota' lounge-dream-pop tipo Stereolab-Ivy-Broadcast, paradójicamente y con parecidos mimbres remonta el nivel "Ce n'est pas ici, ce n'est pas ailleurs" gracias a una melodía más redonda y efectiva que su precedente. Cierra el disco la más robusta del conjunto, "Un espoir", con quizá el mejor y más espiritualizado estribillo de todos.

"Un Chant d'Amour" (cuya portada armoniza con la de "Married in Mount Airy" de otra canadiense, Nicole Dollanganger) es un modesto pero consecuente y afectuoso disco de pop atemporal que no pretende negociar con ningún atavismo generacional ni vender humo a espuertas. Nosotros lo acogemos con la hospitalidad que se merece, porque no necesitamos ni redentoras ni ficticias revolucionarias. Queremos trabajos sólidos como este, que se puedan escuchar de principio a fin sin tener que ser partícipes de ninguna esotérica y dispersa confabulación.

miércoles, 5 de noviembre de 2025

Kali Uchis, "Sincerely,"

 



Por su carácter eminentemente introspectivo y confesional, el quinto disco de Karly-Marina Loaiza destaca sobremanera respecto a los anteriores, marcados por el diva r&b y el neoperreo de arreglos abrumadores y muy desigual atención en general. Coincide intencionadamente también con el cambio de escudería, de Geffen a Capitol.

"Sincerely,", publicado hace ya seis meses, y dedicado entre otros a su primer hijo -del cual estaba embarazada en el momento de hacer acopio de estas composiciones- tampoco escatima en abundancia de arreglos, al que unir en este caso concreto unas armonías especialmente cuidadas y un agudo sentido del dramatismo existencial. De todo esto ya avisan las suntuosas cuerdas a lo philly sound de "Heaven is a Home...", que dan paso a una balada melosa pero dotada de una intensidad premonitoria.

Después viene "Sugar! Honey! Love!", que llama la atención especialmente en las inflexiones vocales y los efectos de guitarra, llevándonos sin atajos a los Cocteau Twins de principios de los noventa -"Heaven or Las Vegas"-, como mismamente ocurre en "For You", vía smooth soul. "Lose My Cool," inaugura los latidos del pop de principios de los sesenta -muro de sonido, Phil Spector, algo de brill building...- y seguramente sea el gran clásico de la colección si no fuera por la fractura en mitad de la canción, transformándose en otra distinta que también se hace insuflar el dream-pop más atildado posible.




"It's Just Us" parece concentrar con total naturalidad la tapicería crepuscular de Chris Isaak con la sensualidad extrema de Sade, que en "Silk Lingerie," queda flotando en entre modulaciones algo más volcánicas. "Territorial", mi favorita, tiene una clara cadencia fílmica y se permite introducir alguna frase en castellano -recordemos el ascendente colombiano de Loaiza- fluyendo sin impostura.

"All I Can Say" y "Daggers!", en cambio, conforman los capítulos menos atractivos del lote. Sobre todo la primera, que no aporta nada y se regodea sin más en el molde prototípico de las girl groups de los sesenta con una letanía genérica, que no busca ninguna vuelta de tuerca, a modo de supuesta complicidad retro.

Pero cuando vuelve el espíritu Elisabeth Fraser -sobre todo en los coros- en "Angels All Around Me...", muy probablemente la rodaja más sophisti-pop -y chill- de "Sincerely,", y con ello la remontada, recurre también al quebranto del clímax hacia la mitad respecto a cómo se había iniciado. Sintes de fantasía ochentera llevan en volandas "Breeze!", y "Sunshine & Rain..." rubrica en el estribillo su (efectiva) propensión mainstream. Cierra "ILYSMIH" como se había iniciado el disco, a guisa de lowtempo desde el filo del mundo.

Pura apología de romanticismo pop, de emotividad en raso y sin filtros. Absolutamente cursi, sí, ¿Y QUÉ?

lunes, 27 de octubre de 2025

Andrea Laszlo de Simone, "Una Lunghissima Ombra"

 



Solo con visualizar el número de cortes -diecisiete- o la duración del total -más de una hora-, o con ver la portada y escuchar tan solo el primer instrumental -"Il Bulo"- que abre el tercer disco en solitario del turinés Andrea Laszlo de Simone podemos intuir que nos vamos a encontrar ante un trabajo denso, con muchos recovecos y pistas de diferente calado, como viene sucediendo con este tipo de proyectos de pop post-progresivo desde hace más de medio siglo.

"Ricordo Tattile", con su arranque litúrgico y ropaje de orquesta barroca, también nos predispone para un cancionero sin demasiadas estridencias -al contrario que ocurría en parte de su anterior "Uomo Donna" de 2017, con ramalazos de psicodelia cósmica algo dura-, para pasar a "La Notte", una de las más relevantes, con ese ritmo radiante y sus destellantes coros sesenteros. En un registro similar está "Aspetterò", con vocación de himno pop sacada de lo más histórico del Festival de San Remo. "Colpevole" -y ese guiño a Chaikovski en los primeros compases- podría pasar por un cruce entre Franco Battiato y Lucio Battisti, y esto es algo que, para nuestro solaz, se va a repetir en momentos posteriores, como en "Pienamente".






Es cierto que en "Un Momento Migliore" se cuela el mismo tipo de arreglo de la tristemente ubicua "Bitter Sweet Symphony": ¿casualidad, homenaje o una mala pasada del subconsciente?. Lo cierto es que, sin molestar demasiado dicho atavío, por previsible, aquí resta puntos. Lo compensa poco después "Planando Sui Raggi Del Sole", con sus ambiciosos cambios de clímax para converger en una marching jazz la mar de sugestiva.

Prácticamente cierran, entre otros instrumentales otoñales y algo laxos, "Quello Che Ero Una Volta" y "Non è Reale", que incorporan arreglos electrónicos en primer plano, con la segunda vertiendo toda su querencia por los sonidos space disco de, por ejemplo, G.G. Tonet o La Bionda.

"Una Lunghissima Ombra", o la reconstrucción tranquila -y algo desbocada en minutaje-, heredera de su magnífico ep "Immensità" (2019), de un Andrea Laszlo de Simone con hechuras de autor puntilloso que revuelve, casi siempre, en lo mejor del pasado, aquí definitivamente con notables resultados.

miércoles, 22 de octubre de 2025

Bajo tres banderas, de Benedict Anderson

 



¿Qué tuvieron en común Joris-Karl Huysmans, Errico Malatesta, Stéphane Mallarmé, Federico Urales, Alexandre Dumas padre, Tarrida de Mármol, José Martí, Arthur Rimbaud, James Ensor, Eduard Douwes Dekker, Pío Baroja, Louis Michel o Tetchō Suehiro? Además de un contexto socio-político a finales del siglo XIX que dio origen tanto a la Primera Globalización como a la segunda oleada de descolonización en los entornos americano y asiático, proporcionaron una tupida red de influencias literarias que ayudó a (re)situar a las vanguardias revolucionarias de las últimas colonias del exhausto Imperio Español no solo en la posibilidad de la independencia, sino en la autoconsciencia de sus orígenes y su propia idiosincrasia de pueblos sometidos. Una cosmovisión política y artística, en un mundo muy cambiante, con dos figuras intelectuales finiseculares de Filipinas como el folclorista Isabelo de los Reyes y el novelista José Rizal como ejes fundamentales del relato que el historiador Anderson construye a base de un concienzudo trabajo de investigación, que no hace sino contagiar al lector con las conexiones y descubrimientos 'in progress' -y a menudo casi milagrosas- que prácticamente se van trenzando a medida que avanza el texto.

Cosmovisión donde conviven el anarquismo (y la Propaganda por el Hecho), los nacionalismos post-coloniales, el Decadentismo, el periodismo de trinchera o la antropología aborigen, frente a imperialismos varios, ya estuvieran en apuros (España) o bien en alza (Estados Unidos, Japón). Con, además, el vínculo más o menos estrecho entre los movimientos emancipatorios de la propia Filipinas con el de Cuba o el de China.






A través de la revista La Solidaridad ubicada en Barcelona a finales de siglo -no confundir con Solidaridad Obrera, publicación libertaria también barcelonesa fundada unos años después-, donde convivieron José Rizal y otros activistas pinoys como Mariano Ponce o Marcelo del Pilar, asistimos a las intrigas -en una a menudo ambigua clandestinidad- entre los 'asimilacionistas' y los más radicales defensores de una Filipinas secesionista. Sin perder de vista, más que de reojo, los inevitables influjos culturales del Viejo Mundo europeo -que estos actores asumían preferencialmente, sobre todo los más arriesgados y cómplices-, Viejo Mundo que aún era epicentro del debate cultural y estético a lo largo y ancho del planeta.

Como decíamos, el entusiasmo de Anderson empapa cada una de las páginas de este valioso estudio sobre un momento de la Historia en el que las antiguas estructuras parecieron estar entre las cuerdas, donde muchas cosas nuevas (o más bien justas) parecían a punto de cristalizarse, hasta dar finalmente con el reordenamiento de la Primera Guerra Mundial por un lado y las subsiguientes corrientes rupturistas del pensamiento también en ese primer tercio del siglo XX. A la postre, el Capitalismo entendió que la sumisión de los antiguos protectorados solo podía seguir practicándose transformando estructuras aparentemente liberadas en peones de su sempiterna explotación, con el eufemismo del consenso y la cooperación filantrópica. Un retorcido desenlace que los idealismos del mártir Rizal o el de Isabelo, quizá, no pudieron llegar a colorear ni en sus más tibias fantasías.

miércoles, 15 de octubre de 2025

Kit Sebastian, "New Internationale" (2024)

 



Siguiendo con pop de delicias turcas, hoy rescato un disco que me pasó desapercibido el año pasado pero que ahora cobra todo su sentido aprovechando el inusitado influjo de Peki Momés. El francés -pero de ascendente otomano- Merve Erdem y la osmanlí Kit Martin empezaron a hacer migas artísticas a través de las redes sociales hace ya unos cuantos años, coincidiendo con su asentamiento en Londres, y con "New Internationale" suman tres valiosos discos, siendo este último hasta la fecha el más convincente de su carrera.

Aun sin la espiritualidad de Issam Hajali o la luxación hacia la disco-music de Altin Gün -por citar un par de ejemplos de destacadas sonoridades similares de aquella latitud en el último decenio-, la propuesta de Kit Sebastian en "New Internationale" alcanza un exquisito equilibrio entre el lounge, el folclore de Anatolia, la psicodelia combada y el aroma a banda sonora de espías 'ad hoc' tipo John Barry o Dick Hyman.




La combinación de voces entre la dulce -pero potente- de Martin y la decididamente bizarra de Erdem también funciona a las mil maravillas en canciones como "Faust" o "Camouflage". Sus progresiones melódicas remiten al easy-listening de Burt Bacharach pero más cribadas por las evocaciones de Saint Etienne o Pizzicato Five que por las de Stereolab.

A su vez hay reminiscencias de la rumba en "Ellerin Ellerimde" y "Bul Bul Bul", o del garage-ye yé en "Göç / Me". La balada alambicada de ágape junto al mar que fluye en "The Kiss" va dando paso al irresistible mid-tempo tenuemente 'jazzeado' de "Mechanics of Love" sin rebajar en ningún momento el nivel, sino más bien todo lo contrario.

Kit Sebastian saben exhibir atinada melosidad y, a la vez, músculo. La prueba final de esto último se encuentra en la canción que da título al disco y, de paso, lo cierra: los arreglos entran y salen dosificándose con mucho oficio, y acrecentando la temperatura con unos de teclado en los compases del desenlace hasta alcanzar un controlado éxtasis.

Gozada máxima.

viernes, 10 de octubre de 2025

Peki Momés, "Peki Momés"

 



Sospecho, teniendo en cuenta las alturas de año en las que ya nos movemos, que vamos a encontrar pocos discos -por no decir que casi ninguno- tan divertidos y refrescantes en 2025 como "Peki Momés", el debut de esta chica turca afincada en Alemania, enfundada en el más estricto autodidactismo. Fruto de la más pura intuición -empezó a componer música en 2023, casi por accidente-, Momés ha facturado un álbum descarado, repleto de influencias de lo más diversas y atractivas, que ya está trascendiendo a radares insospechados -el mismísimo Iggy Pop la ha difundido recientemente a nivel masivo en una de sus playlists públicas- por su destreza a la hora de combinar dichos condimentos.

Sus canciones acometen destilados empleos de batidora donde caben psicodelia gelatinosa, tropicalismo furibundo, dance-pop edulcorado o funk coqueto, sobre las que Momés construye sus letras a modo de dietario desde los primeros tiempos (de ahí el motivo de la portada). Partiendo del ascendiente anatolio -la producción mate remite al pop turco de cassette de bazar y mestizaje similar, al estilo del mítico "Karadut" de Mustafa Kuş & Grup İmece-, entronca con paladines del lounge árabe actual como Charif Megarbane o Kit Sebastian, pero en un tono más despreocupado que estos.




Hits impepinables como "Göç Mevsimi" u "Oyun", que incorporan teclados gomosos, según la propia Peki Momés reconoce, con el city pop japonés de los ochenta en el punto de mira, incluso hasta en las declamaciones. Synth-funk que no te puedes quitar de la cabeza en "Masmavi"; reggae-pop alienígena en "Future"; disco-music libidinosa en "Yaşlı Dünya"; synthpop encantador en "Dertsiz Kedi"; space-disco lisérgico en "Bahçe"; cocktail-nation de muchos quilates en "Laleler".... el disco es una sorpresa constante, siempre con la chispa pertinente, al acecho del groove irreprimible y a la vez conformando un todo cohesivo.

Dispositivos como "Peki Momés" son los que te hacen seguir teniendo esperanza. Te alegran la temporada y justifican muy mucho el seguir explorando en el proceloso océano de las novedades discográficas. Tremendísimo todo.

jueves, 9 de octubre de 2025

Sandrayati, "Inhabit"

 



Si pensamos de dónde viene Sandrayati Fay y dónde tiene su residencia actualmente -Indonesia e Islandia respectivamente- convendremos en que su música está especialmente escogida con el fin de sumergirse al máximo en los espacios insondables y mágicos que prometen ambos territorios.

Tras formar parte del trío folk femenino Daramunda -de muy corta existencia: apenas un disco- en su país natal, Sandrayati debutó en solitario en 2023 con "Safe Ground", que la situó y la sigue situando en una nebulosa zona entre Karen Peris, Linda Perhacs y Elizabeth Fraser.

Su segundo álbum, "Inhabit", mantiene la depuración exhibida en "Safe Ground" con respecto al grupo en el que irrumpió, pero alcanzando cotas expresivas de un acabado todavía más concluyente. Con un mayor apoyo en el piano, en el sinte y, ocasionalmente, en la guitarra eléctrica contenida -esto es: más art-pop que folk-, Sandrayati acomete el tratamiento de las pausas y los subsiguientes avances cinéticos con dominio y madurez incuestionables.




Aun imbuida en todo momento en un tono comatoso, hay piezas de efecto inmediato como "Forward" -que crece en proporción a la gradual penetración de arreglos electrónicos-, la estilizada "Jawline" o la crepuscular balada "Wonder". Concisos arreglos de cuerda y viento se disponen en "Give in", que parece siempre a punto de quebrarse a poco que amenace con asomar un solo rayo de sol. "Seafaring" estremece con su oscura gravedad controlada según se nos va adhiriendo el repiqueteo rítmico, hasta romperse y desembocar en una mínima "Ashes" que parece diluirse sin remedio en un paisaje mayormente abisal. "Waken" continúa con similar guionización, incorporando lastimeros aullidos entre la inmensidad y el sordo temporal. La cosa acaba con "Instill" como en mitad de la noche, entre cri-cri-cris y un telón que va subiendo casi imperceptiblemente, para acabar acogiendo una especie de revelación beatífica.

Un disco cuya única exigencia es que el oyente se abandone en la escucha: solo con esa predisposición obtendrá su recompensa, que no es otra que tonificar el espíritu y reincorporarse como nuevo.

miércoles, 8 de octubre de 2025

Shabason, Krgovich, Tenniscoats, "Wao"

 



Supongo que, como en el reciente caso de Blood Orange, era cuestión de tiempo que un disco de los músicos canadienses Joseph Shabason y Nicholas Krgovich, que llevan colaborando estrechamente entre ellos y con otros artistas más o menos desde la pandemia, asomara por valioso en nuestras costas de Samoa. Lo mismo se puede decir de la tercera pata de esta puntual asociación: el dúo Tenniscoats, de alguna manera una pequeña institución dentro del pop de vanguardia japonés, y también muy dados al montaje de artefactos en compañía de otros (Pastels, Jad Fair).

"Wao" surge espontáneamente a raíz de una gira de los dos primeros por Japón, donde terminan haciendo tan buenas migas con los tokiotas -que cumplieron la doble función de banda de acompañamiento y teloneros- que en muy poco tiempo dan forma a esta abstraída grabación donde Shabason aporta el componente más ambient, Krgovich el más sophisti-pop y Tenniscoats el indie.






Se abre con la rítmicamente slowcore "Departed Bird", y rápidamente te das cuenta de que el ambiente de improvisación e intuición entre todas las partes va a tener las trazas de marchar como sobre una balsa placentera, que permita detener la vista y hacer fluir el alma a cada ponderado impulso. "A Fish Called Wanda", más allá de la alusión cinematográfica, parte inteligentemente de una melodía muy sencilla, casi pueril, para transformarse después en una con progresión jazzística de más calado, combinándose ambas con gracia en toda su duración. 

"Shioya Collection" se apoya en un dream-pop muy distinguido, también con la aleación de voz femenina y masculina sujetando el conjunto. "Our Detour", con su exiguo planteamiento, se apoya instrumentalmente y a nivel de dicción en un hipotético territorio Momus de pop electrónico de mesa camilla. "At Guggenheim House" o "Look Look Look" entroncan con el lounge deconstruido de los The Aluminum Group más especulativos, y el tratamiento más folk se reserva para "Ode to Jos'" y la excelente versión del "Lose my Breath" de My Bloody Valentine que hace por terminar un disco que, en contra de la regla preestablecida para este tipo de experimentos que suelen moverse entre lo fútil y lo meramente caprichoso, merece y mucho la pena. 

Sustanciosa quedada.

jueves, 2 de octubre de 2025

Dale Jenkins, "Undesirable Element(s)" (1984; reed. 2021)

 



Fue en 2010 cuando descubrí este disco del más recóndito underground estadounidense. En concreto a través de esta misma entrada del mítico blog de Mutant Sounds, todavía consultable. En esa época lo tuve en agenda para comentarlo en esta página, pero revisando la discografía de Dale Jenkins y viendo que le había dado tiempo a grabar dos álbumes más aparte de "Undesirable Elements", preferí en ese momento esperar a localizarlos con el fin de hacer una reseña del personaje más en profundidad. Esto último no ocurrió -de hecho "Taking a Drive..." de 1987, y "Apathy" del 89, continúan siendo un completo misterio para quien esto suscribe- y el proyecto de integrar a Jenkins en el inventario del Jardín Secreto de Vailima quedó aparcado en un cajón mental.

Hace unos pocos días, de visita por Mallorca descubro en la tienda de discos de Palma llamada Mais Vinilo el ejemplar que ilustra el comienzo de esta entrada. Aparte de no resistirme a comprarlo -nunca lo había palpado físicamente-, es también ahora cuando aprovecho para dedicar estas líneas a uno de los artefactos más insospechados de la por otra parte rica tradición lo-fi/electro/post-punk de los años ochenta.




Para empezar, "Undesirable Elements" viene en esta reedición de 2021 -el disco, originalmente, fue una autoedición- titulado en singular, y con el añadido de tres canciones inéditas respecto a la edición original -que constaba de siete piezas-, que son "War Was Raging On", "Paranoid Song" y "Destitute". Se trata de una reimpresión con bonus track editada por el sello de Chicago especializado en rarezas de psicodelia, garage, post-punk y demás anomalías pop Got Kinda Lost, subsello a su vez del leridano Guerseen, siendo este último el encargado de distribuir "Undesirable Element" en el circuito europeo.

La historia de Dale Jenkins está asociada a la escena alternativa de Washington DC de la década citada. Era, por tanto, un ambiente donde primaban en su día los sonidos abrasivos de punk y del hardcore -Dead Kennedys, Minor Threat-, unidos a la denuncia social y política más militante, junto al espíritu DIY más comprometido. Eran tiempos de resistencia y vicisitud en el despiadado corazón del imperio yanki. Jenkins participará de todo aquello, de esas mismas influencias, a las que añadirá en su corta carrera en solitario matices más ensoñadores y hasta pastorales. Hablamos de su fascinación por Soft Machine o los primeros Pink Floyd, pero también de la new wave más extraterrestre, representada en Devo o los B-52's, y que él en solitario tratará de emular muy a su manera y de fusionar con los elementos más pétreos de lo post-77. Dale Jenkins, a través de grupos efímeros como The Users, fue partícipe activo de dicho escenario. Después la susodicha carrera a su nombre, que compaginó con All White Jury, otro combo hardcore de corta vida que, esta vez sí, dejó para la posteridad un ep en 1987 para veinte años después ser rescatados en un álbum de archivo con todas sus grabaciones, incluida alguna de Jenkins que también pasó a formar parte de "Undesirable Element".




El abrupto final de Dale Jenkins -suicidio en 1989, poco después de lanzar su tercer disco solo- no solamente impactó para siempre en su círculo más cercano -obviamente-, sino que no impidió ver sustentar unas canciones que, a pesar de su limitado radio de acción en aquellos días, han sobrevivido con obstinación en el imaginario de los más infatigables buscadores de joyas ocultas, gracias en los últimos años a la difusión global en la red. Y es que sus letras ya vaticinaban el desdén, la contrariedad y la profunda melancolía en la que se hallaba inmerso Jenkins, y que desembocaron en tan terrible acto.

El hypnagogic pop gótico de John Maus, el más new wave de Part Time o el más psicodélico de Ariel Pink no pueden entenderse sin el precedente de -entre otros- Dale Jenkins, igual que el de este último no puede comprenderse sin R. Stevie Moore, los Cure de "Seventeen Seconds" o Patrik Fitzgerald. El aliento no wave de "War Was Raging On", el punk tremebundo y satírico de "Non-Surgical Lobotomy" o el siniestrismo claustrofóbico de "Paranoid Song" dan fe de una capacidad de fascinación a día de hoy intacta, aun a costa de su precariedad logística. Pero la tonada más destacada, y que deja entrever como podría haber sido la evolución de Dale Jenkins como cantautor en el futuro, no viene hasta el último aliento: "Another Day", de una estática belleza, parece sacada directamente del "Pink Moon" de Nick Drake, y deja revoloteando en el ambiente una sensación de profunda tristeza, de hiriente abandono, como en 1984, como en 2010, como en el resto de nuestras vidas, y más allá.

miércoles, 17 de septiembre de 2025

Blood Orange, "Essex Honey"

 



Te ha pasado unas cuantas veces: eres invitado o invitada a una fiesta o reunión de amigos donde no tienes a priori un vínculo demasiado cercano con estos, pero ya sea por curiosidad o compromiso acabas aceptando, presintiendo que aprovecharás la ocasión para largarte a la mínima oportunidad, ya que tiene pinta de convertirse en otra jornada de hastío o postureo inane. Nunca has tenido demasiado feeling con el anfitrión y, para más inri, te enteras de que van a acudir otros personajes de similar enjundia.

Aun así, vas con todas las precauciones del mundo. La cosa adquiere un cariz inesperado cuando coincides en esa misma reunión con viejos conocidos -llamémoslos por sus nombres: Ben y Vini- cuya presencia te sorprende y, llegado el caso, hasta te alienta a continuar porque si están estos es que algo hay. En efecto: el anfitrión de repente te parece un tipo encantador, las colegas majísimas, la bebida deliciosa. Estás tan a gusto que te apuntas a quemar el resto de la noche en ese mismo sitio.




Nunca me gustó Blood Orange. Pasé por todos sus discos anteriores con esa sensación de indiferencia que dan los productos destinados ante todo a tratar de epatar al personal y a resolver de cualquier manera las prisas de los "descubridores" hipsters que vienen a colgarse medallas -mayormente inmerecidas- con la tendencia y la ansiedad como único horizonte. Los discos de Devonté Hynes con la marca Blood Orange me parecieron siempre un batiburrillo estilístico inconcreto, casual. Hasta "Essex Honey", que ha supuesto la gran sorpresa de la temporada. Un disco que es, afortunadamente, otra cosa muy distinta, un disco muy serio en todos los sentidos.

Después de un hiato de siete años que son los que han pasado desde su anterior "Negro Swan" -y dedicado en todo este tiempo a la elaboración de diversas bandas sonoras-, y marcado por el fallecimiento de su madre en 2023, "Essex Honey" transpira una madurez y una capacidad hipnótica totalmente ausentes en el grueso de sus grabaciones previas. Ha sido precisamente esa labor más perseverante que nunca tras los últimos scores -ahí a nombre de Devonté Hynes- la que ha proporcionado esa serenidad y calado a sus nuevas canciones. Las melodías, por fin, son plenamente discernibles y disfrutables, y absolutamente todos los colaboradores estrella hacen un trabajo efectivo, arropando con destreza pero cediendo inteligentemente el único protagonismo a Hynes.

Una colección de canciones muy urbana -resuenan las reverberaciones al piano tipo The Blue Nile en más de una-, ideal para escuchar en las horas muertas previas al descanso, donde esas melodías brotan como si de flores inesperadas se tratara. Meciéndose, con el concepto de la pérdida y la capacidad de consuelo de la música que nos toca adentro fluctuando a nuestro alrededor. El minimalismo de la producción también le sienta muy bien, evitando la distracción hacia aspectos más superficiales o efectistas.




No falta el 'estampado Prince' -influencia nuclear desde siempre- en los falsetes de "Life" (con Tirzah poniendo el contrapunto vocal) o "Westerberg", y la influencia post-punk -determinante en su educación musical y en sus inicios con los primeros grupos- se hace patente en cortes inmediatos y adhesivos como "The Train (King's Cross)" -con Caroline Polachek- o "Scared of It" -aquí interviene el amigo Ben Watt-, que más que parecerse a The Replacements, como se insiste en otras reseñas -y más allá también de la referencia directa en "Westerberg"-, a mí me recuerda más al primer Momus.

Aunque bordee constantemente el auto-sabotaje en estas composiciones -esa manía de torcer disruptivamente la narrativa al final de muchas de ellas-, cosa que le viene de lejos al británico, y en alguna le traicione el subconsciente -"I Listener (Every Night)" lleva implícita parte de la melodía vocal del "Pure" de The Lightning Seeds- "Essex Honey" enamora, fascina gracias a sus partituras lúcidamente delineadas y a ese telón ambiental que te atrapa inexorablemente.

Ya veremos si este disco es un punto y aparte en su discografía, si es el comienzo de algo muy grande, o se queda, como el "Kaputt" de Destroyer o el "Forget" de Twin Shadow -con este último, por cierto, comparte muchos puntos en común dentro del mestizaje entre lo negro y lo pálido-, en un caso de 'one album wonder' de libro. De momento, yo me apunto al siguiente convite. Salir de él horrorizado o enamorado es algo que no puede medirse ahora mismo en certezas.